Al llegar los quince años se
desnudaban y se sentaban en unas sillas de mimbre. Metían los pies en un balde
con un líquido azul muy denso. Debían llevar los pies hasta el fondo, luchando
contra la consistencia, y entonces los movían de arriba abajo, despacio,
jugando. El azul era intenso y en él brillaban puntos según la luz. De los
extremos de la sala entraban dos figuras cubiertas completamente por tela, se
arrodillaban y cogían la sustancia azul. Con mucho cuidado, buscando dejar
escapar el aire, iban extendiendo el fluido azul cuerpo arriba en un proceso
que podía durar horas. Una vez extendido, se usaban unas ramillas de madera
pulida para masajear la piel, para empujar la sustancia aún más contra ella,
hasta que el azul fuese la piel. Al terminar, el cuerpo desnudo brillaba
ligeramente. Solían moverse por la sala, sorprendiéndose con su nuevo aspecto,
uno nuevo y brillante. Todo menos el pelo, éste no se cubría y seguía cayendo
largo espalda abajo. Entonces se sentaban de nuevo en la silla de mimbre y les
empezaban a cepillar el pelo, a lavarlo y a tratarlo con mil productos. De ahora
en adelante tenían una nueva piel, una que siempre estaría limpia, no sudaría,
no olería, se trataría sola. De ahora en adelante sería el cabello lo que
tendría que cuidar, lo que determinaría su clase, su ser.