miércoles, 21 de enero de 2026

La sociedad del cabello

 

Al llegar los quince años se desnudaban y se sentaban en unas sillas de mimbre. Metían los pies en un balde con un líquido azul muy denso. Debían llevar los pies hasta el fondo, luchando contra la consistencia, y entonces los movían de arriba abajo, despacio, jugando. El azul era intenso y en él brillaban puntos según la luz. De los extremos de la sala entraban dos figuras cubiertas completamente por tela, se arrodillaban y cogían la sustancia azul. Con mucho cuidado, buscando dejar escapar el aire, iban extendiendo el fluido azul cuerpo arriba en un proceso que podía durar horas. Una vez extendido, se usaban unas ramillas de madera pulida para masajear la piel, para empujar la sustancia aún más contra ella, hasta que el azul fuese la piel. Al terminar, el cuerpo desnudo brillaba ligeramente. Solían moverse por la sala, sorprendiéndose con su nuevo aspecto, uno nuevo y brillante. Todo menos el pelo, éste no se cubría y seguía cayendo largo espalda abajo. Entonces se sentaban de nuevo en la silla de mimbre y les empezaban a cepillar el pelo, a lavarlo y a tratarlo con mil productos. De ahora en adelante tenían una nueva piel, una que siempre estaría limpia, no sudaría, no olería, se trataría sola. De ahora en adelante sería el cabello lo que tendría que cuidar, lo que determinaría su clase, su ser.