jueves, 31 de julio de 2014

Aquel hombre.

Los soldados, aquellos fieros que casi habían dejado de ser personas a causa de tantos años de guerra, lloraban a su paso. Los siete hombres encargados de disparar cuando se diese la orden del fusilamiento también lloraban, lloraban tanto que sus lágrimas empaparon las armas que sujetaban, haciendo que la pólvora se mojase y por lo tanto quedara inservible. Cuando se reemplazó a los ejecutores, empezó a llover y hubo que postergar la ejecución.
La lluvia no cesó un instante en tres días, y cuando se le decidió fusilar bajo techo, el tiempo, burlón, presentó un magnifico sol. Esta vez no se pasó frente a nadie innecesario, solo caminaban a primera hora de la mañana por la tierra embarrada el hombre que sería ejecutado, el oficial y los siete tiradores, pero cuando el hombre miró a los soldados, con las manos atadas a la espalda y frente al muro del cementerio, se oyeron unos extraños ruidos que se manifestaron en una caravana de mercaderes y mujeres preciosas. Los siete soldados, gente sin vocación para la guerra que se encontraban allí por haber sido reclutados a la fuerza, no podían concentrarse viendo a esas mujeres que a la fuera debían haberse escapado de algún jardín de dioses. El oficial mandó a filas a todo su regimiento y les ordenó que mantuviesen alejadas a aquellas hermosas mujeres y a aquellos hombres que traían los productos más curiosos y asombrosos jamás vistos. A duras penas pudieron los soldados empujar con delicadeza a esas mujeres que les hacían sutiles caricias y les besaban en las mejillas.
Para cuando estuvieron de nuevo solos los nueve, el sol que se había agradecido aquella mañana empezó a arder más y más fuerte, la gente juraría después que hasta se hizo más grande aquel día. A la sombra y con los pies en hielo, el oficial abanicaba a los dos soldados que se habían desmayado, se volvió a aplazar el fusilamiento.
La mitad del cuartel se puso a rezar, llevaban casi una semana y aun no habían podido fusilar a aquel hombre, quienes rezaban decían que era a causa del demonio o de los ángeles, lo mismo daba, sus almas probablemente corrían peligro. Los oficiales estuvieron encerrados toda una noche y la conclusión fue que ese hombre debía seguir viviendo, sino podían ocurrir tres cosas, que la población local se rebelase, que los soldados se amotinasen temiendo por sus almas o, pero aun, que les ocurriese de verdad algo a sus almas.
Yo por aquel entonces era un niño, vi a los soldados llorar y la expresión serena de aquel hombre, mantuve una vigilia durante los tres días de lluvia, y después, cuando el sol se hizo infierno. Vi todas las idas y venidas de soldados y oficiales y finalmente presencié como aquel hombre se marchaba, sin risa ni burla, sereno, mientras se frotaba las doloridas muñecas donde habían estado las esposas.
Nunca supe quién fue aquel hombre, tampoco supe por qué los soldados le lloraban ni por qué le mandaron fusilar, solo sé que no lo hicieron y que nunca se volvió a saber de él.

miércoles, 30 de julio de 2014

Mis andanzas por Portugal

Ni me molesté en decir que iba a ir a Portugal porque me he dejado ver bastante poco por el blog últimamente, ahora me parece increíble que consiguiese escribir una entrada diaria, pero bueno.
Me apetece hablar, no sé qué decir ni qué acabaré diciendo, pero Portugal ha sido un viaje muy bueno para ese niño que hay en mi interior y que con el susurro de los árboles cree haber encontrado por fin a las hadas. Ese niño es como yo a su edad, lee muchísimo, y ha vuelto a las andadas, se merendó un libro muy rico en apenas unos días, encerrándose en la habitación para que no le viesen con qué mala educación devoraba el libro, sin respetar capítulos siquiera. Al terminarlo apenas tomó aire y ya le dio un buen bocado al Macondo de Gabriel García Márquez. También he vuelto a soñar, no es que hubiese dejado de soñar, sino que había sucumbido a la enfermedad de olvidar lo que se sueña, pero por jugar con sueños me quemé, después de haber soñado con una persona de la cual había olvidado su luz, quise volver a soñar con ella, para oír su voz por medio de mi subconsciente, para que hiciese esos gestos suyos con los que demostraba que el mundo que no era su mundo estaba carente de interés, pero conseguir forzar un sueño solo puede ser malo, la primera vez desperté y le dediqué a la mañana una sonrisa de la añoranza buena, la segunda noche desperté agobiado y sudando, a partir de eso ignoré a una de las montañas circundantes a la casa, porque esa montaña había dejado de gustarme sin ninguna razón lógica. También contacté con un chico que era capaz de parar el tiempo, pese a ser una grandiosa habilidad, su vida era triste y cercana a la demencia. Los poderes que tenía se los había entregado una especie de hombre-perro-lobo negro que vivía en el inmenso castaño que daba sombra a la casa, un día que estaba solo en el jardín viendo las estrellas me imaginé que bajaba a ofrecerme tratos, tratos que daban ganas de aceptar pero de los que sabías que eran malos, tenían que ser malos. Sentí miedo por sus ojos, eran como incoloros, y de su voz, como una voz que te llama por dentro y hace que se te humedezcan los ojos. También escribí, en un cuaderno, decepcionándome después al pasar al ordenador mil páginas que quedaron reducidas a pocos folios, las dos historias fueron hechas dos entradas, y a punto estuve de poner el subtítulo “Portugal 1” y “Portugal 2”, reservándome el tres para una larga y genial historia que creo que nunca escribiré. La primera historia, la de Lucy y el vestido azul se me ocurrió en apenas un segundo al ver un vestido azul de una tienda de una bonita ciudad, la otra era a la vez una historia en si misma y la posibilidad de ser la introducción a una historia mayor, como no se me ocurrió que título darle, busqué cómo se decía noche en alemán, pero la palabra no me convenció, así que probé con el persa, el francés y el letón, para finalmente dar por casualidad con el latín, que ya me convenció. ¿He dicho ya que quiero aprender idiomas? Es que al devorar el libro que ya dije, empecé a vomitar inglés, francés, alemán y portugués, y ahora tengo el querer de aprenderlos. Me he dado cuenta, también, a raíz de una conversación con Alex, mi hermano, de que el arte no solo no es libre, sino que se encuentra en una celda que no le deja ni respirar, aunque tampoco lo haré, tengo pendiente escribir sobre ello en algo que se llamaría “la dictadura del arte” y dónde me gustaría incluir la desacreditadora frase de mi hermano “esto es Jauja”. He tomado muchas notas, muchísimas notas, entre ellas la libélula dorada de alas negras, “que pinta de rico cabrón”, “la pera, la eterna incomprendida”, Arcáditas, el alma de la oreja, la mujer que tenía escamas en el pelo, la discusión de las ancianas portuguesas, mi conversación imaginaria con la alemana que visitaba castillos con la falda muy corta, las andanzas del ateo enfadado, algo incomprensible sobre abril, algo incomprensible sobre las cosas incomprensibles, el café Boavista, “Oporto es la única ciudad que tiene el centro en la periferia”, la increíble historia de la casta de los peces, la fuente de las lesbianas, la fuente de los niños que… bueno, hacían cosas para nada propias para su edad, el río de cemento, esas cosas de militares, notas sobre la mundialmente conocida librería de Oporto (conocida en todo el mundo, pero no por todo el mundo), la historia de la tienda que aun seguía vendiendo solo trampas para ratones y muchísimas notas más que no voy a poner aquí, muchas de las cuales son notas para escribir historias que no creo que escriba.
Creo que iba a poner algo más, pero como no me acuerdo voy a terminar con lo mejor que he visto nunca a la vuelta de un viaje en carretera, bueno, que recuerde.
En la ciudad donde paramos para comer había parado un circo, pero no un circo esplendoroso de esos que son muy caros y tienen mucho retuntún, sino un circo de los que van de pueblo en pueblo, con una carpa y un par de caravanas. Lo genial es que por falta de espacio habían dejado a los animales en un descampado, y Alex y yo nos acercamos. Dos dromedarios (que no camellos, ojo), una cabra con cuernos de diablo, un caballo negro, un pony, otra cabra y, lo mejor de todo, una llama. En un descampado amarillo y seco había una llama, que gran animal. Pero claro, Alex y yo no sabíamos si era una llama, una alpaca o una vicuña, así que me giré y vi a un niño pequeño medio desnudo perteneciente al circo que iba como perdido y le dije.
-Perdona- Me miró- ¿Es una llama?
Y con un acento divertidísimo me dijo

-Siii, llama.

Noctis

El mendigo tarareaba alguna canción que habría aprendido de su padre o en alguna taberna. No estaba borracho, no había probado el alcohol en todo el día pese a ser de noche desde hacía horas, no había sido un buen día de recaudación. La falta de un trago le impedía echar ojo y se dedicaba a tararear canciones inventadas o que alguna vez escuchase, lo mismo le daba. También se distraía escuchando los sonidos que traía la noche, entre ellos sentía predilección por los provenientes de las casas y, entre estos, le encantaba escuchar los producidos por mujeres, ya fueran gritos, llantos o risas, hacía mucho que no había estado con una mujer y le gustaba escuchar sus voces, aunque irremediablemente lo llevasen a imaginarlas desnudas. Sonrió, maldita sea, necesitaba un trago aquella noche.
Entre los ruidos nocturnos escuchó pasos, en aquella misma calle, se acercaban y aun no se distinguía al dueño, pues sin duda eran pasos fuertes de hombre. De entre las sombras apareció un hombre gigante, rectangular, completamente tapado por una capa negra. La capucha solo dejaba ver su nariz y su mentón, cubierto a su vez por una tupida barba. La expresión de aquel hombre hizo temer al mendigo, había gente que les hacía cosas malas a los vagabundos, incluso que les mataban. El misterioso gigante pasó por su lado sin mirarle ni alterar su velocidad, justo cuando hubo pasado el mendigo tragó saliva y se atrevió a decir.
-¿No tendrá nada que darme, buen señor?
El hombre se detuvo y, transcurridos unos segundos y aun sin mirarle, metió la mano entre los pliegues de su capa y le lanzó dos brillantes monedas, después siguió andando.
-Que dios le bendiga.
El gigante se volvió a detener y con una voz carente de sentimientos dijo.
-Dios no existe.


Un rato después, el mendigo acompañado de nuevo únicamente de la noche, miro las dos monedas que brillaban en su mano y, tras morderlas, pensó que si tendría vino esa noche, y con suerte quizá hasta una mujer.

Lucy y el vestido azul.

Lucy es una chica simpática de la que no se puede hacer una biografía interesante ya que su vida no funciona en grandes acontecimientos sino en pequeños detalles.
La madre de Lucy tenía una tienda de ropa para bebé, era una mujer de un carácter muy fuerte y autoritario que estaba completamente en contra del aborto, “un niño no puede nacer en un ambiente en el que no se le quiera” decía Lucy, “ponle al bebé un vestidito bien mono y ya verás cómo se gana el amor de una madre” contestaba ella. El padre de Lucy era un hombre con bigote y un pasado lleno de sueños sin cumplir, su única dedicación notable era construir maquetas de barcos y, con mayor gusto aun, limpiarles el polvo en las sobremesas de las cenas mientras tarareaba canciones revolucionarias.
Lucy había heredado el aire soñador de los ojos de su padre, y la determinación en el cumplimiento de las decisiones ya tomadas de su madre, descartando a propósito su carácter tan áspero, antagónico al de la propia Lucy, más calmado, suave y alegre.
Lucy se quedó sola en una edad en la que ya era mayor pero aun joven, sola porque sus padres murieron y no había nadie más, siempre había querido tener una hermana pequeña, pero la segunda negativa de su madre le había hecho no volver a preguntar.

El tal vez don de Lucy es que siempre ha vivido con poco necesitando menos aun. No heredó la tienda de su madre, buscó trabajos en los que no la exprimiesen y le dejasen tiempo libre, pese a que no pagasen mucho.
Lucy nunca ha sido una persona cobarde, es de las que le sacan los dientes a la vida, cambiando al instante esta mueca por una sonrisa, besándola en la mejilla y marchándose bailando calle abajo. Aun así siempre dejó que los protagonistas de las novelas y películas viviesen las aventuras mientras ella se abrazaba las rodillas sin quitarles ojo.

La ciudad que Lucy eligió para vivir no fue algo casual, las calles estaban empedradas, las iglesias centenarias avisaban de las horas por el día, en los balcones crecían flores de vivos colores, los timbres de las bicicletas pedían paso en las calles más transitadas, los parques asomaban en cada esquina, las fuentes de piedra contaban historias o leyendas, las tiendas modernas vendían sus novedades sin necesidad de carteles que estropeasen la estética de aquel lugar… y lo más importante, se podía apreciar una historia cotidiana en cada calle.
Lo que ocurrió en que un día en el que Lucy había vuelto a dejarse corto su precioso pelo negro, pasó frente a un escaparate de cristal. Tras el cristal, destacando frente a otros vestidos por la subjetividad de Lucy, había un precioso vestido azul. Era un vestido compuesto de dos azules, uno empezaba a mitad del muslo y terminaba justo encima de donde nacen los pechos, era un fuerte azul oscuro, como si la noche estrellada se reflejase en un mar negro. Desde donde terminaba el azul oscuro hasta la mitad de los brazos estaba el otro azul, un azul ligero, claro, como si de aire se tratase. Lucy a veces veía un libro, una prenda o un cuaderno que llamase su atención y decía “lo quiero”, y entonces solía hacerse con ello, pero no era una persona caprichosa, además sus caprichos eran asequibles. Y ahí estaba ella, frente al escaparate, sin atreverse si quiera a apoyar las manos en el cristal, como una cuadrilla de niños frente al escaparate de una pastelería. Buscó el precio con una falsa curiosidad, pues la sincera curiosidad no te hace ponerte nerviosa, girar tan rápidamente la cabeza ni buscar ansiosamente con ojos de halcón. Pero era una tienda de esas que ni ponen las etiquetas con precios, había un cartel invisible que rezaba “nuestros productos no son para vosotros, por favor, dejad paso” y, ciertamente, sus productos no eran para Lucy, quien fuese a comprar a esa tienda no había llegado allí por casualidad, sino que había ido allí a propósito. Pero pese a que el resultado no podía ser bueno, Lucy entró. Cuando una dependienta, tras suspirar de manera teatralizada, se le acercó, Lucy se miró la falda y la camisa que llevaba y se sintió ridícula, y no tanto porque estuviese claro que no tenía el poder adquisitivo digno de aquella tienda, y ello generase el, al parecer, sobre humano esfuerzo de la dependienta al tener que acercarse, sino porque antes, frente al escaparate, se había atrevido a soñar despierta imaginándose vestida con aquel vestido azul.
Salió abatida de la tienda, al entrar ya sabía que sería caro, pero pensaba que con sus ahorros y un ataque de locura pudiese pagarlo. Lo que ocurrió fue que, de camino a casa, le asaltó la determinación heredada de su madre.
Sin pena melodramática se acabaron los despertares tranquilos, los paseos al trabajo, el pasar de las horas divertido y todos esos geniales detalles para dar paso a tres trabajos destinados únicamente a conseguir mucho dinero en el menor tiempo posible.
Lucy dejó de dar la suma semanal a los mendigos y artistas callejeros que le pareciesen simpáticos, también cancelo temporalmente su gusto por los dulces y el invitar a las cuadrillas de niños que, como ella con el vestido, necesitaban una generosa ayuda para sonreír con sus necesidades de azúcar saciadas.
No es que Lucy quisiera impresionar a algún chico, pocos eran los que le generaban interés como para querer besarlos y aun menos los que la habían impresionado como para llevarlos a la cama (donde todavía menos la habían impresionado). Tampoco quería sentir las miradas de todos en una noche de fiesta en la que se sustituyesen las farolas por luces de neón, pues apenas salía. Y por último no era un vestido para ir con las amigas, y no es que no tuviese amigas, sino que éstas solían ser dosis individuales con las que quedar una tarde para tomar un café y hablar. No quería el vestido por ninguna razón, tan solo se imaginaba a si misma con él puesto, y al hacerlo sus ojos centelleaban con llamas azules, a juego con el vestido.
Ah, se me olvidaba, en todo el tiempo en el que tardó en reunir el dinero nunca pidió nada a nadie, todo lo obtuvo por su cuenta, y la moneda sucia que encontró en un aparcamiento tampoco fue utilizada, se la dio al primer mendigo que encontró y volvió a casa con la reflexión  de cómo podía haber al mismo tiempo en la calle monedas tiradas y gente que las requería.
Terminó de reunir el dinero una tarde, pero no se dirigió a la tienda hasta la mañana siguiente, dejando que la noche la calmase, como en un ritual.
Llegó a paso ligero pero sin aparentar prisa, tarareando algo a lo que no prestaba atención, no hubiese podido ni silbar de haber querido. Lucy abrió la puerta de la tienda haciendo sonar la campanita de la misma, y al segundo corrió al escaparate. Algo a lo que no había hecho caso al pasar frente a él había llamado su atención, al llegar frente al escaparate se le iluminó la cara, pero no de ilusión, se le iluminó a causa de la luz reflejada por un vestido que era eso, luz, escamas de luz, una luz que parecía palpitar, una luz que parecía estar viva. El mismo precio, aquella joya hecha vestido costaba lo mismo lo mismo que el anterior, se disponía a comprarlo cuando recordó una imagen borrosa, una imagen azul y borrosa. Dos colores, dos azules, vamos, hasta la mitad del brazo y del muslo, un brillo de llama azul en sus ojos… y entonces se acordó. Entró y preguntó por el vestido azul, el que antes estaba en el lugar de aquel blanco y dorado y, como ya pasara en otra ocasión, Lucy salió abatida de esa tienda.
“Era una edición limitada de Ben Farelle” “pero alguno quedará” “tss, no aquí, aquí solo vendemos lo último, lo mejor, como no te vayas a otro país…” “¿A cuál?”.
Y así es como supo Lucy que su última oportunidad residía en el país vecino.
En las películas, los protagonistas habrían cogido un vuelo aquella misma tarde, en los libros, como tienen más tiempo, primero visitarían a sus senseis y después se embarcarían en la aventura, pero ¿y Lucy?
Esta vez estuvo a punto de pedir ayuda a una amiga, pero resultó que el nuevo país era más barato y la diferencia del precio del vestido de un país a otro le pagaba el vuelo. Y entonces Lucy, soñadora inactiva, como su padre, se lanzó a culminar el sueño, como su madre.

Aeropuerto, autobús, tienda, de haber salido de casa con una tarta, ésta habría llegado caliente al lugar de destino. Le preguntaron con acento si el vestido lo quería para llevar y eso fue lo primero que relajó a la pobre Lucy, allá de donde venía esa frase solo se usaba para comida rápida. Como su cabeza aun estaba en algún lugar entre el avión y el autobús y se sentía casi mareada y con ganas de irse, lo pidió para llevar. Le entregaron una hermosísima caja y al salir de la tienda y ver aquel sol extranjero y aquellos edificios en los que de primeras no se había fijado, le entraron ganas de hacer turismo. Recorrió aquella bella ciudad con la caja bajo el brazo en todo momento.


Una vez en el avión, después de imaginarse bailando por las calles, de noche, con aquel nuevo vestido, recordó lo que decían sus padres al unísono “el problema no es conseguir un sueño, sino no sentirse vacío después”, pero fuera como fuese, Lucy superaría ese problema bien vestida.

domingo, 20 de julio de 2014

Un día me desperté y encontré un hombre en mi cocina, y como me daba vergüenza preguntarle quién era, ahora vive conmigo.

sábado, 19 de julio de 2014

La estatua de oro rojo.

La familia de los Oshar recibió un pago por parte del emperador con el que podrían vivir tres generaciones, los varones de las tres deberían elaborar en oro rojo una estatua de AlenasaH, el dios alado con cabeza de elefante, y entregarlo para que luciese en el salón del trono. Cuando el tercer varón alcanzase la edad del Caleidad la estatua debía ser entregada o encontrarse en uno de los caminos reales de camino al palacio del emperador, si esto no ocurría, automáticamente se ordenaría matar a todos los miembros de la familia, incluyendo parientes lejanos, y se realizarían las ceremonias oportunas para que los espíritus, tanto presentes como pasados, de la familia Oshar jamás descansaran en paz.

La familia Corel se había dedicado desde siempre al comercio, abarcando desde el intercambio de productos por mar, como hasta el comercio de frutas y verduras en improvisados puestos en la calle que rozaban la mendicidad. En los últimos tiempos la familia se dedicaba a vender en el mercado diario productos básicos y el último día de la semana se adueñaban del mejor puesto del mercadillo, alzaban una gran tienda y vendían una exquisitez elaborada por las mujeres de la familia durante toda la semana.

Saraiih, patriarca de la familia Oshar, ya anciano, pudo entregar a su hijo, Steferi, el tercer varón, la estatua de medio metro de AlenasaH, elaborada con oro rojo por él y por su padre. Faltaba aun tiempo para que Steferi alcanzase la edad del Caleidad, por lo que probablemente serían recompensados por entregar la estatua antes de tiempo. La estatua no se podía juzgar por lo hermosa que pudiese ser, pues solo con mirarla, uno sentía incomodidad, como poco un ligero nerviosismo. AlenasaH aparecía con la trompa de elefante algo ladeada, los brazos separados del tronco y las alas desplegadas desde su espalda, todo ello en el intenso tono del oro rojo.

Las mujeres de la familia Corel seleccionaban las mejores plantas para elaborar el mejor azúcar, después, éste lo separaban en siete cuencos, y en estos eran elaborados diferentes azúcares con diferentes especias, finalmente se realizaba la difícil tarea de enredar los siete azúcares, lo que dejaba una esfera blanca y azul.

Saraiih, patriarca de la familia Oshar, organizó una pequeña ceremonia de despedida para desear buen camino a Steferi, su hijo, que debería llevar la escultura de oro rojo al emperador, una vez emprendió la marcha, Steferi no miró atrás.

El puesto del mercado ya estaba preparado y el patriarca de la familia Corel le tendió el dulce azul a su hijo Ílano para que lo llevase, cubierto con un trapo grisáceo.

Steferi caminaba decidido y desconfiaba de cualquier otro viandante con el que se cruzaba, por lo que tampoco dejó de mirar a otro muchacho, tal vez de su edad, que se le incorporó a mitad del camino y que también tenía ese destecho en la mirada. En cierto momento, el desconocido dio un traspié y esto provocó que la bolsa que llevaba a la espalda se abriese un momento, enseñando algo azul. El desconocido, al ver los ojos abiertos por la curiosidad y la codicia de Steferi, extrajo con cuidado un trapo grisáceo y al abrirlo enseñó una esfera blanca y azul en la que parecían moverse los colores. Sin saber cómo, Steferi también extrajo lo que guardaba en su bolsa, la estatua de AlenasaH, y acabaron haciendo el trueque. El desconocido volvió caminando a su casa, Steferi lo hizo corriendo.

El patriarca de la familia Corel abrió la puerta de su casa encolerizado, toda la familia había sido humillada al esperar durante todo el día a Ílano, que no había aparecido con el manjar del último día. Pero nada más abrir la puerta desapareció toda rabia y ésta fue sustituida por un sudor frío. Frente a él estaba Ílano, de rodillas, sonriendo, y entre los dos había una estatua roja de AlenasaH, la estatua parecía hacer que las sombras de la habitación fuesen hacia ella, el patriarca supo que aquella estatua traería mal.

Steferi había llegado extasiado a su hogar, su padre, Saraiih, una vez comprendido lo que le decía su hijo y lo que esto significada, había empezado a golpearle con todas sus fuerzas, una vez fatigado desenvainó su espada y cortó de un tajo la cabeza de su hijo. Cortó la cabeza a quien había condenado, aun sin saberlo, a toda la familia de los Oshar.

Ílano caminaba por el sendero de noche, daba patadas a las piedras y maldecía todo y a todos, su padre, en vez de elogiarle, le había mirado serio y tras una larga pausa le había preguntado que de dónde había sacado aquella estatua, que si aun podía devolverla, de nada sirvió que Ílano le dijese que era de oro rojo, su padre no la quería, en sus ojos parecía haber algo que nunca había visto, un temor disimulado. De repente oyó a los arbustos susurrar a un lado y al otro del camino, desenvainó su cuchillo al tiempo que una flecha le atravesaba el muslo y otra se le clavaba en el pecho. Detrás de las flechas surgieron de la maleza tres hombres armados con espadas y vestidos de oscuridad.

La frente del patriarca de la familia Corel estaba arrugada, sus pensamientos se hacían la zancadilla los unos a los otros en una carrera que no parecía llegar a ninguna conclusión, su hijo menor, Ílano, había muerto, y era seguro que su muerte se debía de alguna forma a aquella estatua de oro rojo que descansaba en el suelo de la sala principal, el patriarca sentía los ojos de AlenasaH fijos en él, instándole a tomar una decisión que condujese a su fin, o peor, al de toda su familia. El patriarca de la familia Corel, de rodillas, les comunicó a sus otros dos hijos, también de rodillas, que se enterraría a Ílano como en los antiguos funerales, pero que no se haría nada más por él. Los hijos del patriarca se levantaron encolerizados, gritando a su padre que cómo podía dejar impune la muerte de un hijo, que no se merecía dirigir la familia, que era un miserable, un enemigo, cuando iba a contestar, el hijo mediano nombró que Ílano solo había hecho un gran trato por una magnífica estatua y que por ello no merecía el desprecio, esto acalló al patriarca, que escucho con la mirada clavada en el suelo cómo sus hijos se armaban con las espadas de guerra y cómo sonaba la puerta al cerrarse.

Los hijos del patriarca dieron con un grupo armado en un claro, mataron a varios hombres antes de acabar ellos también muertos.

El patriarca de la familia Corel, abatido, con sus tres hijos muertos, tomó una decisión. Cogió un martillo y golpeó la estatua hasta quedar sin fuerzas, después marchó a la fragua y arrojó la estatua al fuego, viendo como ésta, originaria de tantos problemas, desaparecía.

La noticia de la destrucción de la estatua de AlenasaH llegó a oídos de Saraiih, el esfuerzo de tres generaciones había desaparecido, y no solo llevándose consigo sudor y trabajo, sino que había cernido sobre la familia Oshar un fúnebre destino, pues la edad de la Caleidad de su fallecido hijo Steferi era próxima y no habría nada que entregar a los hombres del emperador.

La guerra se desató, los Oshar querían vengar su honor y preferían morir en la batalla que ajusticiados por los hombres del emperador, los Corel se defendían, y muchos, al igual que los hijos del patriarca, clamaban venganza. Duras fueron las batallas y muchos los muertos y heridos, solo la mañana antes de la última batalla en el valle del Luín,el dios AlenasaH, desde el cielo, se dignó a mirar a las dos familias que se iban a enfrentar a muerte. La batalla empezó y el cielo se cubrió de flechas, gritos y el entrechocar de las espadas. Aquel día era la fecha fijada para entregar la estatua de oro rojo, y los soldados del emperador ya recorrían el camino para reclamarla. El valle del Luín era inclinado desde todos los puntos hasta el centro, así que las dos familias, separadas en un momento de rearme, vieron como ríos de sangre de muertos y heridos se dirigían al centro, formando un pequeño lago, entonces empezaron a sonar fuertes truenos con la ausencia de sus rayos, el cielo parecía estar abriéndose, y ciertamente las rubes dieron paso a una inmensa figura que cayó en aquel lago de sangre. Al erguirse, AlenasaH estaba cubierto de sangre, una sangre que se secó inmediatamente.


Los hombres del emperador vieron con asombro una inmensa estatua de oro rojo de AlenasaH, cabeza de elefante, trompa ladeada, brazos ligeramente separados, alas desplegadas y rodeada de cadáveres.

jueves, 10 de julio de 2014

Academia Magnos

Bienvenidos a la academia Magnos, o tal vez bienvenidos no, pues si leen esto es que todavía no han elegido esta legendaria institución.
La academia Magnos tiene más de cien años de historia y entre sus fundadores pueden encontrarse grandes hombres que han servido de pilares en la creación de este país tal como lo conocemos, y no solo eso, sino que ha ido formando a otras tantas figuras de relevancia tanto aquí como en el extranjero.
La academia, pese a ser llamada así, cuenta con servicios de formación para todas las edades, incluido el preescolar, ya que creemos que debemos empezar a enseñar a los futuros ejemplares ciudadanos desde que empiezan a conocer el mundo.
Además de acudir al centro estudiantes de mucho poder adquisitivo, pues no nos engañemos, somos caros de narices, también tenemos genios pobres, gente que demuestra sobresalir en un campo al que becamos para ver si contagia algo al resto de estudiantes, dado que muchos tienen la cabeza tan dura como nuestros históricos muros de piedra, pero aun así, no se preocupen, la nota media de todos nuestros estudiantes supera ligeramente el ocho.
En cuanto a equipamiento estamos servidos, no llegamos a poder derrochar tanto dinero como tenemos, así que contamos con pistas de fútbol, baloncesto, tenis, balonmano, bádminton, criquet y otras tantas cosas que, sinceramente, no sé de que son, mantenemos a los alumnos con tantos estudios que apenas disfrutan todas estas cosas, pero aun así también contamos con dos hipódromos, un rocódromo de doscientos metros de altura, un río navegable, un pequeño aeropuerto, un campo de golf, un campo de golf privado, un hospital, un hostal, una clínica de desintoxicación y un polígono industrial.
Para no meternos en ningún tipo de problema tenemos áreas dedicadas a la enseñanza supervisada por cualquiera de todas las religiones existentes, incluso para las nuevas que van saliendo. Contamos con enseñanza exclusivamente femenina, masculina y mixta y también tenemos profesorado cualificado para enseñar en siete idiomas, escogidos al azar entre todos los existentes, incluidas lenguas muertas, para que no digan que empleamos favoritismos.
Los alumnos que nunca han estado en otro centro educativo aseguran que esta es la mejor enseñanza que han recibido nunca, y los que sí han estado en otros centros no cuentan, que sus opiniones son de lo más dispersas y tumban las estadísticas.

En conclusión, si busca enseñanza de calidad y cantidad para usted, sus familiares, sus amigos, sus conocidos o es que sin querer ha leído esto sin que le interese lo más mínimo, recuerde, academia Magnos. Somos lo mejor, lo crea o no.

jueves, 3 de julio de 2014

Hasta los vínculos de pelo se rompen.

Había una vez tres amigas, pero de las que se conocen desde pequeñas, amigas de verdad. Era una triple amistad sin celos, política, engaños o trapos sucios. Lo extraño, que no necesariamente malo, fue cuando llegó la adolescencia, para las tres  por igual, y Alia, viendo todos los cambios que empezaban a surgir y la velocidad que parecían cobrar las cosas una vez quitado el velo de la niñez, empezó a dudar y a tener miedos. Estos miedos no se los contó como tales a sus dos amigas, y no por algún motivo concreto sino porque ni ella los entendía, solo parecían claros cuando pensaba en ellos de manera distraída, si intentaba identificarlos, desaparecían, como las pequeñas manchas que a veces se aprecian en la mirada y que huyen de la pupila cuando intentas cercarlos. Sin embargo, Alia encontró una aparente solución que calmaba sus miedos sin nombre y una excusa para exponerla, les dijo a sus amigas que ahora se rodearían de mucha más gente que hasta ese momento, gente de todas las clases, quizá incluso cautivadora o que tuviese algo que llamase a alguna de las tres de una forma irrevocable, así que les propuso establecer algún tipo de vínculo entre las tres que, aunque se rompiese todo lazo, en el futuro les ayudase a recordar la amistad que durante tanto tiempo habían mimado y que, si dios quería, seguirían teniendo. Sus amigas, divertidas y reflexivas a un tiempo, aceptaron, pero ahora surgía el problema de qué marca. Lo que mostraban las películas y que más sencillo y claro parecía, claro está, era un tatuaje, un tatuaje idéntico y en la misma parte del cuerpo para las tres, pero dejando a un lado que los padres de dos de ellas se negarían en redondo, un tatuaje era algo común, y ellas no podían estar unidas por algo común, además ¿Qué se tatuarían? ¿Una palabra formada por parte de sus nombres? ¿Un símbolo del infinito? Un tatuaje no podía ser. Pensaron en alguna pequeña cicatriz y acabaron eligiendo un dibujo que se repasaban cada semana en la mano con rotulador y que acabaron por dejar de hacer, pues era más bien una obligación y no significaba nada, así que acabaron por olvidar el tema, aparentemente.
Alia, bastante tiempo después, con los antiguos miedos sustituidos por problemas cotidianos la mayor parte del tiempo, vio una imagen en su ordenador que le evocó a las tres buscando una seña de futuros recuerdos. La imagen la formaban tres chicas de espaldas con cuyo pelo se había hecho una única trenza que recorría sus tres cabezas en horizontal de derecha a izquierda. Alia no pudo evitar fijarse en la chica de la izquierda, su color de pelo era más claro que es de sus compañeras, lo tenía más corto, por eso estaba en ese lugar, para tener que aportar menos pelo, se imaginó la escena después de realizar la foto, las tres algo incómodas sin poder girar la cabeza, moviéndose al unísono en mismas direcciones, y de repente se imaginó a las dos de la derecha confabulando contra la chica de pelo castaño corto, y ésta, despreocupada, se marchaba hacia la izquierda... se le ocurrieron dos finales, en uno al intentar ir contra corriente tiraba de las otras dos y acababan cayendo los tres, y en el otro, al ir contra ellas dos, tiraba más fuerte y les arrancaba parte de pelo, y al marcharse, éste seguía atado al suyo propio, como un trofeo.
Cuando les propuso la idea de la trenza a sus amigas, como unión definitiva aunque momentánea, ya había contactado con un supuesto mago de algún lugar de Oriente que, presentándose con una chilaba verde y un turbante rojo, les hizo una trenza muy especial, una que no se podría deshacer. Las amigas en menos de media hora ya se encontraban completamente hartas e irritadas, bueno, solo dos de ellas, pues Alia ya había comprobado lo que quería, fuese lo que fuese, entonces extrajo unas tijeras del bolsillo y, a ciegas, cortó el pelo a la altura de la nuca, una vez libre lo agitó, haciendo caer algunos pelos cortados, tras esto echó a andar, sin girarse en ningún momento a socorrer a las dos chicas que no dejaban de gritar atrapadas por el pelo.

Alia miró el mechón de pelo de tres colores que tenía en una mano, y pensó que viéndolo en el futuro se acordaría de una niñez que ya parecía demasiado lejana e irrenovable.

jueves, 26 de junio de 2014

Victoria.

Había una conferencia, créanme en que quizá trataba sobre algo fascinante, incluso sobre algo de vida o muerte, más probable si era una conferencia relacionada con la medicina, y créanme también cuando digo que no me importa de qué tratase la misma. Allí irrumpí yo y, con sumo cuidado, aparté al hombre de la barba apropiándome a su vez del micrófono que sujetaba con sus arrugadas manos.
-Hola, señores y señoras, o más concretamente señoritos y señoritas, ya que les veo jóvenes y jóvenas a todos. Es probable que, como he empezado en el escrito, no entiendan qué hago aquí. No voy a hablar de lo que se estuviese hablando ¡Ni quiero que nadie me diga qué tema era! ¿Saben cuándo ocurre algo fantástico de imprevisto? Quiero decir ¿Saben esa sensación de necesitar contarlo? Y no a una ¡Sino hasta a dos personas! Y ahora vengo yo y os hablo a todos ustedes y no solo eso, sino que además voy a intentar reducir mis metáforas ¿Por qué? Porque mis metáforas no son un recurso para hacer algo más bello, las uso para explicar cosas y, esto es lo que nos interesa, para no decir en mis escritos cosas de manera clara, de hecho a veces nadie puede entender de qué hablo, de hecho a veces ni siquiera se es consciente de que estoy metaforeando. Había algo, que no use metáforas no quiere decir que vaya a decir que A es A, puedo decir que A es algo que no me da la gana decir, pero no así diré que A es X, y ahora es cuando el lector deja de leer pues piensa que no vale la pena seguir leyendo esto. Cuando digo lo de que cuando te pasa algo genial quieres contarlo, me viene a la cabeza la imagen de un columpio, esto es porque una vez me pasó algo fantástico en un columpio, una de esas cosas que quieres contar inmediatamente a quien sea, y he olvidado qué pasó, pero me acuerdo del columpio. Ah, se me olvidaba, además de no metaforear, creo que puedo superar mi crisis de no saber qué escribir recordando el principio de "escribe para ti, no para quien lo va a leer".
Volvamos a la pobre frase que he dejado inconclusa, la de "Había algo...", o mejor no, volvamos un poco más atrás, a las seis de la mañana del día de hoy. A las seis de la mañana del día de hoy me he levantado y, en la oscuridad presente que no era realmente oscuridad pues el sol ya daba señales de vida, he ido al baño y he bebido agua, tras esto he vuelto a la cama, bien, pues este acto que no parece digno de nada, ni siquiera de ser recordado al despertar a horas más normales para un día de verano, ha ido seguido de otro. De repente me desperté de mi casi vuelta al sueño, me incorporé y, a excepción de los ojos, comprobé que me encontraba en un estado de ausencia de sueño, algo verdaderamente extraño a las seis de la mañana. Empezó a llover y me acerqué a la ventana abierta, quería comprobar si era una de esas lluvias que caen en vertical o una de esas intrusas que intentan penetrar en mi habitación, mojándolo todo a su paso. A pesar de que no entraba ni gota, decidí cerrar la ventana por si la lluvia, aprovechando mi vuelta al sueño, me traicionaba y se colaba a fingir ser un mueble de mi habitación. Antes de dormirme uno de esos rayos poderosos iluminó toda la habitación, después me dormí arropándome con el murmurar de la lluvia, creo que murmuraba enfadada por no dejarla entrar.
Hace poco leí que solo soñamos durante los cuatro minutos que preceden al despertar, mientras escribo esto estoy pensando que eso no puede ser pues el cuerpo no sabe cuándo se va a despertar, pero me da igual, así, sin más, no me importa ¿Yo sueño? Sí ¿Recuerdo lo que sueño? Pocas veces ¿Por lo tanto me importa si sueño cuatro minutos o veintitrés segundos? Paso de contestar. Antes de pesar que esto de los cuatro minutos no puede ser, había pensado que entonces quienes duermen mal y se despiertan muchas veces, tienen buena suerte, pues soñarán cuatro minutos antes de despertarse cada una de las veces, por lo que soñarán un montón. No sé si fue antes o después de despertarme, pero recuerdo algún dato de un sueño que en parte es importante para seguir con esa inconclusa frase "Había algo...".
Los datos del sueño, en un desordenado orden hecho a propósito, pues quiero dejar un dato para el final, son:
-Había un videojuego que te regalaban al comprar una caja de figuritas de unas famosas películas.
-No sé si era parte de ese mismo juego pero unos hombres que te congelaban si te tocaban se hacían reales y la liaban, yo puede que les encerrase, acabase con alguno y hasta que les perdiese el respeto.
-Huyendo de esos seres me metía en un colegio y mientras corría hacia abajo o hacia arriba por las escaleras, me metía en un chat en el que aportaba tres comentarios que ni importan aquí ni importaban en el sueño.
-Esos comentarios probaban mi presencia en dicho colegio y me metían en problemas con el jefe de estudios y varios profesores, de los cuales escapaba con mi fantástica dialéctica.
Todos los datos anteriores son completamente irrelevantes, el último, que creo que venía antes o después de todo lo anterior, o mientras buscaba las figuritas, dice:
-Me topaba con La Bruja, Bizzy, la mujer pájaro, la guardián del bosque, la mala... ¡Ah no! Que he dicho que nada de metáforas, pues me topaba con Lucia. Es curioso, hace poco soñé con sietesiete y en el sueño era mucho más pequeña que en la realidad (sietesiete es su nombre, así que no tengo por qué decir su nombre oficial) y lo mismo pasaba con Lucia, presentaba ese aspecto con una trenza cayéndole por cada lado de la cara, el mismo que en aquella fotografía. No recuerdo que me decía, algo como que era una sorpresa verme, que había dejado una red social, y algunas cosas más, una me la callo, yo recuerdo que maldije a S., aquella de cuyo nombre saqué a Slvira, por haberme dado algunos datos incorrectos sobre Lucia y le comentaba la anécdota del regalo, presente en otra historia que no viene al caso.
En fin, que por haber hecho el tonto a las seis de la mañana me levanté más tarde de lo normal, con una extraña y apretada agenda de cosas que hacer. Así que me puse rápido, bajé e hice esto, subí, bajé, limpié, me limpié, ordené, busqué, hice, cogí el teléfono, llamé, y tararí y tarará y tarariburirará.
Lo que me lleva a poco antes de irrumpir en esta charla. Lucía, con el derecho que da un sueño, se me había posado en la mente un par de veces, y una vez cogí el ordenador y, para colmo, vi una fotografía suya, decidí consultar esa red social que en el sueño me había dicho que no usaba, premio, no la usaba, y pasó lo que pasó. "Había algo...", sí, había algo que me había prohibido a mi mismo mirar, una página por no dar más datos, una página que estaba conectada con mi fuerza de voluntad, mi necesidad decía "mírala..." y mi fuerza de voluntad, en creciente desarrollo, decía "No", y así nos quedábamos. Pero hoy no es que haya apuñalado a mi fuerza de voluntad, sino que los astros se alinearon y todos se apartaron, entonces, en el pasillo que dejaron todos al moverse a izquierda y derecha, pasé yo, y entré en un lugar que tiene un cartel oxidado que me prohíbe el paso, vale, he usado una metáfora, quería decir "una página que tiene una dirección que no debería conocer”.

¿Qué me esperaba? Eso da igual, o no, pero no lo voy a decir. Lo que viene a cuento es una entrada puesta justamente hoy, una que ¡Pum! Además trataba sobre un chico probablemente atractivo, misterioso, inteligente e intrigador, o yo que sé, yo me entiendo, uno con el que tragas saliva antes de competir en lo que sea. Y leí, y no caí, me mantuve fuerte, y esto me provocó tal éxtasis que vino a mi mente un columpio y tuve que venir aquí, a interrumpir esta, probablemente, interesante charla y contároslo, en fin, quizá hoy, por ser hoy, no me importe el lector, pues escribo para mi, y ahora, querido profesor, le devuelvo el micrófono- Y como vine, me fui. Veni, vidi, vinci.

martes, 24 de junio de 2014

Puedes venir si lo deseas.

-Si vienes conmigo te contaré la historia que les prohibieron cantar a los ratones, te explicaré por qué los búhos tienes ojos de cristal y por qué la Madre Naturaleza ha cambiado la felicidad por un misterio.
-¿Y si en algún momento me dejas de prestar atención para atender otro asunto?
-Entonces te perderás, sin duda.
-¿Y qué ocurre si me pierdo?
-Que andarás sin rumbo con una angustia que te oprima el pecho.
-¡¿Para siempre?!
-No, hasta que te encontrase, que ocurriría si al tirar los dados saliese tu número, o hasta que te encontrases tú.
-¿Y eso cómo sería?
-No lo sé, yo aun ando perdido, dicen que cuando te encuentras la oscuridad que está frente a ti empieza a brillar, pero sigue siendo oscuridad, y brilla tan fuerte que te tienes que tapar los ojos y cuando tus ojos se atreven a mirar de nuevo, hay una puerta frente a ti.
-¿Y la cruzo?
-No, jamás, debes bordearla y hacer que no te importe pensar el qué hubiese pasado de haberla cruzado.
-¿Y qué ocurre si la cruzas? ¿Lo sabes?
-Sí, lo sé, me lo explicó un hombre que murió hace tiempo.
-¿Y me lo puedes contar?
-No, por si te topas con la prueba.
-No sé si me atrevo.
-Si vienes, de camino te contaré la historia de la reina bruja y de cómo, tras matar al soberbio, fue vencida por el niño que no dejaba de llorar.
-¿Y si no voy?

-Si no vienes siempre te atormentará el no conocer qué hubiese pasado, podrás ser feliz aquí, pero no serás más que eso, feliz.

jueves, 19 de junio de 2014

3, 7 y 14, tres imágenes y un juego.

3, 7 y 14 son los tres números escogidos al azar. Ahora buscaré en la carpeta de fotografías y dibujos, creada hace poco, que lleva por título “inspiración” y que aun no he utilizado, tres imágenes siguiendo el orden de los tres números, las describiré y tendré que hacer una historia con ellas.
3 - Es una fotografía en blanco y negro en la que destaca una barra de un bar en la que hay una mujer, posiblemente francesa, apoyando la cabeza en la mano y mirando al frente divertida mientras un hombre se inclina a su lado en lo que, con mucha aunque no toda seguridad, parece una actitud de ligoteo que implicaría que él ha bebido un poco, aunque sigue plenamente consciente de todo, y ella tal vez algo, medio vaso o así. Él cree que puede pasar algo bueno y a ella le divierte la situación mientras piensa “ya se verá”, aunque lo más probable es que esa noche ella acabe en su casa, normal, y él, si no está muy borracho, se masturbe y se acueste farfullando cosas malas.
Que malo soy, se me ha olvidado decir que él no tiene gafas, hay dos hombres en el fondo, un cenicero y un paquete de cigarrillos en la barra y uno casi acabado en la mano en la que ella apoya la cabeza, en la cual también tiene un anillo, aunque no parece de casada.
7 – En menudo lío me he metido, ya podía haber hecho la historia con la imagen anterior, pero voy y me topo con un dibujo en blanco y negro que… en fin, paso a explicarlo.
Hay una cama en la que, pequeña y en el centro, está sentada una muchacha con un vestido negro. La chica está derramando una copa de vino, parece que lo hace a propósito fingiendo que mira a otra parte, sobre la americana blanca de un conejo gigante y bien vestido que está recostado a su izquierda. A la derecha hay otro conejo gigante que la mira también mal, solo que esté tiene americana negra y corbata, no lleva pantalones y de su cintura y sus piernas casi parecen de avestruz. Sobre el segundo conejo, el de la derecha, se encuentra un lagarto erguido sobre dos patas que mira, sacando su larga lengua bífida, a la derecha, a algo que no se ve y que probablemente no exista, con una bolsa de viaje a rombos cuya correa le cruza el pecho. Otro lagarto de iguales características se encuentra a los pies del conejo de la izquierda con actitud desentendida y en movimiento, está a punto de salirse de la escena. Por último, a los pies del conejo de la derecha hay una maleta abierta de la que sale un pulpo con ojos muy grandes, de esos que provocan a ciertas adolescentes un “ooohh”.
14 – Esta imagen se la enseñé a mi madre el otro día bajo el título de “mira mamá ¿Qué te parece esta foto?” y tras su respuesta dije “pues no es una foto, es un cuadro” para su “¿Seguro?”. Es un cuadro hiperrealista en el que solo se ve parte de un brazo de mujer, se adivina su cuello y se centra en sus labios rojos y la cara de nariz para abajo. Imagínense una mujer en una bañera que sumerge un momento la cara en el agua, es solo eso. Pero a mi modo de ver la imagen contiene mucho, la seriedad de los rojos labios apretados, el agua gris, nada transparente, agitada…
¿Empezamos?

-Vamos, cuéntame cómo es que estás aquí si no, o buscas a alguien o buscas una historia, y ya me has dicho que no escribes- Y le dio otro trago al vaso.
-Busco entretenerme- Miró con desilusión la colilla ya apagada entre sus dedos, la estrechó y retorció contra el cenicero. En ese momento él vio su anillo y, pensando que estaba casada, se relamió, en parte por lo excitante de acostarse con una mujer casada y en parte porque que ella estuviese allí sola podía significar que buscaba sexo, con quien fuese y nada más.
-¿En un sitio como éste? Vamos, yo conozco uno mejor.
-¿Cómo tu piso?
-Bueno, si quieres ir allí…- No se creía su suerte, lo que antes era una caliente imaginación ahora era una realidad que podía ver y palpar, con sudor y respiraciones agitadas.
-Un momento, voy al baño- Se levantó y mientras se acercaba a un extremo del bar, completamente a oscuras, pensó que cuando había apagado el segundo cigarrillo había apagado también todo posible interés de aquel hombre.
No iba al baño para abrir el grifo con tal de que no se la oyese orinar, ni cosas mayores, ni retocarse el maquillaje de los ojos, bueno, el maquillaje tal vez sí, pero no pesando en el hombre que la esperaba buscando un preservativo en la cartera, sino en sí misma, y bueno, lo que quería hacer era apoyar las manos en los lados de la pila, acercar la cara al espejo y mirarse a los ojos, no por nada especial, sino porque eso te sirve para indicarte que tú eres tú.
Justo antes de llegar a la puerta del servicio de señoras se abrió la puerta que había antes, y la mujer profirió un grito ahogado, pues frente a ella se encontraba una especia de lagarto de apenas un metro que la repasó de abajo arriba y comentó:
-Sluá- Abrió su bolsa de viaje y le tendió un paquete de cigarrillos a la joven mujer, después paso a su lado, atravesó el bar y salió a la noche, al parecer había llovido un poco y afuera el ambiente era fresco.
La chica, hipnotizada de algún modo, empujó la puerta y entró en aquella habitación.

-Lo decís porque soy menor, seguro que de tener tres años más no tendríais ningún problema.
-Deberías estar agradecida de que no te regañemos por beber alcohol.
-Ya faltaba, no cumplís de amantes, ibais a cumplir de padres.
-Niña, no seas insolente… ¡eh, cuidado! ¡Me has echado el vino por encima!
-Ups, lo siento, es que como soy una pequeña niña de quince años, pues soy torpe.
Entonces el enorme conejo de americana blanca, aun con la mancha de vino en un constado, se levantó y estiró las ropas.
-Buenas noches, belle dame- Se agachó un rozó con su peluda y suave nariz la mano de la visitante, aun con la boca abierta de incredulidad.
-¡Pero bueno! ¡¿Qué diantres pasa aquí?!-A su espalda parecía haber aparecido el hombre de la barra… ¿cómo había dicho que se llamaba?- Maldito lepórido, deje en paz a esta mujer ¡es mía!-Y escupió tres gotas al decirlo.
Entonces se incorporó el otro conejo, el de negro, al tiempo que el lagarto que tenía encima saltaba para no caer, y se dirigió en dos zancadas al hombre, al cual, con un veloz movimiento de liebre, golpeó en el estómago y siguió pegando. A todo esto, horrorizada, la mujer, mientras contemplaba el espectáculo, retrocedía de espaldas hacia el centro de la habitación.
De pronto oyó como un grito, algo así como el maullido de un gato bebé, el sonido de apretar un patito de goma y el cantar estridente de un pajarito, todo junto, miró a sus pies y vio cubiertos de lágrimas aun sin caer los enormes ojos de un pulpo bebé que le miraba desde una maleta abierta, suplicándole con la mirada que dejase de pisarle uno de los tentáculos. Un lagarto como el de hace un rato saltó entre ella y el pulpo y le gritó a la vez que la empujaba:
-¡Sluá!
Ella vio una puerta y huyó dentro.
Resulta que al baño se podía acceder desde la sala grande, la de la barra, y desde aquella, la de la cama, los conejos y la muchacha. Pero no era un baño sucio de bar, ni siquiera un baño limpio de bar, era un baño que brillaba, con azulejos blancos, espejo, grifos dorados… y una bañera. La mujer estaba apoyada contra la puerta por la que acababa de entrar y se sintió extraña, incómoda y fuera de lugar cuando su mirada se cruzó con la de la mujer que se encontraba dentro de la bañera, la intrusa preguntó sin palabras “¿se puede?” y la huésped respondió del mismo modo y con mala gana “adelante”, tras esto se sumergió entera en la turbia agua de la inmensa bañera. La chica francesa se sentó en una silla que se encontraba en el centro de la habitación, paralela a la bañera y mirando a la puerta por la que acababa de entrar, recordó entonces que aun tenía en la mano el paquete de cigarrillos que le había dado el lagarto, extrajo uno, se lo puso en los labios y tanteó su cuerpo en busca de un mechero que no estaba, del agua salió una mano que portaba un mechero, cuya llama prendió el cigarrillo. Aquellos cigarrillos relajaban de un modo extraño y entre el ligero humo que se posaba en el techo de la habitación, ambas mujeres empezaron a hablar.
-¿Quién es ese hombre que te acompaña?- Preguntó la mujer de la bañera con la cabeza fuera del agua y los ojos cerrados
-Es… no sé, no es nadie- Y una lágrima apareció, sin una razón fácil de entender, en su ojo, una lágrima que chocaba con la diversión que había existido hace poco en la barra del bar. La otra mujer lo entendió y decidió cambiar de tema.
-Ese anillo es bonito, pero no es del tipo de anillos que se encuentra en una joyería ¿Cuál es su historia?
Se miró la mano e hizo girar el anillo con el dedo gordo de la misma mano.
-Bueno… me lo dio un conejo, hace mucho, cuando era una niña- Le dio otra calada al cigarrillo, que se encontraba ya en sus últimas- ¿Y tú? ¿Qué haces aquí sola y en un sitio tan raro?
-¿Raro?-Abrió los ojos- Mira a tú alrededor, mira de dónde vienes, dónde acabas de estar, ¿Te parece ahora rara una simple habitación por limpia que esté? Y respecto a lo de qué hago aquí, no lo sé, un día me desperté ya en la bañera, creo que debí caer de otra historia, o algo así, y quedé olvidada, como si te hacen una fotografía o te pintan, que quedas para siempre congelada, y con la misma expresión, el mismo sentimiento, en mi caso esta aparente tristeza.
De pronto la puerta se abrió y entró la niña que había estado entre los dos inmensos conejos enjuagándose los ojos con la mano que no sujetaba el pomo de la puerta.
-El chico se ha ido y tú debes irte también- Dijo mirando a la mujer que fumaba sentada –Sluá se va ya y debes irte con él.


Y así es como se acaba la historia de 3, 7 y 14, puede parecer inconclusa, pero las imágenes nunca dejan de contar historias, por lo que es imposible terminar de hablar de una sola, así que imagínense tres.

domingo, 15 de junio de 2014

El sentido del humor de este antiguo general.

Juro que no sé muy bien de qué estoy hablando ni de qué voy a hablar. El libro que me estoy leyendo no me está gustando y opino, perdón por la expresión, que el autor no tiene ni puta idea de qué es el desamor. Yo ya soy un veterano, y no uno con la chupa llena de condecoraciones, sino uno que ya descansa jubilado en casa y les cuenta a sus nietos batallitas, nunca mejor dicho. Y, dejando a un lado el escritor éste y siguiendo con la metáfora, todo militar con tormentosos episodios en el pasado se desvela gritando de vez en cuando, y eso me pasa a mí también, les pasa a todos los que (aviso de ¡pum! romanticón) amaron y… ¿cómo sigue esto? ¿“amaron y ya no aman”? ¿“amaron y ya no son amados?” porque, señor juez, yo ya no amo, amé y tal vez algo me persigue, pero para nada amo, que conste en acta. Bueno, lo que iba a contar, abro el ordenador, lo que al ser un portátil sería subir la pantalla, y veo una foto de aquella batalla (“batalla” como parte de la metáfora, significando ex amada o yo qué sé, estoy usando terminología desconocida para mí y que, siendo sinceros, no me gusta nada), y en vez de hacer fiiiiiuu, coger el móvil o visitar ciertas páginas que me están prohibidas (prohibidas por motu proprio y amenazas severas de una amiga, no es que sean pornográficas o algo así), me he reído, sí, se me ha escapado la risa, y no solo eso, sino que he ido a buscar en la RAE si era “motu propio” o “motu proprio”, como ha resultado ser, y me la he vuelto a encontrar, a ella, a la batalla en cuestión, y, con su no sonrisa y sus ojos siempre tan significativos, parecía que me iba a decir algo, algo que probablemente hubiese sido medio malvado y me hubiese destrozado, pero le he dicho “un momento” y tras buscar lo que iba a buscar, eso mencionado por ahí arriba, he vuelto a pasar por delante de ella pasando a su vez de ella y he vuelto aquí, al escribir, que no sé por qué lo estoy escribiendo a toda velocidad, creo que es porque si dejo de escribir un poco me puedo poner a pensar, cosa sin duda nefasta, o yo qué sé, quizá si voy lentamente se me ocurre el qué escribir a continuación, lo que provocaría un atentado contra la norma que he jurado al empezar este escrito. En fin, creo que aquí y por ahora ya he terminado, lo malo es que no sé cómo terminar, lo que, de no hacerse bien, puede quedar muy brusco, lo cual no quiero. En fin, este antiguo soldado creo que se va a ir a leer al novato que ha escrito un libro sin tener ni idea del tema principal, y de la que va, parará un momento para dedicarle una brusca sonrisa, para nada sonrisa, a aquella batalla que le asalta diciendo “aquí no ganaste”, para que el general le responda “ni falta que hace, cuando se lo cuento a mis nietos les gusta más que de vez en cuando pierda una pierna”.

miércoles, 11 de junio de 2014

Cuéntame, yo prometo estarme callado

¿A quién buscan tus ojos tristes? ¿A quién creen ver cuando alguien cruza por tu ventana?
Dime ¿Qué es eso que a nadie cuentas porque hasta tú lo has olvidado, eso que cuando recuerdas te echa atrás por la sorpresa y luego tapas con la delicadeza de la media sonrisa para no tener que mirarlo directamente?
¿Quién no manda cartas, ni llama por teléfono, ni viene a verte?

No te diré "me tienes a mí", porque sé que sonreirás, me dirás que lo sabes y pondrás como punto un cumplido, pero nunca vendrás, nunca, solo si las cosas se empiezan a caer, todas a la vez, sin poder hacer nada o por lo menos no saber que hacer. De todas formas, me tienes a mí.

domingo, 8 de junio de 2014

Juan y yo, Juanillo.

-Miguel.
-¿Sí?
-¿Tú crees que esto que hacemos son clichés?
Miguel bajó lentamente el periódico y miró a Juan a los ojos
-¿Qué?- Y salpicó una gota de incredulidad que resultó ser saliva.
-No, a ver, es que una vez nos acusaron de eso, además ¿Dónde se encuentra la originalidad? Por no decir que a veces...
-¿A qué viene todo esto?
-¿El qué? ¡Ah nada!
-Verás, Juan, resulta que tú y yo en realidad somos como una especie de uno que son dos ¿me sigues? y pese a que muchas veces preguntemos las cosas por "no, solo lo preguntaba por curiosidad, a veces lo hago, soy muy curioso", siempre tenemos un motivo.
-Vale, verás, leí un artículo en el que la autora respondía con su opinión a cómo podían jóvenes autores difundir sus obras, y en un momento del mismo hacía una distinción entre quienes escriben de verdad y quienes hacen "clichés refritos e historias de lo más insulsas y trilladas" y pensé que quizá nosotros...
-Juan ¿Nuestras historias son corrientes?
-Es que ése es el problema, La Duda, con el que tantos pensadores y filósofos se han topado, además de escritores, claro, y es que entonces...
-Juan.
-Vale, pues a ver ¿Y si nuestras historias sí son corrientes? ¿O son cosas trilladas? o yo que sé, leemos cosas de calidad, no estamos familiarizados con lo malo, y quizá... quizá pertenezcamos a él...
Miguel sacó del bolsillo una pitillera de plata de la que extrajo un cigarrillo realmente caro al que, tras encender con un zippo, dio una profunda calada. Era su mundo y ya estaba tardando en fumar.
-Hoy mismo hemos recibido varios comentarios- empezó a responder antes de dar otra calada cuya única función era la de generar una pausa en la que la expectación y la temperatura del lugar subieran- Nos alababan, eran como las típicas frases que aparecen en las contraportadas de los libros pero con un matiz de sinceridad.
Ahora fue la cara de Juan la que se tensó y fue su frente la que se arrugó.
-No me parece bien- Dijo.
-¿El qué?- Miguel había cerrado un momento los ojos y los abrió con desgana.
-¿Recuerdas la tontería que has soltado del "somos uno que son dos"? Pues yo también he leído esos comentarios y me parece que les estás dando un trato indebido.
-Pues contéstalos- Miguel había vuelto a cerrar los ojos y el humo de su cigarrillo salía completamente vertical.
-Ya sabes que yo no respondo comentarios...
-Pues busca a la persona.
-Ya lo intenté y solo coseché enfados fruto del orgullo, enfados míos y ajenos, algo así como cuatro pájaros de un tiro.
-¿Te vas a hacer cazador?
-¿Me estás escuchando?
-Sinceramente, no, eres demasiado aburrido, molesto tal vez, como un grano de los feos ¿por qué no te exploto? porque te infectarías y durarías más, por eso estamos en este banco al sol, a ver si te secas- Miguel recolocó las piernas para que no se le durmiesen.
-Al final no sé si somos un cliché.
-Lo serás tú, yo fuera de aquí existo, soy como Unamuno en Niebla. Y no, sé que vas a empezar a tontear en la imaginación, en la cual pensarás "¿Qué ocurre si mato al autor dentro de su cabeza?", pero te diré una cosa, lo sabré yo antes y acabaré contigo.
-No creo, si "somos uno que son dos" moriríamos los dos si me suicido.
-Cállate.

Al rato Miguel abrió los ojos, después de pensar que "habrir" debería existir con algún tipo de curioso significado, había estado pensando en las palabras de Juan, ¿Y si la gente que le decía que escribía bien lo hacía por ser él? Es decir, no se esperaban que escribiese y escribía, lo cual generaba una sensación de "pues es bueno lo que hace", o incluso quizá sí escribía bien ¿Pero quién había dicho que los clichés no podían ser buenos? Miguel, con una colilla fría y apagada en los labios, miró los tres edificios que le rodeaban, tres edificios de una ciudad que su mente no se había molestado en moldear, tres edificios que probablemente hubiesen acabado siendo destruidos al final de la tarde, entonces se le escapó una lágrima, pero fue una lágrima pionera, pues no apartó la maleza de las pestañas para casi morir de sed durante sus mejillas y acabar en los labios plantando la bandera de "sabor salado" o saltando desde la barbilla para terminar una breve vida con toda la adrenalina posible hasta caer al suelo. Esta lágrima aprovechó que Miguel tenía la cara en una pose ligeramente inclinada y salió por la derecha de su ojo derecho, pudo ver la oreja y la piel libre de lágrimas hasta entonces, cuando llegó al precipicio no se lanzó, solo bajó rodando por el cuello. Miguel entonces recordó los comentarios y casi grita de la rabia, esa lágrima debía haber sido tal vez por ellos, pero no por lo que había sido, fuese lo que fuese.
-Vámonos Juan.
-¿Y los edificios?
-Ya desaparecerán por el olvido, a nosotros no nos incumbe.
-¿Al final esto es cliché o no?
-Juan ¿somos guapos?
-Pues no lo sé.
-Somos guapos cuando nos sentimos guapos, lo que escribimos, lo que escribo, es diferente cuando siento que es diferente.
-¿Y esto es diferente?
-Sinceramente no tengo ni idea, dejémoslo en que es raro.




PD: Una lágrima cae sobre los labios y la lengua la recoge, por lo que la lágrima se suma a la saliva. ¿Una persona que no deje de llorar está llenando el mundo de besos tristes?

jueves, 5 de junio de 2014

orgulloso

Escuchó aquella canción francesa y tuvo que dejar de ser orgulloso por una vez, le escribió un mensaje.
"feliz cumpleaños, con cinco años de retraso".

miércoles, 28 de mayo de 2014

él y ella

Él, como siempre que debía disculparse sin palabras, le preparó el desayuno, le susurró buenos días y la besó ligeramente en la frente, no en los labios porque no sabía si ella firmaría la tregua que él le ofrecía o habría aun un par de batallas más. Ella cumplió su papel pintando una sonrisa en un cuadro que era solo para él, tomándose el zumo de naranja antes de que se fuesen las vitaminas y terminando el café con un estaba todo delicioso, no me importaría que hicieses esto más a menudo. Pero ambos, él mientras consultaba la prensa y ella mientras se duchaba, seguían pensando en lo que había pasado, y ya no concretamente en ello, sino en lo que había pasado incluyéndolo en un contexto mucho más grande y desproporcionado. Él tuvo que leer cuatro veces el mismo artículo antes de darse cuenta si quiera de qué trataba, y ella se equivocó de champú y de toalla. Cuando salió de la ducha avisó de que había salido, así que él dobló el periódico y lo puso debajo del libro de sudokus de ella. Se cruzaron un segundo en el pasillo, ella con la toalla desde la axila hasta el muslo y él con el pijama de verano, que había sustituido a la camiseta y calzoncillos de siempre para dar una mejor imagen cuando fue a llevarle el desayuno en bandeja a la cama. Al entrar en el cuarto para vestirse, empujó la puerta, que no llegó a cerrarse sino que dejó una delgada línea, él soltó el manillar de la puerta del baño por la que iba a entrar y espió sin espiar. Ella le daba la espalda cuando se quitó la toalla, pero mientras iba de un cajón a otro sin deparar en su presencia, él la contempló, contempló sus pechos, aun provocativos, sus piernas, su vientre y sus nalgas, que se habían enfrentado bien a las arrugas y los años, contempló cómo se le pegaba el pelo en la espalda. Recordó esa escena, el pelo, aunque seco, cayéndole por la espalda, y él apartándolo para basarla por toda la columna, pensó en lo mucho que se parecía aquella mujer a la de su memoria, pensó que eran casi iguales, pero algo las diferenciaba. Una vez desnudo en el baño se sorprendió de que por primera vez no le hubiera excitado ver a su mujer desnuda.
En el coche, él bromeó con que ella se había vestido a juego con las nubes cargadas de tormenta, y acabaron teniendo una conversación agradable que ella olvidó al bajarse en la entrada del edificio donde trabajaba y él en el parking de su propio trabajo.
Ambos trabajaban delante de pantallas de ordenador, no hablaban con nadie que no fuesen sus compañeros y colaboradores, ambos tenían una brevísima pausa para comer, ambos, a pesar de no fumar, acompañaban a fuera a los que sí lo hacían para poder descansar un momento los ojos, las máquinas de café de ambos edificios proporcionaban un mejunje horroroso, en ninguno de los dos trabajos se hacían ya fiestas ni regalos por navidad, ambos conserjes eran amables, en los dos sitios había una mujer de la limpieza increíblemente parecida, gorda y malhumorada, y aun así ambos trabajos eran completamente diferentes.
Mientras trabajaban llovió mucho, a ella le gustaba escuchar las gotas, le relajaban, él sin embargo prefería verlas caer, ver la lluvia golpeando los cristales cuando caía fuerte o verla caer completamente vertical, con las gotas completamente definidas como en los comics. Mientras trabajaban y la lluvia caía, ninguno pensó en la infidelidad, nunca habían sido infieles y ni siquiera se les podía pasar por la cabeza, para ser infiel debes sentir algo fuerte y espontáneo sobre alguien, y ambos serían incapaces de ello, no con una persona en casa a la que sin lugar a dudas habían querido y a la que probablemente seguían queriendo, aunque de otra forma.
Cuando dejó de llover, él se despidió de sus compañeros una hora antes de lo normal, a nadie le importó más que el hecho de apartar la vista de las pantallas, levantar las manos y gritar hasta mañana. Cogió el coche y condujo por una autopista prácticamente vacía, rodeada de bosque y más allá del mar, se desvió en una salida poniendo el intermitente pese a no haber coches cerca, condujo tan solo un poco más antes de pararse en algo parecido a un mirador. Era una península diminuta en la que tan solo había tres árboles y cinco bancos de piedra, dos a la derecha, uno al frente y dos a la izquierda, cualquiera hubiera supuesto que el banco solitario era el mejor, estar justo enfrente del mar, sin lada a los lados y con la bruma allá al fondo, pero él escogió el primero de la derecha, era su banco, ése al que iba siempre que podía cuando dejaba de llover. Puso dos hojas de periódico y se sentó en ellas para no mojarse, después se dejó perder en la similitud de colores de la ciudad, al fondo a la derecha, el mar y el cielo, grises, blancos y azules en un cuadro de acuarela que te parece bonito pero que nunca comprarías. Apenas visibles había barcos en el puerto, tan a lo lejos que no se movían y se sumaban al cuadro, le gustaba ver los barcos, se preguntaba por qué de niño, junto a los trabajos idealizados, no había dicho que le gustaría ser marine, aunque daba igual, tampoco había dicho nada de trabajar en un ordenador y es en lo que había acabado, pese a estar considerado como un buen empleo.
El reloj le advirtió de que se había entretenido, cogió el coche y fue a la ciudad en una carretera vacía a más velocidad de la que debía. Nunca había llevado a su mujer a aquel lugar, ni le había hablado del mismo, pero no lo veía como una mentira o una traición, solo como algo suyo que no tenía por qué dejar de serlo, además seguro que ella tenía su lugar, y a él no le importaba, llevar a quien fuese a allí lo rompería todo, dejaría de ser suyo. Llegó apenas unos minutos más tarde de lo normal a recogerla y acabó con el silencio de los primeros dos minutos hablando del programa que se había caído y lo que había hecho ése y el morro que tenía aquél al irse en un día así una hora antes de lo normal.

Aquella noche, mientras cenaban, él se llevó la copa de vino a los labios y la miró a los ojos, que estaban fijos en su plato, y se dio cuenta de que ya no sentía nada.

martes, 27 de mayo de 2014

Ciudad de polvo y fuego

Los muros de la ciudad caían a cámara lenta atacados por las catapultas. Dentro, las llamas habían tomado el control y lo devoraban todo, los edificios de madera iban disminuyendo y los de piedra caían, uno tras otro, sepultando las calles. La gente que aun quedaba ya no lloraba ni gritaba, solo se encogía abrazándose las rodillas, mientras las altas llamas crepitaban acercándose, rodeándoles, y las piedras catapultadas silbaban sobre sus cabezas. El Enemigo entró por las ya inexistentes puertas y se dirigió al corazón de la ciudad, y entonces, entre las ruinas, llamas y miseria, un loco alzó la espada y dirigió su caballo a galope contra el Enemigo.

Lo que pasó después es por todos conocido, asique no diré más, solo dejaré en memoria vuestra la espada que brillaba, las llamas, las lágrimas de rabia, las súplicas y el coro que, en mitad de las llamas,  lo cantaba justo antes de los aplausos, con voces desgarradas.

domingo, 25 de mayo de 2014

Cierre temporal.

Ahora mismo estoy en el limbo que es el estudio para la Selectividad, llamada ahora PAU, que se 'celebra' los días 10, 11 y 12. Intentaré subir alguna entrada pero ni mucho menos podrá ser a diario. Creo que me había ganado algún lector que he perdido, en fin, habrá que recuperarlos ¿no? Además quizá vuelva con sorpresas, quizá.
En fin, me despido.
Un saludo o un abrazo o lo que sea más apropiado.

jueves, 22 de mayo de 2014

Estúpidos pájaros

Y así es como cerró el libro de repente, y no solo lo cerró, ya cerrado miró la portada y lo lanzó lo más lejos posible dentro de la habitación, luego vio la ventana abierta y pensó que podía levantarse, recoger el libro y regalárselo a los pájaros, sí, a los estúpidos pájaros como los que había en el libro, pero claro, éste no se merecía que se levantase a recogerlo.
Se levantó aun así, se sentó en la silla y la acercó a la mesa, después cogió una hoja en blanco del montón que siempre tenía preparado y su bolígrafo. Empezó a escribir siete veces, tachándolo todo, matando las siete vidas del gato. Luego se sintió mal pues el gato podía haberse comido a los malditos pájaros. Estúpidos pájaros.
Con la tontería acabó escribiendo sobre un gato, pero como no sabía en qué pensaban los gatos, hizo que se metiese tras un biombo y se cambiase a mujer, luego dudó si matarla. Lo que le había molestado no era la muerte que se había producido en el libro, ya hacía una hora que lo había lanzado con fuerza contra el suelo donde aún seguía, sino la genialidad, una genialidad que no podía, no debía tener quien lo había escrito, malditos pájaros.
En realidad le apetecía escribir sobre un medio vagabundo que paseaba por la calle, hacía un par de profundas reflexiones, llegaba a su sucia casa y se inyectaba heroína, perdiendo la vida a la vez que terminaba la obra, con el increíble aplauso y ojos rojos de todos los espectadores. Pero no, ya no se podía, ¿por qué? Por qué va a ser, por los pájaros, por los estúpidos pájaros.
Escribió que la mujer cogía una escopeta y acababa a perdigonazos con los pájaros de la cabeza de quien hubiese escrito aquel odioso libro, luego lo tachó.
Arrugó la hoja y no, no la tiró a la basura, la agarró aun siendo una bola, se guardó el bolígrafo en el bolsillo, cogió las llaves y salió de casa.
Anduvo hasta llegar a la avenida plagada de propaganda electoral, pero no, no le valía, carecía de la fantasiosa magia del libro que aun se encontraba en el suelo de su casa y le sobraba realidad, una realidad fétida de la que huiría todo pájaro, estúpidos pájaros.
Vio un niño sentado en la acera enfrente de la puerta de la que seguramente era su casa, y tuvo una idea.
Toma.
Y le dio la hoja de papel arrugada que contenía tachones y no ideas.
De la que volvía a casa se le ocurrió escribir sobre aquel chico que, inspirado por el que un extraño le entregare algo, corría a vivir enérgicamente su vida y cumplía sus sueños convirtiéndose en cantante o abriendo un café con su mejor amigo. Pero no, no podía ser, ante él vio el futuro de aquel niño, que perdería a ese amigo y nunca lograría ningún sueño importante, de hecho perdería la capacidad de tener sueños, nunca podría volver a soñar, nunca se sentiría realizado, nunca un extraño volvería a darle nada, nunca sería feliz.
Volvió corriendo a casa, corriendo de manera literal, pues quería intentar dejar atrás aquella capa de angustia que le acosaba. De hecho corría como los pájaros de aquel libro que dormitaba en el suelo de su casa, indiferente a que a él no le gustase. Pensar que estaba corriendo como en el libro le hizo correr aun más deprisa y luego parar, prefería la angustia que le seguía con la lengua fuera a parecerse a aquel libro, le dio ánimos su angustia y se la subió a los hombros.
Lo peor, y esto era verdad, es que volvería a casa, miraría mal el libro, lo recogería y se lo terminaría, y después… después seguiría leyendo todos los libros que publicase esa autora.

Estúpidos y malditos pájaros.