miércoles, 25 de febrero de 2015

La gota, la gota...

La gota no se decidía a caer. Estaba ahí, casi colgando de la hoja pero no caía, no, y yo ya me tenía que ir. Esas cosas me molestan, yo me comporto de una manera ejemplar haciendo algo que nadie hace para que el universo me lo pague así, increíble. ¿Cuántas personas más le dicen a su chófer que pare el coche y que siga sin ellas para que éstas se acerquen al parque por el que acaban de pasar porque se han fijado en una gota de agua que reflejaba toda la luz del mundo y que prometía caer como una joya ante la expectación de la sala para romperse contra el suelo en un inmenso espectáculo rapidísimo e insignificante? ¿Cuántas, eh? Pues ninguna, ya os lo digo yo, porque solo yo hago algo así, no siempre, por dios, no tengo tanto tiempo, pero me molesta hacer semejante hazaña para que después vaya la gota, le entre la vergüenza y diga que no cae hasta que me haya ido. Me levanto, que estaba de cuclillas, y a punto estoy de golpear la hoja para hacer caer a la gota por la fuerza. Me marcho indignado, con la frente bien alta y los ojos cerrados, así me marcho yo.

Sé antes de entrar en mi planta de oficinas que me asaltará Claudia diciéndome que Filipo ha llamado, que ha llamado buscando hablar conmigo, sé que Claudia le ha mentido diciendo que estaba reunido por temor a decirle que no sabía dónde estaba realmente, lo sé, lo que Claudia no sabe es que yo ya he hablado con Filipo, por el móvil, mientras caminaba desde el parque hacia la oficina, y como Claudia no lo sabe yo no se lo hago saber, me callo la verdad y la sustituyo por una mueca de sorpresa ante lo que me dice Claudia, así pasaré una hora trabajando supuestamente en lo que ya he trabajado, lo que me regalará una hora libre, una hora para pensar, para hacer cualquier cosa en el ordenador, para dibujar o para escribir sobre papel o en un cuaderno, aunque no para leer, pues un libro no hace las veces de algo que pueda pasar por trabajo, una lástima. Claudia se ha puesto guapa, se ha puesto guapa en general, pero destaco mentalmente sus tacones, su extra de maquillaje y su perfume y durante un momento fantaseo con que lo ha hecho por mí, para llamar mi atención, pero no me logro engañar, sé que lo ha hecho por Federico, el italiano, el que tiene suspirando por él a la mitad de las mujeres de la plantilla y que ha descubierto que entornando la puerta del cuarto de las fotocopiadoras, éste se convierte en un gran lugar para besar con sorpresa y pasión a quien se hubiese atrevido a tontear con él allá en su terreno. No recuerdo si le dije, o le hice entender, a Claudia que yo era gay, que no lo soy, pero a veces digo que sí, sobre todo a la gente homosexual, no sé por qué lo hago, pero a veces me presento así, con otro nombre, otro apellido, otra orientación sexual y otro domicilio, aunque realmente dicho domicilio sí existe, pero bueno, no hablemos de eso, hablemos de Filipo. Filipo es lo contrario que Federico en muchos aspectos, en el físico, por ejemplo, mientras que Federico adivina bajo sus camisas un cuerpo duro y atlético, Filipo porta con orgullo una barriga redonda, pero redonda, nunca habéis visto una barriga más redonda, dura, pero redonda. Federico siempre va afeitado y porta una lustrosa cabellera negra, Filipo tiene algo de calva y algo de barba, pero dejemos lo físico, que me aburre. Federico en realidad, si metes el dedo en la llaga y profundizas hasta la mierda, verás que realmente es inseguro, de hecho es de esos que, llegado el caso, huye, Filipo no, Filipo es un ser increíblemente realista que refuerza sus seguridades y protege sus debilidades mostrándolas exactamente como son. Y ya por último, aunque se podría hablar mucho más de esto, decir que si catalogamos la seriedad de las relaciones con mujeres del 1 al 4, mientras que Federico se suele y pretende mantenerse siempre en relaciones de nivel 2, Filipo siempre tiene nada, relaciones de 1, con ruptura de gráficos con varias relaciones de 4 en su historial que lo dejan todo perdido y van en aumento.
A veces, de tanto trabajar, se me olvida qué hago. Soluciono problemas, hago presentaciones, suelto frases geniales en el momento oportuno, despido a uno, contrato a dos, les despido y vuelvo a contratar al primero que eché y vendo información falsa a empresas de la competencia, creo que eso es lo que hago, pero no tengo un nombre dentro del escalafón de mi empresa que me ayude a saberlo, de hecho no aparezco siquiera en el organigrama, y eso que tengo uno de los mejores despachos, hay que joderse, además tengo una secretaria que se llama Claudia que no sé si piensa que soy gay, que teme a Filipo por lo penetrante de su mirada y cuyo corazón presiento roto por Federico. Yo tuve un jefe cuando empecé que tenía en su despacho un mueble bar, cómo le admiraba y cómo admiro, bebía ron con hielo durante el trabajo, frente a los nuevos trabajadores o frente a los clientes, qué grande era, trabajaba borracho y uno ni se daba cuenta, cuando se jubiló y le dije que a partir de ese momento sí que podría beber, me dijo con tristeza que a partir de ese momento ya no tendría sentido hacerlo.
Una mesa de pimpón en la oficina, eso sí que mejoraría la producción, pero tal vez se me fuese la pinza, comprase todas las empresas de pelotas de plástico, las de fabricación de mesas y las de raquetas y quisiese cambiar mi empresa haciéndola la líder mundial de venta de todo lo relacionado con pimpón. Conocí a los dieciséis años a la ganadora nacional de pimpón de mi edad, iba a mi clase, aquella época fue divertida en el sentido de que conocía a los ganadores nacionales de mi edad, o de otras edades, de diferentes cosas, así conocí a un ciclista, a un culturista, a la del pimpón, a una que hacía danza rítmica, a una dibujante que había ganado nosequé y más tarde a una patinadora de hielo, aunque creo que conocí a alguien más, pero no me acuerdo, ah, sí, también a una chica que algo hacía con la gimnasia.
Iba a poner “por” para continuar con “por aquella época también conocí…” pero he puesto por error “poe” aunque luego lo he borrado, pero es que eso me ha recordado a “Poe” lo cual me ha recordado a la poesía, lo cual me ha recordado a un intento de poeta que conocí, un tipo que sufría por sufrir, que parecía que quería sufrir aunque no quería, y escribía poesía, una poesía rara y complicada, una poesía que, sinceramente, me parecía mala, solo que claro, como parecía hablar de cosas de verdad, como parecía hablar de ese sufrimiento que como verborrea le atragantaba las venas, pues era buena. Es una pena que no conserve ningún poema, más que nada porque no tuve ninguno en físico ante mí, porque si lo tuviese se lo enseñaría a Filipo, me encanta escuchar a Filipo comentar cosas, a pesar de que yo pueda no estar de acuerdo, habla como si pariese al hijo de la pasión y la dejadez, el hijo del curioso y lo ya sabido, qué grande es Filipo, una pena que como socio en que se ha constituido hace poco, tenga que timarle, que traicionarle, pues eso no lo he dicho antes, pero suelo traicionar, apuñalar por la espalda, crecer chupando la esencia de otros, solo así se consigue un buen despacho y a una secretaria propia, aunque sea Claudia.
Odio tener tiempo, como esa hora libre, planear múltiples cosas que poder hacer y no acabar haciendo nada y aburrirme como no me hubiese aburrido si hubiese tenido la obligación de hacer algo, aunque fuese aburrido, o si no hubiese planeado nada. Finalmente escribí un microcuento y me marché de allí, a los treinta y dos minutos de haber empezado a trabajar, el microcuento decía así:
“El caballo de Atila, harto de la horrible opinión que existía sobre él, se hizo jardinero”.

Al salir a la calle y despachar al chófer me dirigí al parque intentando adivinar si la gota habría caído o no y si, en caso de no haberlo hecho, tendría público.

lunes, 23 de febrero de 2015

Y así se hace

No recuerdo cómo era eso de escribir, creo que consistía en una sucesión de letras, de palabras, alternando unas más largas y otras más pequeñas, de tal manera que gustan mucho las comas y las íes griegas, así que una muy buena frase puede ser “casa y apabullante, resoplido, veraniego y oscura botella, hija vaga y apóstol de las cerillas”. Pero está claro que no es solo eso, que hay que escribir cosas con sentido porque sino resulta que te dicen que estás intentando innovar y eso acaba cansando, porque puedes decir “árbol, árbol, ¿dónde se dejó las alas el conde Perico?” pero no algo mucho más largo como “En la noche, los búhos, esquivando ratas y miradas, sacan sus tentáculos, que hacen las veces de raíces salidas de la tierra, para internarse bajo los viejos muros de las casas abandonadas o aisladas y hacer crujir los entresijos de los misterios familiares que, pese a pertenecer a los muertos, siguen atormentando a bisnietos que vienen de la ciudad a conocer amores, fantasmas o perros que les acompañarán toda la vida”. Así que es necesario escribir cual títere bajo los hilos de algo terrorífico llamado ideas. Y ahí hay un problema, pues yo tengo la predisposición pero no las ideas, así que qué hago, pues bueno, puedo ponerme una canción con letra e inspirarme por ésta para, tomando un par de palabras de la misma de manera subconsciente, escribir algo que, esta vez sí, sea coherente e incluso una historia, como pueda ser “Solo faltaban un par de helicópteros pertenecientes a cadenas de televisión para que aquello pareciese una persecución de película americana. Un coche robado con los dos atracadores dentro perseguido por dieciséis, no, diecisiete coches de policía. Al cabo de dos horas y media eran ya ciento dos vehículos los que perseguían a los atracadores y no esperaban adelantarles, dispararles ni embestir contra ellos, tan solo esperaban a que se les acabase el combustible y se viesen obligados a parar por las buenas, pero fue entonces cuando estos aceleraron al máximo, sospechando un control unos kilómetros más allá, y el coche, de tanta potencia, se elevó, como hacen los aviones, pero en vez de volver a caer, siguió hacia arriba, en un ángulo bastante recto. Un intrépido policía aceleró también y pronto le vieron seguir por el aire, hacia al cielo, a aquellos dos locos. En un instante ascendían por el cielo ciento dos luces azules y rojas de la policía. Si hubiese habido helicópteros tal vez estos se hubiesen llevado un chasco al no poder alcanzar la altura que habían cobrado ya los atracadores, a los cuales el hecho de atravesar las nubes solo les hizo ponerse una rebequita, que por allí ya refrescaba. Cuando los coches vuelan, al evitar la fricción de las ruedas con el asfalto, gastan menos combustible, solo esto explica que el total de ciento tres coches alcanzasen el espacio, subiendo las ventanillas, ojo, y llegasen hasta la luna, donde, levantando polvo estelar, continuaron con la persecución, mientras los habitantes de la Tierra observaban como la luna se volvía azul y roja a tiempos intermitentes. Y de ahí viene la frase “Ahora que está en la luna la policía”, frase que he utilizado de una canción para escribir esta historia”.

Se nota que hacía tiempo que no escribía, releo lo escrito y me viene a la cabeza la imagen de un anciano peleándose con una pared llena de telarañas.

domingo, 22 de febrero de 2015

El pan de cada noche

Aquella mujer de la pista de baile es simplemente preciosa, no me importaría ocupar el lugar del hombrecillo que la ha sacado a bailar, un tipo de apariencia simple más bajo que ella. Ella es rubia, de ese rubio con zonas tan oscuras que hasta pasarían por morenas, y tiene el pelo recogido en un moño alto, sus labios están pintados de un rojo intenso a juego con su vestido de gala. Verdaderamente preciosa. Tan encantado estoy que mi imaginación hace más cosas que bailar con ella, pero claro, acabo atascado, la beso, desde luego, los primeros besos con una mujer son los mejores, pongamos que también le quito el vestido y nos acostamos durante toda una noche ¿Y qué pasaría después? Seguramente a la mañana siguiente ya no la viese tan bella, sin el tintinear de las luces del lugar, además de que seguro que no la querría y que de quedar en alguna otra ocasión los besos se irían haciendo de ceniza húmeda y el sexo el mismo déjà vu de sorpresas programadas. Mi dilema interno de si acercarme o no a ella queda resuelto cuando se levanta el hombre dos mesas más allá al mismo tiempo que se pone el sombrero. Apuro la copa y le sigo. Mantengo la distancia en el pasillo, retrasándome algo más en las zonas más oscuras, pero sin perderle de vista un instante. Finalmente entra en el baño y yo también, allí veo que no hay nadie más y que él ha cerrado la puerta de un cubículo, abro un grifo, saco mi arma de su funda bajo la americana, abro la puerta del servicio de una patada, el pobre no se ha bajado ni la cremallera, me mira sorprendido y le disparo tres veces. Tiro el arma en la basura del propio baño, entre papeles y cajas de preservativos, salgo del edificio a un ritmo normal, llamo a un taxi, y durante un segundo, mientras se acerca, me imagino que lo he llamado acompañado de la chica rubia, en fin, otra vez será, me quito el sombrero y entro en el asiento de atrás de un taxi que, como todos, se pierde en la ciudad.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Y así cayó la noche

La noche cayó como un telón, no, no, mejor cayó como un cometa, o rápida como un rayo, o audaz como un ave rapaz, la noche cayó como los años sobre la piel, aunque eso sea lento, o rápida y lenta a la vez, como un accidente de tráfico que con impotencia y sin entender bien la situación ves cómo va a ocurrir y, efectivamente, ocurre. La noche, negra como el asfalto, cayó con un tenue manto de estrellas como un avión alcanzado en un ala, como la primera gota de lluvia que te da en la cara, como la pelota que rebota contra el suelo mientras el perro la persigue para devolvérsela a su dueño. La noche cayó como el retumbar de mil cañones, como un marinero al mar y como las olas sobre su barco. La noche cayó como una rana en la charca o una bombilla al precipitarse contra el suelo, como un niño que se tropieza al correr, y ante los ojos de su madre, se golpea en la rodilla para empezar a llorar. La noche cayó como la piedra tirada sobre el agua calmada, como un gato saltando al suelo desde el seto, como el ladrillo que se le escapó al albañil. La noche cayó como el jarrón tan caro que, a medida que cae, produce horribles caras entre los presentes, como un lápiz que sin mostrarlo está quebrando su mina por dentro al chocar contra el suelo, como una chincheta que esperará ya allí su momento para ser pisada por cualquier zapato. La noche cayó como un periódico sobre el césped aun húmedo, como el ascua desde la chimenea quemando el suelo, como el billete de cinco que se te escapa de la cartera.

Y así cayó la noche, aunque se me ha olvidado que más iba a decir.
Porque tú no sabes que cuando te miro
y me miras
no solo miro
sino que te digo tantas cosas
en un suspiro contenido
tantas cosas...
como "quédate conmigo"

domingo, 8 de febrero de 2015

Inocente experiencia

Me levanté del suelo lentamente, sintiendo cómo me pesaba cada extremidad e imaginándome que así se debían levantar los astronautas en el espacio. Marco susurraba cosas al oído de la chica rubia que se reía de una manera que respaldaba mi teoría de que no había bebido mucho. Julio dormía o escuchaba la música con los ojos cerrados, tenía un botellín de cerveza que sujetaba casi con estilo. De pronto yo ya estaba de pie, a esa altura se notaba más el humo. El humo, las botellas, la gente dispersa en tantas posiciones diferentes, mil situaciones privadas puestas en conjunto en un cuadro como aquél, me encantaban aquellas veladas, siempre interés y siempre entretenimiento pese a que realmente no ocurriese nada. Con piernas de plomo avanzaba por el pasillo con una cálida sensación, pensando que sería divertido observar el pasillo a través del vidrio verde de alguna de las botellas que había en el salón. Llegué al baño y mientras sentía cómo me iba vaciando, intenté entender por qué cuando bebes alguna bebida alcohólica, expulsas cuatro veces más líquido del ingerido. Volví al pasillo con la intención de regresar a su vez al salón, pero de pronto vi una puerta entornada que había pretendido ser cerrada. Me acerqué y miré dentro, las luces estaban apagadas y no se oían ruidos, por lo que no iba a espiar a nadie sino a cotillear un cuarto. Al acercar el ojo a la rendija me apoyé sin querer en la puerta y ésta se abrió aun más. Tal como había vaticinado allí no había nadie. Observé la cama, la estantería, la mesa y la silla, aquél era el cuarto de Anabela, la hermana mayor de Marco. Pelo rojo muy oscuro y ojos marrones, era una de las mujeres más hipnotizantes que había conocido en mi vida. Con la calidez pensando por mí di un paso dentro, y ya entré decidido.
Mi dedo acarició el lomo de los libros de la estantería, me senté en su silla y miré por la ventana imaginándome qué pensaría ella al hacerlo. Di vueltas en círculos en mitad del cuarto imaginándomela hablando por teléfono con aquella sonrisa suya. Me tumbé en su cama y me fijé en el libro situado en la esquina de su mesa, al alcance de mi mano. Lo cogí y pasé algunas hojas, parecía una novela barata, edición de bolsillo, de amor, de esas que no suelen gustarme, pero las esquinas machacadas y las hojas desgastadas, los años y el uso le daban otro aspecto, uno con más valor. Lo abrí por la mitad y leí al azar:
“... Matt se acercó a la ventana abierta y apoyó las manos en el borde de la misma, la luz de la luna hacía brillar su torso desnudo.
-Matt, por favor- Las lágrimas brillaban en los ojos de Emily.
Y pensar que hacía apenas una hora los dos habían compartido tanto bajo las sábanas, secretos del cuerpo y secretos del alma...”
-Tío, ¿Qué haces?
Bajé la novela para ver a contraluz, en el quicio de la puerta, a Marco, quien tenía un brazo en la cintura de la chica rubia, que de estar tan pegada parecía ser parte de él mismo. No hice nada, ni me moví ni hablé, tumbado sobre la cama, mirando a Marco por encima de la novela de su hermana, la verdad es que yo tenía un aspecto bastante normal.
-Bah, tú sabrás- Y siguió rumbo a su cuarto.
La puerta, como indicándome que debía volver al mundo en el que quiera que hubiese estado, se entornó sola, librándome de la vista del pasillo, cuya luz se apagó, dejándome a oscuras, libre de nuevo a la imaginación. Dejé la novela en su sitio y me imaginé a Anabela en aquella cama, desnuda, follando con aquel novio que llegué a conocer. Me la imaginé en un principio tumbada boca arriba, con él encima, penetrándola con fuerza entre sus piernas abiertas, las manos de ella en las nalgas de él, siendo partícipe de aquella fuerza que le hacía gemir, luego ella giraba, haciéndole girar también a él y quedando encima, entonces era ella quien dominaba la situación, moviéndose más lentamente en un ritmo que iba tal como ella, tumbada sobre él, quería. Pero entonces ella se erguía, aumentando más el ritmo, con los ojos cerrados, como si cabalgase, apoyando una mano en el pecho de él mientras su propio pecho se movía al compás de sus movimientos... Dejé de imaginarme la escena a propósito, estaba caliente, caliente pero no excitado, la frente y los miembros me ardían. Mientras me había imaginado la escena me había quitado la sudadera y el calzado sin apenas darme cuenta. Me quité el resto de la ropa a excepción de los calzoncillos y me metí en la cama, donde se me fueron cerrando los ojos hasta que me quedé dormido...
Me desperté para oír un portazo y una queja, era Anabela que se acercaba a su habitación. Como si fuese un cuerpo inerte rodé hasta caer al suelo, allí cogí todas las ropas que pude y rodé bajo la cama. La puerta se abrió y entró una Anabela sola, cansada y tal vez borracha. No notó nada extraño y no me descubrió, desde mi posición terrestre pude ver cómo se deshacía de las botas lanzándolas a diferentes puntos de la habitación, cómo se quitaba la chaqueta y los calcetines antes de sentarse en la cama y quitarse los pantalones, dejando sus piernas esbeltas frente a mi cara, a los que le siguieron la camiseta, el sujetador y las bragas. Estaba desnuda, Anabela estaba desnuda al alcance de mis ojos pero sin que yo pudiese verla, pero entonces sus manos entraron en mi campo de visión, bajando unos calzoncillos de mujer de esos que son como los de hombre, y vi cómo un pie se levantaba para entrar en ellos, luego el otro y finalmente cómo subía éste, perdiéndolo de nuevo de vista, mientras ella se ponía de pie. Luego rozó el suelo la parte de arriba de una camiseta blanca muy ancha a la que debía estar buscando el lado correcto antes de ponérsela, después solo oí cómo se metía en la cama y nada más, ahora sí que estaba excitado.
Cuando se me pasaron los calores sentí algo de frío, así que busqué en la más perfecta quietud mis calcetines y me los puse pretendiendo que nadie apreciase mi existencia, fue un proceso que me pareció que duraba horas, me los empecé a poner cuando aún era de noche y cuando terminé ya había amanecido. La luz natural me asustó y salí de debajo de la cama pensando en recoger mis cosas rápidamente y vestirme en el baño, pero cuando me levanté vi el rostro dormido de Anabela y no me quedó más remedio que apartar las sábanas y meterme con cuidado dentro. A tan solo unos centímetros de mi cara estaba la suya, notaba su respiración, dormida daba la sensación de inocencia además de la experiencia que solía transmitir, inocente experiencia. Me acerqué un poco más y junté mis labios con los suyos, en un beso largo y silencioso, me separé y entonces ella abrió los ojos, ojos inmensos, sin exteriorizar emoción alguna, tan solo sus ojos. Mi mano se posó en su cadera y fue subiendo por dentro de la camiseta rozando su piel, la cual estaba caliente. Mi mano llegó hasta uno de sus pechos, el cual rodeé con la mano sin apretar, tenía la piel suave, suave y caliente, como cuando sales de la ducha. Me seguía mirando cuando mi mano descendió hasta su cadera y empezó a tirar hacia debajo de sus bragas, notando cómo bajaban con dificultad al no contar con su colaboración, aunque tampoco contaba con su oposición. Entonces separó los labios y con un tono neutro dijo:
-¿Tú no eras gay?


A la mañana siguiente, apenas unas horas más tarde, me desperté solo en aquella cama, sin rastro alguno de Anabela y con mi ropa en el suelo. A pesar de estar solo me cambié en el baño y salí de aquella casa sin encontrarme con nadie para mi alivio. No volví a pisarla hasta casi un año después, y cuando lo hice vi a Anabela cocinando, apenas me miró y yo apremié a Marco para ir a su cuarto.

Alegría

En el país de las hojas caídas y los pájaros que susurran por guardarse su cantar, un niño persigue mariposas y una niña persigue tigres.
Como las montañas están cerradas y no se puede entrar, y los bosques están inundados de verde, las familias vestidas de flores acuden nadando a las islas del lago, pero cuando salen están secas como si el agua no las hubiese tocado, aun así hay quien se desnuda para abrazar al sol. Los perros cuelgan sus collares en los percheros y aprovechan para jugar a las cartas como no pueden hacer el resto del año, el viejo gruñón se encierra en el barco que está construyendo para que nadie le vea reír, y la niña que persigue tigres blancos en sueños, se quita el vestido y corre desnuda mientras sus padres la persiguen y el gato tuerto asiente satisfecho. La mujer gorda, harta de comer ensaladas, degusta todas las tartas y, cuando está a punto de sentirse culpable, aparece el mago que de su sombrero extrae un conejo asado, y se lo come también. En las islas del lago las manzanas y las peras firman un armisticio mientras el sol cuelga en la puerta de su habitación de hotel, siendo aun de día, el cartel de no molestar. Los pájaros, envidiosos de los perros, les retan a jugar a la petanca, y mientras disfrutan les observa el camaleón con un ojo mientras que el otro está puesto en la chica desnuda que, habiendo dado esquinazo a sus padres y empezando a sentir el miedo de sentirse perdida, es socorrida por el anciano lobo blanco, que la guía lentamente hasta el barco sin terminar, donde ella ve al viejo gruñón riéndose y el secreto les une para siempre.

Al llegar la noche, todos están cansado y a las familias, vestidas ahora de girasoles decaídos sin sol, no les apetece volver nadando, así que ahí, en la playa, vestidos de estrellas, les esperan mil barcos, todos diferentes, que les llevarán a casa, donde se dejaron sin darse cuenta al niño que no les ha echado en falta, pues con toda la paz del mundo ha dedicado el día a perseguir mariposas.

Lunares como estrellas

Ella prometió quedarse solo el tiempo que él tardase en contar los lunares de su espalda, lo que pasaba es que él siempre perdía la cuenta cuando le quedaban dos o tres teniendo que volver a empezar. De tanto que él tardaba, ella terminó por comprarse un espejo para contárselos a sí misma.

jueves, 5 de febrero de 2015

¿Saben esa sensación de despertarse en mitad de la noche y creer que hay alguien sentado en la silla de la habitación amparándose en la oscuridad? Bien, pues esta noche me he despertado y realmente ahí había alguien, pero no era un familiar, una amante o un asesino en serie relamiéndose mientras observa cómo duerme plácidamente su víctima antes de matarla, nada de eso, era un hombre bien vestido si se encontrase en otra época, con capa, bastón y sombrero alto. En ese momento aspiraba aire mientras intentaba encender con técnica una pipa. Me quedé mirándole medio incorporado en la cama, terminó de encender el tabaco y la ignición de éste le iluminó el pálido rostro. Me miraba y yo, por supuesto, le miraba a él, pero no hablábamos, y no lo hicimos durante casi diez minutos, en los cuales ninguno se movió, excepto los músculos de su cara, sus labios y en dos ocasiones su mano derecha, pero todo ello por mantener como se merecía aquella corta pero curvosa pipa. Finalmente, con el tono de quien pide perdón al descubrir que ha entrado en el lavabo de mujeres en vez de en el de hombres, dijo:
-Buenas.
A lo que yo, con cara de dormido pero realmente despierto, contesté:
-Qué hay.
Y otros diez minutos en silencio.

Y una pared desnuda.

Quién me iba a decir a mí que aquel lugar, aquel salón del lejano oeste, que tantos sudores, quejas y dolores le produjo, lo aguantaba solo por mí. Yo pensaba que tras aquella tarde en el banco comiendo pipas y mi "te dejo" suspirado, ella me ignoraría y hasta me prohibiría la entrada al "Gran Saloon", pero cuando a los dos días me quité el sombrero y empecé a darle vueltas en las manos para acabar deduciendo que necesitaba una copa, qué sorpresa me esperaba, y no por poder entrar sin oposición, sino porque cuando levanto la cara del suelo con esa cara de corderito triste que necesita una copa, no solo veo que no está, sino que no hay nada. Se lo había llevado todo, que ojo, era todo suyo, pero se lo había llevado, y yo allí, oliendo el perfume que andaba flotando en aquel salón, mirando las paredes sin cuadros pero con las marcas de los mismos, marcas oscuras rectangulares que atestiguaban que allí había habido cuadros, y yo intentando recordar qué había habido en esos cuadros. Es que ni lágrimas ni odio, terminamos y se cogió el tren como quien se marcha de vacaciones poco más de una semana, y encima, mientras pensaba yo si continuar con el comportamiento que me llevó a la tarde de las pipas, recibo una carta, suya, por supuesto, pero en la cual se le olvidaba recriminarme algo o implorarme perdón jurando que me amaba, porque simplemente me preguntaba que qué tal los duelos contra los tres pistoleros de aquella semana, de una manera más bien escueta como quien calcula gastar la tinta justa. Y yo le contesté, claro, pero de la misma forma, pretendiendo pisar donde ya había pisado alguien en la arena, y nuestra conversación continuó, pero sin el menor ápice de cambio, cuidado, que solo me preguntaba por lo formal y como mucho terminaba con un "Me alegro". Una vez, viendo si aquello se podía cambiar, después del estúpido contenido de mi carta, en un par de líneas le hablé de que me gustaba entrar en el salón, que continuaba vacío, a aspirar su perfume, cada vez más diluido, pero a eso no contestó. Sé que encontrará a otro tipejo del oeste, y que entonces morirá hasta nuestra patética correspondencia formal, pero lo malo es que en el rincón del pueblo en el que ya no se ven sus faldas negras, sigue el salón, un salón vacío que parece aun más vacío por las marcas de los cuadros que ya no están.

martes, 3 de febrero de 2015

A veces

A veces las aventuras no cuentan con dragones y princesas, ni caballeros ni espadas, incluso pueden no tener caballos, trenes o aviones, ni pañuelos rojos, humo, una estación o un baile de salón. A veces las mejores aventuras no salen del país, de la ciudad ni tan siquiera de la calle.

A veces incluso las aventuras son tan pequeñas que si te descuidas no las ves pasar.

sábado, 31 de enero de 2015

Tierra a la vista.

“Dos horas y treinta y un minutos es el tiempo que falta para que ese hombre deje de parecerle divertido a aquella mujer” pensó el pajarito que aguantaba posado en el cable de alta tensión que pocos pájaros soportaban.



En otro lado de la ciudad, de un portal de un edificio antiguo de esos con apartamentos pequeños y estrechos, salía un chico mosqueado que mientras se subía el cuello de la cazadora, le soltaba a la puerta que se cerraba tras de él:
-Che, yo no soy un bumerán, si me lanzas ya no vuelvo.
Y de la que se alejaba, con la cabeza apretada entre los hombros y las manos en los bolsillos de la chaqueta, pensó tres cosas. La primera era que la chaqueta, en ese mismo instante, era la prenda más importante que llevaba puesta, en ella ocultaba la cabeza hasta donde podía, las manos, un paquete de chicles, un preservativo, el folleto de una exposición de hacía unas semanas, una chocolatina, la cartera, unos guantes de medio dedo, las llaves y era posible que dos caramelos de limón y una piruleta de las que te regalan a la mínima y que están francamente malas, pero estas dos últimas cosas estaban por confirmar. El hecho de la importancia de la chaqueta molestaría al resto de prendas, y por ello, en venganza, dejaban pasar el frío contra su piel desnuda, desnuda debajo de las prendas. Pobres pantalones vaqueros, pobre camiseta y, sobre todo, pobres calcetines, una prenda importantísima y desterrada al olvido, al asco, a hacer trapos con ellos cuando se hacen viejos, porque sin embargo los calzoncillos adquirían un valor vital en aquella sociedad, si alguien estaba desnudo y quería dejar de estarlo se ponía unos calzoncillos y adiós a la vergüenza y el pudor, o por lo menos en parte, y bueno, si eras mujer seguías teniendo dificultades para dejar de considerarte persona desnuda, pero eso ya era otro tema demasiado enrevesado. La segunda cosa en la que pensó era que le gustaba ese acento argentino enderezado con las palabras justas que a veces ponía, lo malo es que tendía a usar el “che” y la acentuación argentina en conversaciones cotidianas en las que no debía, y la culpa era de la maldita palabra, porque no había una similar en castellano, o español, y se notaba su ausencia en ciertas frases a la hora de subrayar inconscientemente algo, de darle el matiz que se merece, che. Y la tercera cosa que pensó es en cómo diablos se escribía “bumerán” porque le salía algo así como “bumerang” o, en todo caso, “búmeran”.



El pajarito estaba hasta las narices de que le llamasen pajarito, pues era un pájaro adulto, y su redondez no pretendía ser enternecedora, tan solo algo de sobrepeso.
Abajo, con casi dos horas aun para que ella se desvaneciese con indirectísimas directas, él hablaba sobre coches, sobre un coche, y su futuro laboral, que iba viento en popa y que pronto le daría para comprarse un coche, ella mientras tanto pensaba en que un buen villano debía tener un nombre genial. Un vendedor les ofreció una rosa “para los enamorados”, él la cogió sonriendo, se giró para dársela a ella pero ésta le dijo que no con un gesto de la mano, el vendedor aceptó la silenciosa devolución sin atreverse a cobrar al pobre hombre. Pasaron así unos diez minutos, en silencio, con el sonido de sus pisadas por el suelo húmedo y algo mojado como principal fuente de ruido, y la ciudad, coches y viandantes, como la segunda.



Con la cabeza y las manos aun guarnecidas en su chaqueta, Atlex Mirror observaba estupefacto el escaparate de una tienda, ésta estaba cerrada y con las luces apagadas, una lástima, porque de haber estado abierta hubiese entrado sin pensarlo un instante, no dejaba de preguntarse cuánto tiempo podría sobrevivir una tienda que se dedicaba a poner fotos de personas en platos, fuentes de cocina, soperos, tazas y hasta tenedores. Intentó pensar un chiste que fuese algo así como “te tengo muy dentro de mí”, “sí, en el esófago”, sería más correcto decir “estómago”, pero indudablemente quedaba mejor esa otra parte anatómica para el diamante en bruto sin pulir de un chiste malo como la seda. La joya de la corona era un plato completamente rosa con la cara borrosa, al haberla agrandado, de una mujer poco agraciada. Alexis Mirror, alias Atlex, se imaginó teniendo una casa decorada con el más exquisito gusto y poseyendo una vajilla de ese estilo, de seguro que uno se podría reír a gusto con la visitas.



10, 9, 8, 7... Coreaban los pájaros balanceándose de un lado al otro del cable en el que estaban apoyados. Eran cuatro pájaros, pero dos eran pájaros invitados por el pájaro anteriormente citado para ver el espectáculo y la otra era una pájara que había venido del pueblo a pasar unos días y  cuya responsabilidad de mostrarle cosas, procurarle alojamiento y hacer que lo pasase bien recaía en Bartolomé, que era el pájaro que disfrutaba de la pareja de ahí abajo. Contrariamente a los humanos, los pájaros de campo son más educados, intelectuales, instruidos y coquetos, mientras que los de ciudad son más sucios, maleducados, toscos y poco románticos. …6, 5, 4... Que ella se iba a deshacer de él estaba claro, la expectación provenía de que tal vez le diese por jugar y le lanzase el contenido de un vaso a la cara, le propinase una bofetada o le diese el beso más sincero que él hubiese probado, para susurrarle después al oído unas palabras en francés y desaparecer entre una nube de niebla en la estación del tren.
... 3, 2, 1...
-¿Te apetece que te invite a cenar?- Y él y los pájaros susurraron, o pensaron, a la vez, “¡Mierda!”.
Él se arrepentía de haber empleado el verbo invitar, pues ella podía tomárselo mal de alguna manera. De pronto empezaban a llegarle a la cabeza frases perfectas como “¿Te apetece tomar algo?” y  hasta que ella no contestó, en lo que tardó dos o tres segundos, él se sintió morir.
Y los pájaros se habían quejado porque ella tenía hambre, lo que producía, al haberle ofrecido él la posibilidad de comida, un incremento en el tiempo antes de que aquello acabase.



-Le pago si la toca.
-¿Pero te gustan las otras canciones que he cantado?
-Yo le doy un euro si toca esa canción.
-Venga tío, que no me la sé y tengo hambre.
-Bueno, pues siga tocando sus canciones, tal vez otro viandante le de algo, pero yo no.
-¿Y si me dices la letra y te hago una versión así guapa?
-Oh nó, por diós, que ideás.
-Venga tío.
-Es que mire, no me acuerdo apenas de la letra y solo me sé bien el estribillo, algo así como nananá nana NANANÁ, además de que quiero escuchar esa canción, solo esa, con, como mucho, su tono de voz y su falta de práctica con la guitarra como únicos cambios.
El chaval de pelo negro rizado y piel morena y seca le propinó una dura mirada, Alexis pensó que debía ser griego. Le tiró a la funda de la guitarra diez céntimos por el tiempo que le había hecho perder y se largó de allí con las manos en los bolsillos del pantalón y el cuello estirado que ya no contraído. “Tal vez” pensó “tal vez le he provocado la creación de una canción que sí será suya y con un deje de auténtico realismo”, lo malo es que este pensamiento le hizo llegar a la conclusión de que entonces no le había hecho perder el tiempo y a punto estuvo de volver por sus diez céntimos, e incluso de llevarse veinte como pago, eso sí que culminaría la rabia de aquel chico que luego sería transcrita a papel, pero tal vez, al sentir que le estaban robando, se lanzase a por Atlex, y eso era malo, pues Atlex repugnaba la violencia física y real.
La canción que quería haber escuchado le había venido a la mente como las respuestas a las preguntas de un examen, de esa manera difusa que te hace ver que están ahí pero que cuando intentas centrarlas se descomponen en nubecitas, lo que la gente denomina “tenerlo en la punta de la lengua” y lo que él denominaba “tener en la punta del punto de mira”, aunque en realidad no lo denominase así pues esa expresión se la acababa de inventar. Esa canción no era nada especial, lo que ocurría es que estuvo enganchado a ella cuando conoció a la chica de cuya casa acababa de salir cuando apareció al principio de esta historia, uniéndolas o por lo menos provocando que la una le recordase a la otra. Le había parecido buena idea terminar ese episodio con la canción que lo había empezado, pero el griego no había querido contribuir.
Al pasar por un cruce vio cuatro pájaros posados en un cable que miraban pá-bajo, y el del medio le miró (ojo que son cuatro y le mira el del medio, este pive está loco) a lo que el señorito  Mirror le gritó:
-Che, ¿conocés esa canción?- A lo que el pájaro puso mala cara, y Alexis siguió su camino.



“Menudo gilipollas” pensó Bartolomé “porque los gritos de algunos pajarillos les gusten ya tenemos que cantar todos”, y después les dijo al resto de pájaros a dónde iba a ir a cenar la pareja, porque ya conocía el restaurante al que él llevaba a todas sus citas. Decidieron quedar allí y Bartolomé se fue volando con Lolita, que así se llamaba la pájara, al río.
Las madres de Lolita y Bartolomé, porque ésta, al contrario que su hijo, sí vivía en el campo, construyeron sus nidos en ramas cercanas, y al aburrirse mientras incubaban los huevos, empezaron a hablar y terminaron por hacerse muy amigas, de ahí que Bartolomé se ocupase de Lolita, un favor entre madres y un favor entre madres e hijos.
Desde la rama oculta de un espino observaban cómo se iba oscureciendo el río mientras atardecía y llegaba la noche. Bartolomé pensaba que ella, de ser humana y estar vertida, vestiría un vestido negro y rosa con un gran sombrero a juego.
Aquél no era un buen río, que se viese lleno era puro engaño, si uno lo remontaba volando, unos kilómetros arriba vería que lo que hacían era detener el río en determinados puntos para que el nivel de éste subiese, eso sí, tenía un nombre francamente genial. Su tío, Colúmbido, sí que había visto buenos ríos, había estado en la guerra como pájaro mensajero y había recorrido gran parte del continente llevando mensajes a donde ningún otro medio llegaba. Una vez le atacó un halcón enemigo mandado para derribar a su grupo, entre el cual le empezó a perseguir a él concretamente. Mientras se perseguían entre las nubes parecían dos cazas a punto de derribarse, pero de pronto, Colúmbido, haciendo gala de ese ingenio que tanto maravillaba a su sobrino, recordó que cuando los halcones se lanzan a por los roedores que van a cazar, frenan cerca del suelo de tal manera que es como si aterrizasen sobre sus presas, de tal manera que no las cazan en un vuelo continuo, así que Colúmbido, arriesgando la vida que ya peligraba por la mancha marrón que no se despegaba de su cola, se lanzó en picado, sin tan siquiera hacer amago de frenar, y ahí, en el último momento, desvió su trayectoria de tal manera que su panza pasó rozando el suelo, provocándose una seria quemadura y dejando como testigos un montón de plumas blancas, y haciendo también que el halcón se estrellase muriendo al instante. Colúmbido, al enterarse de que el mensaje que casi le cuesta la vida tan solo era el movimiento en una partida de ajedrez de un general de retaguardia que jugaba a distancia con otro situado en el frente, dejó la guerra y marchó a Sudamérica donde, y volviendo al tema de los ríos, pudo contemplar el Río de la Plata, un río que, según sus palabras, parecía mar al no verse una orilla desde la contraria, y que daba un poco miedo ir volando de una a otra.
Pero Bartolomé se fijó en que el mismo río que él miraba negando lentamente, Lolita lo observaba con serenidad y, de haber sido humana, una sonrisa.



–Muchachos marchaos, o moriréis, muchachos marchaos que ya no queda nada aquí para vosotros– Canturreaba ella  –feliz cumpleaños, hijos de la ira y el miedo.
-¿Qué quieres tomar?
-O lo más caro o lo más rico, elije tú- Así, si no estaba rico, sería su culpa.
-¿Qué te parece...?
-¿Sabías que hay una ciudad en Uruguay llamada Young?
-No, no lo sabía. Qué interesante.
-Y un lago en Estados Unidos que se llama Chargoggagoggmanchauggagoggchaubunagungamaugg
-Eso no me lo creo.
-Te lo prometo “home of the nipmuc indians”, significa “ingleses en el territorio de los Manchaug”.
-Ya, ¿carne o pescado?
-Y hablando de nativos americanos ¿sabías que esa fea costumbre de cortar cabelleras no era suya?
-¿Entonces solo era algo que se decía para desacreditarlos?
-No, no, ellos sí lo hacían, cortaban cabelleras y tal, lo que pasa es que el origen está en los ingleses, que les pagaban por cada francés muerto y necesitaban una prueba fehaciente del número de bajas provocadas.
-Menudos los ingleses, los antiguos americanos, metiendo las narices en todas partes para después cubrirse tras su taza de té de las cinco.
-¿Y sabes de dónde viene este saludo militar?- Y se puso la mano derecha extendida a un lado de la cabeza.
-No ¿de dónde?
Que conste que toda esta conversación estaba cuidadosamente ideada por ella para que el tiempo fuese pasando, les trajesen la comida y se pudiese marchar. De hecho ella ya había pedido comida para los dos en el momento en el que supuestamente iba al baño a lavarse las manos antes de sentarse a la mesa, aunque terminó por lavarse las manos de todos modos.
-De los caballeros medievales, si te fijas el movimiento actual se parece al que se realizarían al subirse la mirilla del casco, cosa que hacían cuando se encontraban dos para saludarse y hablar.
-Antes de matarse, supongo- Y eso a ella sí le hizo gracia.

En la conversación salieron a relucir otros temas como de dónde venía el “Ok”, la decoración de los árboles de navidad, el por qué se brindaba, el origen del darse la mano entre hombres y dos besos a las mujeres, el de utilizar copas de cristal como algo elegante, la expresión “se armó la marimorena”, otras tantas expresiones y el origen de los monstruos que aparecían en la Biblia, pero todos estos temas los expuso y contó ella, él, pobre, que no poseía muchos conocimiento sobre curiosidades hasta ese momento, tan solo pudo hablar de coches y de por qué los cementerios estaban situados a las afueras de las ciudades, además de un par de leyendas que incluyó como respuestas a las curiosidades de ella por no quedarse callado bebiendo vino. Cuando les trajeron la comida pedida por ella, él ni se acordaba de no haber pedido, tan solo le extrañó haber querido probar el salmón cuando lo detestaba desde niño.



Estaba empezando a conseguir tararear la escurridiza canción cuando vio a una anciana pasar con sus más rápidos pasos seguida por un muchacho de mala pinta vestido de negro. Supo, o pensó, que el chaval iba a robar a anciana, y a punto estuvo de unirse a la comitiva, pero se imaginó la escena:
La mujer, el chaval y él, él estira la mano para robarle la cartera al chaval mientras éste intenta meter la mano en el bolso, pero entonces el chaval le ve a él, se aparta y al hacerlo da un ligero tirón del bolso, entonces la mujer se gira, habiendo sentido un tirón, y se encuentra cara a cara con Atlex, que tiene cara de concentración por haber estado intentando robar, aunque no a ella, y entonces ella grita “al ladrón”, y él empieza a huir de una masa enfurecida, y aquí caben dos opciones, una es que el policía de azul le acierte con la borra, cayendo Alexis al suelo con un grito de dolor y quedando a merced de la masa, la otra es que consiga huir, pero entonces en cada nueva calle correría el peligro de que reconozcan a ese ‘peligroso fugitivo’, y en una de estas, huyendo de dos policías de azul, uno de los cuales es el que falló con la porra, estos sacarían sus revólveres y dispararían varias veces matándole.
Así que no valía la pena perder la vida por intentar salvar a la señora.



-Lolita...
-¿Sí? te noto raro desde hace un rato.
-Solo quería decirte...- Se arrimó un poco más –que si a ti también te pareciese bien...
De pronto llegó uno de los dos pájaros de aquella tarde muy exaltado y les comunicó entre lágrimas que una de las aves había sido abatida.



La cena no había estado tan mal, lo único es que en vez de servir para que él se quedase completamente enamorado, había servido para que su sentido común le hubiese ido aconsejando huir, huir mucho y rápido, y por si acaso no volver a ese, su restaurante predilecto.
Pero ahora estaban solos, o por lo menos solos en un mínimo perímetro de intimidad, cara a cara, y tantas cosas podían cambiar...



Alexis Mirror vio a un niño sentado cogiéndose las rodillas, pudiese ser que estuviese llorando, y a Atlex, muy a su pesar, no le gustaba que llorasen los niños, excepto aquella niña de Irlanda a la que le hizo una de sus mejores fotografías. Entonces se acercó y con la naturalidad de un padre, se sentó a su lado.
-Mi madre era criada, ¿cómo te llamas?
El niño le miró y soltó las rodillas, había llorado, ojitos rojos, pero debía haber parado hacía un rato.
-Stefano.
-¿Eres italiano?
-No, es que mi padre leyó un libro sobre cocina y le gustó el nombre. A mí me gustaría llamarme Pedro, o Matías.
-Matías, lo que hacía que no escuchaba ese nombre.
-¿Tú cómo te llamas?
-Alexis Mirror.
-Ala, como mola.
-Mi madre era criada y vivió muchas aventuras sin quererlo, aventuras de las de verdad. A mí me gustaría vivir aventuras, pero no aparecen de manera natural y las que provoco son más endebles. ¿Por qué llorabas?
-Porque Manolo solo puede llevar a tres personas a su casa y me ha dicho que yo me quedo fuera.
-Maldito imbécil- Susurró Atlex mientras pensaba que aquello le sonaba familiar, lejano, pero familiar. Entonces empezó a hablar con la vista perdida en la otra orilla:
-Había una vez una inmensa serpiente alada a la que todos llamaban dragón. Muchos caballeros iban a por ella con espada y un escudo que resistía el fuego para descubrir en el último momento que la criatura no lanzaba fuego, sino ácido. La derrotó un joven del que todos se burlaban por ir con arco y flechas en vez de una buena coraza y el yelmo de algún glorioso antepasado. Él no sabía que el dragón no era un dragón, llevaba el arco porque no había podido obtener una espada, ya que en aquella época solo las portaban los soldados y los nobles. Empezó a lanzar flechas que nada lograban contra las duras escamas de la serpiente, hasta que ésta abrió la boca para rociarle su ácido y una flecha se le clavó por error en la encía, de ahí empezó a borbotear ácido que se le escurrió garganta abajo a la serpiente y muriendo ésta entre horribles alaridos.
-Que guay, una serpiente con alas.
-Ya ves, doblemente peligrosa, como las cucarachas que desarrollaron alas- Veía que sus palabras le gustaban al chaval, a punto estuvo de contarle la historia del hipopótamo, pero hubiese sido un poco complicado explicarle cómo acabó un hipopótamo en un garaje -hipopótamo significa caballo de río, en griego. ¿Qué habríais hecho si Manuel no se hubiese subido a su casa?
-¿Manuel?
-Sí, tu amigo.
-Se llama Manolo, no Manuel.
-Manolo y Manuel son el mismo nombre, enserio, la próxima vez que le veas dile: Manué no te arrime a la paré que te va a llená de cal, de caal, de caal, por qué lo hiciste Manué, Manué, Manueel...- Y el niño se rió.
-Pues hubiésemos jugado al escondite o a pillarnos.
El escondite entre dos debía ser algo aburrido, a no ser... Atlex recordó a su padre. Condenado niño, le estaba haciendo aflorar toda la niñez.
-Venga, empieza a correr, te doy un poco de ventaja y después voy tras de ti- El chico salió disparado como un rayo, Alexis susurró: -Le llamaban el Niño porque nadie le vio nunca crecer- Y después salió corriendo tras él.



Bartolomé se hubiese enfadado de saber que alguien había dicho que las cucarachas o las serpientes podían volar, pero estaba demasiado triste y no estaba en el lugar adecuado. No lloraba, y no por ser pájaro, que los pájaros también lloran, sino porque estaba triste pero de otra forma, esa forma más leve pero que dura más.
-Al parecer fue un niño con un tirachinas, una piedra y buena puntería- Decía una golondrina.
-¿Os gusta Hitchcock? Eso deberíamos hacer, unirnos y atacar juntos a los hombres- Dijo el pelícano tuerto.
-Yo voto por agarrar un par de bebés, elevarlos y luego lanzarlos al río- Dijo una cigüeña.

El funeral fue sencillo, se enterró al fallecido en su parque preferido bajo un lecho de hojas marrones del otoño. Arriba, en las ramas, multitud de pájaros guardaban silencio, ninguno cantaba. Una señora que pasaba por allí comentó “malditos pájaros, esto es lo que pasa cuando se les da de comer” pero tal vez no hablaba ella, sino su ira, pues le acababan de robar el bolso.
Bartolomé se llevó a Lolita a un edificio abandonado donde estarían tranquilos y donde, tal vez, una alegría empequeñeciese la tristeza.



Los ojos de ella, los ojos de él, los labios de ella, las orejas de él, el pie de ella, el pelo de él, y el reloj que marcaba el tiempo en el que ella se marcharía sin saber si ir hacia atrás, hacia delante o quedarse quieto. Él se empezó a inclinar levemente y ella decidió no apartarse, pero entonces, cuando iba a suceder un beso que ambos querían y después el abandono, que solo ella quería para marcarse otro tanto, un niño pasó corriendo entre ellos, rompiendo toda situación y a punto estuvo de tirarla al suelo. Cuando se giraron hacia donde había ido, dispuestos a gritar, maldecir, insultar y, tal vez, agitar el puño en lo alto, otro niño, pero mucho más grande, pasó corriendo también entre ellos, y a punto estuvo de tirarle a él.



Alexis se derrumbó junto al chico, cuya espalda descansaba apoyada en un muro gris. Ambos respiraban agitados, se lo habían pasado bien, ya no recordaban a Manolo ni a la chica de cuya casa había salido Atlex al principio de la historia.
-¿Te gusta leer?
-No mucho, me mandan libros en clase, pero son aburridos.
-Eso es porque el afán didáctico de la enseñanza manda leer los clásicos consolidados como grandes por pavor a mandar lectura más amena pero menos importante en su lugar.
-¿Qué?
-Nada, no hagas caso, a veces me sale el grandullón pedante que hay en mí. Escucha- y le miró a los ojos –que jamás muera la niñez ¿me oyes? sino, cuando seas adulto, la echarás en falta sin saber siquiera qué buscas.
¿Había ya cumplido Alexis su cometido? ¿“Solucionar un problema” tachado de su lista mental? Le encantaba eso, aparecer, ayudar, solucionar y desvanecerse, de hecho por eso no cultivaba demasiadas amistades, le agotaban los problemas eternos que no desaparecían, como las faltas de identidad, problemas en el seno de una familia, problemas de la pareja que afectaban al otro... además de que no sabía consolar, Atlex lo comparaba con la gente que no puede llorar o sudar, él no sabía consolar y era una grave carencia muy sentida por él mismo, por ejemplo, a Stefano le acababa de distraer y así le había ayudado, pero no le había consolado, no había llenado su vacío, él se iba a llevar la medalla de la ayuda, pero en cuanto se fuese el niño volvería a abrazarse las rodillas solo, mientras el imbécil de su amigo no se paraba a pensar que no podía dejar a un amigo fuera de casa, o no iba nadie a la misma, o iba él solo o hablaba con su madre y le pedía por favor que pudiesen entrar cuatro en vez de tres.
Debía marcharse ya, sino corría el peligro de que el niño le empezase a importar, le preguntase a qué colegio iba y de vez en cuando se viese en la obligación de velar por él, esperándole de vez en cuando a la salida, tras el corro de madres, como una figura irreal que se desvanecería si pasaba un automóvil por delante. “Velar”, pero qué palabra más bonita.
Decidió contarle una última historia y desaparecer, como si le diese un beso a una chica para desaparecer entre una nube de niebla en la estación del tren.
-En el colegio me gustaba una chica, se llamaba Laura, y como se sentaba a mi lado en geografía, la llamaba “la chica geográfica”.- Se fijó en la cara de Stefano, “ajá, con que te gusta alguna chica, eh pillín” –Era guapa, y como todos los niños querían tener una novia y todas las chicas nos gustaban a todos, ya le había pedido salir la mitad de la clase. Yo era muy tímido y no lo había hecho, además de que tenía miedo de un no, prefería nunca saber la respuesta a que ésta fuese mala. Así que le escribía pequeñas notas muy cursis de aquellas que le gustaban a las niñas de esa edad, no sé si seguirá siendo así, y se las metía en el estuche sin que me viese, pero como era muy listo lo hacía en el recreo y nunca en la clase de geografía. Ella debió preguntar o algo, porque varios compañeros juraron ser los propietarios de las notas, pero menos mal que Laura era muy lista y supo tacharlos a todos de farsantes. Entonces me tendió una trampa, y un día, después de dejar la nota en su estuche, me di la vuelta y ahí estaba ella. No me quedó otra que decirle si quería ser mi novia y a ella no le quedó otra que decir que sí.  Fuimos la primera pareja de la clase, ganándome así la envidia de mis compañeros que babeaban preguntando si era verdad que nos habíamos visto desnudos en los baños del cole. Yo le regalé una caja de bombones y ella me regaló un sobre de unas cartas que yo coleccionaba, y nos dimos un total de tres besos, el primero en San Valentín tras susurrarle al oído “te quiero” y robárselo.
-¡Stefano, Stefano!- Sonó un grito al margen de la historia
-Es mi madre, me tengo que ir.
-Adiós chaval.
-Adiós Alexis.
-¡Espera!- Y le lanzó una chocolatina.
-¡Ya voy, mamá!- Y se fue corriendo.
-Oigo llover pero no llueve- citó Atlex –tiembla cuando oigas a las Banshee. Che, tengo que hacer recuento.
Y ahí estaba Alexis, mirando qué tenía en cada bolsillo, cuando alguien le habló:
-Maldito gilipollas, me has estropeado la ruptura.
-Discúlpeme usted, lo lamento, estoy un poco cansado de contar historias pero si quiere le ofrezco una piruleta de lo que creo que es limón.
-Lo que yo quiero es algo que recordar cuando me vaya a la cama.
-¿Muy mayor para contar ovejitas?
-A partir de cierto número me tengo que concentrar y eso me quita más el sueño.
-Suele pasar, por eso la gente se droga. No recordaba haber ido a esta exposición.
-¿Por qué perseguías al niño?
-Porque era un peligroso terrorista buscado en varios países, ¿no le ha reconocido el rostro?
-Oh, venga, no me trates de usted.
-Disculpa, la costumbre. Oye, no tendrás un cigarrillo.
-No fumo.
-Yo tampoco. ¿Y un piso vacío en alguna parte de la ciudad que no esté siendo utilizado y que puede servir para acoger a un pobrecito como yo?
-No tienes pinta de vagabundo.
-Es que verás...
-Me lo cuentas mientras damos una vuelta, que como sigas sentado te vas a helar el culo y si es verdad que no tienes casa, la palmas.

Él se levantó y empezaron a caminar. Entre ellos había una curiosa separación, pues no era la de las personas que no se conocen ni la de las personas que sí se conocen, y, por supuesto, tampoco era la separación de los que se quieren, ni la de los que se han peleado ni la de los que son tímidos.
-...Y esta mañana me he marchado de la casa.
-Joder, vaya historia ¿Y no le puedes decir que vas a pasar esta noche en el sofá y que mañana ya buscarás algo?
-Claro que podría, pero el que no quiere hacerlo soy yo, si me la encuentro algún día y me habla le preguntaré “Disculpe, ¿quién es usted?”.
-Un poco cruel.
-Es posible que se le humedezcan los ojos.
-¿Y no te das cuenta de que en realidad todo esto es culpa tuya?
-Sí, pero es más cómodo si no pienso en ello. ¿Te imaginas que “ello” se escribiese “elllo”?
-Bueno, supongo que ya iba mínimamente avisada con tu teatrero “te aviso de que suelo hacer daño a la gente”- Qué audaz, pensó Atlex, es la quinta vez que esquiva mis cambios de tema.
-¿Y quién era tu galán?
-El hijo de un socio de mi padre. ¿Quién era el niño?
-Un cocinero italiano llamado Stefano, ¿por qué te parecía dulce cortar con él?
-Es difícil de explicar, ¿no tienes familia?
-Sí, tengo un hermano en la India, mi padre no sé si está vivo y mi madre era criada, ¿haces lo mismo con todos?
-Sí, ¿qué más da que sea criada?
-Es que lo he leído hace poco y me gusta- Y dejó de jugar a las respuestas y preguntas.
-¿Cómo es que lo has leído?-
Él estaba cansado, así que en vez de empezar con acercamientos y adivinanzas lo contó directamente:
-Mi madre y el último hombre para el que trabajó se enamoraron y se casaron, él era escritor y empezó a escribir sobre ella al quedarse absorto por lo que contaba sobre su vida. Yo me negué a leer el libro, pero hace poco, en un aniversario de la muerte de mi madre, la eché tantísimo de menos que decidí leerme el libro por ver si eso me hacía sentirla más cerca. Ahí descubrí que había sido criada.

Pasó un rato en el que ninguno habló, al igual que él no sabía consolar, ella no sabía romper silencios, así que le tocó a él, que le contó que de no encontrar dónde dormir, iría a casa del marido de su madre, que siempre, o por respeto o por verdadero afecto, le daba hospitalidad, pese a que Atlex siempre se hubiese portado horriblemente mal con él.
-¿Te gusta leer?- Y ella no contestó de la misma, sino que habló como midiendo cada palabra.
-Me gusta leer sobre mujeres que corren aventuras, me hacen mucha gracia las novelas eróticas escritas por hombres y aborrezco los clásicos- “Se llevaría bien con Stefano”.
Ella pensó que él debía ser relojero, pues no conseguía calcular el tiempo que faltaba para marcharse, como si él hubiese conseguido estropear su reloj interno de alguna forma.
-¿Y qué música te gusta?



-Lolita, te quiero, desde que éramos pajarines.
-¡Pero Bartolomé!
-No, solo dime si tú sientes lo mismo.
Y él fue a besarla pero ella separó su pico en el último instante.
-Lo siento, Bartolomé- Dijo con la cabeza gacha, y se fue volando.



-Mira que eres curiosa.
-Anda, contesta, yo te he contado lo mío...
-Pues a ver, dos, a los veinte y veintiún años, la primera se fue sin más, dejándome desolado, y a la segunda le di yo de lado, provocando su marcha, para sentir su ausencia justamente después, una ausencia que no quemaba como la primera, sino más puramente triste, no agua salada sino agua clara.
-Qué tierno.
-Te encantan los finales tristes, eres el anticristo del amor.
-Calla, mira eso.
“Eso” era una pareja besándose a la entrada de un callejón con tal pasión que cualquiera diría que se iban a quitar la ropa allí mismo, entornando los ojos Atlex descubrió que él era el griego.
-¡Eh! Yo a ese le conozco, es amigo mío. ¡Cómo te va, tío! ¡Qué tal tu nueva canción!

Dos calles más allá vieron a una chica con una larga trenza negra y ropas anchas que fotografiaba a los viandantes con una polaroid. Atlex se acercó y le pidió que le dejase hacer una foto por un euro, y ella, que nunca dejaba su cámara a nadie, al ver no se qué en su mirada, le pidió dos euros. Alexis volvió y dijo:
-No sonrías.
-¿Por qué?
-Porque la mayor parte del tiempo estás seria, si sonríes ahora le habré hecho la foto a algo irreal, algo falso.
-¿Y si no quiero que tengas una foto mía?
-Te prometo que estará en mi poder menos de veinticuatro horas.
Y ahí, cuando ella iba a protestar, él hizo la foto, retratándola en una pose muy suya.
Atlex Mirror devolvió la cámara y a continuación se despidió, esta vez era un chico quien la dejaba a ella con la palabra en los labios.
¿Dónde estaría ese reloj que tenía que haber sonado hacía ya un rato?
Mientras él se alejaba, pensó que ella era una nave espacial, es decir, una tripulación que salía a un entorno hostil de donde podrían regresar sanos, pero con altas probabilidades de muerte.
Mientras él se alejaba ella pensó que Atlex era un barco a la deriva, navegando esperando encontrar un puerto, sin saber a dónde iban y con un vigía anhelante de gritar “¡Tierra a la vista!”.

Stefano se fue a la cama, o por lo menos a su habitación, porque era posible que andase trasteando hasta altas horas de la noche. Sintió de pronto un frío intenso y observó con horror como alguien se había dejado la ventana abierta, se acercó y allí vio, en el alfeizar, a un pájaro que le miraba con ojos muy abiertos.
-¿Quieres ser mi mascota?- Preguntó Stefano.
“Sí, hijo, sí” pensó Bartolomé.




Años más tarde, Atlex Mirror abrió un cajón y de debajo de muchos papeles sacó un plato rosa con la cara de ella. “Pero qué genial” pensó “me tenía que haber hecho toda una cubertería con su cara”.

viernes, 30 de enero de 2015

Uno a uno fue vendiendo sus castillos, regalando los muebles a los que habían sido criados de toda la vida y soltando a los caballos, pese a que estos fuesen a ser capturados poco después.
Así fue tachando cosas de una lista emborronada, quitándose una especie de peso con cada cosa de la que se deshacía, sintiéndose más libre y pudiendo respirar mejor.
Finalmente, cuando no tenía ya prácticamente nada, miró horrorizado todo el dinero que había conseguido sin ser ese su objetivo. Fue entregando grandes sumas a asociaciones benéficas, pero esto resultaba agotador, pues había que encontrarlas y luego cuidar que el dinero llegase a su destino sin que unas manos sucias lo enturbiasen antes, así que acabó entregando fajos a los mendigos, lo malo es que se extendió la voz de aquél que regalaba enormes sumas de dinero. Se vio obligado huir de la gente encolerizada que le perseguía pese a que les lanzase nubes de billetes. Cuando logró obtener la suficiente distancia, decidió quemar el dinero, y aun así la gente le pegó y arrancó la tela de algunos bolsillos buscando en ellos dinero y joyas de aquél que, iluso, se dejaba manosear por seres que durante un momento dejaban de ser humanos.
Liberándose había conseguido sentir de nuevo esa presión en el pecho y la garganta, esa fuerza agónica que hace sufrir y llena los ojos de lágrimas. Pensó en el suicidio, y sin haber descartado del todo la idea, subió al pico más cercano con todas sus posesiones: sus botas, su traje negro y su bastón.
Y allí, sobre aquel espectáculo indescriptible se sintió el caminante sobre el mar de nubes de Friedrich, y se imaginó nunca bajar, desaparecer simplemente como desaparece el sol cada atardecer, aunque luego vuelva a salir.

domingo, 25 de enero de 2015

Carta de amor

Tal vez esté borracho ahora mismo, no te lo voy a negar, pero tal vez, y solo tal vez, sea ello lo que me de fuerzas para escribir esta carta, pues esta carta no es una de la que se previese la llegada, sino que viene de repente, abriéndose paso a codazos con un “disculpen” en los labios. Y qué querré decirte, tal vez sea lo importante, pues nadie escribe una carta para decir nada, a no ser que se trate de una obra de Gabo, de las que a ti te gustan, pero ni soy Gabo ni he estudiado periodismo. Lo que quiero decirte no está claro, pues solo cuando tienes muchos argumentos te fallan las palabras y no sabes que decir, y eso me pasa, eso va a ser lo que me pasa, te quiero decir tantas cosas que a su vez vienen de tantas otras que no sé qué decirte.
¿Empezamos por un te quiero o eso es demasiado fuerte? Creo que sería más conveniente empezar por un “no estoy en la fiesta de mi hermano por escribirte esta carta”, pero es que fuiste tan mala que me dan ganas de no escribirte ni el nombre y los dos puntos que se escriben como precipicio de cada carta antes de empezar a escribir la misma, y es que ya te lo he dicho, estoy borracho, fuiste mala, te quise, te querré, fuiste mala, seguirás siendo mala y te seguiré te queriendo, pero, oh, no, por favor, no te quiero como quieren los colegiales, ni te quiero como quieren los poetas, ni, por supuesto, como los filósofos, teatreros o afinadores de pianos, los cuales, en secreto, son los más temidos y peores. Yo te quiero de esa forma en la que te dicen que describas y reaccionas tirando el vaso de agua a la cara, sé que me entiendes, y como sé que me entiendes me vale, pues si tú me entiendes, qué necesidad voy a tener de que otros me entiendan. ¿Te imaginas que todos los escritores hubiesen escrito en privado para x personas? Solo un cuarto de lo hablado se entendería, y de esto se malinterpretaría la mitad, porque, casualmente, cuando besas, o cuando follas (¿qué miedo va a dar decirlo?), con una u otra persona, las cosas cambian, y no nos engañemos, Marta, por eso existen tantas palabras y expresiones, y tan distintas, para hablar de la penetración y explosión de sentidos, porque mil mundos diferentes hay entre una y otra, y aunque hagas lo mismo, exactamente lo mismo, con unos y otros, jamás será igual o parecido, por mucho que sea mejor o peor, por mucho que te acuestes con gemelos.
Ay, Marta, más que “te quiero”, quiero decirte “te echo de menos”, pues me sigo sentando solo entre los olivos y el frío a observar las pocas estrellas, pero ya no es lo mismo, pues antes tu presencia, tu silenciosa presencia, lo cambiaba todo, y esto pasaba, ojo, aunque ni nos mirásemos, ni hablásemos ni, por supuesto, nos tocásemos, esto pasaba porque estaba ahí, y, aunque olvidase tu presencia, las estrellas no lo hacían, y esto se notaba cuando aparecían más estrellas de lo normal y los planetas reflejaban toda la luz posible para contentarte, o contentarme, o contentarnos a los dos, quién sabe, quién sabe y quién sabrá, en fin, que te echo de menos, que encendería la almenara de auxilio para que vinieses corriendo y decirte “hola” así, sin más, solo para que vinieses y observarte respirando agitadamente y con las mejillas rojas antes de mandarme a la mierda y marcharte, como las hojas marrones con el viento de otoño, y no volver a hacerme caso cuando te pidiese ayuda porque de verdad te necesitase al exigir a los recuerdos su dinero o cuando el presente pidiese alcohol.
Qué te voy a decir, Marta, qué te voy a decir que encima no sepas, porque tú lo sabes todo, menos las mil cosas que te contaba yo. Tú lo sabías todo sobre cortar a las personas de tu vida, de diferenciar alma y cuerpo pero aun así odiar a los filósofos, de enfadarme, de hacerme llorar, de hacerme gritar de la más pura rabia. Pero no conocías las palabras, la historia, las curiosidades ni las metáforas, y ahí estaba yo, como un regaliz de navidad, mientras tú me chupabas y yo creyéndome más grande cuando realmente cada vez estaba más consumido. ¿Al final desaparecí? Claro que no, por supuesto, pero una parte de mí sí lo hizo, y eso explica que ahora folle pero no haga el amor, que hable pero no me hechice, que escuche pero no me enamore, que observe pero no contemple… ¿Esto quiere decir que fuiste la mejor? Pues no, quiere decir que fuiste la peor, a la que más odio, tal vez la única, y aunque ahora te relamas de placer leyendo esto, pues para ti es una extraña victoria, reitero que fuiste y, segurísimo, serás mala y te darás cuenta de ello con todas sus consecuencias demasiado tarde, cuando ya nadie pueda llegar a quererte y yo, pobre iluso, haya encontrado a alguien como tú, sí, a alguien como tú, pero que en vez de sonrisa pícara tenga poco tiempo por ofrecérselo a los demás, no pueda ser tu hombro de apoyo.

Empecé a escribir borracho y he acabado sobrio, y tal vez se pueda ver esto como una carta antítesis del amor, o no, quién sabe, pero, a mi pesar, creo yo que esto es el amor, enserio, el amor más puro y destilado, guardado en un frasquito de cristal y puesto a salvo en un barco egipcio que huye del fuego. Y es que ya te lo he dicho, yo te quiero y te querré aunque aparezca alguien mejor, pues tú eres tú, y no sé, qué quieres que te diga, eres perfecta dentro de la locura y el caos, seguirás siendo la perfecta cuando otras personas se desvelen como auténticas perfecciones, y así te deseo un beso en los labios, uno de esos fuertes apretando los labios y sin abrirlos, uno de esos que, tal vez, portaron lágrimas en los ojos.



Esto lo escribí para un concurso del que no quiero hablar, que me enfada mucho el tema.
El mejor vino estando a solas,
el mejor cuadro colgado en un cuarto privado,
el mejor caldo dado como bebida a los animales.
Fuego en las cumbres montañosas,
fuego en los fondos marinos.
Hoy es día de cambiar los pasos,
todos a la vez, en silencio.
Hoy es día de amar al muerto
y odiar al amigo.
Hoy es el día que no hará frío, pero nevará
y haremos caminos en la nieve
para poder volver a casa

viernes, 23 de enero de 2015

Estaba sentada en la rama más alta del árbol, y cuando escalando llegué hasta ella, vi que lloraba y que tenía en cada mano un poco de arena, arena que no se le escurría entre los dedos por estar mojada de sus lágrimas. De vez en cuando hipaba, y seguro que también tendría un nudo en la garganta, yo me acerqué a ella con cuidado de no caerme y le froté el hombro intentando ser reconfortante, ella hipaba y lloraba en silencio. Me acerqué a su oído y susurré "Recuerda que hoy hay baile y te tienes que vestir de gala" y entonces pareció enfadarse con uno de esos enfados coraza que protegen el orgullo, y dijo "Ya lo sabía". Bajé del árbol y me puse a preparar a toda prisa el improvisado baile de esa noche.
Se sirvieron los aperitivos, cada invitado leyó un cuento, se apagaron y encendieron todas las luces de la Gran Sala tres veces,se dejó escapar al mosquito que más tarde habría que atrapar y por último se cenó, de pie, por supuesto, el primero que se sentaba perdía, aunque una vez uno se hubo sentado, todos pudieron acomodarse en las sillas más cómodas jamás conocidas, tanto que había quien juraba que jamás se levantaría, y otros tantos que parecían estar cumpliendo el juramento. Al final empezó el baile, y ella no había llegado, por supuesto, aquel baile era para ella, los detalles también, pero daba igual, ella llegaría a mitad de la velada y ni siquiera pediría perdón o saludaría, sino que se internaría entre los invitados como si fuese una criada que, tras haber robado un bonito vestido, quisiese conocer a aquellas exóticas personas. Miré el reloj y dije que era el momento de atrapar al mosquito, un juego divertido que casi nunca se lograba terminar si no era haciendo trampas. Una vez que ya fue atrapado gracias a un criado que escaló una pared con una red, se continuó el baile, pero esta vez de verdad, con sus pasos rituales, su divertida seriedad y con esa música, la música que está prohibida excepto para grandes bailes, la música que tenía una letra tan triste que se mandó olvidar.
Llegado el momento noté un carraspeo en mi espada, me giré y allí estaba ella, con un magnífico vestido azul. Quería bailar, quería bailar conmigo, pero preferiría cortarse los pies a pedírmelo, o tan siquiera a decirme "Muchas gracias por las molestias que te has tomado y por esta magnífica" porque era magnífica "velada".
La saqué a bailar y bailamos, eramos los mejores bailarines porque no hacíamos como el resto, no nos preocupábamos de seguir estrictamente los pasos y de tener un ojo en el resto de la gente, nosotros nos mirábamos el uno al otro, a los ojos, sin apenas parpadear, jugando y no jugando, odiándonos y queriéndonos, siendo grandes y no siendo nada. Me susurró las palabras mágicas y yo le susurré la llave, mientras notaba la arena en las palmas de sus manos, arena que había hecho costra y que nunca se iría del todo.
La fiesta terminó y los invitados se marcharon, pero antes de que nadie lo hubiese hecho, ella ya había desaparecido, yo lo sabía bien, ella no soportaba el desorden que sigue a una fiesta, y no por el desorden en si, que le da igual, sino por el ver que ya no hay nada, que lo bueno se acabó y que no se puede saber si será posible repetir tan siquiera algo parecido, así que desaparecía de los sitios y dejaba las cosas cuando aun estaban vivas y calientes, pues ya había demasiado frío en su interior como para que se le enfriasen también las manos.

Ella se casó con otro hombre, se veía venir, pero lo malo es que no sé hasta que punto fue por conveniencia y hasta donde fue su propio deseo, impulsado por extrañas razones desconocidas para mí. No soportaba verles juntos, pues jamás volvimos a estar ella y yo a solas, y tampoco soportaba oír cómo hacían el amor, en una casa tan grande sus gemidos atravesaban las paredes, me alcanzaban y, de algún modo extraño, me hacían sufrir.
Aquella era mi casa, o por lo menos era más mía que de cualquier otro, y podía haber logrado que se marchasen, pero me parecía estúpido, no sé que habría sido de mí solo en aquella inmensa casa, seguramente me habría consumido, pudrido y empequeñecido, así que decidí marcharme yo, con el mínimo de cosas además, pero antes di una última orden, mandé cortar el árbol más alto del jardín, aquél en el que ella subía tiempo atrás cuando estaba muy feliz o lloraba sin saber bien por qué. Mientras sonaba cada golpe del hacha contra la madera, la imaginaba en una ventana, sin reconocer su desolación, y cuando finalmente cayó, sonreí con malicia, con malicia reservada, y entonces me marché para no volver jamás.

jueves, 22 de enero de 2015

Felini

La habitación estaba horriblemente desordenada para algunos e increíblemente inspiradora para otros, las mesas no se distinguían bajo todos los papeles, botes, cuadernos, pinceles, lápices, espátulas, muñecos, candelabros y la más absoluta variedad de cosas que en vez de dar la idea de que ahí debajo había una mesa, parecían indicar que aquello era una inmensa montaña de papeles y trastos que alcanzaba la altura de una mesa. En el suelo había hecho falta abrir un camino desde la entrada hasta el salón, que hacía las veces de estudio, con dos ramificaciones, una para el baño y otra para la cocina, aunque por la nueva acumulación de papeles, lienzos y botes con muestras de pintura en esta segunda ruta, se adivinaba que Felini no había comido en días. Pasaba todo el día frente al inmenso caballete que reinaba en mitad de la penumbra del salón, pues todas las ventanas tenían las persianas bajadas, excepto la de la cocina, que no tenía, lo que se remediaba cerrando la puerta. Había quien decía que antes Felini era un hombre tranquilo de sonrisa melancólica que disfrutaba de los paseos por el río y las tardes viendo el sol colarse entre las hojas de los árboles del parque mientras escuchaba como música de fondo las risas de los niños que jugaban y a los que dedicaba, sin que nadie le oyese, alguna importante frase filosófica de cosecha propia. Ahora cualquiera que recordase a ese Felini y viese al nuevo se preguntaría si no le engaña su memoria, pues el nuevo corría de un lado a otro, completamente exaltado, frenético, con los ojos muy abiertos, pintando y rasgando lienzos maldiciendo que eso no es lo que quería, completamente flaco y con ojeras, pues hacía semanas que no pisaba el dormitorio y tan solo se acurrucaba unas horas en el suelo cuando, agotado, casi caía desmayado.
Debía varios meses de alquiler, además de todo el material no pagado que encargaba para lo que fuese que andaba buscando pintar, y la señora Tórcola, la casera, harta de golpearle la puerta y de pasarle notas por debajo, ya iba para comisaria cuando su marido, el señor Tórtola, le comió la cabeza con la cuantiosa suma de dinero que les daría el señor Felini una vez terminada su obra y, una vez la dejó en casa, cogió el manojo de llaves y subió a ver al que en otro tiempo había sido un gran amigo suyo. Golpeó un par de veces la puerta y le pareció oír un gruñido por respuesta, así que abrió, a pesar de que le costó, pues al otro lado de la puerta había una montaña de cristales, basura y desperdicios inclasificables que, con su apestoso aroma, hacían de barricada natural. Ahí estaba él, de espaldas a la puerta y tapando con su cuerpo el lienzo al que miraba, parecía un espectro a la luz de la lámpara de aceite. El señor Tórtola se acercó, le cogió del brazo y le giró con más facilidad de la que se necesitaría para darle la vuelta a un niño, Felini estaba llorando. Tórtola le arropó con la manta de mejor aspecto que pudo encontrar y le sacó fuera del piso, Felini lloraba mientras murmuraba palabras ininteligibles, pero no parecía estar borracho, además su amigo había echado un vistazo y todas las botellas que contuvieron alcohol en su día estaban apropiadamente secas o llenas de pinturas o extraños aceites.
Afuera la luz del día pareció cegar a Felini en un primer momento, pero entonces, cuando Tórtola había imaginado que su amigo se recobraría, éste gritó y empezó a correr dejando a tras al pobre y generalmente acomodado Tórtola. Felini corría de un lado a otro de la plaza, asustando a la gente, frente a la cual se paraba, estudiaba el rostro y dejaba para inspeccionar al siguiente.  Cuando el casero le dio alcance  finalmente, Felini estaba de rodillas frente a un hombre bien vestido de barba gris intenso, con la cabeza hacia abajo y llorando mientras murmuraba que lo había encontrado. Tórtola estiró el brazo y, nada más haberle rozado el hombro, el pintor se levantó de un salto, le fintó y echó a correr hacia el edificio. Esta vez su perseguidor no fue tras él, marchó directamente hacia la comisaría.

Cuando el señor Tórtola y dos agentes de policía llegaron a la puerta abierta del piso alquilado del pintor, vieron extrañamente sorprendidos como éste no actuaba como en los últimos tiempos, sino que sonreía sereno sentado sobre una pila de libros, entonces los tres giraron la cabeza hacia el caballete y ahogaron una exclamación. Desde el lienzo, más real que una fotografía, les miraba el hombre de la barba gris oscuro, pero no parecía una pintura, si es que lo era, era él, era la obra más real que habían visto en sus vidas. Pero habían ido allí por algo, así que un agente se dirigió hacia Felini, el cual se tiró al suelo, y cuando el policía se inclinó sobre él, la mano escuálida del artista le estrelló un bote de cristal en la cabeza, entonces se levantó de un salto y se abalanzó sobre el otro policía, al que cogió por los brazos, impidiéndole moverlos, y le empujó hacia atrás, llevándose por inercia también al señor Tórtola, hasta las escaleras,  donde soltó al agente haciendo que ambos cayesen rodando. Entonces Felini agarró el caballete y fue sembrando el caos mientras hacía caer las columnas que flanqueaban el camino hacia el baño, allí arrancó los papeles de periódico que cubrían el espejo y puso frente a él el cuadro, y entonces éste, viéndose reflejado, dejó resbalar de sus vivos ojos dos lágrimas de pintura.

lunes, 19 de enero de 2015

Nieva

Yo iba engañado, aunque no sé si me habían engañado o me había engañado yo solo, es lo que tiene que te propongan un viaje mientras ves nevar desde la ventana, que dices que sí a todo.
Porque nieve, no hablemos de viajes, hablemos de nieve, nieve que ha caído primero en Madrid y luego aquí, a las afueras, frente a mi ventana, nieve que ha hecho blanca la casa que miro siempre, casa para la cual tengo preparadas obras de teatro y una de mis mejores historias, nieve que se ve muy bien dibujada a la luz de la farola del callejón, nieve que antes era lluvia que se veía igualmente bien dibujada a la luz de la farola del callejón. Antes la lluvia y ahora la nieve parecen falsas, quizá sea el efecto de la luz de la farola del callejón, parecen hechas por una de esas máquinas que se usan en el cine cuando hay que hacer que llueva o nieve. Hoy mi madre ha ido al cine y mi hermano ha estado pintando, hoy mi madre ha grabado una película y mi hermano ha pintado un cuadro, hoy mi madre ha ganado un Oscar y mi hermano ha pintado una obra de arte. “Qué artistas, che” diría Oliveira. ¿Y yo que he hecho? Supongo que en la escala de antes empezaría anotando algo y acabaría escribiendo una novela, pero no es verdad, ni lo uno ni lo otro. El otro día estrené las botas, buenas botas en cuanto a pisar, pisas bien con esas botas, cuando me afeité sin camiseta pero con pantalones y las botas aun puestas me dije que parecía un militar, o por lo menos me lo imaginé. Pues hoy pensé en salir a caminar, en subir al Cerro tal vez, pensé en calzar las botas, pero se puso a llover y vi una película, aunque realmente vi dos, las dos de acción sin trascendencia clara, solo que una me había dejado frustrado al no verla hace cuatro años, así que supongo que he cerrado un círculo de la adolescencia o una tontería similar. Hoy me he puesto a leer todos los comentarios publicados en mi blog y he borrado dos que por algún error estaban repetidos, me he puesto a ver si podía discernir quién era el autor de cada uno, y he hecho mal, porque me he vuelto a topar con dos personas que en su momento comentaron, no sé quiénes son pero que realmente decían cosas fuertes, para bien, sobre lo que habían leído. Por eso mismo me siento mal al escribir esto, he cambiado, antes escribía otro tipo de cosas, no sé si con peor estilo y de seguro con más faltas de ortografía, pero eran más únicas a su modo, ahora escribo cosas más largas, con un inicio y un cierre, que no nudo, pero eso no quiere decir nada, ahora soy “mejor” a cambio de perder lo único bueno que tenía, creo que además eso está relacionado de alguna forma con que últimamente escriba menos. En reyes me trajeron unos guantes de medio dedo negros, unos guantes que yo me había pedido, y resulta que a casi nadie le gustan, unos me dicen que son feos, otros que son poco útiles, otros que si lo que quiero es usar el móvil hay guantes de dedo completo con los que lo puedo manejar igualmente y otros que eso son guantes de mendigo, pero qué se le va a hacer, a mi me gustan, sigue nevando y mañana llevaré las botas. Eso tampoco me gusta, el truco fácil de nombrar algo al principio de un texto y nombrarlo de nuevo por el final para que guste al lector reconocer algo que ha visto antes, no me gusta y lo hago mucho, creo que de hecho lo hago siempre. Iba a contar la anécdota de la clase de música de hace tres años en la cual la profesora nos dijo que debíamos escribir una historia en clase y que ella iría diciendo palabras relacionadas con la música que deberíamos (debería existir “debríamos”) incluir, y cómo todo el mundo hizo chapuzas inconexas mientras que yo logré formar una historia coherente, una historia que además era de intriga o algo así, me sentí especialmente bien por jugar con las palabras dadas por la profesora, pues usé “intervalos” en una frase que decía algo así como “las farolas se encontraban a intervalos regulares” en vez de emplear su significado musical, algo así hice también con “notas”, pero me parece una gran pena no acordarme del relato completo. El otro día escribí “lluvia” y ahora escribo “Nieva”, tal vez tendría que cerrar esta colección casual con “Vapor”.

Sigue nevando, los setos están blancos, los coches están blancos y los tejados están blancos, pero el suelo está mojado y no creo que cuaje.

domingo, 18 de enero de 2015

Poetry

Suspiré con el libro abierto en el regazo, levanté la vista y me encaré a la estatua.
-Vale, lo reconozco, no puedo con la poesía.
Y el libro se cerró de un portazo.
Me levanté y me puse a caminar para, iluso yo, intentar entrar en calor. Yo no tenía que estar allí, yo debía estar tumbado en mi cama, solo, con la habitación llena de música y humo, pero había descubierto que de haber tenido tantas relaciones sentimentales y haber adjuntado inconscientemente una o varias canciones a cada una, me había quedado sin poder escuchar música, a no ser que fuese para deprimirme o para cantar frente al espejo como un actor de videoclip, aunque sería el primero en hacerlo bien. Y allí estaba yo, en un parque bastante bonito, con la estatua de un poeta para mí desconocido y un frío terrible, acuciante, destructivo, perturbador, maligno, sádico, incongruente… y el libro de poesía, claro, un libro con unas tapas duras verdes preciosas en las que no había nada escrito, tal vez eso era lo que más me atraía libro, lo que se explicaba en la primera página:
Escribí estos poemas en noches de desvelos, de gritos y lágrimas, pero también los escribí en noches despejadas del alma, donde las estrellas y yo nos reíamos, los escribí para la gente, los escribí para mí. Empecé a escribir porque pensaba que si no lo hacía algo terrible me ocurriría, sentía la necesidad interior de hacerlo. Tras dos años algo cambió, sentí que jamás podría escribir nada más, pero no me entristecí, pues ya lo sabía, todas las palabras plasmadas hasta ese momento no podían haber sido mías, sino de algo más grande, algo que habitó en mí, se alimentó de mis miedos, desengaños y alegrías, y que finalmente se marchó. Así que tras leer todos los poemas seguidos en una sola noche entendí que esto no podía leerlo solo yo, que todos deberían poder hacerlo, por eso los recopilé. También por ese motivo no pone en ningún lugar mi nombre, pues no importa, yo solo quiero que esta obra sea leía.”

Me detuve y giré la cabeza para volver a mirar al poeta de bronce, que cuando estaba sentado en el banco frente a él me miraba pero que ahora tan solo me mostraba su perfil.
-No serás tú el poeta éste sin nombre ¿no?
Y la respuesta, que me la di yo mismo, me imaginé que me la proporcionaba la propia estatua, girando la cabeza con el estruendo de la piedra contra el metal, diciendo con su profunda voz de estatua:
-Si es un libro anónimo ¿cómo iba a tener su autor una estatua?
Supuse que el hombre de bronce sí sabía quién era el poeta de las tapas duras y verdes, pero que como escribía, o escribió, mucho mejor que él mismo, le odiaba o algo parecido.
-Por eso esa mueca tan seria ¿eh, viejo?
Me di la vuelta y continué con mi paseo a la eternidad, un frío tan terrible algo bueno tenía que tener, ni un alma, o ningún alma con cuerpo físico, deambulaba por ese inmenso parque, era mío, y el lago y los patos (¿Patos con este frío?) también lo eran, así como las barcas de tres euros quince minutos y la mesa y la silla de plástico de quien las cobraba, que también estaba de cuerpo ausente.
Si leer poesía no me engancha y me impacienta uno se podría preguntar por qué la leía, y es que claro, no tenía música posible, ni dinero ni energía para aguantar a otras personas, pero sí tenía una amiga que en la sección de poesía parecía una niña en una tienda de chucherías y que, efectivamente, leía un poema como si tomase un rico caramelo de limón, a no ser que leyese a aquella autora suya, a ella la leía dando pequeños paseos por la habitación, leyendo a la vez que movía los labios en silencio y con una repentina madurez llena de cicatrices. Así que había entrado en la Gran Biblioteca, allí surqué los tomos de los libros con los dedos y finalmente saqué éste, sin nombre ni autor, que ya lo tenía fichado de una expedición previa. Por qué tendríamos en una casa tan pequeña una habitación enteramente dedicada a los libros, la Gran Biblioteca, y, asumiendo que la teníamos, por qué nunca entrábamos.
De pie junto a la barandilla, frente al lago y los patos, con la mirada perdida y el libro en una mano, me dediqué a pensar en el orden que tenían los poemas en el libro, para nada usual, más bien parecían la manifestación de una cadena de pensamientos, cosas que se te van ocurriendo y que te llevan a otras cosas, a pesar de que no exista ninguna similitud aparente entre ellas.
Volví a la realidad lentamente, muy lentamente, aun seguía pensando en poemas y pensamientos. Miré el libro, parecía poseer vida, pero no porque vibrase o me mirase mal, sino porque parecía aguardar serenamente lo que tuviese que ocurrir. Acaricié una última vez su genial lomo verde, lo alcé y lo arrojé lejos. En el aire pareció detenerse un momento, y no me hubiese extrañado que realmente lo hubiera sido, y después, abriéndose, cayó al agua, con las letras hacia arriba, y así sus hojas y poemas se fueron mojando. Esta cadena de pensamientos parecía llevar a que los poemas por los que su autor se quitó el nombre al final no fuesen leídos.

De lejos me pareció oír las carcajadas de la estatua de bronce.