Un sonido molesto y de pronto ella está ahí, frente a ti, y
lo primero que dice es que no te ve. Entonces te das cuenta de que tienes un
trozo de celo pegado en la cámara del ordenador “por seguridad”, así que lo
quitas mientras pides por favor, en silencio, que el celo no deje pegamento en
la cámara. Te ves en pequeño, en un cuadro en la esquina derecha de la
pantalla, y lo primero que le dices a la chica con la que no hablas desde hace
tanto tiempo es “¿Ahora mejor?”. Pero volvéis a coger aire y empezáis en serio,
lo anterior ha sido un calentamiento, ahora os saludáis tristemente formales,
hola, qué tal, bien y tú. No pierdes la ocasión de rememorar una antigua gracia
adaptada a las circunstancias y la haces reír ¡bravo! Pero ella no ríe y mira a
la pantalla, el equivalente de mirar a los ojos, sino que sonríe como triste y
agacha la cabeza hacia un lado, momento en el que tragas saliva. Ojalá sea que
aún está un poco incómoda, piensas, y planeas hacerla reír de nuevo dentro de
poco para comparar resultados. Acabas hablando, porque tú nunca hablas, solo
preguntas, y con ella tiene que ser distinto, porque siempre es distinto con
ella, así que le cuentas lo primero que te viene a la cabeza, algo curioso que
además lleva implícita la intención de crear pequeños celos. Le cuentas que
últimamente conoces gente pasivamente, en especial mujeres, que vienen a ti,
les encanta tu imagen predeterminada y te idolatran hasta que se cansan de que
no les hagas caso y se van. Pero ella te hace un par de preguntas menores
después de fingir asombro y a ti se te cae el castillo de naipes. Entonces, en
una extraña defensiva, le preguntas tú, pero ella contesta a las preguntas sin
importancia con escasa información, y las que te interesan las contesta como si
fuese de agua y éstas resbalasen por su piel. Pero qué tonto eres, que no sabes
preguntar, y eso que es lo que haces siempre, preguntas, preguntas, preguntas y
todas bruscas y te crees original, y después preguntas sobre las respuestas y
te crees psicólogo. No la haces reír y la ves triste, pero ella está allí,
hablando contigo desde quién sabe dónde (se lo tendrás que preguntar) a través
de la pantalla, pero si no quisiese hablar contigo no estaría, lo cual te da
esperanzas, o es que quería ver cómo te iba o si habías cambiado, lo cuál te
quema al pensarlo. Entonces, como un mago al que se le acaba la función, le sacas
las bromas del sexo, lo cual te ha dado información muchas veces, pero no sé
cómo se te ocurre sacar la estrategia ahora. Haces una broma sexual con algo de
gracia y mides su reacción o incluso estás atento a si continúa la broma, pero
nada, has lanzado una bomba y ni la has oído explotar. Ella de pronto dice algo
muy bonito, y sin que se aprecie por la cámara, estiras la mano y lo apuntas
con lápiz en la mesa. Le haces tres preguntas y a estas sí te responde, entonces
bajas de las nubes y te centras en mantener una conversación adaptada a la
guerra callejera que es el mundo cuando está ella. Después de toda la
conversación te hace pequeñas confidencias cuando todo está a punto de acabar.
Te dice que te tiene que dejar, tú le dices que a ver si habláis más, ella
responde de forma ambigua, después adiós y ella desaparece como una página de
internet más que se cierra, con un sonido como de bote que se hunde que hace el
programa. Piensas si decirle al día siguiente que te gustó hablar con ella,
pero descartas la idea, y entonces te pones a imaginar todas las vertientes que
podría haber tomado aquella conversación, cómo podrían haber sido, cuál habría
sido su final, o si aún no habría habido y seguiríais hablando, con ella riendo
abiertamente mirando la pantalla, que es como mirar a los ojos.
Todo el mundo lo repetía, pero en el fondo nadie llegó a creerlo. Por eso todos se refugiaron aquí.
viernes, 30 de octubre de 2015
lunes, 26 de octubre de 2015
El sueño de Elisa
Era una comida familiar en casa de tía Ana, y mamá no me
dejó llevar los guantes de medio dedo porque tenía que ir medianamente
arreglado. La prima Elisa es la hija de la tía Ana, y nosotros íbamos, junto con
casi toda la familia, a una comida en celebración del cumpleaños de tía Ana.
Llegamos, nos abrieron y nos preguntaron qué queríamos beber: mis padres vino,
mi hermano cerveza y yo un refresco, porque mamá dice que no puedo beber
alcohol y no me gustan el vino ni la cerveza. Saludé a los que habían llegado,
a las mujeres con dos besos, a los hombres que eran incorporaciones recientes
como los novios de tía Claudia y tía Helena dándoles la mano y a los hombres de
la familia con dos besos también. Como saludé a todos saludé también a la prima
Elisa, que siempre tiene los ojos vidriosos y la piel muy pálida porque tiene
una enfermedad que le impide dormir. El aperitivo se tomó de pie, como siempre,
y luego nos sentamos alrededor de la mesa cuadrada que en realidad eran dos
mesas rectangulares puestas juntas para la ocasión. La gente, para tomar el
aperitivo, había cogido vasos sin saber dónde se iba a sentar, y ahora algunos
tenían de más y a otros les faltaban, además de que algunos teníamos vaso de
vino cuando no bebemos vino, así que corrieron vasos de un lado para otro y
empezó la comida. Me gusta el sonido que se produce cuando alguien apoya el cubierto
en el plato para estirar la mano, coger un trozo de pan, partirlo en trozos más
pequeños y morder uno o utilizarlo para mojar la salsa o empujar la comida, y
después recoger el cubierto. La comida estaba muy rica porque en las
celebraciones especiales se hace comida que no se suele hacer y como es típico
en mi familia se cocina mucho y la gente como yo podemos comer y comer. Llegó
el momento de los regalos y todo fueron ropa y complementos para tía Ana, a
excepción del libro que le regalé yo, y a pesar de ser un regalo diferente no
le prestó atención, y eso que le había comprado un libro finito porque sabía
que ella no leía. Al final acabamos todos sentados relajadamente sobre los
sofás, los sillones y alguna silla, tomando café o bebidas alcohólicas de las que se toman después de comer. Yo bebía
agua para tragar el chocolate porque mamá no me deja beber alcohol, y el tío
Ernesto bebía vino porque solo bebe vino, y si le preguntas si quiere otra
bebida te contesta “no, no”. Estaba tía Claudia devorando pastelitos cuando
soltó una exclamación y se llevó las manos a la boca, la miré y luego seguí su
mirada. La prima Elisa estaba recostada en el sofá, con los ojos cerrados, los
labios apretados y las manos juntas sobre el regazo. Se hizo el silencio porque
todos estaban sorprendidos ya que la prima Elisa no dormía por una enfermedad,
como dicen mamá y papá. La miramos un rato y entonces ella abrió un poco los
ojos, “estaba soñando algo precioso”, dijo, “acercaos y soñadlo conmigo”.
El absurdo
Un hombre llama a la puerta y otro abre, entonces el que ha
llamado saca una pistola y dispara al que ha abierto en la tripa. El hombre que
ha abierto le dice enfadado al otro que no le parece bien que le dispare encima
que le ha abierto la puerta, y el otro hombre, pensándolo, se siente muy culpable
de pronto. Quisiera rebobinar el tiempo apenas unos segundos, pero no es
posible, así que decide arreglar la situación, dejarla como estaba antes, por
lo que se agacha y mete la mano en la herida para recuperar la bala. El otro
hombre grita de dolor y le dice que intentando arreglar la situación la está
empeorando, pues su mano es más grande que la bala, pero el que está agachado
ya ha extraído ésta y se dispone a meterla de nuevo en el cargador. El herido
le dice que no sea tonto, que la bala está manchada de sangre y cuando ésta se
seque hará que el arma no funcione, así que el de fuera se marcha triste, con
la cabeza gacha. El hombre herido cierra la puerta murmurando acerca de las
visitas que se dan hoy en día, después va al sofá, enciende la televisión y se
pone a ver un programa titulado “Las muertes más absurdas”.
El otoño
En verano me tumbaba sobre el césped, verde y mullido, y su
frescor me hacía dormir tranquilo. Pero ahora el frío hace que el rocío
persista, y éste me moja la espalda. Ahora la tierra se congela y se hace dura,
y no me deja conciliar el sueño. Menos mal que se me ha ocurrido extender una
alfombra de hojas rojas. Ahora duermo mucho mejor.
La jaula
Cuando se despertó vio que se encontraba en una
jaula. Tenía forma de campana circular y estaba compuesta por barrotes de metal
muy gruesos. Mientras le dolió la cabeza permaneció tumbado, después, poco a
poco, se levantó y entonces vio que no estaba solo en la jaula. Frente a él, en
el extremo opuesto de la jaula, a unos diez metros, se encontraba una criatura
con piernas, brazos y pelo corto rubio casi blanco. Él se acercó a los
barrotes, había mucha separación entre ellos, pero no logró colar su cuerpo para
salir. Entonces se giró y encontró a la criatura agachada, mirándole, sintió
puro terror. Mientras aquella criatura estuvo inmóvil él permaneció también
quieto, alerta, pero cuando empezó a avanzar lentamente hacia un lado él hizo
lo propio dando el mismo número de pasos en dirección contraria, recorriendo
entre los dos la circunferencia de la jaula. Al final la criatura se detuvo,
seguía de cuclillas, y empezó a caminar hacia el interior de la jaula. Él
retrocedió hasta que noto los barrotes en su espalda, pero al ver que la
criatura seguía acercándose, con la ligera ondulación de su pelo corto, él huyó
hacia un lado, alejándose de su trayectoria. Pero la criatura, ahora con las
manos apoyadas en el suelo, le seguía a donde quiera que fuese, entonces él
echó a correr y la criatura se puso de pie, saltó y se abalanzó sobre él. En la
piel se hundieron los dientes y las uñas, los músculos sintieron los golpes, él
gritó, luchó y huyó. Le dolían las heridas no infligidas, porque no sangraba,
los dientes y las uñas de la criatura no estaban hechas para atravesar la piel
de otro ser humano, pero aun así, la criatura, que volvía a estar agachada,
sonreía con malicia. Entonces de él se apoderó la ira, gritó y corrió hacia
ella. Cuando sus puños fueron a golpearle se había movido, cuando fue a
agarrarla ya no estaba. La criatura era ágil, y aunque no producía ningún
sonido, no dejaba de sonreír. Finalmente él, habiéndola arrinconado, cogiéndola
por los brazos logró golpearla varias veces contra los barrotes, después ella
cayó al suelo. Él se alejó, temeroso, pero la criatura no se movía, así que
decidió acercarse para comprobar si la había matado. Se agachó y acercó el
rostro al suyo, que tenía el pelo corto casi blanco extendido por el suelo como
un ramo de flores. Pero de pronto ella abrió los ojos, abrió la boca y se
abalanzó sobre él. Notó las uñas y los dedos clavándosele en los hombros, los
dientes destrozándole los dedos, y cuando él lanzó un alarido de rabia y se
dispuso a matarla, ella dio un paso atrás, quedando fuera de la jaula. Desde un
principio había podido marcharse, sin embargo había decidido quedarse.
domingo, 25 de octubre de 2015
Las calles
Daniela tenía por aquel entonces cinco años. Un día, de
camino al colegio de la mano de su madre, vio que donde siempre había habido
una acera ahora se veía el hormigón vivo, y cuando se lo comentó a su madre
ésta le contestó que estarían de obras y que habrían levantado la acera para
poner otra. Y Daniela, con su ceño fruncido ante las explicaciones que no le
convencen, juraría al día siguiente que allí faltaban dos farolas. Un día, de
improvisto, tuvieron que dar mucha más vuelta para ir al colegio, Daniela no
entendía por qué, así que aquella tarde fue a emprender su ruta habitual para
encontrarse con que los edificios de cada acera, enfrentados por la calle, se
encontraban ahora pegados el uno al otro. Y es que alguien había estado robando
las calles.
El cartero
Yo recordaba una clase de lengua, en el colegio.
Allí el profesor nos pidió que hablásemos de los medios de comunicación,
preguntándonos por el original o algo parecido. Entonces se alzaron manos,
supongo que un quinto de la clase lo haría, antes niñas que niños, y se empezó
a hablar de teléfonos y de ordenadores si es que ya estaban presentes en las
casas, que lo ignoro. Tras cada respuesta el profesor negaba, se bajaban las
manos que habían pensado decir lo mismo y se subían unas nuevas con ideas
frescas. Al final una niña de voz aguda y apagada dijo algo que al profesor le
gustó, porque era lo que estaba esperando, no era el telégrafo, era la carta.
Nos contó a cerca de la carta y luego empezamos a ver las funciones del
lenguaje, pero eso a mí me da igual.
Lo importante es la carta. Yo no he recibido
muchas cartas en mi vida y aún así tengo más, probablemente, que mis
contemporáneos. Tendré menos de veinticinco. Y no me refiero a otras cartas que
no sean las escritas por una persona física que estuviese pensando en mí. Por
supuesto mis padres habrán recibido más cartas que yo, tienen más años y estos
fueron vividos en otra época. Estoy pensando que quizá, contando postales, el
número llegue más de cincuenta, pero las postales me valen menos en este punto.
El asunto es que ahora cuando abro el buzón porque
mi madre me lo ha pedido encuentro dos tipos de cosas: publicidad traída por
personas cuyo oficio es meter publicidad en todos los buzones cuanto más
arrugada mejor y cartas para mi madre provenientes de bancos, facturas y una
felicitación navideña por parte del dentista. Ahora, en estos tiempos, pedirle
la dirección a alguien pensando en escribirle una carta se ve como un atentado
a la intimidad, como mucho se recibe un paquete que previamente se ha
encargado, pero ya no se envían cartas escritas a mano con sus postdatas y sus
inicios tipo “Querido Miguel:”.
Y cualquier persona sensata se podría preguntar a
qué viene todo esto, a si es una especie de crítica social o algo parecido,
pero nada más lejos de la verdad, lo que vengo a decir es que el cartero está
triste. Y cómo no va a estar triste si cuando sube su motocicleta amarilla a la
acera y va parando de buzón en buzón solo mete facturas y cartas que como poco
dejarán indiferentes a quienes las abran.
Y es por eso que he tomado una decisión y he
actuado en consecuencia, o mejor dicho, tomé una decisión y actué en consecuencia.
Busqué en el armario en el que han acabado libros extraños, discos de vinilo,
carpetas, folios descoloridos y todo aquello que en algún momento pudo ser
material de oficina, hasta dar con lo que buscaba, es decir, sobres grandes,
pequeños, blancos, amarillos y hasta con cosas ya escritas por fuera. Entonces
tuve que romper mi agradable obrar de estar por casa y coger el autobús hasta
la única oficina de correos que conocía, y allí pedir diez sellos para la
Comunidad de Madrid y otros diez para el resto de España. También, ya que
estaba, compré sobres nuevos y convertí en inútil el trabajo de búsqueda en el
armario de mi casa.
Una vez de vuelta al hogar me puse a escribir, y
esta nimia tarea, que en mi imaginación pasaba con la dificultad con la que el
viento arrastra una pluma, resultó bastante tediosa, porque a mí me gusta
escribir, y me lo puedo pasar bien escribiendo una carta, pero no tantas. Una vez terminadas, a eso de las
tres de la madrugada, escribí el remite y el destinatario con cuidado de no
confundirlos, después solo tuve que buscar tropecientos códigos postales en
internet y pude disfrutar de un merecido descanso. Al día siguiente salí antes
de casa aplazando dolorosamente la hora de comer y realicé la peregrinación de
los buzones amarillos, pues no podía meter todos los sobres en el mismo buzón o
el cartero podría mosquearse. Envié a una carta a mi mejor amigo, con el que
hacía un mes que no hablaba, a ver si con la tontería hacíamos las paces; envié,
por fin, después de varias cartas por su parte, una a mi amiga perdida entre
los montes vascos; mandé una a una vecina cuyo buzón estaba a dos minutos de mi
casa y por delante del cual pasaba todos los días; mandé una a sietesiete, a la
que le había tenido que preguntar su nueva dirección matando toda sorpresa;
mandé a mis padres, tíos, tías y apunto estuve de escribir a los cementerios
por mis abuelos, pero no me pareció correcto, así que sus cartas me las guardé
yo; escribí a Paula una carta terriblemente mala para lo que podía haberle
escrito con tiempo y siendo la suya la única que tuviese que escribir; escribí
a una exnovia aprovechándome de que no me dejaba hablarla en el día a día pero
estando seguro de que esta carta sí se la leería de cabo a rabo, dos veces
incluso; y bueno, escribí algunas cartas más a amistades y a la familia que me
acogió un mes en Irlanda. Después, habiendo creído concluida mi labor, llegó la
siguiente sorpresa, y es que me encontré al cartero metiendo varias cartas en
mi buzón, leyendo mi dirección según varias caligrafías, leyéndolas sonriente.
Y claro, yo me vi con aquella sorpresa tan absolutamente lógica y que a mí se
me había pasado por alto: todas las personas a las que había escrito me habían
respondido. ¿Qué pasó? Fácil, me escribieron cartas alucinantes en su mayor
parte, fruto de la sorpresa de haber recibido mi carta previa, y tanto me
gustaron sus palabras curvadas que a muchas de aquellas personas las volví a
escribir, y con esto el cartero estaba encantado, porque algunas personas a las
que había escrito enviaron cartas a otros allegados suyos, con la consecuente
envidia para el autor de este escrito, y así se propagó una epidemia de sellos,
saliva en los bordes y abresobres.
Y ya, como paso final, escribí a desconocidos. Les
escribí a algunos sin remite, a otros con él y a unos terceros con remite falso
para que le respondiesen a su vez a otro desconocido. Y también pude cumplir
una extraña fantasía, escribirle a un carcelario al que no conociese, con
cierta periodicidad, contándole mi vida e historias varias, haciéndole desear
mis cartas y siendo la envidia de sus compañeros de prisión.
Y bueno, así el cartero ya no está triste, un poco
sí porque la moda de las cartas se pasó y la gente volvió a medios más eficaces
de comunicación, pero siempre le sale una sonrisa cuando le da por recordar
aquellas horas de más que trabajaba sin queja cuando tenía que repartir cartas
a todos los buzones de la ciudad.
miércoles, 21 de octubre de 2015
Los viajes de Nathael
Nathael abandonó la granja de sus padres y viajó hasta
Neferasta, la ciudad de los pensadores. Allí se sintió marginado en un mundo de
hombres vestidos con túnicas blancas que caminaban muy deprisa en todas
direcciones sin dejar de murmurar. Sin embargo, aunque estuvo poco tiempo, hizo
bastante dinero, pues compró cientos de
cajas de aceitunas a un comerciante y en mitad de la ciudad extendió un puesto
de venta de aceitunas. Los pensadores, la mitad medio escuálidos, no querían
comer pesados trozos de carne o tediosos vegetales, pero sí compraban, sin
mirar a Nathael y sin dejar de murmurar, bolsas repletas de aceitunas que iban
mordisqueando en sus largos paseos y cuyos huesos tiraban al suelo tras de sí.
Nathael abandonó la ciudad con la bolsa llena, la cabeza vacía y habiendo
provocado que en las calles de Neferasta creciesen por doquier cientos de
olivos.
Después Nathael se embarcó rumbo a la isla de Fista, pero
una tormenta desvió el barco llevándolo a Mármara, destino que no le pareció
mal y en el que se quedó. Mármara era una ciudad preciosa, capital de la Isla
de las Especias. Entre sus gentes se mezclaban todas las razas, todas las ropas.
Sin embargo no había religión, aquella era una ciudad libre de creencias, y la
gente, dentro del respeto ajeno, hacía lo que quisiese. Aquella fue una gran
experiencia para Nathael, gastó todo su dinero y creyó enamorarse tres veces.
Pero llegó el invierno, y aunque no hacía frío como tal, sí que una extraña
sensación se posó en el corazón de Nathael, así que decidió reemprender su
viaje.
Sus andares le sacaron de la civilización para llevarle a la
barbarie y después devolverle a otra civilización. En la llamada Tierra Moderna
se encontró con que todo estaba cambiado, y frente a las ideas predominaban los
ideales. Por puro placer de experiencias acabó luchando en una guerra de la
independencia de una nación. El valor temerario sumado a la sensación de que
aquello no era cierto le hizo luchar sin miedo en las batallas más importantes
de aquel siglo. Cuando aquella guerra terminó siguió enfrentándose a tiranos y
metrópolis y conoció la derrota y la victoria, y al final se cansó. Tras la que
se había jurado que sería la última guerra, vistiendo los colores de la recién
instaurada bandera, fue presentado junto con otros héroes al nuevo presidente,
y a su hija.
Sarah se llamaba aquella joven, educada y audaz, y dejaba a
todos los hombres con una sensación extraña en la garganta y la seguridad de
que jamás habían conocido a una mujer igual. Sarah no era especialmente
guapa, pero eso no impidió que Nathael se enamorase inquebrantablemente de
ella. La cortejó en secreto, pues ella ya estaba prometida, y al final, una
noche, apareció de improvisto en su balcón y le dijo con completa seriedad que
se fugase con él. Ella, creyéndole diferente a los demás hombres, le cogió el
brazo y se marcharon en un pequeño barco amparados por la noche. Su fuga
terminó por provocar una nueva guerra civil en la que el presidente se desenmascaró
como otro tirano, nada había cambiado.
Fueron varios los que intentaron llevarse a Sarah de vuelta
con su padre, y varios por tanto los que murieron a manos de Nathael o de la
propia Sarah. Y al final ella, a pesar de comprobar que él no era tan distinto,
sí terminó por cogerle un cariño especial, cálido, que sería lo más cercano al
amor que experimentaría. Pero de pronto, una primavera, en la isla de Reiras,
ella cayó en lo que parecía un resfriado de verano que no dejó de empeorar. Él,
desesperado, buscó conocimientos en Neferasta, polvos de Mármara e instrumentos de las
Tierras Modernas, pero Sarah, cuando él llegó de uno de estos viajes, ya había
muerto. Él compró Reiras, la isla en la que ella había muerto, y echó a todos los
habitantes a excepción de algunos criados. Y así pasó sus últimos días, el
hombre que más mundo había visto no se movió del panteón de aquella mujer que
ni siquiera le había llegado a amar.
Si hoy en día se busca Reiras no se encontrará, dicen que
cuando él murió la isla se la tragó el mar.
martes, 20 de octubre de 2015
Ven
Y yo le cantaré a un pájaro un mensaje, y él
silbará alegre, y yo me enfadaré con él, cantándole el mensaje una y otra vez.
Cuando el pájaro llegue a ti te cantará un mensaje y podrás ver que está muy
serio. Tú, la chica que, maravillada, se abría el pecho para mostrarle a la
gente las venas de tu pecho. Sé que pedirás los papeles para que se haga un túnel
en la niebla y puedas volver. Y mientras tú saltas montañas yo me beberé los
lagos, para no tener que echar mi capa por encima después para que puedas
pasar. Vendrás con una historia y un sueño incompleto, yo te habré hecho un
colgante de rayos de sol. Y después todo desaparecerá, no habrá importado nada
y tú y yo nos abrazaremos y nos separaremos solo por no hacernos piedra. Tú soltarás
tú leyenda y yo soltaré la leyenda de las rosas, y juntos, desde el mirador,
veremos cómo serpentean, se retuercen y una gana a la otra, ya sabes cuál. Al
final me dirás que te has olvidado de cómo se leía y que por favor te lea el
libro que te regalé y que no te atreves a abrir, te recostarás y yo leeré con
las gafas puestas hasta que te quedes dormida. Y bueno, cuando te despiertes te
volverás a encontrar dentro del muro de niebla, con el corazón tibio y un par
de leyendas por pendientes, a juego con el colgante.
lunes, 19 de octubre de 2015
Pum pum
Esas cosas que pasan, esas. Porque las cosas pasan,
vienen como un pájaro, se posan y pían, como un pájaro. Las ruedas de los coches
son negras por una razón, ¿sabéis cuál es? Porque yo no, imagino que será por
culpa del material y para despistar a los vampiros, supongo. El otro día vi a
un hombre al que le faltaba una pierna pero lo remediaba con tres magníficos
brazos.
Veréis, hay algo por aquí, en mi cuarto, a lo que
no le gusto, y por lo tanto le temo. Ayer lo contemplé en mi cabeza unos
instantes antes de dormirme, ¿qué será? O mejor dicho: ¿Qúe séra?
Hay un dúo en el que tocan la guitarra y cantan para
desahogarse, y me gustaría poder desahogarme con esa fuerza, pero soy incapaz,
me he puesto a escribir ¡y mira lo que ha salido!
Barba entrecana
La princesa debía ser protegida, pues su padre era
el más grande de los reyes. La princesa tenía muchos guardias, pero había uno,
un viejo caballero de barba entrecana, que destacaba entre los demás por el
cariño que le profesaba y por sus muchos años de impecable servicio. Sin
embargo el viejo caballero erró en una misión menor a causa de su edad y el rey
decidió jubilarle. Se le concedieron lujosas estancias en una de las torres del
castillo, pero a la mañana siguiente el viejo caballero estaba pasando revisión
a los soldados apostados en la puerta de la princesa. Se le dijo que esa ya no
era su labor, que él era libre, y él asentía, confuso. Pero cuando la caravana
real fue asaltada por bandidos, de la nada apareció el caballero lanzando
estocadas contra los enemigos. Se le agradeció la labor pero se le pidió, esta
vez de forma más brusca, que dejase de comportarse como el que había sido, y
como irremediablemente volvió en numerosas ocasiones, se acabó por echarle de
la fortaleza. Pero un día que la princesa estaba leyendo en el jardín, casi
sufrió un ataque cuando vio junto a la fuente, como una estatua, al viejo
caballero. El rey, tomándole por loco y temeroso de los problemas que pudiese ocasionar,
le mandó matar. Y cuando el viejo caballero estaba de rodillas en el patio, a
punto de perder la cabeza, la princesa, desde el balcón, se preguntó por qué
estaban matando a su mejor defensor.
sábado, 17 de octubre de 2015
El origen de los fuegos
Algún día escribiré la obra completa de mis viajes, y pensaréis que no tienen ningún sentido. Hasta ese momento os contaré un cuento todas las noches hasta que se apague la vela. Hoy voy a contar algo que pasó dos semanas después de que me marchase de Salafara, el reino frío cubierto perpetuamente con una densa niebla azul, donde tuve que vivir bajo un puente y donde mis pulmones enfermaron para nunca llegar a curarse del todo. Dos semanas después de Salafara mis pasos sin mapa me llevaron a un lugar oscuro. Yo pensaba que había llegado a donde fuese de noche, pero seguía caminando, despacio, con cuidado de no tropezar, y las horas pasaban y el día no llegaba, me encontraba en la región de la perpetua noche. Los ojos no se acostumbran a una noche como esa, pero sí el ingenio; me até ramas a las pantorrillas y al pecho, para que chocasen con cualquier obstáculo, y acabé por descubrir el olor de los árboles, árboles que olían a regaliz y sabían a carne seca. La hierba, que pensé que debía ser también negra, era pegajosa y me lastraba al andar, cuando llegaba la noche (la noche dentro de la noche, la hora de dormir) me subía encima de grandes piedras para no dormir sobre ella, piedras que olían a libro viejo. Sin embargo un día, después de haber caminado ya algunas horas, me pareció ver un destelle rojizo, y debí verlo, pues me cegó los ojos bajo un increíble dolor dios sabe cuanto tiempo. Al recuperarme decidí seguir aquel destello, pero ya no existía. Tiempo después volví a verlo y me volvió a cegar, pero tardé menos en recuperarme. Cada vez fui viéndolo cada menos tiempo y llegué incluso a correr tras él con ojos doloridos. Después de tan larga búsqueda cuando lo hallé me desesperé. En el suelo había una llama, un fuego diminuto, una llamita, la mitad de grande del fuego que proporciona una cerilla. Para mi sorpresa aquel fuego enano me enseñó que la hierba no era solo negra, también era gris y verde, y luego se apagó. Como un cazador fui siguiendo la sucesión de gotas de fuego, que aparecían de pronto en el suelo como si alguien o algo las arrojase y yo no viese qué las creaba por estar ese misterio entre el origen del fuego y yo, tapándomelo con su negro camuflaje. Al final todo cobró sentido de una forma extraña y rápida. Acurrucado en la hierba pegajosa vi que las llamas surgían, no estaban ya creadas, de los ojos de una joven que las lloraba. Ella al fin se había detenido, estaba sentada y sus lágrimas eran gotas de fuego que al caer todas en el mismo lugar empezaban a formar una hoguera. Ella estuvo sentada una eternidad y yo por tanto estuve tumbado una eternidad. En mis viajes había aprendido a convertir mi curiosidad en una manta silenciosa y no en una bola de afiladas preguntas, además de que la joven lloraba y yo no debía intervenir. Al final la hoguera se apagó, ella fue llorando menos y cuando terminó por secarse las mejillas desapareció en la oscuridad. El amanecer del nuevo mundo que vino tras la perpetua oscuridad vino a mí, o fui yo a él, lentamente, permitiéndome acostumbrar los ojos, pero mientras estuve allí no volví a ver a nadie llorar.
viernes, 16 de octubre de 2015
El rey de los tontos
El rey de los tontos comerciaba con los listos, y los listos le engatusaban, le mentían y le robaban. Cuando esto pasaba, los tontos se preguntaban por qué aquel tonto era entonces su rey, y el rey de los tontos les engatusaba, les mentía y les robaba.
Y es que el rey de los tontos realmente era listo, pero era el más tonto de los listos.
Y es que el rey de los tontos realmente era listo, pero era el más tonto de los listos.
Y la niña
Y la niña se columpiaba tarareando esa canción tan triste que hacía llorar al padre en secreto, y el padre estaba en la cocina y se agachaba y pedía que la niña se callase. Y la niña se columpiaba lenta, con la mirada perdida, con ojos que jamás llorarían. Y el padre lloraba abrazándose las rodillas. Y la niña dejaba de columpiarse, dejaba de tararear, se le habría la boca y veía ante sí una luz brillante que se hacía cada vez más grande. Y el padre, con los ojos cerrados y aún abrazándose las rodillas, murmuraba gracias porque la niña se había callado.
Un sueño
¿Qué quieres decirme? Algo querrás decir si estás
al otro lado del espejo, si te has tomado la molestia. Verás, no me gusta tu
silencio, así que voy a romperlo, espero que no te importe. Siéntate, vamos,
siéntate como yo me siento, así, perfecto.
Bien, verás, el otro día soñé que había una
reunión de los que fuimos a Irlanda, una falsa reunión que se repite en muchos
sueños para dar paso a la acción. Era como si fuese una cena en un barco, en un
barco grande, poco alumbrado a propósito. Yo sentía algo en el estómago porque sabía
que ella estaría allí, porque aunque ella no estuvo en Irlanda, pese a que la
conociese un poco después de volver, en el sueño ella debía acudir al banquete.
La gente estaba sentada en varias mesas, y a mí me tocó en una apartada en la
que me tenía que sentar con hombres algo mayores aunque jóvenes, trajeados, que
habían pagado una fortuna por cubierto y por lo tanto me ignoraron todo el
rato, si no se rieron de forma encubierta. Recuerdo dos cosas en especial de
aquella mesa, recuerdo que no pedí probar de su comida en ningún momento por
puro orgullo, pese a que tenía buena pinta y yo me moría de hambre, y recuerdo
también que sobre la mesa había varias botellas de vino que no eran normales,
eran más grandes, mucho más, unas botellas (¿se llamarán botellones?) que
existen en la realidad y que justo había visto aquel día. También recuerdo
recibir un mensaje de texto de ella, el mensaje me gustó, me hizo mucha ilusión
que me escribiese, aunque tuve que leerlo de mala manera, y recuerdo también
que no lograba escribir una respuesta porque cuando le escribo a ella debe ser
a través de unas reglas extrañas, y me distraían los hombres trajeados. Sin
haber enviado aún una respuesta la vi acercarse reflejada en algo de metal que
había frente a mí, se acercaba como pretendiendo no hacer ruido, y tenía el
pelo más corto que en la realidad. De pronto su cabeza apareció junto a la mía,
casi mejilla contra mejilla, y me dijo algo, algo que me gustó muchísimo, y no
tanto por las palabras sino como por el tono, un tono alegre, ausente de
misterios y cosas malas. Me levanté y me fui con ella. No recuerdo de qué
hablamos, pero sí de que aún no era noviembre, de que fue una de esas
conversaciones que cuando las tienes no cambian nada especialmente pero te
dejan muy buen sabor de boca, y bueno, recuerdo que me decía que últimamente me
leía mucho, y no solo por buscarse entre mis letras sino porque realmente le
gustaba lo que yo escribía, y aunque esto me hacía ilusión en el sueño, lo que
realmente ocurría es que esas palabras estaban inspiradas en lo que me había
dicho Laura, la chica geográfica, hacía solo unos días. Recuerdo ver a su madre
de fondo y pensar que en aquel momento su hija estaba conmigo, lejos de su
hechizo, y recuerdo también sentir a su hermana, pero no quería verla.
Supuestamente era una cena de los que fuimos a Irlanda pero yo allí no conocía
a nadie. Ya he dicho que creo que estábamos en un barco, y creo que salíamos al
cielo nocturno, aunque no llegaba a ver el mar. Me gustaba su pelo y su tono
confidencial, pero luego no recuerdo qué pasaba, estábamos dentro de un
edificio de paredes feas sin decorar y corríamos, y yo sabía que el tiempo con
ella sería limitado y no quería desaprovecharlo en correr, quería hablar con
ella, solo hablar. Ahora recuerdo que cuando estábamos en el barco yo le
transmitía el problema que no llegué a poder contarle en el último sueño porque
justo ella desaparecía y yo despertaba, le dije que si se había dado cuenta de
que el dieciséis era lunes y ella tenía clase por la mañana y yo por la tarde,
y ella respondía “oh”, uno de esos ohs que tanto odiaba en ella porque dan
muchísima información, pero toda dentro de su cabeza, mientras tú solo ves su
rostro inexpugnable. Aunque bueno, creo que luego me daba una solución, o eso o
me decía que ya nos estábamos viendo en ese momento y por lo tanto ya no habría
dieciséis. Del resto de sueño no me acuerdo de nada, solo de que me gustó la
conversación y de que no hubo nada más ni pudo haberlo, creo que al fin me
reconoció que estaba con alguien, y yo sentí que en aquellos momentos era
sincera conmigo como de alguna forma no lo fue en vida. Por último, y poco
después de esto me desperté o ella y esa historia desaparecieron, recuerdo
estar bajando unas escaleras muy largas con ella callada al lado (escaleras
parecidas a unas en las que estuve ese mismo día) y decirle, tras pensar en los
últimos hechos dentro del sueño:
—¿Crees que me acordaré de esta conversación
cuando despierte?
martes, 13 de octubre de 2015
Las muertes
Helena contempló el cielo estrellado desde el
balcón, después entró en su habitación, cerró las ventanas y con increíble belleza
se tomó la pastilla que la mató. Su no-amado acababa de salir del baño de una
gasolinera donde había parado a repostar cuando se encontró al padre de Helena
y saludó a su escopeta. El padre de Helena tuvo un juicio y tres meses después
el verdugo accionó la palanca y su cuello se rompió. El verdugo llegó a casa
abatido, discutió con su mujer y acabó por derribarla de una bofetada, ella se
lanzó hacia él con un cuchillo y él le derramó en la cara el aceite que se
calentaba en la sartén. Ella se arrastró fuera de la cocina y desde allí lanzó
una cerilla dentro, provocando que el gas que llevaba horas deliberadamente abierto
explotase. En el hospital la mujer del verdugo murió a causa de las quemaduras
del aceite y la explosión. El médico que la había atendido, al llegar a casa,
cansado de la vida y triste por la historia del suicidio de Helena que había
leído en el periódico, se abrió las venas con bisturí y precisión médica. La
señora Matilde, o la loca Matilde, no pudo acudir a la revisión de su embarazo
porque su doctor se había matado, así que se autodiagnosticó que su hijo de
cinco meses de gestación estaba listo para nacer, se abrió las tripas y
contempló con horror sangre y vísceras pero no niño. “Como la gallina de los
huevos de oro” murmuró el hombre de barba blanca cuando se enteró. Era un
hombre tranquilo que llevaba sombrero y que siempre se quitaba para saludar a
la gente, siempre quitándose y poniéndose el sombrero, hasta que un día lo
apoyó en una mesa, se le metió un alacrán y al volver a ponérselo éste le picó
diecisiete veces, generando un muerto que echaba espuma por la boca. El alacrán
no era natural de allí, sino que se le había escapado a un tal Mario, que
cuando le contó en la carretera a su madre que habían encontrado al escorpión
pero que lo habían matado a puntapiés, ella pegó un volantazo, se salieron de
la carretera y se mataron los dos. Pero resulta que la madre de Mario no había
pegado el volantazo por la historia de la criatura de su hijo, sino que le
había asaltado a la cabeza, como un recuerdo violento, el abandono de Miguel,
el escritor, que la había dejado por su amor no correspondido con Helena. Y
resulta que Miguel escribió todos estos hechos antes de darse cuenta que la
vida era demasiado compleja para él, para después abrir la ventana que cerrase
en su momento Helena, saltar y volar.
lunes, 12 de octubre de 2015
El extraño
“¿Quién eres tú?” le preguntaron, y no era extraño,
él era un forastero en un pueblo de gente estancada que nunca cambiaba de
lugar. Pero él tenía un cometido, una misión, una apetencia, un objetivo, un
sueño.
A los niños se los ganó fácilmente, unos
caramelos, unos cromos y un par de libros sin texto hicieron que la multitud de
criaturitas corriese a casa a contarles a sus madres lo magnífico del nuevo,
pese a que ellas, las madres, les contestasen con el ceño fruncido. Pero las
madres sucumbieron tras un asedio de regalos útiles o bonitos y
representaciones y conciertos de un solo hombre en la plaza del pueblo. A
medida que entraba dinero en los bolsillos de los hombres su sonrisa se iba
ensanchando, por lo que los enriqueció a todos de formas indirectas, sin
levantar sospechas.
Pero aún quedaban cuatro personas a las que no se
había ganado y que eran fundamentales. Aquel pueblo no tenía ancianos, solo
cuatro viejas que, sentadas en una mesa del único bar, gobernaban el pueblo
bajo golpe seco de bastón de un matriarcado implacable. El hombre probó con
flores para ellas y flores para sus muertos, probó con colonias y platos típicos,
con anillos de oro y un televisor, pero nada alivió las muecas de desagrado de
aquellos rostros tan arrugados. Al final la respuesta resultó estar frente a
sus ojos, las viejas pasaban todo el tiempo jugando a las cartas, y lo hacían
desde hacía muchos años, por lo que su baraja estaba incompleta y deshecha, así
que él solo tuvo que regalarles una para que a los tres días le sonriesen por
primera vez.
Una vez aceptado quiso ser querido, por lo que
invirtió en infraestructuras y mantuvo la política de regalos, y después nada,
se relajó, dejó ser objeto de comentarios y acabó por pasar desapercibido. Y
eso era justo lo que él quería.
Daba largos paseos y era saludado por todo aquel
con quien se cruzaba. Sus paseos acabaron por llevarle hasta la casa más alejada
del pueblo, donde vivían un padre muy serio y su hija muy guapa. A él le
esquivó y a ella la cortejó hasta que se enamoró de él y se fugaron juntos. Y
así huyeron, con la furia del pueblo tras de sí, en un amor salvaje de duración
incierta.
Y eso justo era lo que él quería, pues resulta
que fugarse de una ciudad es menos emocionante.
sábado, 10 de octubre de 2015
Engranajes
La mesa está servida. Hay bombillas y velas, la
sala es enorme. El mantel brilla y el halo de luz rodea la mesa y a quienes
están en ella, sin embargo no acoge nada más allá, provocando una zona menos
iluminada que desde mi posición parece completamente negra, por donde los
criados se mueven y parecen cucarachas. Me llevo un trozo de comida a la boca y
me sorprendo, hubiese jurado que era pizza y es pastel de carne, pastel de
caaarne, piiizza. Hay que ver lo que se diferencian la pizza y el pastel de
carne.
—Pastel de caaarne —susurro sonriendo con la boca
abierta.
Pizza. La gente pronuncia su nombre de mil formas
y todos lo hacen mal, yo soy el único que sabe decir pizza como se debe, y esto
es pronunciando con claridad sus dos zetas: P-i-z-z-a.
Levanto la vista y veo que Andrea me está mirando.
Su pelo rubio hace picos a izquierda y a derecha, parece un águila. Enarca una
ceja sin llegar a cambiar su expresión. Me juzga, me está juzgando, se cree que
puede juzgarme porque ella no sabe que yo sé que ella sigue fumando. Todos la
alaban siempre que tienen ocasión, ella, que un día dijo “pues dejo de fumar” y
ya no volvió a fumar, o eso cree la gente. Lo divertido es que una vez ella me
vio mientras la veía fumar, pero no se debe acordar, estaba en el porche, muy
nerviosa, era navidad, había nevado y Mario la acababa de dejar. Tres hurras
por Mario.
Miro a Andrea y moviendo los labios muy despacio digo:
—Pas-tel-de-caaar-ne.
Ella aparta la vista con ese deje suyo y me da a
entender que es más de pizza.
De pronto me pongo nervioso y mis dedos
tamborilean sobre la mesa, a punto estoy de silbar, pero esa falta de educación
provocaría que todos me mirasen y no quiero llamar la atención. No sé a qué
despistado se le deberá, pero silbar debería escribirse con uve.
Estoy nervioso porque estoy nervioso, el propio nerviosismo
me hace estar nervioso. Agarro a una camarera, hago que se incline sobre mí y
le susurro la única frase que me sé en francés:
—Excuse moi, voulez vous coucher avec moi ce soir?
Y mientras pienso en Daniela y en si lo habré
pronunciado bien me doy cuenta de un hecho terrible: estamos cenando y he dicho
“soir” en vez de “nuit”, por eso, sin duda, se ha marchado con esa cara.
Vuelvo a descubrir a Andrea mirándome. Todos los
hombres la dejan porque ella les echa el lazo corto por miedo a que la dejen.
—Andrea, querida, ¿tienes lazos?
—¿Cómo?
—Que si tienes un cigarrillo.
Ella mira rápidamente su plazo y yo me recoloco en
la silla con cara feliz de niño gordinflón. Ahora, por la victoria, sí que me
fumaba un cigarrillo.
La velada pasa lenta pero pasa, el tiempo se
demuestra eficaz. Me dedico a lanzar pelotitas de miga de pan a copas ajenas.
La gente habla y ríe, ja-ja-ja, ríen como actores. Yo también río a destiempo,
fuera de lugar:
—Ja-ja-ja.
Me encanta imitarles. Un poco más fuerte:
—¡Ja-ja-ja!
¡Más, más!
—JA-JA-JA
Y ahí ya me he pasado y he dejado de imitarles.
Una sirvienta me trae un vaso con una pastilla que
se disuelve en él. Yo no lo he pedido, así que imagino que alguien me quiere
calladito, en su honor levanto el vaso hacia los presentes, aunque nadie me mira,
y me lo bebo de un trago.
El tiempo pasa, y el efecto de la droga también.
La gente habla, ríe, ja-ja-ja, y mueve las manos. Nadie se fija en lo mucho que
mueve las manos la gente, pero las mueven muchísimo, no dejan de moverlas,
además lo hacen porque sí, sin que sus movimientos respalden sus palabras. Pero
vuelvo a sus risas: echan la cabeza ligeramente hacia atrás, abren mucho la
boca y, como si fuesen espasmos, expulsan los jás. Algunas mujeres más mayores
se llevan además la mano derecha al pecho, justo debajo del cuello. Son
actores, pero encima actores malos, toda su estúpida carrera artística a la que
llaman vida es una mierda, no han aprendido nada, actúan fatal.
Me despejo a base de parpadeos y descubro que
faltan Andrea y algunas personas más que jamás me llegarán a importar, debe ser
tardísimo. Me levanto y la costumbre me lleva a hacer algo atroz: me pongo a
recoger la mesa. Cojo un plato y vierto los restos de comida de éste en un
segundo plato, realizo el mismo proceso dos veces más y el resultado son tres
platos limpios y uno del cuál la mierda desborda, entonces los apilo. También
recojo un par de servilletas y dos copas, por ningún lugar encuentro el vaso en
el que se disolvía la pastilla. Voy a la cocina, ni rastro de criados, aguzo al
oído y llego a captar a un joven soltando frases absurdas para ligar con una
joven que le ríe las frases absurdas.
—¡Se dice piZZa! —Les grito.
Descubro que el lavavajillas está limpio y que hay
que vaciarlo, qué lata. Voy guardando los platos, los vasos, los cubiertos, los
utensilios de cocina que se guardan en el cilindro verde, los que se guardan
con los manteles y los que se guardan en un cajón debajo del de los cubiertos,
entonces les dejo sartenes y cacerolas a los criados, que me da pereza.
Salgo al porche, el cielo no está cubierto de
estrellas pero tiene más que la ciudad. Hace fresco, por lo que encojo el
cuello y meto las manos en los bolsillos. Entonces pienso, inmensamente triste
porque sé que el relato va a acabar y que moriré con él, que si estuviese
nevando vería a Andrea fumar.
viernes, 9 de octubre de 2015
Cuentos
La luz del sol entraba por la ventana del fondo e
iluminaba su pelo, las caras de los niños y las partículas de polvo que flotaban
lentas, casi estáticas. Ella hablaba sin perder en ningún momento esa sonrisa
que ponía cuando contaba historias. Los niños, sentados en el suelo, parecían
estatuas. La luz era dorada y hacía que la escena fuese bella y las sombras no
se viesen. Yo estaba en la sala contigua, ausente de toda luz, en penumbra. La
miraba a ella, cómo movía los labios, cómo movía imperceptiblemente las manos,
cómo le brillaban los ojos. Sin embargo, al igual que no me llegaba la luz
dorada, tampoco me llegaba el sonido de su voz, no oía la historia. Yo fumaba,
fumaba mucho, antes de que se apagase un cigarro lo utilizaba para encender el
siguiente, y pese a la oscuridad se veía el gris del humo, flotando lento, como
las partículas de polvo. Me hacía gracia cuando al terminar las sesiones ella y
los niños tenían que pasar por el cuarto que yo ocupaba, mis dominios, y se
veían obligados a romper sus sonrisas para toser a causa del humo. Pero qué más
podía hacer que fumar, ella ni siquiera levantaba los ojos una vez para
mirarme, parecía que solo existieran para ella los niños y las historias que
les regalaba.
Con esfuerzo dejé de apoyarme en la pared y lentamente
me fui alejando de la imagen de la habitación del fondo hasta que me di la
vuelta y la perdí. Después recorrí el jardín, agachándome para que no se me
viese desde dentro por las ventanas, y llegué hasta la habitación del fondo. Me
senté y apoyé la espalda contra los ladrillos, quedándome de cara al sol, con
los ojos cerrados, disfrutando de los rayos de la tarde. Entonces abrí los ojos
sorprendido, estaba oyendo una voz, estaba oyendo su voz. Entonces comprendí que no me llegaban sus historias cuando
estaba en el cuarto oscuro porque ella así lo quería, porque aquellas historias
no eran para mí. Pero no hice nada, cerré los ojos y seguí escuchando: aquella
historia era magnífica.
jueves, 8 de octubre de 2015
Deyan
Deyan es el favorito, cuando sube al rin todos le
vitorean. Él levanta sus brazos y le grita al público, el cual parece encantado
de que le griten. Su contrincante aún lleva puesta la capucha de la bata, a él
nadie le ha vitoreado, de hecho ha subido al rin sin presentaciones, como si se
estuviese colando donde no era bien recibido. Deyan sigue dando vueltas sobre
sí mismo con los brazos en alto, el encapuchado piensa que se parece a un
general romano que vuelve victorioso de una contienda, lo que ocurre es que
éste aún no ha peleado. De pronto unos minutos pasan en cuestión de segundos:
el árbitro y el megáfono hablan, Deyan hace una última exhibición de
musculatura, el encapuchado se quita la bata mostrando un cuerpo más bien
enclenque, se saludan chocando los guantes y Deyan no deja de sonreír cuando le
propina un puñetazo que le manda contra las cuerdas.
Parpadea un par de veces para desentumecer la
cara, nota sangre por alguna parte y en cada parpadeo ve cómo Deyan se va
acercando, verle a cada segundo teletransportado un metro más cerca es una
sensación de lo más angustiante. Deyan echa el brazo demasiado hacia atrás, por
lo que el otro logra esquivarle agachándose, sin embargo no consigue aprovechar
la oportunidad para golpear, solo moverse a un lado. Así se suceden los hechos,
Deyan se enfada porque el otro huye sin presentar batalla, lanza el puño, el
otro esquiva y huye, el público abuchea al enclenque, quieren ver a su Deyan en
acción. Pero la sangre salta, todos sonríen, gritan y agitan sus papelitos.
Deyan ha cazado al otro, le golpea una, dos, tres veces. Le agarra del brazo
con la mano izquierda enguantada y con la derecha le sacude los problemas de la
infancia, el árbitro le separa, eso no se puede hacer, pero le separa
lentamente.
Fin del primer asalto, balance: el mindungui no ha
tocado al campeón y éste le ha destrozado la cara. El nuevo intenta regular la
respiración sentado en el taburete, mientras le echan agua por encima y le
intentan cerrar los cortes. El manager murmura como murmuraba antes del combate,
aquél no es su boxeador y le avergüenza estar representándole.
Segundo asalto. Deyan golpea, el otro le esquiva,
Deyan vuelve a golpear, acierta y el público le alaba. Los golpes se suceden a
una increíble rapidez, Deyan se confía y ya solo usa el brazo izquierdo, que se
mueve hacia atrás y hacia delante como si fuese un muelle. El otro se empieza a
agobiar, pero no se agobia por los golpes, se agobia porque el campeón no le
deja entrar en acción, no le deja hacer lo que quiere hacer, es como estar
frente a una barrera que son sus brazos, además de tener que vencer a la
sensación que le invade como si hubiese bebido alcohol. Deyan lanza su puño, el
otro se agacha y el guante le pasa rozando el pelo, haciendo despegar todas las
gotas de sudor como si fuese rocío. Entonces el tiempo se detiene ligeramente
ante los ojos del nuevo, éste se encuentra entre los brazos y el torso de
Deyan, así que, casi de cuclillas, echa el brazo izquierdo hacia atrás y espera
como un francotirador ante la mira, espera y lanza su puñetazo. Deyan golpea con
la fuerza de un gimnasio, de los consejos de su entrenador y de su experiencia,
el otro golpea con precisión médica. Deyan se va echando hacia atrás mientras
el mindungui se va levantando. Deyan cae al suelo mientras el flojo da un par de
pequeños saltos para desentumecer las piernas. Cuando el tremendo cuerpo choca
contra el suelo el rin tiembla y las cuerdas se agitan como lianas. El campeón
había recibido la ovación del público, el nuevo se gana un silencio impresionante.
El árbitro se arrodilla al lado de Deyan, casi con miedo, para comprobar que
está inconsciente. Así tumbado boca arriba parece casi inocente.
De pronto alguien sí grita, pero grita con rabia,
y se le unen otros y luego todos. La gente más cercana al rin se levanta de sus
asientos y va contra las cuerdas. Algunos hombres que disfrutarían atacando
también al vencedor se ven obligados a detener a duras penas a la multitud.
Alguien coge al flojo, le echa por encima la bata de mala manera y lo saca de
allí. Durante el camino varios puños salen de la multitud y le golpean la
cabeza, a pesar de no llevar guantes hacen menos daño que los golpes de Deyan,
y sin embargo duelen más.
En un vestuario mal iluminado varios hombres
gritan, unos se van, luego vuelven, entran unos nuevos. El manager no está
contento, sigue murmurando igual que antes. Nadie había sobornado al boxeador
para que perdiese en un momento concreto, como mucho habría que haber sobornado
a Deyan para que le derribase en uno u otro asalto. Apenas le han curado las
heridas, pero él calla, sentado con la espalda encorvada. Tiene un guante puesto
y otro no y alguien le mete entre las manos de mala manera un cheque.
La habitación queda vacía con su excepción. Ahí
dentro todo solo hay silencio, pero él escucha a la multitud gritar. Entonces
se imagina que los gritos son vítores, sonríe con esfuerzo por la hinchazón
general de la cara y de pronto le dan igual el dinero y los títulos, él solo
quiere que le llamen Deyan.
lunes, 5 de octubre de 2015
Las flechas
Cupido venía de estar con Baco, no estaba de más el
sexo de un bacanal dejando de lado el amor de vez en cuando. Sin embargo los
bebés no deben volar cuando han bebido, son un peligro público. Así que apuntó
su flecha con punta de oro, soltó y acertó en el corazón del hombre
bienvestido. Después cogió la de la punta de plomo y apuntó a la mujer, que
estaba muy seria porque estaba caminando, y cuando caminaba pensaba y esto la
hacía estar muy seria. Cupido soltó y ahogó un grito. Había dioses de una
increíble puntería como Zeus, Atenea o Apolo, y también mortales como Ulises o
Meleagro, pero a todos ellos les estaba concedida la posibilidad de fallar, no
así a Cupido. La flecha no se clavó donde debía, pero tampoco se perdió en la
distancia, la flecha se clavó en el centro del pecho de la mujer, a la derecha
del corazón. Y así, una flecha de plomo que debió hacerla rechazar al hombre,
la envenenó de por vida haciéndole imposible querer nunca más.
viernes, 2 de octubre de 2015
Mientras suena la canción
El cantante es guapo, pero tampoco destaca. Su
música ambienta el cuarto, siete mesas ocupadas y otras tantas personas de pie,
bebiendo de a poco y escuchando. A pesar de que el cantante canta y los
instrumentos tocan se podría decir que el cuarto está en silencio, si acaso
interrumpido brevemente por un conejo que sale de una puerta, cruza la sala por
detrás de la gente, solo lo ve el cantante, y desaparece por otra, seguido de
una niña llamada Alicia que viste un sencillo vestido azul. En otra sala una
mujer se deja besar el cuello mientras calcula a qué hora debe marcharse, su
bebida está especialmente buena, ¿qué ha dicho el hombre que era? Un hombre
después de lavarse las manos disfruta con el hecho de subirse la cremallera, es
un acto sencillo pero placentero, piensa. Ese mismo hombre se ve obligado a
apoyarse contra la pared para evitar ser arrollado por un conejo que porta un
reloj y la niña rubia que lo sigue, después llega a la sala en la que el
cantante, respaldado por la batería, se ha animado considerablemente. El
cantante, piensa una mujer con los labios muy pintados de rojo, en el instituto
debió ser feo o socialmente feo, pero ahora mismo ella pasa el dedo por la copa
imaginándose, divertida, cómo sería acostarse con él. En otra sala, un hombre
tras la barra se siente a gusto de trabajar allí. Mientras limpia con mimo una
jarra enumera grandes inconvenientes, como las horas que son o que la gente
parece no verle, pero por otro lado le gusta la luz tenue, la música que suena
y las extrañas bebidas que la gente no pide en otra parte. La mujer que se
dejaba besar el cuello nota una mano sobre su pecho izquierdo y se plantea si
detener ya al hombre. El señor que disfrutó subiéndose la cremallera siente
cómo el alcohol se extiende por su nuca, brazos y piernas en forma de humo
cálido, y ve con tristeza el fondo del vaso vacío. La mujer de los labios muy
pintados de rojo lleva algo más de maquillaje, como por ejemplo los ojos
pintados, pero su pelo y su rostro parecen naturales, solo destacan los labios,
muy pintados de rojo. El cantante cierra un momento los ojos mientras alarga
una palabra, haciendo que a los presentes se les estremezca el corazón y a los
conejos se les pare el reloj. El hombre tras la barra ve acercarse a un hombre
que se baja y se sube la bragueta, después ve que éste le mira de verdad, no
como todos los demás, así que decide servirle una bebida especial, una que le
dio antes a un hombre para que a su vez se la diese a una mujer que se iba a
dejar besar el cuello. La mujer de los labios muy pintados de rojo siente un
malestar momentáneo, pero cuando se recompone descubre que se ha levantado y
que casi ha abandonado la sala, ahora está muy lejos del cantante. Alicia y el
conejo pasan al lado de una mujer que se intenta zafar de un hombre que si no
se puede acostar con ella por lo menos quiere volver a besarle el cuello, ella
se levanta, airada, él se levanta, por estar a su altura pero sin saber qué
hacer. El hombre que camina mientras se va bajando y subiendo la cremallera al
ritmo de la música degusta su bebida y siente que alguien que ha bebido esa misma
bebida está en peligro. La mujer de los labios muy pintados y torcidos en una
mueca huye de la música por no estar cerca del cantante, y su huida la lleva a
un cuarto donde un hombre empuja a otro y se lleva del brazo a una mujer con el
cuello muy besado mientras ambos beben del mismo vaso. El otro hombre va a
seguirlos cuando la mujer de los labios muy pintados pasa a tenerlos menos
pintados a medida que le besa, con los ojos cerrados, imaginándose que es el
cantante.
Entonces termina la canción, el cantante abre los
ojos y se encuentra con un aplauso. Él se inclina hacia delante y al levantarse
da las más sinceras gracias.
La colilla
Barriendo iba cuando se topó con una colilla. Ésta le sonrió
y le dijo:
—Barrendero, es usted muy lindo.
Entonces el barrendero miró a un lado, al otro, cogió la colilla, la encendió y empezó a fumársela. Mientras ésta gritaba el barrendero comentó:
—Colilla tonta. Los barrenderos no son lindos y las colillas
se fuman hasta que tosen los pulmones.
Y el barrendero siguió barriendo toda su vida, su
escoba barrió de todo pero jamás se volvió a topar con ninguna colilla.
jueves, 1 de octubre de 2015
La ciudad de Grano
La ciudad de Punto Negro se encontraba en el milímetro
cincuenta y siete de una mejilla adolescente. Era una ciudad tranquila y
próspera que no dejaba de crecer, aumentando el diámetro de la misma y
destacando entre las vecindades más cercanas. Sin embargo toda prosperidad
decayó la mañana del tres de abril. Era temprano y el parte meteorológico
indicaba “ducha caliente”, situación en la cual la ciudad aprovechaba para
abrirse, y ya estaba abierta la ciudad, descansando, cuando fue atacada. No
hubo defensas que valiesen y en cuestión de segundos una bella ciudad pasó a no
ser nada. La ciudad había sido “reventada”. Pero el tiempo pasó y algo creció
sobre las ruinas de Punto Negro: la ciudad fortificada de Grano. El enemigo
nada más descubrir la nueva fundación empezó una campaña de ataques menores en
forma de barridos con la uña en la acción denominada “rascar”, pero Grano
respondía provocando picores, creciendo a su vez gracias a la infección que se
iba gestando. Sin embargo la gloria caduca y Grano fue reventada por segunda
vez. Llegado a este punto el enemigo tal vez debió haber exterminado
completamente la ciudad, pues los restos de la misma se alzaron en forma de
montaña infectada, armada con una sustancia blanca y una hinchazón considerable.
El enemigo, temeroso de lo que había creado, intentó llevar a cabo una guerra
suave y emprendió diversos modos de intentar limpiar Grano con agua y jamón, al
no dar resultado pasó a las cremas exfoliantes, el equivalente de las armas
químicas, pero tampoco logró nada pues ya era tarde para estos medios, Grano
había doblado su grosos y desprendía un líquido transparente que rechazaba
cualquier sustancia externa. El enemigo, desesperado, recurrió entonces a la
guerra total: no solo hubo dos intentos de volver a explotar la ciudad, sino
que además se roció la zona afectada con pasta dentífrica, el equivalente de
las armas atómicas, que todo lo quema.
Esta vez se produjo la desolación total de la ciudad de
Grano, dejando una pequeña marca donde no volvió a haber ningún emplazamiento.
Sin embargo, al pasar del tiempo, en aquel mismo lugar de la mejilla se erigió
un pelo, como si de un árbol se tratase, dejando constancia de lo que allí
aconteció.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Mira
Unos andares de mujer, unos andares con unos zapatos. Qué
piernas, qué mujer. Yo la conozco, creo, no, no la conozco, la conocí. Para mí
es como el fantasma de alguien que aún no ha muerto. Un fantasma que camina con
más estilo que media humanidad, qué piernas, qué zapatos, qué estilo, qué
mujer. Dueña de piropos y estereotipos habidos y por haber. No fuma pero escupe
humo, pero calla, mira cómo camina. Tiembla la tierra bajo sus pies al medio día
y a las tres de la madrugada, tiembla tu corazón cuando la oyes acercarse sea
la hora que sea. Escucha y ahora mira, qué deleite, qué piernas, qué mujer, qué
fuerza sobrehumana que me arrastra y luego me empuja. Da igual que la veas a
color o a blanco y negro, da igual que estés vivo o muerto, da igual que la
conozcas o la hayas conocido, sus andares no conocen barreras.
domingo, 27 de septiembre de 2015
El fugitivo
Con las manos atadas a la
espalda con una cuerda llegó hasta la pared blanca, allí se dio la vuelta y se
encaró a los cuatro soldados armados y su oficial. Este último frunció los
labios en un gesto extraño e hizo una pregunta de apariencia vacía.
—¿Últimas palabras?
Entonces el hombre se
estiró y sin mirar a nadie dijo:
—Cinco mil.
Al oficial se le
atragantó una frase en la garganta, arrugó la frente y preguntó:
—¿Cinco mil qué?
—Les doy cinco mil a
cada uno si me dejan ir sin nada.
La negociación duró poco
desde ese punto y al rato se encontraban caminando a casa del condenado, donde
estaba escondido el dinero, mientras éste se frotaba las muñecas doloridas, ahora libres.
Cuando llegaron, dos
soldados se quedaron en la puerta, otros dos en el salón y el oficial acompañó
al condenado hasta la despensa, allí él abrió una trampilla escondida bajo una
alfombra y dijo que bajaba solo, que en aquella escalera no cabían más que uno.
El oficial le perdió de vista en el agujero y mientras encendía un
cigarro oyó un extraño ruido proveniente de la profundidades de la tierra,
arrugó la frente con la colilla aún sin encender en los labios y cayó hacia
atrás con el pecho agujereado. Dos soldados entraron al poco en la despensa y
descubrieron que el condenado portaba una escopeta de doble caño, más bien cada
uno descubrió por sí mismo la mitad del arma. El condenado salió por una puerta
pequeña de la despensa, rodeó la casa y descubrió a los dos soldados restantes
en la puerta, agazapados apuntando dirección al salón, que se veía desde allí.
Cuando les apuntó ellos le miraron con una súplica sin modelar, y viéndoles la
cara y su postura cualquiera hubiese pensado que les había descubierto
cagando. La escopeta disparó.
El fugitivo no tardó en
hacerse al monte para después atravesar las estepas y al final llegar al Valle,
donde estuvo dos semanas. Al final se encaminó a la frontera y allí le
detuvieron los militares. En su ficha constaba que había huido de su cita con
el paredón, pero nada se decía de la muerte de cuatro soldados y un oficial.
Cinco hombres le
apuntaban sus fusiles cuando el Capitán gritó más que preguntó:
—¿Últimas palabras?
El condenado alzó la
vista del suelo y dijo:
—Diez mil.A Belén y Carlos por la sobremesa. Y a Julia, que se que le hubiera gustado estar.
jueves, 24 de septiembre de 2015
De las estrellas
Los dos estaban tumbados boca arriba en la cima de
aquella colina mullida por el césped. El cielo nocturno mostraba una cantidad
considerable de estrellas a pesar de que no se habían alejado demasiado de la
ciudad. Él parpadeó y de repente le rodeó la luz amarilla de un recuerdo:
Sentados juntos, ella agachaba la cabeza para
escribir y su pelo caía sobre el brazo de él. A la tercera vez ella se daba
cuenta y le pedía perdón, él le decía que no importaba, que le hacía cosquillas,
pero lo decía en un susurro y no sabía si ella llegaba a oírle.
La luz del recuerdo se difuminó y aparecieron
frente a él las estrellas ahora más luminosas. Sin girar la cabeza estiró el
brazo buscando el pelo de ella con suavidad, al no encontrarlo movió el brazo
en movimientos más bruscos, pero su mano solo palpaba hierba húmeda. Ella debía
estar tumbada más lejos de lo que él creía. Parpadeó dos veces y le sobrevino
otro recuerdo:
Un grito unánime de los alumnos seguía al
comentario del profesor de que aquel viernes no habría clase. Ella se alegraba
porque podría coger un autobús ese mismo día al pueblo donde vivían sus padres,
de pronto su rostro se encogía al ver que no llegaría a coger el último bús y
tendría que esperar al día siguiente. Él de pronto le decía que si quería podía
llevarla en coche, a ella se le iluminaba el rostro…
—¿Estás ahí?
—Claro, ¿dónde iba a estar?
—Creía que estabas aquí cerca, pero no te
encuentro.
—Estoy aquí, tonto —y la mano de ella le revolvió
el pelo. Claro, en esa dirección él no había buscado.
—¿Sabes? Me estaba acordando de…
—¿De qué?
—Da igual. ¿Te gusta este sitio?
—Me encanta, ha sido genial que me trajeses,
enserio. Aquí todas deben caer rendidas, ¿eh? —Él oyó algo parecido a una risa.
—Este sitio es mío, y quería compartirlo contigo.
—Si este sitio es tuyo no debiste de haberme
traído.
Él iba a responder, pero le rodeó la luz amarilla
de otro recuerdo:
Estaba atardeciendo, hacía calor y llevaban
bajadas las ventanillas. Ella asomaba los pies por la suya y cantaba con
énfasis la canción que sonaba en la radio. Él todavía tenía puestas las gafas
de sol y no dejaba de mirarla de reojo en cada oportunidad. Ella cantaba con
los ojos cerrados, balanceando los pies… Ella le señalaba su casa pero le pedía
si podía quedarse más tiempo antes de volver, él le preguntaba a dónde quería
ir… Hablaban contemplando las estrellas de un verdadero cielo estrellado
tumbados sobre el capó, se acababan durmiendo y al despertar con el amanecer ambos
no pararon de estornudar.
—¿Sabes? —Dijo él— tu pelo no me molestaba, me
hacía cosquillas, era suave.
—¿De qué hablas?
—No importa.
—No, dime de qué hablabas.
—Hablaba de las estrellas.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Noche de prácticas
Era la noche de bodas y la práctica de
Administrativo miró a Miguel como diciéndolo “hagámoslo de una vez”. Pero
Miguel no quería, estaba allí contra su voluntad, él debía haberse casado con Lady
Penal, pero había sido arrastrado a un matrimonio concertado y odiaba a esa
estúpida práctica. No la entendía, no sabía cómo proceder con ella. Además se
había informado y sabía que todos sus pretendientes previos la habían odiado y
echaban pestes a sus espaldas.
La práctica se acercó un poco más, gateando sobre
la colcha e intentando insinuarse, Miguel huyó hasta que su espalda se topó con
la almohada y la pared.
—Vamos —la cara de la práctica se contrajo en una
mueca de ira.
Administrativo lanzó algo parecido a un zarpazo,
Miguel fintó y se escabulló. Corrió hasta el otro extremo de la habitación,
quedando de espaldas al cristal por el cual entraba la luz de la luna, la
práctica se situó frente a él sabiendo que ya nada podía hacer por zafarse de
sus esfuerzos.
El rostro de Miguel se ensombreció a medida que
crecía en él una sonrisa.
—Antes suspendo que acostarme contigo —dijo
abriendo la ventana.
Y saltó.
Por la buena educación
Hoy estaba yo en el metro cuando al llegar a una
parada un asiento quedó libre. Fui a sentarme cuando una mujer que acababa de
subir en aquella misma parada corrió (ojo, corrió) y como un rayo se sentó. Yo
me acerqué a ella, me coloqué en frente y apoyé mi mano en su hombro. Tiré del
mismo y ella se levantó, y no es que tuviese yo semejante fuerza como para
alzarla por el hombro, sino que ella se levantó siguiendo lo extraño de la
situación. Una vez cara a cara, ambos de pie, saqué de mi bolsillo una navaja
de muelle. No tengo muchos conocimientos de anatomía, pero diría que le clavé
la hoja a la altura del riñón. Después, con la ropa que se le empezaba a empapar,
apreté su hombro y ella se sentó. Yo no quería sentarme, ya no, ya se había
sentado ella, el sitio era suyo, tan solo había querido hacerle el favor de
enseñarle buenos modales.
En la parada siguiente tuve que bajarme e ir a la
facultad en autobús. Llegué tarde, y odio llegar tarde.
martes, 22 de septiembre de 2015
No me convence este color
El hombre entró en la habitación en la que
trabajaban los cinco pintores con sus monos blancos manchados, miró las paredes
y comentó:
—No me gusta para nada este color. Pintad otra vez
toda la habitación.
Y salió cerrando tras de sí.
Al cabo de unas horas asomó su cabeza por la puerta,
miró las paredes, negó y desapareció. Este proceso se repitió varias veces más.
Al final asomó la cabeza, levantó ligeramente las cejas y entró.
Las paredes de la habitación, tras muchas capas de
pintura y productos químicos, había perdido todo color, y esto no hacía que
fuesen blancas, ni negras, sino que parecían transparentes. Pero no es que se
viese la calle o la habitación contigua, sino que parecían una pecera en la que
flotaban todos los colores, todos.
—Perfecto —dijo el hombre—¿cuánto les debo?
sábado, 19 de septiembre de 2015
Carne de bacalao
El niño, con un ojo morado, llegó frente a la casa
más grande de la calle. Cogió aire, decidido, y pronunció a voz de grito:
—¡¿Puede salir Nadia a jugar?!
Una ventana del segundo piso, cuya luz estaba
encendida, se abrió y de ella salió la cara de una mujer rubia con cara de
bruja. La cara ya era malévola nada más abrir la ventana, pero tras ver al niño
abrió mucho más los ojos, apretó los labios y le lanzó un libro. No se ha visto
jamás mejor lanzamiento. El libro golpeó al niño en el pecho y le derribó. El
chico se levantó, vio el libro, sonrió y corrió con él a su casa.
Aquella noche el niño pasó todas las páginas buscando algún mensaje escrito a los márgenes, como no vio ninguno supuso que el mensaje se encontraría en el propio texto, así que no dejó de leer en toda la noche. A la mañana siguiente el niño estaba sentado en la cama, muy serio, con el libro en el regazo y pensando cuál podía ser el mensaje. Tardó un tiempo en comprender que no había ninguno, entonces se le pusieron los ojos rojos y a punto estuvo de llorar de rabia.
Aquella noche el niño pasó todas las páginas buscando algún mensaje escrito a los márgenes, como no vio ninguno supuso que el mensaje se encontraría en el propio texto, así que no dejó de leer en toda la noche. A la mañana siguiente el niño estaba sentado en la cama, muy serio, con el libro en el regazo y pensando cuál podía ser el mensaje. Tardó un tiempo en comprender que no había ninguno, entonces se le pusieron los ojos rojos y a punto estuvo de llorar de rabia.
Aquella noche volvió a la casa más grande de la
calle, cogió aire y gritó:
—¡¿Puede salir Nadia a jugar?!
La ventana se abrió y salió la cara de bruja con
un zapato en la mano, zapato que lanzó. El zapato giró casi con pereza en el
aire y golpeó al niño en la nariz, derribándolo. Cuando el niño salió corriendo
le sangraba la nariz a borbotones. Aquella noche metió su pie en el zapato y
descubrió que era tan grande que si lo hacía su otro pie no llegaba a tocar el
suelo, así que metió un pie en el zapato y el otro lo apoyó en el libro. Desde
esas alturas se decidió a volver una noche más.
En niño, con un ojo morado y la boca manchada de
sangre seca de la nariz, llegó frente a la casa más grande de la calle, cuadró
los pies, cogió aire y gritó:
—¡¿Puede salir Nadia a jugar?!
Entonces, aunque la luz tras la ventana habitual
estaba encendida, se abrió otra ventana, asomó la cara de la bruja y se volvió
a meter. Después asomó Nadia sonriendo, miró al niño, dejó de sonreír y le
lanzó una lámpara.
Y es que la hija había salido a la madre.
jueves, 17 de septiembre de 2015
La cucaracha
No me hace gracia que esta sea la primera vez que
hablo sobre las cucarachas, porque me he estado conteniendo muchísimo tiempo
con la idea de llegar a narrar bien algún día y poder transmitir, como primera
historia sobre el tema, mi enfrentamiento con la cucaracha líder a través del
vaso de cristal. Pero bueno, los hechos que voy a narrar han sucedido hace
menos de cinco minutos ¿y qué mejor que hechos frescos?
Yo estaba comiendo solo en la mesa mientras
escuchaba música y mi hermano, que acababa de bajar, preparaba su comida. Como
dato diré que ya no como frente al televisor, es más, ahora apenas veo la
televisión si no es para ver películas. Bueno, lo curioso es que justo había
estado pensando en el molde de una historia que empezaba con un hombre que se
enfrentaba a un dragón con el que nadie había podido antes. Entonces mi hermano
me avisó, con algo parecido a un grito porque yo no le oía por culpa de la
música. Una cucaracha, no llegaba a verla pero sí la intuía en la balda más
baja del armario, la balda de los platos. No quiero dar mala impresión de mi
casa ni de la zona donde vivo, sé que las cucarachas se asocian a la suciedad y
a la pobreza, pero aquí aparecen unas cucarachas negras, de tamaño medio y sin
alas en una época del año, y al que se asquee le reprenderé que allá donde viva
también hay cucarachas, que todos los sistemas de alcantarillado tienen y que
si aquí éstas se dignan a asomarse a las casas es porque el ayuntamiento fumigó
las alcantarillas y las cucarachas, en vez de morir, huyeron, porque no sé como
esperan matar a uno de los pocos seres que sobrevivió a la extinción de los
dinosaurios tantísimos años atrás. Como he dicho, las cucarachas solo aparecen
en una época del año, y ahora no es esa época, de ahí viene en parte la
sorpresa de mi hermano. “Pero qué asco” y “¿Qué hacemos?” fueron dos de las
frases más usadas por Alex, mi hermano, en los breves segundos en los que le
dije “Un momento”, y me terminé el humus. Cuando me hube levantado Alejandro ya
había retirado dos columnas de platos de las tres que había en la balda
aprovechando que la cucaracha corría de un extremo a otro. Yo retiré la última
columna y el vaso que no me dio tiempo a preguntarme por qué no estaba con los
otros vasos (nota para una historia: el vaso que no se sentía vaso y que
prefería la compañía de los platos, que junto a las cucharas de postre son los
únicos habitantes de la cocina realmente sinceros). Entonces nos encontramos la
cucaracha, la balda vacía y yo, pero la cucaracha no estaba desafiante como
tantas otras, ésta corría de un lado a otro por puro pavor, ella no esperaba
encontrarse con un humano y menos conmigo, a quien había reconocido como el que
mató a la cucaracha líder tras la batalla a través del vaso de cristal. Si a
alguien le da asco pensar en una cucaracha negra y brillante le daré un dato,
este espécimen parecía menos cucaracha y más insecto corriente, pues tenía las
patas delanteras más largas, lo que la hacía estar menos próxima al suelo, reduciendo
su asco total. Entonces yo, que seguía escuchando música y tarareándola (para
colmo diré que la canción que sonaba se llamaba “Valiente”) fui consciente de
que si seguía con aquel comportamiento chulesco frente al enemigos sería más
fácil que errase, pero mi hermano me observaba y yo me observaba a mí mismo,
era el rey de la situación y debía seguir siéndolo. Cogí un fragmento cuadrado
de papel de cocina y lo doblé una y dos veces, porque mi hermano y mi madre
envenenan a las cucarachas para después rastrear su cadáver y deshacerse de
éste, pero yo prefiero cazarlas y matarlas con mis propias manos a través del
papel que hace las veces de ataúd. Llegados a este punto hay algo que no tengo
claro, y es que las personas cuando quieren que se les acerque un animal
estiran un brazo, frotan el dedo pulgar con el corazón y dicen onomatopeyas
como “pitas pitas” o “psi psi” y éstas onomatopeyas están socialmente
relacionadas con ciertos animales, creo, como “pitas pitas” con las aves
(especialmente gallinas y ocas) y el “psi psi” se ve muchas veces frente a los
gatos, entonces diré que le hice “psi psi” a la cucaracha porque desconozco la
onomatopeya para atraer insectos. Quería que la cucaracha se acercase porque
estaba pegada a la pared del fondo y eso me impedía cazarla como tengo
costumbre, y maravillosamente la cucaracha se acercó (debe ser que se me dan
mal los perros pero bien los insectos, porque algún día contaré cómo me
convertí en el Rey de las Avispas). Así que fui a cazarla y (¡oh, sorpresa!) por
hacerme el chulo se me escapó por primera vez una cucaracha, pero salió mal
parada, no se crean, pues resbaló hasta la mitad de la balda patas arriba, y
ahí sí sentí algo de asco, porque lo peor de una cucaracha es una cucaracha bocarriba
moviendo a toda velocidad sus muchicientas patas. Ya estando bocarriba la atrapé,
la envolví en un movimiento cuidado en la que no la toco y apreté su cárcel
asegurándome de que muriese dentro. Después la tiré a la basura y por si acaso
me lavé las manos, y ahí tuve que agradecer haberme encontrado con la
cucaracha, pues había comido pescado y siempre me debo lavar las manos tras
comer pescado, porque sino al cabo de media hora me asalta la sensación de que
me apestan las manos y la boca a pescado. Después volví a sentarme y rebañé el
humus.
Niña
Nació en una isla sin nombre y antes que aprender a andar
aprendió a nadar. Fue desde un principio una niña guapa, no preciosa pero sí
guapa. En la primera oportunidad que vio, con el permiso de sus padres, cruzó
el mar. Tuvo que aprender a cantar y bailar únicamente como pasaporte para
poder recorrer el mundo. Todas las personas se sentían cercanas a ella sin
llegar a estar lo suficientemente cerca, los conocidos no eran amigos y los
profesores jamás pudieron ni vislumbrar la figura de padres aunque se
comportasen como tal. Ella fue creciendo de una forma suave, sin sustos ni
sorpresas. Se movía con rapidez por las ciudades más grandes de los diferentes
países, aprendía idiomas por aburrimiento y no dejaba de sumar habilidades. Su
primer noviazgo no lo fue para ella pero sí para él. Ella no poseía un aura
misteriosa natural, sino que sin querer había ido elaborando una, y por un par
de besos él se creyó enamorado, después ella desapareció y le envió una única
carta desde una ciudad de nombre impronunciable. La complejidad de las cosas
adquirió un patrón común, ya nada le sorprendía, si acaso le entretenía
brevemente hasta que después le cansaba y le veía el parecido con algo que vio
el mes pasado en el otro hemisferio. Cuando volvió a casa no volvió al hogar. Sus
padres sintieron como la sopa les sabía fría mientras ella relataba anécdotas
con una voz ausente de toda emoción. Su segundo novio sí fue novio, pero ella
ni le quería realmente ni le apetecía tener una relación, sino que sentía
curiosidad por los regalos sorpresa, los paseos por sitios bonitos, los besos
continuados, las cosquillas prohibidas y el sexo. Por él, ella volvió a la misma
ciudad tres veces, después se cansó y le dejó con un beso formal en la mejilla.
Por aquella época le cogió el gusto a los trenes en oposición a los aviones,
porque así podía contemplar el paisaje, evadirse y no pensar en nada. Pero todo
cambió con el accidente. Un día una de sus tutoras la llevó a un aeródromo
donde un piloto le daría una vuelta en avioneta sobre un inmenso bosque, pues iba
a tener una audición y la tutora quería que estuviese relajada. Resumiendo: la
avioneta se estrelló en pleno bosque, y de las llamas salió ella magullada pero
no herida, el piloto murió. Tuvieron que pasar dos inmensos días hasta que pudieron
acceder al lugar del accidente, en ese tiempo ella no se movió de la piedra en
la que estuvo apoyada, sin comer ni beber, solo viendo cómo la avioneta ardía
hasta apagarse en un amasijo de confundibles formas negras. Después del
accidente y al ver aquella inacabada apariencia de estado de shock que portaba
como una sombra, todos creyeron que volvería a su isla sin nombre y que un
largo silencio la reemplazaría en los escenarios, sin embargo, aunque enmudeció
considerablemente, sí que siguió bailando, de una forma nueva, artificial,
mecánica, cristalina e igualmente bella. Hubo que cambiarle las ropas y los
carteles, pues ahora hacía algo diferente, y ella se mantuvo seria mientras la
medían, la vestían y la cambiaban de propietarios que deseaban hacer fortuna
con ella. Tan solo pidió una cosa, y ésta era peores alojamientos. Ya no quería
luminosos hoteles, ahora prefería los apartamentos de los peores suburbios, y
como había perdido su luz ya nadie se percataba de quién era. El problema le
sobrevino entonces, el problema que destrozaría su carrera: el alcohol. Empezó
a beber hasta emborracharse con cierta frecuencia, después bebía todas las
noches y finalmente durante todo el día. Su equipo hacía malabarismos para que
las actuaciones no se viesen perjudicadas, y milagrosamente fue así un tiempo,
pero cuando terminó por escupir al público todo se acabó. Ahora sí que volvió a
la isla, y entre el olvidado mar y sus padres, que parecían más temerla que
quererla, mejoró, aunque no arregló, su problema con la bebida. Entonces empezó
una peregrinación por todas las ciudades que había recorrido hacía tanto y
hacía tan poco, y pese a que ya las había visto y había creído fijarse en todo,
ahora vio lo que creyó que era la verdad, la verdadera miseria. Al igual que
antes había visto los reflejos de las culturas de unos lugares y otros ahora
veía la podredumbre compartida, la suciedad y la decadencia del ser humano.
Mientras que el accidente le había afectado como el golpe que había sido, esta
experiencia se notó menos desde fuera, pero significó un inmenso hoyo donde
ella se perdió. Una vez, en un bar, hablando con un hombre que la había
conocido en otra época y que no dejaba de llenarle el vaso con intención de
llevársela a la cama, le susurró al oído que el accidente de la avioneta lo
había provocado ella. En otra ocasión jugó con un desconocido en un bar, y tras
abandonarle él la siguió a un callejón, donde la pegó, le rajó las ropas y la
violó. Al cabo de unos días ella parecía haber olvidado lo ocurrido. Daba la
sensación de que le pesaban las piernas, y daba la sensación de que le pesaban
porque le pesaba algo en la conciencia. Estuvo con muchos hombres y una vez cayó
en la cuenta de que estaba embarazada, al descubrirlo se sorprendió
ligeramente, pero no hizo nada, pasó los días encerrada en su salón. Cuando al
fin se decidió por abortar el médico le dijo que con un embarazo tan avanzado ya
no era posible, así que dio a luz con los papeles de la adopción ya firmados.
Al final pudo desahogarse en parte, un día le fallaron las piernas cruzando un
paso de cebra y estalló en llanto, y al ver que lloraba sintió rabia y lloró
más fuerte. Poco después decidió acabar con su vida, cogió un bote de
pastillas, le quitó el tapón con la boca y antes de poder coger ninguna cayó
hacia atrás con las manos en el cuello, asfixiándose sin quererlo con la propia
tapa del bote de pastillas. Mientras moría, con los ojos anegados en lágrimas,
le abordó la misma sensación que sentía cuando buceaba en el mar, se agarraba a
una piedra y comprobaba cuánto podía aguantar sin respirar.
jueves, 10 de septiembre de 2015
El pez
—¿Qué es eso?
—Es mi pez.
El niño sujetaba una cosita roja con las dos manos
apretadas contra el pecho.
—¿Cómo se llama?
—Se llama Apolo.
La cámara daba a la escena un aspecto de película
de los ochenta. A la mujer que preguntaba no se la veía, ella sujetaba la cámara.
—¿No debería estar en el agua?
—No —. El niño parecía completamente sereno.
—¿Por qué?
—Porque está muerto.
—¿Está en el cielo, con los angelitos?
—No, está muerto. Los peces no van al cielo.
—¿Y qué vas a hacer con él?
—Tirarlo ahí —el niño separó una de las manos del
pecho y señaló algo, la cámara giró y enfocó el retrete.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque me quiero despedir de él.
—Entonces despídete —. El niño dejó ver el pequeño
pez rojo con la tripa blanca que tenía en las manos y lo besó una vez. Después
lo miró y lo besó tres veces más. —Vamos.
El niño se acercó al retrete y dejó caer el pez al
agua inclinando las manos hacia delante, como si éste estuviese vivo y lo
dejase caer en una pecera llena de agua. Al instante le dio al botón de la
cisterna y el pez empezó a dar vueltas a gran velocidad hasta que desapareció.
El niño miró un instante el agua ya en calma y después a la cámara con lo que
parecía un amago de sonrisa que se descompuso al instante. Entrecerró los ojos
y apretó los labios para volver a abrirlos mientras empezaba a llorar, aún sin
lágrimas, con un quejido prolongado y desgarrador. Volvió a cerrar la boca, se
apretó la tripa con las manos y se inclinó ligeramente hacia delante
mientras el quejido daba paso a las lágrimas y los sonidos propios del llanto.
—¿Qué pasa? —preguntó la voz.
—Apolo —se le entendió al niño.
Otra persona apareció en escena, solo se veía
parte del cuerpo, parecía una mujer. El niño corrió hacia ella y se abrazó a
su tripa apretando su cara contra el estampado de flores de la camiseta.
Todavía se le oyó murmurar “Apolo” antes de que se acabase la grabación.
Luz naranja de farola
Me puse a observar la farola. La farola tenía dos
partes, bueno, realmente tenía más, tenía la papelera, el tramo donde se pegan
los carteles… Pero las dos partes importantes eran las dos que emitían luz. La
primera de estas partes se encontraba en la mitad del total de la farola y
estaba separaba de ésta por un pequeño brazo metálico. La fuente de luz en sí
era una bola redonda casi entera de cristal. La otra parte, que tiene menos
importancia para lo que voy a contar, se encontraba donde terminaba la farola,
en el extremo (perdido en mitad de la copa de un árbol) y tenía forma de pico
de pato. La luz de ambas fuentes era del mismo color anaranjado, pero el pico
de pato se encontraba demasiado arriba diluido por hojas medio secas como para
llamarme la atención. A mí me gustaba la bola, que proyectaba una luz tan
autónoma que llegabas a no ver el brazo que la sujetaba manteniéndola en lo
alto. Además, como ya he dicho, era casi entera de cristal por lo que emitía
luz en prácticamente todas las direcciones. Era un sol, era un maldito sol en
miniatura. Y yo estaba ahí, sin llegar a estar justo debajo. De pronto, cuando
apenas había empezado a observar la farola, deseé ser ignorante, completamente
ignorante, un bárbaro. Deseé creer en dioses paganos que explicasen todo lo que
escapase a mi comprensión. Y entonces, en mitad de la calle, en una noche de
ciudad, me arrodillaría frente aquel sol y lo alabaría como mi dios y fuente de
vida.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
En el autobús
Me doy cuenta de que llevo un buen rato leyendo el
mismo párrafo, es lo que tiene este escritor, que me inspira y de cada imagen que
da a mí se me ocurre una nueva historia en la que se me va la atención dejando
la lectura aparcada por tiempo indefinido. Parpadeo varias veces para volver al
autobús y su traqueteo. En la parte delantera hay un señor con poco pelo y una
señora con bolsas de la compra, después la parte trasera del bus se eleva con
tres escalones, recordando al castillo de popa de los galeones españoles. En
mitad de la parte trasera estoy yo, con una pierna sobre la otra y un libro en
el regazo con la página marcada por el dedo gordo de mi mano derecha. También
en la parte trasera, delante de mí aunque en la otra hilera de asientos, está
una chica en la que me fijo ahora por primera vez, pues antes, sentados en la
parada, de reojo me había parecido bastante más mayor de lo que es, ¿qué
tendrá? ¿Veinticinco años? ¿Veintitrés? Tiene el pelo largo, negro y rizado,
porta una extraña bolsa, un pantalón negro y una camisa ancha negra con puntos
blancos. En la parte trasera oigo por lo menos dos voces de mujer, pero no me
giro, jamás hay que girarse en un autobús. El conductor se salta un semáforo y
entiendo que es su último turno de la noche, sin embargo el cruzarnos con un
coche de policía le hace volver a una velocidad más moderada. Suena el timbre
que indica que alguien ha solicitado parada y de detrás de mí aparecen dos
chicos mayores que yo, feos pero que intentan parecer atractivos ¿de dónde han
salido? ¿Estaría yo leyendo cuando subieron? Tal vez se tratasen de unas de
esas personas a las que no vi por enseñarles la portada de mi libro mientras
leía, que me admirasen por tan buena lectura. A los dos chicos se les suma una
adolescente de caderas desproporcionadas y una bolsa de alguna tienda de ropa.
Una voz desde mi espalda grita:
—¡Cuídate! Y tú cuídala, ¿eh? —Uno de los chicos
se gira hacia la voz aludido— Que sino averiguo dónde vives —. Ella ríe y el
sonríe forzado.
Cuando los tres bajan a la acera me doy cuenta de
que el chico no ha hecho ademán de llevarle la bolsa a su novia y me imagino a
la amiga, a la que tengo detrás, contándolo como primer punto negativo. Vuelvo
a leer un rato, me vuelvo a distraer y vuelvo a caer sobre la realidad. La
mujer de la parte delantera ya se ha bajado. Miro a la chica de mi diagonal, es
atractiva y tiene ese aire de desconocida que tanto me gusta. Me giro hacia la
ventana y veo que su reflejo me mira con curiosidad. Me quedo mirándola a
través de su reflejo, veo que abre la bolsa y saca algo oscuro ¿unos cascos de
música? Me giro y veo que tiene en las manos una gran cámara digital de las
buenas. Me ha mirado y ha sacado una cámara, así que casi inconscientemente
estiro la espalda, recoloco mi pierna izquierda sobre la derecha y junto mis
manos sobre el libro en un movimiento casual pero modélico. Sin embargo ella
sigue inclinada sobre su cámara y de esta salen ruidos, imagino que está
reproduciendo alguna grabación. Se bajan la chica de detrás en una parada y el
hombre de poco pelo en la siguiente. Miro hacia atrás y veo que todos los
asientos están desocupados, tampoco parece haber en ninguno un tesoro olvidado
como la vez que me encontré dos euros. Estamos solos, si quiere, señorita,
hágame esa foto, que no me importa y de hecho hablaré después con gran
elocuencia sobre ella, pero dese prisa, señorita, que mi parada ya llega. Nada,
sigue con su vídeo, así que me estiro y pulso el botón de parada con un ademán
muy visible, que pretende ser muy visible para ella. Me levanto y camino
despacio por el pasillo, bajo despacio los tres escalones, salgo despacio a la
calle, nada. Tiro el chicle sin sabor a una papelera y me giro hacia el autobús
en el preciso momento que soy fotografiado.
martes, 8 de septiembre de 2015
Yo soy tinta
Nunca he tenido contacto directo con nadie. Se
podría decir que sí, que para empezar lo tuve con el escritor, pero eso no sería
verdad, no soy producto suyo, todo fueron copias de copias. El escritor hizo un
borrador en unos folios con apuntes en los márgenes, ese borrador se podría
decir que es mi antepasado más lejano, pero no soy yo. Después el borrador fue
transcrito a un ordenador y en este proceso sufrió muchos cambios, así que el
borrador de papel y el borrador de pantalla no eran el mismo. Después el
escritor imprimió una versión final y la envió a la editorial, a ésta le gustó
y le pidió que se lo enviase por correo electrónico, pero cuando el escritor lo
hizo en su ordenador seguía el mismo archivo, por lo que lo que fue enviado era
una copia. Después la editorial hizo copias y más copias, muchas de las cuales
eran impresas, para finalmente enviar otra de tantas a la imprenta. Se produjo
un error de márgenes y hubo que mandar una segunda copia para que finalmente
viese la luz la primera tanta de cinco mil ejemplares. Debió venderse bien,
pues después fueron impresos quince mil, y en su tercera edición, veinte mil,
entre los que yo estaba. No os hablaré de mi elaboración como libro, solo diré
que a medida que la tinta formaba palabras en el papel y éste era cosido al
lomo yo sentía como si despertase de un profundo sueño. Cuando nací me
encerraron durante días en una habitación oscura con todos los míos, libros
aparentemente iguales con muchísimas diferencia: pequeñas marcas en las hojas,
una esquina doblada, la tinta de una hoja corrida, un arañazo en la portada, un
mal acabado, y después nos separaron en grandes grupos que fueron llevados a un
camión, desde el cual nos fueron dejando en distintas librerías. Yo acabé en un
stand promocional en el que muchos de nosotros esperábamos ser manoseados por
posibles compradores. Hasta ese momento me habían tocado un hombre en el
taller, un transportista y el librero, pero nadie me había abierto. Llegaron
las fiestas y mi estantería se vació, pero aunque fuese comprado no me sentí
realizado, pues el señor que me compró tan solo echó un ojo a la portada y me
llevó a la caja, donde fui envuelto en papel de regalo. Se me entregó junto a
una botella de vino, y la botella tuvo mucho más éxito que yo. Y así fui
relegado a la biblioteca del estudio, sin que nadie se dignase si quiera a leer
mi título.
Largos años pasaron hasta que de pronto unos ojos
repararon en mí, un niño me estaba mirando. Algo debió cautivarle, pues se armó
con una silla, la escaló y me sacó de entre lomos de diferente color. Ya estaba
abriéndome cuando una voz le detuvo: “¿Qué haces, Miguel? Ese libro no es para
ti”, y una mano adulta me retiró y me dejó sobre la mesa. Parecía ser verdad
que no era para el niño, parecía no ser para nadie. Ni estorbando sobre la mesa
en los días venideros logré que alguien me echase un ojo, tan solo la mujer de
la limpieza, que me metió de mala manera en la estantería en un puesto mucho
peor del que había albergado hasta entonces.
Pasaron los años, mis páginas empezaron a tornarse
amarillentas, no lo veía, pero podía sentirlo. La casa debió cambiar de dueños,
pues los muebles se tornaron modernos y fríos, y la estantería dio paso a un
fantástico televisor. Mis compatriotas y yo acabamos en un sótano, al acecho de
los insectos y la humedad. Qué triste es ver como las esquinas de uno se
aplastan y destrozan, y no debido al uso, sino al simple abandono. Pero las
cosas malas algún día se tornan buenas, y no lo digo yo, lo decían las hojas
del libro que durante tanto tiempo estuvo a mi izquierda. Nos sacaron de aquel
sótano, destrozados, y nos vendieron al peso. Acabé viendo la luz en un
tenderete de una librería que sacaba sus libros a la calle, y allí fui
comprado. Un hombre por fin me abrió y dos de mis hojas cayeron al suelo, yo
iba a disculparme cuando el señor se agachó, las recogió y comentó “cariño,
mira que joya he encontrado”. Y al fin feliz, caminando bajo el brazo de mi
nuevo dueño, crucé mi vista con un libro abierto que leía una señora sentada en
un banco, ese libro era como yo, pero una vigesimoséptima edición.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Ese momento en el que notas el tiempo pasar
Una aguja que se mueve sin su tic-tac y que ni siquiera está
presente en la habitación. De hecho en mi casa no acepto ese sonido, no hay
aguja que funcione más grande que la de un reloj de pulsera. Sin embargo la veo
en su reloj: los números (del 1 al 12) son negros, el fondo blanco, la aguja
negra, el cristal limpio y el círculo de madera está barnizado. Noto cómo pasa
el tiempo, y no es que esté aburrido y se me hagan lentas las horas, sino que
el corazón me late deprisa y noto el tiempo pasar como quién ve el aire. La
música en mis oídos puede tener que ver, los libros que me custodian también,
pero creo que es algo más, creo que la luz del sol con las nubes, completamente
blanca, juega un papel importante. Hoy soñé muchas cosas y recuerdo gran parte,
he contemplado desde esta mañana cómo la broma que hizo María hace cinco años
se hace realidad de forma tan fácil que parece un chiste. Hoy me desperté y
leí, y escuché de la televisión, abajo, la música de una película, y me sorprendió
que esa música la había descubierto yo la semana pasada, entonces bajé, vi la
película y ésta me recordó a una chica que también había conocido la semana
pasada, entonces subí, encendí el ordenador y me habló esa chica. Esta mañana
ha habido tantas casualidades tan cerradas que forman un pentágono, además han
salido dos frases de mi boca que han sido perfectas, entonces todo se ha vuelto
tan genial, tan estático e irreal que he creído que podía ver el tiempo pasar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)