Si hay un más allá ¿a quién nos encontraremos? Este
es el problema de quienes quisieron y perdieron por muerte o distancia. Pero no es el tuyo, porque no se sabe si tú has querido tanto pero sí que te
han querido, que has sido querida, que un gigante multiforme te siguió los pasos
y se desmoronó en el puente de tablas sueltas que cruzaste dando saltos. Tu
problema es que te han querido siempre, antes de que nacieras, siempre has
estado ahí y te han escrito, dibujado, cantado. Algunos levantaron la espada,
otros la pluma, incluso hubo quien te quiso invocar (y todos te evocaron). Y tú
les respondiste siempre con esos gestos que despiertan esperanzas sin razón,
pues en verdad son absolutamente indescifrables. La pregunta es si en esa
historia, en la Historia, en tu
historia, alguna vez correspondiste a alguien.
Todo el mundo lo repetía, pero en el fondo nadie llegó a creerlo. Por eso todos se refugiaron aquí.
viernes, 14 de octubre de 2016
jueves, 13 de octubre de 2016
Su presencia
Nadie le quiere demasiado porque nunca está el tiempo suficiente para dejarse querer.
Sin embargo,
todos le quieren un poquito porque ese rato que está te hace bien
y distraído sonríes
como cuando miras a la nada y te acuerdas de algo.
Sin embargo,
todos le quieren un poquito porque ese rato que está te hace bien
y distraído sonríes
como cuando miras a la nada y te acuerdas de algo.
miércoles, 12 de octubre de 2016
Llueve
El cielo se vuelve más uniforme que cuando es azul.
Pensaba que era de un blanco sucio, pero ahora pienso que es un blanco con
sombras producidas por el mismo cielo al hacer una cúpula que deja fuera al
Sol. Qué bonita es la palabra plomizo, si fuese un animal tendría uno. El
naranja de los ladrillos se vuelve más oscuro y el tono me gusta más, los árboles
parecen volverse distantes. Al principio miras el cielo y después al suelo para
verlo mojado, entonces buscas las gotas caer en algún fondo oscuro del paisaje.
Más tarde éstas se perciben mires donde mires. Pero lo que más me gusta es ese
sonido a grifo que gotea, esa sensación de que el agua se mete por agujeros en
los ladrillos y se escurre en pequeños riachuelos por entre las paredes.
Qué bien que llueva.
Vengo a mirarte a los ojos
Vengo a mirarte a los ojos y pedirte perdón
pero si me das la espalda no te puedo ver los ojos
(qué omoplatos más bonitos)
y la sala se queda fría
y tú te vas
yo te espero, y también me voy
y el perdón se deshace como las magdalenas en el café.
pero si me das la espalda no te puedo ver los ojos
(qué omoplatos más bonitos)
y la sala se queda fría
y tú te vas
yo te espero, y también me voy
y el perdón se deshace como las magdalenas en el café.
sábado, 8 de octubre de 2016
De tanto limarlo quedó liso
La empresa Piensen, fabricante de
electrodomésticos, ha diseñado unos lavavajillas que a pesar de empezar a hacer
ruidos propios de las máquinas una vez se ha metido la pastilla y se le ha dado
al botón, no empiezan a lavar hasta cinco minutos después, tiempo justo para
que las personas vayan corriendo a introducir ese tenedor que se les había olvidado o esa olla exprés.
Mi hermano es fiel
seguidor de la doctrina de las tres comidas y da igual a la hora que se levante
que él desayunará. Además, como siempre dicen (y si no dicen al menos dice mi madre) que hay que desayunar bien, desayunar
abundante, mi hermano se prepara sus zumos, su colacao, sus galletas, sus
magdalenas y sus kiwis y desayuna con tal lentitud y parsimonia que aquello
parece más bien una ceremonia, y esto siempre se da, ya se levante a las siete
y desayune con los ojos cerrados como si se levanta a las dos y mientras él
moja lentamente una magdalena en la taza nosotros comemos arroz con pollo. Esto
hace, claro está, que acabe comiendo y cenando a horas dispares y nunca
coincidamos.
También ha descubierto
que existe una cuarta comida (visto desde el punto de las tres comidas, para
quienes siguen los dogmas de las cinco comidas ésta sería la sexta). Lo ha
descubierto en las noches en las que el trabajo manual le ha mantenido
com-ple-ta-men-te en vela y se ha acostado cuando mi madre y yo madrugábamos.
Esta nueva comida se halla después de la cena y sirve para calmar al estómago
que se encuentra desorientado. Si alguna vez se encuentran ante la necesidad de
probarla sepan que no hay que cocinar nada, la comida ha de ser de preferencia
salada pero el postre puede ser una taza —que no vaso— de leche con cacao pero
nunca un café cortado o con hielo porque siempre existe la posibilidad de
dormir algunas horas y en cualquier caso siempre nos quedará el desayuno.
Un cocinero
mundialmente conocido, buscando una comida que literalmente se te deshiciese en
la boca, ha acabado por inventar unos caramelos que literalmente se te deshacen
en la mano.
El señor Filoberto se
puso un día su traje blanco nuevo y al cruzarse por los pasillos del trabajo
con la señorita N., que es
secretaria pero no su secretaria,
ésta le dijo:
—Qué guapo va usted
hoy, señor Filoberto.
Al día siguiente el
señor Filoberto se puso un traje de pana, aunque no llevó el blanco a lavar
sino que lo dejó ESTIRADO y CON CUIDADO sobre una silla. Al cruzarse por los
pasillos con la señorita N. ésta le
dijo:
—Qué guapo va usted
hoy, señor Filoberto.
Y al día siguiente,
ante un traje gris marengo (que es un color y no un baile, lo he comprobado):
—Hoy también va usted
muy guapo, señor Filoberto.
Y así, al cabo de dos
semanas, con todas las sillas de la casa ocupadas por trajes que parecían una
reunión de gente desaparecida, el señor Filoberto llamó al trabajo para avisar
de que el martes no iría a trabajar, y como avisó con tanta antelación y se
pudo encontrar un sustituto la única consecuencia fue que aquel día no
cobraría. Sin embargo el martes el señor Filoberto sí fue al trabajo aunque no
a trabajar, tan solo se escondió detrás de un extintor —que le cubría todo el
cuerpo por ser tamaño industrial— y presenció la escena en la que se
encontraron la señorita N. y su
sustituto. Quería ver si para la secretaria lo importante era el traje de cada
día o era lo que éste escondía. Cuando se cruzaron, la señorita N. miró al sustituto y éste le dijo:
—Qué guapa es usted, señorita.
Desde entonces el señor
Filoberto no falta a trabajar nunca, ya tenga tenga treinta y ocho de fiebre, sea
domingo y no haya trabajo o aunque se haya muerto Muslitos, perro fiel
compañero de la infancia.
En la casa de mis
vecinos apenas solo se viste de negro: Camisas y camisetas negras, vestidos
negros, trajes negros y ropa interior negrísima. Pero no hay hogar que se salve
de tener algunas prendas claras, aunque sean el trapo de cocina, las toallas o
las persianas, y todo el mundo sabe que la lavadora tiene dos formas de
llenarse, ya sea con
PRENDAS OSCURAS
o con
BLANCOS
Es por eso que ahora
hay una lavadora de BLANCOS apuntito de ponerse, ya con las prendas dentro del
tambor y todo, el problema es que aún queda-espacio y es un derroche ponerla a
funcionar si aún caben cosas. Mientras se espera a que se termine de llenar,
pasan los días y en el cesto de la ropa sucia las ropas oscuras crecen hasta
rebosar y empieza a surgir una columna negra junto a la lavadora. Empieza a no
ser raro encontrar calcetines negros entre los tenedores, bragas oscuras en el
cajón de las verduras o vaqueros grises enrollados entre las ruedas del coche
—negro, por supuesto— y es entonces cuando los hijos, que son adolescentes (la creme de los hijos) se quejan
diciendo que ya no les queda ropa limpia que ponerse y que el gato con tanto
fular encima parece un armadillo sedoso. El padre, que es quien se encarga de
las cuestiones domésticas, se dirige entonces con paso firme a poner una
lavadora para recordar al final que primero hay que poner una de ropa blanca.
Los hijos buscan entonces desesperados con qué llenar el tambor y descubren con
pavor que en la lavadora sin terminar de llenar está toda la ropa blanca de la
casa. Después de lograr regular la agitada respiración, piensan con qué más
llenar el tambor y les vienen a la cabeza el cenicero y las baldosas de la cocina,
blancas todas. Pero una vez arrancadas y ya ante el ojo de buey de la lavadora
miran la otra cara de las baldosas y ven que aquello es marrón y claro ¿cómo
sabes tú que una baldosa no destiñe? Finalmente hacen lo que hicieron,
pregonaron por todo el vecindario una colecta de ropa clara, preferentemente blanca. No querían
quedarse la ropa, hablaban de lavarla y después prometían devolverla, todo
fuera aprovechar el lavado. La broma acabó por suponerles poner veintisiete
lavadoras seguidas, todas de ropa blanca que después hubo que tender (acabaron
por aprovechar los árboles del monte vecino) y los hijos de la familia se
vieron obligados a ir el lunes a clase con ropa negra pero sucia que por alguna
extraña razón más allá del sudor olía a gato.
En el barco de pasajeros Atalanta se embarcaban emigrantes
(emigrantes occidentales, pobres pero no odiados), viajeros, comerciantes,
artistas y toda una serie de personajes incalificables entre los que se
encontraban un hombre huido de la justicia y otro que por alguna extraña razón
se iba a comprar tabaco a las Américas. Aquel era un viaje largo y muchos
sabían que no volverían a ver a sus seres queridos en bastante tiempo, razón
por la cual había un hombre vendiendo pañuelos blancos a precio de oro a las
familias y amantes que desde un muelle a rebosar se despedían de quienes desde
cubierta agitaban también pañuelos de mayor variedad de colores. Finalmente el
barco hizo retumbar su claxon de los
mares y empezó a moverse despacio provocando que ambos bandos agitasen más
eufóricamente sus pañuelos y se gritasen esos tequieros que habían guardado
para cubrir con sorpresa la ausencia de los meses venideros. Sin embargo en la
sala de máquinas explotó una clavija, se salieron de su sitio un par de
tuberías y se desmayó el capitán Smith al enterarse de todo esto, razones por
las cuales se detuvieron las hélices del barco que, como llevaba poca distancia
y velocidad, se detuvo completamente enseguida, sin haber salido del puerto,
sin haberse alejado apenas del muelle (el ejemplo gráfico es que el barco
estaba desordenado respecto al muelle). Familiares y viajeros se sorprendieron
enormemente pero creyeron que el capitán, bonachón y buena persona, había
querido que se despidieran un poco más. Quienes habían gritado declarando su
amor se morían ahora de la vergüenza. Sin embargo, mientras las labores en el
puente de máquinas continuaban, los viajeros se empezaban a cansar y ya apenas
se oían gritos y los pañuelos se movían ya tan lentos que se confundían con la
espuma del mar. Cuando dos horas después llegó tarde un reportero gráfico que
estaba preparando un reportaje sobre el éxodo nacional y vio aquella triste
escena, tristísima escena, del barco saliendo del puerto sin nadie en cubierta
y sin nadie despidiéndose en el muelle, escribió un artículo demoledor acerca
de la pérdida de la moral y las buenas costumbres.
La empresa Pluscuam, fabricante y vendedora de
ropa, harta de demandas sociales y judiciales, ahora tiene en algunas de sus
tiendas un cartel que reza:
HOMBRES Y MUJERES
Y en otras:
MUJERES Y HOMBRES
Y bajo estos carteles
se encuentran confundidas las prendas anteriormente conocidas como de mujeres y
de hombres y que el consumidor se apañe que la tienda no quiere más líos de
géneros (que los tendrá, en un futuro ambos carteles añadirán las palabras Y
DEMÁS).
El dueño de la empresa
de hecho es más bien conservador, es casi anciano el pobre, pero aprendió hace
tiempo que los problemas de la vida son los problemas y aunque esto suene a
cualquier cosa lleva mucho pensamiento detrás. Ahora este hombre lee el
periódico y mientras piensa si comprar acciones de la empresa Piensen desde luego sabe que quiere uno
de sus lavavajillas.
lunes, 3 de octubre de 2016
Y así puedo verte
A la persona
cuyo segundo nombre significa Margarita
Corta
los pimientos deprisa queriendo terminar antes de que su madre empiece con las
cebollas. Le hace gracia un pimiento verde con la punta roja, piensa en una
historia en la que un pimiento decide evolucionar, pero en ese cuento, ¿en qué
lugar quedarían los pimientos amarillos? ¿Las guindillas serían enemigas o
aliadas?
Consigue
distraer a su madre de cortar cebollas preguntándole si no tiene que preparar
café para tenerlo listo por la mañana, sin embargo el haberla hablado incita a
la conversación y ella le pregunta:
—¿Al
final halaste con este, tu amigo, este, sí…
—¿Con
quién, mamá? —sabe perfectamente a quién se refiere, pero solo le dará el gusto
de contestar si ella recuerda su nombre.
—Este,
tu amigo, el de la carta.
—No
sé de quién hablas —hablas de Manuel, mamá, de Manuel.
—Sí,
el de los rizos.
—Ni
idea —no, mamá, no hemos vuelto a hablar.
Se
sube a su cuarto y allí cierra la puerta. También baja la persiana y el estor,
no porque tema que le vean desde la oscuridad de la calle, sino por sentirse en
un espacio reducido, aislado, como si la habitación se despegase de la casa y
lentamente fuese dando vueltas por el espacio. Sin embargo la magia se rompe
cuando se ve obligado a abrir la puerta e ir al baño porque ha olvidado lo más
importante. De nuevo en su cuarto abre la caja de madera que esconde detrás de
las reservas de papel higiénico y saca de ella varias velas blancas y un
mechero que desentona con lo ritual de los demás objetos pero que es mucho más
manejable que, por ejemplo, unas cerillas. Las velas le sirven para
concentrarse mejor en el círculo que elabora con ellas, ni siquiera apaga la
luz pese a encender éstas.
Cruza
las piernas, apoya los brazos en éstas, cierra los ojos, espera, oye su respiración
pausada como si fuese amplificada, como si un gigante respirase a su espalda,
se imagina esa respiración de color azul.
Entonces
Abre los
ojos y ante sí está ella, como en un holograma. Con las formas de su cuerpo
claras pero ligeramente transparente, como si fuese un fantasma. Mirarla un
rato, si no estás acostumbrado, acaba mareando.
—Hola
—y el pobre no puede evitar sonreír al decirlo.
Ella
mira a un lado y a otro. Parece que está mirando la habitación en la que él
está sentado pero no es así, ella está mirando su propio alrededor en donde él
tan solo debe ser una figura ligeramente irreal que marea a la vista.
—¿Por
qué me has llamado ahora? —en la voz se le nota que está algo molesta, tal vez
inquieta. Él sabía que probablemente la encontraría así, pero no podía evitar
verla al igual que no podía evitar divertirse con aquel enfado, con aquellos
enfados.
—Me
hace gracia que digas llamar como si fuese un teléfono.
Ella
entonces le mira y enarca una ceja.
—¿Y
cómo lo llamas tú?
—No
sé, comunicarse, encontrarse, sentirse…
—Todas
esas palabras suenan forzadas, reconoce que llamarse suena mejor.
—Sí,
pero esto ha debido hacerse siempre, hace cientos de años, y no creo que
dijesen llamarse.
—La
gente siempre se ha llamado y buscado. Pero entonces ¿tú crees que esto no lo
hacemos solo nosotros?
—No
lo sé, la verdad. Intento no pensar en esto cuando no lo estamos haciendo o me
tengo que acordar de comprar velas, pero creo que no podemos ser los únicos,
que esto tienen que poderlo hacer más personas aunque no tengan con quién y me niego a pensar que haya
venido de la mano de las tecnologías cuando funciona con todo lo contrario.
—¿Y
en mí piensas cuando no estás haciendo esto?
Él se
sonroja ligeramente pero ella no puede apreciar el tono de sus mejillas, los
colores se diferencian bastante mal.
—Sí,
bueno, claro, si no pensase en ti no te llamaría.
—¡Ajá!
Llamar, has usado la palabra.
—Sí
—y él ríe con ella aunque le hubiese gustado que la conversación no cambiase de
ese punto donde él se encontraba incómodo pero donde también hubiese podido obtener
información sobre ella, porque ¿qué sentía ella de él?
—Pero
no lo hagas más, ¿vale? No me llames si no hemos quedado.
—Es
que son muy pocas veces…
—Pero
no puedo, lo siento, no lo hagas.
—Dime
por qué, qué pasa. No sé nada de tu vida, de hecho no sé nada de ti y joder,
esto no nos pasa con nadie más, es un vínculo, no entiendo por qué no podemos
hablar con libertad y vernos de verdad, poder tocarnos.
—No…
Lo siento, no puede ser.
Y él
aprecia que a ella le afecta, ve cómo tiene la garganta tomada, un nudo, y
podría empezar a llorar. Entonces su rabia y su enfado momentáneos se
desvanecen de pronto y solo queda esa pena, ese sentimiento triste de por favor
no estés mal y volvamos a lo de antes, a cuando reíamos, a cuando reías tú.
Entonces
ella mira de golpe a un lado —el que para él sería mirar a la puerta cerrada
del cuarto— y se le tensan los músculos de la cara. Ya lo ha hecho alguna vez,
el jugar a hablar con alguien a quien él no puede ver ni oír y que realmente no
existe pero cuya existencia él cree siempre hasta que ella se ríe de su
seriedad y él se siente estúpido. Sin embargo ahora es diferente, ella no
bromea y si empieza a hablar o a moverse es que hay alguien ahí. Pero todo
pasa, se aprecia muy bien cómo se le relajan los músculos del cuello y él logra
ver una lágrima, diminuta lágrima, que le recorre mejilla abajo.
Ella
le mira como suplicando que haya conversación y que la carga de ésta recaiga
sobre él. Conversación como favor. Pero en aquella habitación, entre esas
velas, tampoco hay palabras que decir. Finalmente él pide:
—¿Podrías…
podrías hacer eso?
Y
ella sonríe con ese punto medio de la melancolía y la diversión.
Se
levanta, sinuosa y lenta, como una serpiente que sale de su cesta al oír la
flauta. Y entonces, ya de pie, estira los brazos hacia arriba y baila para él.
Solo ha hecho ese baile otra vez, en su cumpleaños, y sin embargo ha sabido a
qué se refería y ha aceptado hacerlo. Es un baile ciertamente sensual pero no
sexual, no alimenta la lascivia sino el alma. Aquella noche ha pasado algo,
algo inmenso que no se ha manifestado por medio de palabras pero que ha
sobrecogido a los dos, ahora ella baila para él y él ni piensa ya.
La
madre entra en el cuarto y le encuentra tumbado en el suelo, dormido. Le
levanta como puede y lo tumba sobre la cama, le descalza, le tapa con una manta
y cierra la puerta apagando la luz. A veces le pasa eso, se queda dormido en
cualquier sitio, especialmente en el suelo.
domingo, 2 de octubre de 2016
corazón, que te has ido
Es curioso el callejón. La primera vez que entré,
al salir al otro lado, ya no tenía la cartera.
La segunda vez que entré, al salir, sentí mucho
frío por estar desnudo.
La tercera vez entré y salí por el mismo lado,
sentía una gran paz y el pecho desguazado.
Si pasáis por allí decidme si oís en la oscuridad
mis latidos.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Accidente en el cielo
Martín mira al cielo como cada noche buscando la
estrella más brillante. Se encuentra en el pueblo, sentado en lo que queda del
tejado de la Casa Vacía. Pronto vendrá Paula. Mientras mira el cielo estrellado
no deja de repetirse «Si parpadea es una estrella, si no es un planeta». Y así
de pronto ve algo, algo iluminado en el cielo que se mueve, ¿una estrella
fugaz? En ese momento Paula, silenciosa como la muerte, se sienta junto a él.
Ambos miran el cielo, a la bola de fuego que no puede ser sino un meteorito.
Durante un momento parece no moverse, pero eso solo quiere decir que se dirige
directo hacia ellos. Entonces, por si acaso, se dan la mano y piden un deseo
(de protección), por ese miedo que no es miedo pero crispa la piel. En cuestión
de segundos el silencio pasa a ser un sonido que hace vibrar las tejas. El
sonido es bravo y lo que se les echa encima es un avión que va directo hacia el
pueblo, como si lo hubiese elegido como objetivo.
El pueblo ahora sigue igual a excepción del cráter
alargado que dejó la panza del avión, ya que éste no se estrelló, sino que de
alguna forma es como que se arrastró por el suelo perdiendo las alas contra la
primera fila de casas. Víctimas en el pueblo solo hubo las familias de las
casas donde chocaron las alas, de la tripulación del vuelo no se salvó nadie.
Las causas del accidente no se conocen, o más bien
no se conocen frente a los medios, los cuales no hacen demasiado por averiguarlas
ya que ahora las noticias son otras. El motivo fue que al avión le explotó un
motor y todos los problemas derivados de este hecho, lo que no se sabe tan bien
es por qué explotó. El problema que seguía preocupando al Ministerio, a la
empresa aérea y a los vecinos empezó a dilucidarse cuando descubrieron que algo
se había metido en el motor. Pegadas al metal, carbonizadas y fundidas, se
hallaron plumas de pájaro. Esto resultó difícil de explicar pero la versión que
se dio (del Ministerio) fue que por alguna corriente de aire un pájaro de gran
tamaño habría ascendido hasta semejantes alturas para ser absorbido después por
el motor. Pero ese problema era ridículo en comparación con el siguiente: al
fondo del mismo motor se habían hallado huesos humanos. La explicación (de nuevo
del Ministerio) fue que debía haber algún paracaidista por aquellos lares pese
a ser aquella una altura elevadísima para practicar la actividad; también se
rondó la idea de que los huesos no fueran sino de un pasajero que habría salido
despedido del tronco de la nave para meterse en la turbina.
«Nadie quiere pensar —pensaba Martín— que el motor
se tragó un ángel.»
La llama
Y el chico se va a la cama contento porque lo importante es
escribir, no publicarlo. Y él ha escrito para que la llama no se apague. La
llama arde como una piedrecita naranja dentro de una campana de cristal y va
consumiendo el aire que hay dentro mientras se va haciendo más pequeña.
Escribir es levantar algo esa campana para que la llama coja aire, porque ¿qué
pasa cuando la llama se apaga? Que el mundo se queda en penumbra.
lunes, 26 de septiembre de 2016
Zapatitos
Se abren las puertas del
aula y un sinfín de parejitas de zapatos entran entre murmullos y van a
colocarse detrás de sus pupitres. La puerta se cierra con un portazo porque
nadie la sujeta.
La puerta del aula se
vuelve a abrir y entra una pareja de tacones negros. Esta vez la puerta se
cierra sola sin hacer ruido. El murmullo de los zapatitos cesa mientras el
taconeo avanza hasta situarse al frente del aula.
Entonces uno de los
tacones levanta la punta y la deja caer dos veces. Inmediatamente varias
parejas de zapatos empiezan a golpear frenéticamente el suelo y así da comienzo
la clase.
domingo, 25 de septiembre de 2016
Escamas
En el momento de la lucha los cortes resbalan en
las escamas y el fuego las vuelve negras sin llegar a tocarte la piel. Al
final, en la victoria, la gente te felicita y te da palmadas en la espalda,
palmadas que no sientes debido a las escamas. Entonces te apartas y con
paciencia empiezas a desprenderte de aquello que has usado como armadura. Las
escamas grandes pesan como metal entre los dedos y son fáciles de retirar, pero
a medida que se van haciendo más pequeñas el proceso se vuelve más lento y tiendes
exasperarte. Finalmente quedan aquellas que han servido para cubrir los huecos
entre las escamas mayores, unas del tamaño de una uña. Éstas se te adhieren a
las yemas de los dedos, a las palmas, a las muñecas incluso. Coges una sola
entre dos dedos y al abrirlos ves que no cae, entonces la coges con otros dos
dedos y los agitas hasta que logras que se desprenda, pero al lograrlo miras
las manos, la ropa, la piel, todas esas pequeñas escamas que antes te han
salvado y ahora están acabando contigo. Pruebas a frotar con fuerza una palma
contra la otra, notas cómo se te clavan y cómo apenas caen, cómo resbalan al
tacto y cómo se incrustan en la piel hasta estar al nivel de ésta, sin
sobresalir de tal forma que tienes que arrancarlas clavándotelas por debajo de
las uñas de los dedos correspondientes. Y ahí es cuando te dan ganas de salir
corriendo, de chocar contra las ramas que encuentres, de frotarte en el barro y
de acabar sumergiéndote en una fuente de agua, y sin lugar a dudas lo harías si
supieras que eso te librará de ellas, pero bien sabes que no es así. No podrás
hacer que las escamas brillantes se despeguen de una forma rápida. Nada de
correr y sumergirte porque verás que las escamas aún siguen ahí, anegadas a tu
piel. Y mientras flotas sentir que puestas en las yemas te impiden dar
brazadas, que las piernas se te hacen pesadas y torpes y que crees ahogarte en
un charco donde en realidad solo saltas como un pez vivo que pronto se ahogará.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
Cuando nos encontramos - (Pasión)
Que si yo levanto los brazos
tú te bajas las piernas.
Y bailamos en círculos
mirándonos a los ojos
como quien mira al fuego.
Y grito: ¡Ah!
Y gritas: ¡Aaah!
Y yo salto y tú te escondes
y las paredes se pintan de rojo
rojo pasión
rojos tus labios, rojos tus labios
(tus) venas, pulmones, corazón
garganta, grito, rebote
(mi) garganta, pulmones, corazón
venas, garganta, grito
grito que tú recibes.
Y las paredes dejan de palpitar
y de azul se vuelven las sábanas.
Te subes las piernas y te arropo,
me paso la mano por la garganta
y el rojo va volviendo.
tú te bajas las piernas.
Y bailamos en círculos
mirándonos a los ojos
como quien mira al fuego.
Y grito: ¡Ah!
Y gritas: ¡Aaah!
Y yo salto y tú te escondes
y las paredes se pintan de rojo
rojo pasión
rojos tus labios, rojos tus labios
(tus) venas, pulmones, corazón
garganta, grito, rebote
(mi) garganta, pulmones, corazón
venas, garganta, grito
grito que tú recibes.
Y las paredes dejan de palpitar
y de azul se vuelven las sábanas.
Te subes las piernas y te arropo,
me paso la mano por la garganta
y el rojo va volviendo.
martes, 20 de septiembre de 2016
Ovejímetro
Se
podría decir que aquel es un valle de noche, pues de día no es gran cosa. Al
irse la luz se ven bien recortadas las dos montañas de uno de los lados,
formando la silueta de una eme mayúscula. Al otro lado hay cuatro montañas sin
forma especial, con forma de montañas picudas, de cordillera, de espalda de
dragón, como dice Martín. Este valle es conocido sobre todo por los duelos que
se celebraban aquí en el siglo XVIII. En ellos los espadachines se ponían de
espaldas y, llevándose el arma a atrás, debían matarse así, dando palos de
ciego, espadazos de ciego. Martín a veces juega a ser espadachín, pero no le
gusta la costumbre local y prefiere imaginar que mata con su rama a un enemigo
que está delante. Generalmente mata al bobo de Pablo, a él le atraviesa el
corazón muchas veces. Ahora tiene una rama, pero antes tenía un palo. Era un
palo muy bueno y varios niños tenían envidia, uno de hecho se lo intentó quitar
y llegó a casa con un chichón —porque dan igual los ensayos de esgrima, a la
hora de pelear con un palo has de emplearlo como una cachiporra—. Era un palo
recto, más delgado por el extremo que claramente servía de empuñadura, y Martín
le había ido arrancando la corteza hasta dejarlo del color blanco que hay
debajo. Pero un día, un domingo, llegó Rodrigo de la ciudad y le partió el palo
contra la rodilla mientras reía muy alto. Martín no entendió aquello, su madre
no se lo supo explicar y ahora tiene una rama que es un poco curva y de la que
no sabe si quitar la corteza porque le gustaría encontrar un palo como el
anterior.
Ya
he dicho que es un valle de noche. Si la carretera que lo atraviesa soliese
tener algo de tráfico es seguro que aparecería un establecimiento en el que se
quedarían todos los viajeros al caer la noche, y más si hay una cuestión de
corazones de por medio y suena el acero y la luna se mancha de sangre, pero eso
son imaginaciones de Martín. Es un valle de noche y entonces los gallos cantan
por segunda vez en el día al ver una luna tan inmensa en la que Martín puede
contar hasta tres cráteres, o eso dice él, pero yo le creo. No es raro por
tanto que cuando se encienden las lunes demasiado naranjas de la casa la madre
y el hijo sufran semejante frenesí; ella hace el café, la colada, la comida y
si se pone a tiro encuentra la escusa para que al hijo le caiga una colleja. Él
por su parte se prueba la ropa del padre, ensaya esgrima nocturna, continúa
aprendiendo a escribir las letras y, y a esto es a lo que quería llegar, abre
la ventana de su cuarto y sale al prado, aparentemente negro. La madre sabe que
sale pero ya no sabe qué hacer, además de que desde la guerra tiene siempre el
miedo de que alguien venga de noche y ya no le parece mal que Martín esté por
ahí perdido, en la pradera o más allá, en el bosque. Martín lleva cruzándole el
pecho una bandolera que fue de su padre. Lo cierto es que en ella se llevaron
granadas y cartuchos durante la guerra, pero la madre teme que aquello
sobreexcite al niño (y más por la noche) además de que ahora está en la época
de las espadas y no de los fusiles. El prado en otro tiempo perteneció a la
casa, ahora una valla limita ésta y en la extensión verde, o negra, solo
pululan ovejas. El pastor se llama Jacinto y tiene maravillado a Martín con lo
que ha hecho, aunque noche tras noche uno se acaba acostumbrando. Las ovejas
son ovejas de estas de pelaje blanco, las corrientes, las que son representadas
en los dibujos de los niños como nubes con cabeza y patas, las frisonas, vaya.
Y por el día pastan y son espantadas. Pero por la noche —y esto serviría de
reclamo para ese hipotético lugar donde pernoctarían los viajeros— medio
dormidas caminan, cogen carrerilla y saltan una vara de madera puesta sobre dos
pilas de ladrillos. Por el día son ovejas y por la noche son ovejas que en fila
india saltan una vara. Son ovejas para ser contadas, son ovejas para dormir.
Martín, que solo tiene diez dedos en las manos, tiene un aparato para poder
contarlas, se llama ovejímetro y se lo trajo su Rodrigo de la ciudad. En
realidad es un ábaco, pero quién le rompería el encanto a un niño que pasa las
bolas verdes para contar una oveja y pasa las bolas rojas para contar diez.
Martín
lleva el ovejímetro en su bandolera, así como el barco metido en una botella y
otros artículos mágicos o de extrema necesidad. La espada en ciernes no le
acompaña porque es demasiado grande y porque va a entrar en el bosque, el cual
le infunde respeto y sobre el que piensa, por alguna extraña razón, que no debe
cruzar armado. Mientras camina por el prado no pierde de vista a las ovejas que
con pereza —en realidad es sueño, vaya, pero los síntomas son similares—
saltan, se recargan y saltan. Aun cuando no se le ha acostumbrado la vista a la
oscuridad puede distinguir bien a las ovejas porque su lana brilla a la luz de
la luna.
Martín
llega al bosque y se interna en él porque si se parase un momento ya no se
internaría en él. Igual que para subir a la bohardilla de la casa debe cantar
para no tener miedo, en el bosque debe pensar. Y así va pensando que qué es el
bosque sino una sucesión de árboles, solo eso, claro, árboles y el riachuelo, y
los ojos que brillan en la oscuridad, y el ulular de un búho que parece sonar
en todas direcciones a su alrededor, y la luz de la luna filtrándose entre las
ramas de ese árbol cayendo al suelo como si fuese una extraña tela de araña… Pero
no entiende muy bien a los animales (cambia la dirección del pensamiento porque
no le gustaba el camino que estaba siguiendo ni le gustan las arañas), puede
entender a las ardillas y a los zorros, pero no a los jabalíes, ciervos y
lobos. A uno no le extraña ver al amanecer o al atardecer ciervos o jabalíes
comiendo en los lindes del bosque, ni que una noche las ovejas estén muy
despiertas y no salten la vara porque un lobo anda cerca, sin embargo Martín no
logra imaginarse a esos animales caminando o durmiendo dentro del bosque, entre
aquellos mismos árboles, porque míralos, están demasiado separados unos de
otros, si anduviesen por allí uno podría verlos a mucha distancia. Martín solo
soluciona este problema imaginándose un terreno especial, un rincón del bosque
tal vez mágico donde los animales entran y pueden descansar, uno en el que
siempre es de noche y hay muchísimo musgo que brilla por todas partes. Un lugar
como el que frecuenta con Paula, a cuya casa ha llegado en cuanto ha salido del
bosque.
A
veces la ve mirándole desde la ventana, a veces ella salta sorpresiva desde
detrás de un árbol. En algunas ocasiones la espía en la cocina, fregando tarde
la vajilla bajo una luz mucho más blanca que la de su casa. En otras ocasiones
tiene que jugar a atinar con una piedra en su ventana sin despertar a todos en
la casa y en otras, las que menos, no logra dar con ella y se vuelve a casa
solo y muy triste. Esta noche está en la cocina, suspirando aburrida, y antes
de que él toque el cristal —y eso que se ha acercado a la ventana sigiloso, de
puntillas en la hierba fresca—, ella ya se ha girado y le está mirando (ella le mira mira, ella le está mirando)
con ojos de verdadera búha.
Salen
y se internan por otro camino del bosque, uno en dirección a las montañas que
representan las escamas del dragón. Ahora Martín no tiene miedo y solo desea
hablar con ella, pero sabe que no debe hacerlo mientras van a su lugar ni estando cerca de la casa, de
hecho mejor no hacerlo hasta que lo haga ella. Las pocas veces que no la
encuentra podría ir solo allí, un lugar precioso junto al pequeño río, con
piedras de musgo brillante y piedras blancas de río, a imagen y semejanza del
paraíso de los animales, pero no lo hace porque no está ella y sin ella el
lugar es bonito sin más. En realidad él siempre quiere hablar y apenas no
hablan. No es que siempre quiera hablar, es que querría hablar más de lo que
hablan, querría saber más de ella. Pero eso no se puede la mayoría de las veces
y solo queda sentarse al susurro del agua, que ella meta la mano, la agite, la
retire deprisa por estar el agua helada, le mire y le sonría.
¿Qué
les une a Paula y a Martín? Martín desde luego no lo sabe, aunque piensa que
igual la respuesta la tiene Paula porque ella sabe tantas cosas… A veces,
generalmente cuando atraviesa el bosque y se obliga a pensar, piensa que quizá
sí son novios, como dicen algunos, porque se ven todas las noches y no hacen
cosas de novios, pero bueno, ¿qué hacen los novios sino hablar y que ella le
sonría, le cuente algo que él no entiende y Martín le cuente algún hecho del
día? Por ejemplo esa noche le habla de que su ovejímetro llegó a contra treinta
y dos ovejas y que no sabe si quedarse con su espada porque es algo curva, a lo
que ella le contesta que las cimitarras son curvas y él piensa que mañana mismo
debe empezar a quitarle la corteza. Paula vuelve a meter la mano en el agua y
Martín piensa que cómo no van a ser novios si se ven mucho más que los chicos y
chicas mayores, que solo se ven a solas después de las fiestas y la noche de
San Juan, la más corta del año, cuando se internan en el bosque por parejas
porque se dice que es la noche en la que florece el helecho. Cuando Rodrigo
viene de la ciudad y come con la silla muy apartada de la mesa, con las piernas
muy abiertas, bebiendo vino, hablando muy alto y riendo a carcajadas mientras
se golpea el muslo con una mano abierta, le suele preguntar a Martín que si
tiene novia y él, según sus últimos pensamientos o si no ha podido verla la
noche anterior, le contesta cada vez una cosa, conversación que Rodrigo termina
sin excepción riendo muy alto.
El
barco de la botella se ha dado muchos golpes contra el vidrio y ahora los
mástiles cuelgan rotos. Paula dice que es que se trata de un barco después de
una tormenta. A lo largo de la noche, de las horas que pasan allí, colocan la
botella en el suelo y la van girando de tal manera que siempre apunte a la
luna, como si fuese un reloj de luna aunque de reloj no tenga nada.
Si
se van es porque Paula se levanta y Martín guarda deprisa las cosas y tira las
ramas que examinaba como posibles espadas (porque como no puede atravesar el bosque
armado y el pueblo queda de este lado quiere poder acabar con Pablo si se da la
ocasión). Entonces caminan hasta la casa de ella y él recuerda sin excepción a
Pablo, su otro novio, su novio de día, porque en el día no se verán ni hablarán
ni sabrán si el musgo brilla también a la luz del sol. Ella entrará en la
cocina y cuando a la mañana la descubran lavando los platos dirá que es que se
quedó dormida sentada, apoyada sobre la mesa. Él pensará en los miedos del
bosque por intentar no pensar en ellos y se sentirá aliviado al ver a las
ovejas que ya no saltan la vara porque está amaneciendo y aún tienen un par de horas
para dormir tranquilas antes de que llegue el pastor.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Mapa estelar
El
mundo es grande y solo cabe duda cuando ves una de esas películas en las que se
andan millas como quien vuelve a casa. Y entre tanto mundo te fuiste a
esconder. Pero da igual, sabes que da igual y si no te lo digo ahora: da igual.
Porque tengo un mapa que siempre me llevará a donde has estado justo antes de
volver a desaparecer. Es un mapa que todos pueden ver pero que a cada uno le
lleva a un destino distinto. Los Reyes llegaron a Belén, los marineros a tierra
y yo, siguiendo las estrellas, hasta donde tú estés. Es casi artificial, se
iluminan unas más que otras, al verlo siempre pienso en una pista de
aterrizaje, o de despegue. Y por eso en Madrid jamás te podía encontrar, aquí
no tenemos estrellas, están en Pandora, junto con la esperanza. Pero nada más
sea de noche y tenga un lindo cielo sabré encontrarte. Y así te pude seguir
tanto tiempo, encontrándome con el humo de un tren, un sitio vacío en el banco
de un parque, una falda en una esquina seguida de un callejón desierto. Y así
hasta que lo sientes o te avisan y corres a esconderte en una ciudad, con su
contaminación lumínica y sus corazones negros. Y mientras otros al llegar a una
nueva ciudad buscan el hotel, la estación de tren, la comisaría, el
ayuntamiento o la catedral, yo pregunto por las tiendas de antigüedades, las
mejores librerías, las peores librerías y los cafés más curiosos. Y así jugamos
hasta que me detengo en una calle y creo oler tu olor, que ya no recuerdo, creo
que por allí han pasado tus piernas, de las cuales recuerdo una por haberla
tenido entre mis manos, y sigo el rastro, cada vez más sincero, cada vez más
cálido, hasta un curioso club. En la entrada hay un portero, algo bajo y algo
gordo, sin pelo. Al pasar por su lado me dice:
—¿Estás
seguro, chaval?
—¿De
qué? —contesto.
—Ahí,
tras esa puerta, está ella, eso lo sabemos los dos. Pero aunque tú la quieras,
¿estás seguro de que ella aún te quiere a ti?
Y
así me voy, abatido, pensando que caminaré hasta las afueras de la ciudad para
dejar que salgas tú también y darte ventaja. Es la primera vez que un portero
me parte el corazón en vez de las piernas.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
Ser
Ser tu espejo para poder verte
ser tu peine para tocarte el pelo
ser tu perfume para rondarte el cuello
ser tu ropa para poder abrazarte
ser tu sombra para estar contigo, aunque me dejes atrás.
ser tu peine para tocarte el pelo
ser tu perfume para rondarte el cuello
ser tu ropa para poder abrazarte
ser tu sombra para estar contigo, aunque me dejes atrás.
martes, 13 de septiembre de 2016
El pentágono
Ha llovido y el viento ahora tira fresco. Mi madre
ha quitado el riego, el conductor del autobús ha limpiado el cristal y el
cartero me ha entregado una carta mojada. Ésta no daba buenas noticias, por no
dar no daba apenas ni palabras. Y es que hay personas que no se pueden permitir
tener unos pilares como las demás, o es que esos pilares las rehúyen. Yo no soy
un hombre de pilares y eso que he dedicado la mitad de mi vida a falsear datos
y calendarios para conseguirlos. Yo soy un hombre de pentágonos.
Imagínate en medio de un pentágono (cielo blanco,
suelo blanco, horizonte blanco) con los lados como pequeños muros de piedra. En
cada una de esas cinco puntas hay personas o cosas, y no te puedes engañar, no
son personas cualquiera, son esos cinco puntos que intentan sustituir (aunque
ahora veremos que no) los pilares de la gente corriente —si alguien tiene
problemas a la hora de imaginar pilares que piense en Venecia—. El problema es
que esas personas no están ahí para servirte, lo más probable es que si quiera
sepan que están ahí, por lo que frecuentemente se levantarán de su taburete
asignado y empezarán a andar, a explorar ese blanco que está en todas partes
como una nada o un infinito y ese muro de piedra. No es probable que estas
personas se vean entre sí, ni que muestren especial interés por ti, allá tan
lejos y encima tras un muro, un muro bajo pero un muro.
Ahora volved a imaginar el pentágono teniendo en
cuenta que cada punta se desplaza según el movimiento de cada persona. Como se
suele empezar explorando poco y en círculos eso harán las puntas, realizarán
pequeñas circunferencias sobre sí mismas y la piedra del muro sonará y tú, con
tan poca cosa, ya sentirás un ligero dolor de cabeza y una frente perlada de
sudor.
Y entonces la cosa se desatará. Suele haber una
persona que se sienta, una o dos personas, dejando sus respectivas esquinas
quietas, pero otras caminarán, hacia ti o hacia fuera, y se llevarán consigo
los muros que pueden crecer o decrecer y se llevarán tu salud y se llevarán su
pico hasta que la piedra, que todo sea dicho: es elástica, se rompa.
Un pentágono con un lado estirado y roto. La
persona que se ha marchado lo más probable es que lo haya hecho sin mala intención,
pero ahora verás como esa ansia, esa necesidad de cerrar el muro permitirá que
la nada blanca sea atravesada por cientos o decenas de personas aparentemente
conocidas que se acercarán en un murmullo terrible y entrarán sin problemas por
la brecha del muro. Durante un instante no pasará nada, igual hasta sientes una
repentina alegría, pero pronto te empezarás a sentir incómodo, notarás que algo
falla, que algo no está bien y que esa gente no debería estar allí
desplazándote del centro hasta que compruebes que tu propio banco y lo que lo
rodea está innegablemente tomado. Entonces te marcharás, tal vez despacio,
hasta salir del muro de piedra. Y lo seguirás haciendo porque no te gustará esa
forma tan alejada de la geometría, y lo seguirás haciendo mientras piensas que
es como si la gente caminase por las acercas mientras que a ti te toca nadar
por los canales de Venecia.
lunes, 12 de septiembre de 2016
Hablando agua
La gente corriente habla charcos, es decir, abre la boca y ante sí quedan uno, dos o tres charcos dispersos. Quienes juegan con la palabra (domadores de anguilas) hablan riachuelos o pequeños ríos que se secan en verano. Hubo una vez un gran sabio que habló un hermoso lago.
Pero cuando tú hablas... cuando tú hablas llueve.
Pero cuando tú hablas... cuando tú hablas llueve.
viernes, 9 de septiembre de 2016
El ascensor, el ascensor
—No, ¡No! ¡No hay más
sitio en este ascensor!
—Que sí, que voy.
Hacedme un hueco.
—¿Alguien tiene un
periódico? No sé el tiempo que hace en la calle, llevo horas aquí dentro —el
señor mayor.
—Me he cortado el pelo,
¿os gusta? —la chica a la que llamaremos Lis.
—Uf, he corrido
demasiado, debíais haberme esperado, hay un botón que detiene las puertas…
—Es que no hay sitio
—es mujer, castaña, rubia oscura, morena leve, qué más da.
—...Que por cierto, voy
arriba, ¿podéis darle al botón?
—Ya está dado —dice la
mujer de pelo multiforme en tu imaginación.
—Oh, ¿y quién le ha
dado, quién será mi compañero de último piso?
—Están todos los
botones dados —esta mujer está realmente enfadada desde que él entró corriendo
en el ascensor. Curiosamente los pasajeros del elevador no están apretados, es
como si él llenase un espacio anteriormente muerto, como que no había sitio
porque todos ocupaban demasiado, algo parecido a la gente que no sabe aparcar
o, sabiéndolo, presume de un exagerado egoísmo y falta de empatía. Y bueno, es
que esta gente luego tendrá hijos y estos perpetuarán la sucia genética y ésta
acabará por llegar más allá de los aparcamientos, a las panaderías, por ejemplo
(oferta: dos croissant, dos euros
¿pero dónde ves tú la oferta? ¿Dónde la ve usted? ¿En usar un término extranjero
en vez del patrio aunque, todo sea dicho, sea mucho más bonito?), o al
Gobierno, lloviéndome a mí también, donde justifican sus maldades con la
pantomima de que son el espejo de a gente de a pie (a propósito, ¿de dónde
viene la expresión, de cuando unos tenían autos y los otros no? Me voy a
comprar algo que vuele para llamarlos gente
de a ruedas).
—¿Y por qué todos están
dados?
—Le pedí a la peluquera
que fuese recogiendo el pelo que me iba cortando y me lo pusiese para llevar.
Ahora lo meteré en pequeños sobres (delicadísimos) y se lo enviaré a todos mis
amigos para que comprendan, que no vean, lo que ha pasado.
—Lo siento, es que
llevo mucho aquí metido y no sé dónde bajarme —se disculpó el señor mayor ante
el recién llegado.
—La peluquera es amiga
mía, bueno, es amiga de mi madre. Se bajó en piso anterior. La verdad es que no
es amiga mía, se dedica a oler el pelo que me corta y a decirle a mi madre si
huele raro. Creo… creo que voy a volver a cortármelo pronto habiéndome puesto
una mascarilla de amoníaco.
—Oye, ¿alguien ha leído
el título de la entrada? ¿Sabéis acaso si es una historia de amor? —intenta
mirar de perfil a la mujer del pelo indefinido, sin pensar si quiera en poder
girarse en tan poco espacio—. Porque claro, el protagonista sería yo —intenta
guiñarle el ojo, pero cierra el ojo derecho cuando ella solo podría verle, si
le mirase, el ojo izquierdo.
—¿Y por qué ibas a ser
tú el protagonista? —Pregunta la enfadada. El señor mayor mira al techo por no
tener un periódico, que tampoco podría leer debido a la falta de espacio, y no
usa en su cabeza la expresión “no tener dónde meterse” porque, técnicamente, ya
está metido. Lis lleva instintivamente un dedo a enrollarse en un mechón de
pelo, pero no hay mechón. En Lis se forma un extraño sentimiento y piensa en
quienes ya no están, en quien ya no está, en su pelo cortado y en su madre que
no es tan mala, aunque bueno, es malísima.
—Porque esta historia
ha comenzado conmigo entrado en el ascensor.
—No, ha comenzado
conmigo hablando. Además, esto ni siquiera es una historia, es una conversación,
que ni eso. Parece que somos cuatro, pero por lo menos somos… más de diez —son
diecisiete, pero que como si son diez, que no van a hablar todos—. Tú, por
ejemplo, ¿por qué no hablas? —logra sacudir a un chico asiático.
—폴라는이 글을 읽을 것인가? (suena “¿pollaneun-i geul-eul ilg-eul geos-inga?”).
—Bueno, sin
protagonismos. Puedes bajarte en el último piso conmigo y que imaginemos el
paisaje desde las paredes sin ventanas. Cerrando tal vez los ojos. Los cierras
tú y yo sobre ti, y seguimos hasta que el cielo atraviese el techo.
—Ni siquiera sería una
historia de amor. Sería una historia de ligue, de romance a lo sumo —está muy
enfadada y busca clavar cada palabra demoledora, después no le gusta el
resultado y la rabia va subiendo, ya le llega a las rodillas.
—Bueno, si miráis hacia
abajo podréis comprobar que el escrito está llegando a su fin. Yo me bajo aquí,
este es mi piso. Adiós, pasen un buen día, pasad un buen día —y sale del
ascensor, da un par de pasos, se detiene y gira en redondo. Les mira: a ella le
arde la garganta de rabia porque realmente parece que no tenía ni ese mínimo
protagonismo. El hombre mayor está a punto de derrumbarse después de tantas
horas de pie sin moverse, dan ganas de decirle «bueno, pues afuera no hace ni
bueno ni malo, uno de estos cielos grises que parecen en verdad la ausencia de
un cielo real». Y luego está la chica del pelo recientemente corto (hay trece
personas a las que vamos a ignorar), que llora, muy despacio, como un río
silencioso. Los cuatro lloran en verdad. Una porque no quiere desaparecer
cuando llegue el punto, otro de puro cansancio, otra porque donde ahora no hay
pelo está presente una ausencia y él porque ha salido de ese microcosmos al que
no volverá a entrar. Mira por última vez a Lis, se arranca una cana y la lanza
dentro. La puerta del ascensor ya se cierra y la cana, como una granada, queda justo de ese lado de las puertas cuando el mundo se vuelve a mover, de arriba a
abajo, parando para que se bajen los que pesan demasiado.
jueves, 8 de septiembre de 2016
La serpiente metálica
Después
de mucho pensar he llegado a la conclusión de que los huevos son las
ambulancias.
El
otro día entré en una guarida. No sabía exactamente dónde entraba, no lo
recordaba, pero al parecer ya había estado allí muchas veces, en palabras de mi
acompañante. Túneles angostos, laberínticos, con un sinfín de bifurcaciones, y
la gente, inconsciente y loca, atravesando unos dientes de metal —no sé si
naturales o creados por el hombre, de cualquier forma una clara advertencia de
que no había que seguir por allí— para internarse más y más abajo entre las
paredes de piedra blanca. Al principio sentí emoción por la aventura, después
miedo y mi acompañante me tuvo que sujetar y guiar, finalmente todas aquellas
luces, colocadas por manos humanas que ya debieron explorar aquello hace mucho,
me cegaron y dejaron confuso, completamente a merced de quien me llevaba.
Entonces bajamos al último nivel, más oscuro, donde la gente se congregaba junto
a lo que parecía el cauce seco de un río negro. De pronto se oyó el ruido, sonó
como un roce de metales que más tarde ligué a los colmillos escondidos de la
bestia. El terror fue total, una serpiente blanca, inmensa y muy rápida salió
del otro extremo de la cueva por donde desaparecía el cauce seco y enseguida se
encontró sobre todo éste. Caí al suelo aferrándome a las piernas de mi
acompañante, con aquella cabeza tan cerca, esos ojos de un amarillo muerto.
Pensaba que abriría la boca y saltaría sobre la gente —todos unos locos, no se
movían, no huían en desbandada— sin embargo de pronto pareció morir. Creía que
algo le había herido sin que yo lo hubiese podido apreciar, pues de pronto su
piel se abrió por un lado, a lo largo de toda ésta surgieron grandes heridas de
las que empezó a brotar gente viva —que alegría sentí en este momento; iluso,
iluso, iluso—, sin embargo, cuando apenas habían terminado y yo me preguntaba
dónde estaban los vítores, los aplausos, la gente allí congregada avanzó y todo
el mundo, con prisas incluso, se perdieron dentro de las luminosas tripas de la
serpiente, que de inmediato —mi acompañante tiraba de mí y yo lloraba de
pánico— curó sus heridas y desapareció por la abertura en la roca contraria a
la que usó para aparecer, otra vez rápida y de nuevo emitiendo aquel chillido.
No
es de extrañar que la relación con mi acompañante se viera afectada y que
buscase otras formas de viajar. Sin embargo no tardé en comprobar que la ciudad
estaba infestada de crías o larvas de aquellas serpientes del subsuelo. Grandes
y verdes en la periferia —se entiende que habrá más comida— y azules y más
pequeñas por las calles, sin que los padres huyesen con sus hijos, sin que
apareciese el ejército, sin nada, solo aquellas bestias con la boca a un lado
que comen con cuenta gotas y solo a veces expulsan personas vivas por entre las
tripas (imagino que se debe a algún tipo de indigestión).
Una
vez uno entiende que la gente está loca o ávida de suicidio tiende a serenarse,
sin embargo no dejaba de preguntarme cómo lograban las serpientes blancas del
subsuelo hacer pulular por la superficie aquellos gusanos verdes. La respuesta
se me presentó un día en un atasco. Presencié, en medio del caos, a una mujer
que sangraba por la cara y un brazo tras haber colisionado con otro vehículo.
La recogieron en lo que para mí siempre había sido una ambulancia y sentí paz,
sin embargo, días más tarde, presencié a un gusano verde deteniéndose a
regurgitar a aquella misma señora.
Las
ambulancias eran los huevos que se convertían en gusanos verdes y estos en
serpientes blancas, pero, ¿cómo empezaba el ciclo? Estuve mucho tiempo
atendiendo a las entradas de las grutas del subsuelo y jamás vi allí ningún
hecho revelador.
No
fue sino hasta un tiempo después, habiendo descubierto que algunas de estas
serpientes también salen a la luz, aunque con el cuerpo cambiado, como
compuesto de grandes escamas en vez de tener la piel lisa y uniforme, que
descubrí el origen de todo. Había dos serpientes dirigiéndose la una hacia la
otra, muy deprisa (todo esto lo presencié después, en los telediarios) y al
estar a la misma altura estallaron. Más tarde, cuando las cámaras volvieron a
grabar, aquello estaba repleto de huevos que se tragaron algunas personas y se
esparcieron por toda la ciudad, para pavor mío y de quienes pueden apreciar
estos terrores que deambulan entre nosotros.
martes, 6 de septiembre de 2016
Escritos hallados en un cuaderno
A falta de pan, buenos son escritos hallados en un cuaderno.
Es... un niño. Un niño que está solo, mira arriba y dice «huele a luna», y es verdad, chico, huele muchísimo a luna, pero tú tranquilo, que huele solo en este valle y aquí vendrán todos siguiendo el olor. Y cuando estén todos podrás buscar a quien te falta.
Y se sucedió el desfile de caras, de manos que se movían frenéticamente. El niño miró con ojos de luna e incluso se internó dos veces entre la multitud. Cuando todos se fueron, apareció con un perro.
«¿Es acaso a quien buscabas?» pregunté decepcionado.
«Sí, se llama Sol.»
Cada noche, al apagar las luces y buenas noches, la niña se levantaba intentando no hacer ruido, recorría el pasillo y entraba en el baño sin ventanas. Allí se acercaba al espejo, que debía estar reflejándola en la oscuridad y le contaba a la otra ella lo acontecido en el día.
Pero esto ocurría solo en vacaciones, en casa de la tía. En casa de sus padres el baño de los niños no tenía espejo y no había niña rubia que la escuchase, tal vez, moviendo los labios.
Es... un niño. Un niño que está solo, mira arriba y dice «huele a luna», y es verdad, chico, huele muchísimo a luna, pero tú tranquilo, que huele solo en este valle y aquí vendrán todos siguiendo el olor. Y cuando estén todos podrás buscar a quien te falta.
Y se sucedió el desfile de caras, de manos que se movían frenéticamente. El niño miró con ojos de luna e incluso se internó dos veces entre la multitud. Cuando todos se fueron, apareció con un perro.
«¿Es acaso a quien buscabas?» pregunté decepcionado.
«Sí, se llama Sol.»
Cada noche, al apagar las luces y buenas noches, la niña se levantaba intentando no hacer ruido, recorría el pasillo y entraba en el baño sin ventanas. Allí se acercaba al espejo, que debía estar reflejándola en la oscuridad y le contaba a la otra ella lo acontecido en el día.
Pero esto ocurría solo en vacaciones, en casa de la tía. En casa de sus padres el baño de los niños no tenía espejo y no había niña rubia que la escuchase, tal vez, moviendo los labios.
viernes, 2 de septiembre de 2016
Se levantó una mañana
Se levantó una mañana, como es normal, y no volvió.
No volvió no porque no quisiera, sino porque no se lo planteó. Tan solo salió
de casa, recorrió la calle y quiso ir a la ciudad caminando, pero en el camino
se perdió y le pareció una tontería intentar ubicarse. Tan solo siguió campo a
través, atravesando autopistas con pasos de cebra, encontrando el amor (en
sueños) en cualquier lugar. Alimentándose de tierra y agua fresca de riachuelos
procedentes de los desagües de las fábricas. A veces, mientras no dejaba de
caminar, temía aburrirse, pero así, mientras pensaba en cómo no aburrirse, no
se aburrió, por lo que alcanzó la máxima abstracción, y sus piernas se
volvieron troncos de árbol y sus brazos
aletas de pingüino. Le creció barba y se le cayó sola. Cuando la piel quemada
le dolía se metía para adentro turnándose un rato con el esqueleto (ahora
exoesqueleto) y los músculos quedaban tendidos en la cuerda de tender la ropa.
Y así, caminando, llegó hasta el principio, a donde llegan siempre los pasos, a
pensar en aquella persona recordada al ver un halcón en el cielo, a pensar en
una ciudad extranjera por el olor de un bizcocho para el desayuno. El problema
es que vio su casa por detrás, por el otro lado, y no reconociéndola siguió
hasta recorrer la calle, para luego intentar llegar hasta la ciudad andando y
se volvió a perder, solo que esta vez en la otra dirección de la
carretera.
El absurdo de las tres de la mañana
La
situación roza tales puntos de absurdo que amenaza con destruir el equilibrio
espacio-temporal, que según las películas es algo extremadamente delicado.
Llevo
las últimas semanas durmiéndome de forma súbita, generalmente estando ya en la
cama, aunque leyendo, pero también en otros lugares como puedan ser el sofá, la
silla, la tumbona del jardín… No hay un acomodamiento previo, no ahueco la
almohada, me pongo el pijama, me lavo los dientes o le pongo al menos el
marcapáginas al libro, de hecho ni recuerdo ir a dormirme o tener sueño, tan
solo estoy despierto y de pronto me despierto comprendiendo que he estado
dormido. Mi madre, que a veces se levanta en la noche para beber agua, ha
adoptado la costumbre de buscarme por la casa de tres a cinco de la mañana y apagar
la luz de la estancia en la que me encuentre. En otros tiempos me habría
llevado a la cama y me habría arropado, en otros tiempos.
Lo
que ocurre es que se han visto malas gentes por el barrio. Defina usted malas
gentes cuando el chatarrero lleva despertando a quienes no madrugan desde que
el pan es pan y las hormigas son hormigas, pero bueno, que los vecinos están
asustados y esa clase de temor es contagiosa, como correr tras el que ha
firmado un seguro contra-incendios de su yate. Además, al margen de temores en
bocas ajenas yo mismo había visto coches que van y vienen sin destino aparente,
jóvenes bebiendo y fumando a las dos de la mañana —los días que no me había
dormido, entiéndase—, basura en las calles y conductores de autobús que no
dejaban de decir tacos en presencia de criaturitas y que se llevaron una
amonestación leve. Y si a todo ello le sumas la escala de robos en esta
urbanización en los meses de verano, pues me asusté o, mejor dicho, me previne.
Así fue como empecé a rondar las ventanas de la casa, que como es un chalet de
dos pisos cuenta con buenas vistas e increíbles puntos ciegos. Mi plan era
rondar todas las ventanas del piso superior, pero mi madre y mi hermano no
tardaron en prohibirme el paso a sus cuartos. Así pues mi itinerario se acabó
componiendo de las ventanas de mi cuarto, del estudio y del baño que utilizamos
mi hermano y yo. Estudiaba las dos calles en las que nuestra casa hace esquina
y lo que se podía del callejón, que no era mucho. El cristal de la ventana del
baño está ahumado, por lo que tenía la ventana abierta, para poder ver y para
provocar una corriente fresca en las noches calurosas de verano. El problema es
que esta ventana da a la calle y justo debajo se encuentra el tejado del
garaje, por lo que una persona no especialmente ágil podría trepar por éste y
entrar al baño, al pasillo, a la casa y a nuestra ruina. Por todo esto no es de
extrañar que fuese allí, en el baño, donde más tiempo pasase y, como la ventana
está encima de la bañera y tenía para ver bien, poder sacar la cabeza en caso
de necesidad y tener la comodidad de apoyar los brazos en el marco de la
ventana, me tuviese que meter en la bañera.
Y
he aquí el absurdo. Me encontraba de guardia a las dos de la mañana, y en una
pausa en la que me senté a escribir un cuento malísimo escuché en el callejón,
debajo de mi ventana, a tres jóvenes adolescentes con problemas
transcendentales de jóvenes adolescentes, y como buenos adolescentes gritaban y
como buenos jóvenes desconocían que es de mala educación hacerlo a las dos de
la mañana en un lugar exclusivamente residencial donde la gente duerme con la
ventana abierta por si la cigüeña se anima a venir. Así que me armé de valor
—para este tipo de actos se requiere mucho valor— y les informé, en un grito, de
la hora que era y de que podían irse a… a otro lugar a seguir hablando. Se
marcharon, furiosos, pero se marcharon. Al parecer uno de ellos vivía cerca y
no quería que su padre se pudiese enterar de su reciente profesión de floricultor
especializado en cannavis sativa.
Entonces, al rato, dejé mi cuarto y me fui a la bañera, a sacar el rostro por
la ventana. Y hasta ahí recuerdo, pero deduzco que me quedé dormido, de golpe,
cayendo en la bañera con la sonrisa de quien sube al cielo o se interna en los
sueños. Con la cabeza donde se colocan los pies, ese lugar ya ha sido utilizado
muchas otras veces para dormir, por ejemplo en Málaga, hace nueve años, cuando
Carlos y yo nos quedamos dormidos y no oímos las llamadas a la puerta de Manuel
(no el de ahora, el anterior, pon un
Manuel en tu vida) que tuvo que dormir en la ducha, que ni siquiera bañera,
de la habitación de Diego Díaz y Alejandro Koronis, con el único consuelo de
una almohada y una toalla. Bien, pues yo me desplomé con pequeñas zetas
brotándome de entre los labios. Y resulta que uno de los tres muchachos, que no
el vecino, iracundo como se iracunda uno en la juventud, escaló el tejado del
garaje, subió hasta la ventana del baño, metió una pierna, la otra, el culo por
medio de saltitos y aterrizó sobre mi tripa.
Eran
las tres de la mañana y mi madre había empezado la ronda para ver dónde
encontraba a su hijito del alma, su piedrecita del pensamiento, su bebé peleón,
su tiránido roba-almas, dormido. El ruido la alertó y al abrir la puerta del
baño se encontró la cortina de la bañera rodando por el suelo, con brazos,
piernas y rostros en su interior.
«Qué
raro —se dijo— esa mitad de ahí se parece a mi hijo.»
jueves, 1 de septiembre de 2016
La Leprosita
Dado
que el doctor Alejandro está de vuelta después de un mes de retiro en un
sanatorio de Guadalajara, creo que ha llegado el momento de que os hable de la
Leprosita.
Entras
en la habitación, que está en penumbra por idea de la enfermera Marga, y ves
las paredes cubiertas con inmensas estanterías repletas de libros. Desde la
entrada a la izquierda, narrativa; a la derecha, poesía; y al fondo una densa
colección de libros de psicología (Freud no, Freud está abajo). También hay una
mesa con un ordenador y una ventana que hace esquina. Por todo esto es
comprensible que a la estancia se la llamase “el estudio”, sin embargo desde
hace tres años han ido ocupando los suelos y las paredes —paredes ya cubiertas
por las estanterías, así que es la estantería la que sufre los defectos de ser
pared— todo tipo de lienzos, tablones y demás repertorio difícil de catalogar.
Y es al fondo, bajo una estantería y junto a la mesa del ordenador, donde se
encuentra la Leprosita.
Requiere
de cuidados cada dos días, has de acercarte en penumbra y despacio, en parte
por no tropezar, incluso herirte, con los bártulos y en parte por la seriedad
de la acción que vas a llevar a cabo. Verás una especie de plástico, has de
agacharte y retirarlo con cuidado ya que está metido por debajo de un tablón de
madera. Tampoco es que haya sobrante de plástico, por lo que tienes que retirar
un poco de cada lado a la vez, ten claro que debajo está la Leprosita y el
plástico no ha de tocarla nunca, eso es lo más importante. Debajo del plástico
hay dos cosas: un vaso de agua que fue incorporado por la enfermera Marisa con
la intención de humedecer la atmósfera de dentro del plástico y la Leprosita en
sí. De ésta puedes ver de primeras solo una mano y un pie; la mano izquierda
apoyada sobre la madera y el pie derecho, apoyado también en la madera cerca de
la esquina contraria. El resto son vendajes, en total tres, que antiguamente fueron
trapos y más antiguamente unas bragas, un trozo de una camiseta y un trapo que
al parecer siempre fue trapo.
Para
entender lo que hay debajo del plástico, para entenderla a ella, creo que es
recomendable decir en qué postura está debajo de las tres vendas, es una
postura corriente y si no se la ve al leer la descripción es todo culpa mía.
Culo en el suelo, mano izquierda con la palma en el suelo y los dedos mirando
en dirección contraria al tronco. Pierna izquierda estirada hasta la rodilla y
luego doblada hacia dentro, toda ella en contacto con el suelo (la parte de
detrás del muslo queda entonces hacia un lado y no hacia abajo). Pie derecho
apoyado en el suelo pero pierna doblada hacia arriba. Codo derecho apoyado en
rodilla derecha y mano colgando parcialmente. Entonces, dicho esto, diré que la
primera tela que hay que retirar es la más grande y es la que cuelga de la
cabeza hacia delante y que cae también por toda la espalda. Una vez fuera, la
segunda venda —es alargada y fina porque se compone sobretodo de la parte de debajo
de unas bragas azules con dibujitos muy divertidos de personajes infantiles de
otra época— recorre desde el hombro izquierdo hasta la mano derecha, pasando
por todo el brazo y parte de la espalda y cuya función es cuidar esa mano, la
parte más delicada de la Leprosita. La última venda, que ahora recuerdo que fue
bayeta de cocina, se encarga de cubrir cintura y pierna izquierda. Y así es
como quedan la mano izquierda y el pie derecho al aire (aire bajo un plástico
enganchado a la madera dentro de una habitación cerrada).
Bien,
pues levantado el plástico has de retirar con cuidado cada una de las tres
vendas, también, antes de ello, apartar el vaso de agua para que no se vuelque.
Entonces verás, a un lado de la madera y también bajo la mesa, un pequeño
frasco de plástico, originario de una peluquería, lleno de agua que habrás de
fumigar —coloquialmente conocido como hacer
fus fus— sobre todas las partes de la Leprosita. Como no quiero mover la
madera por temor a hacerle daño, nunca le he visto la cara ni gran parte del
pecho, así que estas rozas se las humedezco a ciegas. Finalmente llevarás los
vendajes al baño, los mojarás y se los volverás a colocar sobre las partes
anteriormente indicadas para taparla, junto con el vaso, con el plástico.
Lo
cierto es que este episodio se repetía cada dos días sin menores complicaciones
hasta que por desgracia el puente del 15 de agosto se tuvo que quedar sola más
de cuatro días ya que la enfermera Marisa y yo nos tuvimos que ausentar. A la
vuelta encontré signos horribles: la mano y el pie que quedaban sin cubrir se
habían empezado a agrietar. Al descubrirlo dediqué a esas partes un intensivo
fusfuseo. Sin embargo, días más tarde y a raíz de un despiste poco ético de
varios días, descubrí que las grietas de pie y mano se habían ensanchado y que
en la espalda empezaban a aparecer también dos finas rajas. El doctor Alejandro
no dejaba de preguntarme por la mano derecha de la Leprosita, su joya, pero
ésta seguía estando perfecta, los dedos ahí un poco cerrados, la mano en sí muy
natural. A la espalda le dediqué más agua del fumigador, pero a las otras dos
partes les apliqué agua del vaso, directamente, dejé caer gotas sobre las
rajas, de todas formas era una medida extraordinaria.
Mañana
el doctor Alejandro comprobará el estado de la Leprosita. No creo que le guste,
la verdad, al detener las aperturas de la mano la piel se disolvió en parte y
ahora los dedos parece que tuvieran branquias. Las heridas de la espalda
siguen, aunque avanzan lentamente. La mano derecha por lo menos sigue en su
buen estado. No me atrevo a girar la madera, a mirarle la cara a la Leprosita,
porque temo encontrarme un rostro que me mira con dolor o, peor, que no puede
si quiera mirarme.
sábado, 27 de agosto de 2016
Ni aunque te mire de perfil
Los
expertos coinciden en que a las dos y media de la madrugada la ciudad duerme,
por lo tanto es un buen momento para que Miguel abra el ordenador y escriba.
Ella,
tumbada en la cama en una posición que no era la correcta, tenía una pierna parcialmente
enroscada en la sábana. Le divertía y daba vueltas de arriba abajo con paradas
momentáneas para ver cómo iban quedando su tronco y piernas desnudos a saltos
entre los colores de la sábana. «Es una pena —pensó— las sábanas de verano son
las más suaves y sin embargo el calor las acaba mandando a los pies.»
Miró
hacia la puerta del baño, un baño de esos que no le gustaban porque al no tener
ventanas te obligaban a encender la luz dando igual el momento del día, además
de que esta luz era demasiado blanca. Le vio, le miró y se puso a recordar
cuando eran jóvenes, o al menos más jóvenes. Recordaba cuando desnudarse tenía
un valor, cuando era un paso y no solo una barrera que se perdía en un
parpadeo. Ahora estaba él ahí, mirándose al espejo, que no a ella, mientras se
lavaba los dientes, completamente desnudo. Antes, al acabar se tapaban con las
sábanas, mirando hacia el techo, y no tardaban en estar ya vestidos, como si
solo existiesen vestidos, desnudos en movimiento y vestidos de nuevo. Le hacía
gracia incluso que durante un tiempo no se la había visto de otra forma que no
fuese en estado de erección, hasta el punto de desear verla enana, diminuta,
una especie de arrugado pliegue de piel resentido. Ahora colgaba apenas, con la
misma energía que la pasión de sus relaciones.
La
costumbre les había alcanzado, habían ganado en aspectos de compenetración
dentro de la relación, pero el sexo se había ido a pique, o por lo menos lo
importante ya que los posibles juegos anteriores al acto seguían gustándoles,
tal vez porque en ellos fingían ser otras personas.
Con
la sábana por el cuello, sin mover más que los pies, divertidos e inadvertidos,
lo vio salir de la cama; aquella piel bronceada, el vientre terso y no dejado.
Vio cómo lucía aún a su amiga en ristre, cómo entraba en el baño, cerraba la puerta
—adiós, luz blanca—, y cómo volvía a salir ataviado con calzoncillos. Se mordió
el labio, el juego volvía a empezar, todo era cosa de no dejarle abrir la boca
y echarlo de casa nada más terminar, antes de que pudiese venir él y hablasen
del día, del trabajo, de la situación del país, del quién eres, de una chica
mala, de por qué lo dices, de porque me he tirado a otro, de te tendré que
castigar con unos azotes y así hasta que no se desnudasen, sino que se
desvistiesen y ella le mirase con cierta decepción pensando que aquello ya lo
conocía.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Cuéntame los sueños en los que aparezco yo
—Es curioso —digo
apartando la vista de ella y dirigiéndola a mis manos, que realizan algún
movimiento distraído—. Vivimos a poco más de una hora de distancia, estudiamos
en la misma ciudad, frecuentamos las mismas plazas y compramos libros en la
misma tienda. Sin embargo solo nos vemos en los sueños.
—¿Dónde, la última
vez?
Entonces sí la miro,
para captar su expresión.
—En la India.
Levanta las cejas.
—¿Has estado en la
India?
—Yo no, pero sí un
buen desfile de familiares y amigos. Las fotos de todos ellos parecen las
mismas: mismo Taj Mahal, mismos palacios y templos, mismos vendedores y niños y
motos y cables y vacas en la carretera.
—Fotografían lo que
les llama la atención, en este caso lo mejor y lo peor del país. Entre esos
escenarios, ¿dónde estábamos nosotros?
«Qué raro —pienso— esa
forma de hablar no es la suya.»
—En ninguno, en mis
sueños tiende a pasar eso. Tal vez la plaza o alguno de los pasillos que
aparecieron después tuviesen algo de la decoración del lugar, pero era la India
porque en mi sueño se decía, sin decir, que era la India.
La miro, voy a
comenzar la narración y quiero que me preste atención. Ella está fumando muy
despacio, y eso es muy extraño, porque ella no ha fumado nunca y ahora lo hace
con desenvoltura.
—Yo estaba con unos
amigos…
—¿Quiénes?
—Pues… Manuel, Carlos
y Jorge.
—Ahora mismo no hablas
con ninguno, ¿son esos tus amigos?
¿Y cómo sabe ella con
quién hablo y con quién no? Yo no se lo he dicho, desde luego.
—Eso ahora da igual,
yo estaba con ellos, caminábamos y luego acabábamos sentados en una especie de
sofás acolchados que había en medio de la plaza. Reíamos, estábamos bien, pero
entonces levantaba la cabeza del corro y te veía con otras chicas, que antes de
que preguntes no sé quiénes eran. De hecho me costaba reconocerte, en parte lo
hacía porque tú también me mirabas.
—¿Cómo iba vestida? —y
sonríe.
—Eso no lo recuerdo,
creo que oscuro o gris… —veo que se desanima—, pero sí recuerdo tu pelo, lo
llevabas muy corto, cortísimo, y lo habías teñido de un color como blanco o
plateado.
Se coge un mechón de
pelo castaño y se lo acerca a los ojos, sin dejar de mirarlo pregunta:
—¿Crees que me lo
debería dejar así?
—Bueno, no sé, en el
sueño te quedaba bien. Aunque claro, tendrías que buscar un peluquero onírico.
En fin, continúo. No sé cómo luego estábamos por unos pasillos que no sé si se
encontraban a un lado de la plaza, es posible que me hubiese librado de mis
amigos para buscarte. Cuando al final te encontraba te veía junto a un puesto
de esos que se componen únicamente de un carrito pequeño que empuja el mismo
comerciante y que sirve a la vez de expositor y mesa. Lo extraño es que tú
estabas contra la pared, la comerciante eras tú. Ahora recuerdo algo tus ropas,
parecían de éstas que están compuestas de pantalón y camisa hechos como de
trapos o de cuero, perdón, no sé explicarme, tampoco es que lo recuerde muy
bien… bueno, atendías en silencio a una señora, me veías pasar por detrás de
ella y me seguías con la mirada. En un momento me acercaba por un lado y me
susurrabas que esperase, que le estabas leyendo la mano.
—¿Y ya está? ¿No
pasaba nada más?
—No, creo que no. Al
menos que yo recuerde, ya sabes que mis sueños mutan. Por cierto, ¿seguiremos
viéndonos solo en sueños?
—Ahora nos estamos
viendo.
—¿Pero es esto real?
—Claro. Lo que llamas
la realidad y los sueños en realidad son lo mismo, ambas caras de un mundo, sol
y luna, lo único es que una está más desdibujada, como un rostro y su reflejo
en el agua.
«Esas palabras, esa
reflexión no son suyas. ¿Esto es un sueño en sí mismo? Probablemente. Pero, ¿y
lo otro, estoy recordando un sueño dentro de un sueño o es que eso que he dicho
ha sido el sueño justo anterior? Mírala, podría levantarme y hacer cualquier
cosa. Podría incluso matarla, aunque no le desee el menor daño, pero si la
matase al despertar nada habría cambiado. Los delitos cometidos en los sueños
son los que antes prescriben.»
Ella salta de la mesa
en la que estaba sentada, ya no fuma.
—Me tengo que ir. Al
despertar mira el buzón. Espero verte pronto.
Pienso si con verme se
refiere a la realidad o a otro sueño, y entonces despierto.
Aquí el cartero pierde
todo el romanticismo y no llega por la mañana. No puedes ser un buen personaje de
película y salir en bata a tu jardín delantero a por el correo y el periódico
para el desayuno. Aquí el cartero pasa entre la una y media y las dos del
mediodía. Por si acaso salgo a las tres. Nada, el buzón está vacío, ni siquiera
publicidad.
Me siento decepcionado
y aliviado a la vez. Me apetecía una carta, claro, pero haberla recibido habría
significado que la ella del sueño tenía razón, lo que crearía en mí una duda
horrorosa: ¿era algo más que mi subconsciente? ¿y si cuando la encuentro en los
sueños ella me encuentra a mí? ¿Y si ella es la ella de verdad y ha estado
oyendo todo este tiempo esas cosas que yo decía porque estaba seguro de que
nadie podía oírlas?
lunes, 22 de agosto de 2016
En la profundidad del pecho
Si ahora me mirasen
algunas personas, arrugaría ligeramente la frente y les sonreiría, todo ello
acompañado de un sinfín de músculos faciales relajándose o poniéndose en
tensión, porque en la cara es donde más músculos hay y a esa mirada breve y
probablemente inocente que me dirigirían, tendría que responder con una máscara
de sinceridad total. Hay veces que un solo pensamiento puede ensombrecerte el
rostro y crear un pequeño caos a tu alrededor. El problema es que por mucho que
actúes —porque eso no es un problema, uno se acostumbra a vivir actuando hasta
tal punto que se le haría raro volver a comportarse guiado por su amasijo de
deseos e instintos naturales—, por mucho que logres una ligera felicidad a tu
alrededor y te convenzas de que con ella tú puedes estar tranquilo, sigues sin
poder hablar con nadie. ¿Y de qué quieres hablar? Vete a un psicólogo, ten
amigos, conoce a alguien en un parque o en un bar (o en el transporte público,
la respuesta siempre es el transporte público: si quieres ver a la sociedad,
línea 6; si quieres ver el progreso, línea 3; si quieres ver dinero, línea 2;
si quieres hacer introspección, línea 10 al caer la noche; si quieres verme a
mí, el autobús verde), pero para entonces ya dará igual, lo que quieres hablar
tampoco entiendes que se pueda hacer, contigo, tal vez, si te clonases o si
forzases tu mente a dividirse en distintos tertulianos, pero buscas aire
fresco, pero un aire fresco en el que…
—Papá.
Le miro, me mira.
Menudos ojos tiene, me sale pensar que de su madre, pero su madre no tiene esos
ojos. Algún día verá nubes y columpios y ovejas pintadas con ceras en las
paredes pero juraría que ahora este niño me mira el alma, te mira y se acabaron
las máscaras que a la madre, la familia, los amigos y compañeros de trabajo
logran engañar.
—¿Sí?
—Mamá te llama.
—Ya voy.
Y se va. Se gira y se
va. Viene, me desmonta, se gira en redondo y se va a sentar cerca de la
televisión a ver los dibujos. Cualquiera le dice así que se va a dejar los
ojos.
Me apoyo en el marco
de la puerta de la cocina y a punto estoy de preguntar “¿me llamabas?” pero
menuda mierda de pregunta, no aporta nada más allá de iniciar la conversación,
la cual va a iniciar ella de cualquier manera, de otra forma no hubiese mandado
a Nico, me habría pegado un grito, pero parece no querer arriesgarse a que me
haga el sordo. Me da la espalda y está cortando algo, por el olor diría que es
cebolla o cebolleta, lo que podría explicar en un futuro inmediatísimo sus ojos
llorosos, ¿o con la cebolleta no pasa? La miro cortar, o más bien la imagino
cortar, porque si me da la espalda el hecho de cortar no lo veo; veo su espalda
mientras corta. Increíble lo que se mueven las piernas, los brazos y la espalda
—incluido trasero— de alguien que corta algo con cuchillo sobre una tabla. Para
mi sorpresa no habla al oírme llegar, porque me ha oído, me he encargado de
ello. A punto estoy de hacer la pregunta dichosa, de hecho la hago sin sonido,
muevo los labios pronunciándola lentamente, hasta que me detengo pensando que
si me ve gesticular reflejado en la tostadora o el microondas podría pensar que
me estoy dedicando a lanzarle dardos, malditos electrodomésticos.
—Tienes que ir con
Nico a comprar.
El tiempo transcurrido
antes de una respuesta así, porque es respuesta aunque no haya pregunta, me
hace sugerir que le pasa algo, que está mal conmigo, pero claro, tampoco está
muy mal, no es nada gordo, son nimiedades o detalles, cosas pequeñas que hace
uno mal o, más frecuente, cosas que uno deja de hacer o debería hacer. El buen
marido que soy debería intentar animarla ahora, arrancarle una confesión,
correr a arreglar lo que sea, volver a animarla y llevarme a Nico a la compra,
pero decir que soy un buen marido es una prepotencia, porque marido soy —y ojo
que solo me atrevo a decirlo porque hay juez y papeleo de por medio— pero lo de
buen es un título que ha de entregar un tercero, y yo ya estoy muy cansado.
—¿A comprar qué?
Menos mal que el
pensamiento va tan rápido, si no hubiese tardado diez minutos en contestar.
—La lista está bajo un
imán de la nevera, pese a que te cueste recordar apuntar ahí las cosas.
Esas, esas pequeñas
cosas son las que machacan el ánimo.
—Pero iré más rápido
sin Nico.
—Pero yo estoy
cocinando y no me puedo ocupar de él —me dan ganas de hablarle de lo de antes,
de la mirada, de que nos morimos y este niño le sobrevive a la raza humana—.
Además tiene que salir un poco, si no se cansa no hay quien le duerma.
—Mm.
—Pasas muy poco tiempo
con él.
Tarde, muy tarde por
mi parte. Si en vez de haberme quedado pensando hubiese soltado un par de
argumentos más ella hubiese claudicado y Nico se habría quedado. Sé que está
mal ganar por agotamiento ajeno, pero es que es tan fácil, tan fácil. Y lo
otro, lo de que no paso tiempo con el crío, ¿ella acaso sí? Nos turnamos para
atenderle, para llevarle al colegio, a jugar… y luego nos ponemos de acuerdo
para aislarse cada uno en un lugar de la casa siempre que podemos, pero claro,
a ver quién es el valiente que le saca el tema, casi parecería una discusión
sobre quien le quiere menos.
Pero claro —y esto ya
lo pienso mientras despego a Nico de los anuncios, le cojo un cuaderno para
colorear, le ato al asiento trasero (porque tanta silla y tanto cinturón es más
atadura que las cadenas de un felino) y partimos mientras intento crearle la fantasía
de que tenemos encomendada una misión de vital importancia— cómo le digo yo a
Clara que estoy menos con el niño de lo que debería porque me da miedo, porque
me desvela miedos a la vez que me recuerda otros. Que me recuerda a ella misma,
sí, a la propia Clara, que a cada rato que le miro me dan ganas de preguntar “¿y
tu madre?”, porque de alguna forma es como si él pudiera verla del otro lado,
pasada esa muralla que tengo yo de pequeños enfados, pequeñas discusiones,
pequeñas molestias y se encontrase él ante la realidad, ante el motor que dejó
de funcionar y que se intenta mantener girando de forma manual.
«Yo no valdría para
pederasta —pienso—. Me encontraría con el niño en un parque o en un callejón
(¿qué iba a hacer el niño en un callejón?) y me saldría preguntar “¿dónde están
tus padres?” y si lo sabe es que están cerca, y si no le ayudaría a buscarlos.»
Llegamos al
supermercado y Nico me hace notar que le gustaba más al que íbamos antes porque
el parking estaba encima en vez de debajo, no puedo sino darle la razón. Cuando
le saco del asiento trasero intento fingir los sonidos de un astronauta en el
espacio, pero ni me salen bien ni se muestra él por la labor. Sin embargo
recibe de buen grado el cuaderno para colorear, el problema es que no hay
lápices de colores. Busco en mis bolsillos y le procuro un bolígrafo azul y
otro rojo, los mira muy detenidamente y me dice:
—No te preocupes,
papá, me las apañaré.
Entramos, yo le doy
nombres fáciles de la lista y él corre a buscarlos. Y allí, moviendo despacio
el carrito, teniendo que desandar los pasillos por no haber encontrado lo que
buscaba al ir distraído, decido enfrentarme a lo que me carcome. O por lo menos
decido aproximarme a ello.
López salió de copas,
eso me contó por teléfono. Salió por sitios caros que fueron perdiendo la
calidad según avanzaba la noche. Mientras López relataba los bares y garitos yo
me pregunté si aún me apetecerían esas cosas, pensé en Clara, en Nicolás y en
que he llegado a dormirme perpetuamente bajo la colcha de la vida tranquila —al
menos por mi parte, porque como Nico no esté cansado, al llegar la noche
aquello es el caos—, pero claro, luego uno piensa en que lo interesante ocurre
fuera de su zona de confort… Y bueno, que me cuenta López que unos amigos le
acabaron por llevar a uno de esos sitios donde sabes que sin un guía jamás
sabrás volver a llegar. Allí conoció a mucha gente interesante, pero en un
momento concreto, como puestos todos de acuerdo, se apartaron dejando un
pasillo que le permitía ver la mesa del fondo. «¿A que no sabes a quien vi allí? ¡A
María! No veas qué guapa, diría que los años le han hecho bien, algo así como
si lo que tuviera antes se hubiese consolidado ¿me explico? Bah, da igual tío,
lo importante es que…». Y así me contó cómo habían hablado, cómo habían bebido
y cómo habían acabado en un cuarto. Él reía y se explanaba en detalles, creyendo
que me gustaría saberlo todo de la historia, y estaba en lo cierto, pero no
quería saber esas cosas por alguna especie de morbo, las quería conocer por no
quedarme en indeterminaciones, quería saber que se acostaron, y que ella era consciente,
quería ver cómo mi recuerdo parecía ser una fotografía en papel que una mano
arruga para volver a abrirse y que éste intenta recuperar su forma pero con
arrugas que ya no se irán. Además López, como si tropezase sin querer con la
dinamita, se le ocurrió hablar de la mañana siguiente, el último bastión donde
ella podría haber sentido asco, pero no, me contó que hubo más besos y más
piel. No tenía sentido por mi parte ponerse así y por eso las reflexiones del
principio ¿de qué iba a hablar en caso de tener con quién hablar? De hecho no
tenía sentido nada en todo aquello, yo sabía que María no era virgen y la
lógica la seguía colocando en el centro de aventuras ocasionales, pero… Tal vez
era el saberlo, el no poder escapar de la realidad, o que fuese con un imbécil
como López o el llegar allí por causa del alcohol, matando todo romanticismo,
el romanticismo que me hubiese gustado que existiese al acostarme con ella. De
pronto Nico enfrente, mirándome, llega y el puzle se resuelve, además, me mira
con unos ojos… ¿hasta dónde sabrán los niños? ¿Hasta dónde sabrán realmente?
—Mira.
Miro
y veo ceras, lápices de colores, rotuladores y un par de bolígrafos, además
todos con aspecto de usados, nada de que los haya sacado de alguna caja que
vendan en el pasillo siete, junto a cosméticos. Me vuelve a la cabeza la imagen
del mundo en ruinas y Nico ahí, encima de los escombros, pintando.
—Toma,
ve a la pescadería.
—Pero
allí hay que hablar…
—Pero
aquí tienes escrito qué tienes que pedir.
—Es
que huele mal…
—Piensa
que hay pulpos y langostas y peces planos que se arrastran por los fondos
marinos.
Y
allí va. Entonces, ¿es eso, Nico? ¿Me quise-quiero acostar con ella o es algo
más, un sentimiento? Menudo niño, sangre de oráculo. Veo cosas mías en él, pero
si no fuera por el parto dudaría de la maternidad.
Puede
ser que María aún está allí, sola en cuanto a relaciones, y yo estoy aquí, con
mujer e hijo. Tal vez si estuviese solo podría reanudar con ella algo que hace
tiempo se perdió, un juego, ese juego que yo no sabía a dónde podía llevar pero
sí a dónde deseaba que llevase. Tal vez le reprocho en silencio que no me espere,
y digo en silencio porque todo esto es el mayor de los absurdos, rozando la
locura. Ahí vuelve Nico.
—¿Lo
cogiste todo?
—No
había pescadilla.
—Una
pena.
—¿No
cogemos otra cosa?
—Te
confiaré algo: no tengo ni idea de pescados.
—Pues
llama a mamá.
—Es
que me he dejado el teléfono en casa.
Mentira,
desde luego, pero sería fácil que me acabase reprochando mi dependencia en
ciertos temas y otro grano más a esa muralla que dilata las conversaciones y
evita hablar de los problemas como tal.
—Nicolás,
imagínate que tienes un amigo, o una amiga, y sois muy amigos, jugáis mucho los
dos. Sin embargo tú empiezas a jugar con otros niños y él también hasta que
dejáis de jugar entre vosotros. Un día vas al parque y ves a ese niño jugando
con otros niños a los que acaba de conocer, ¿te molestaría?
—No,
porque ya no somos amigos. Pero tal vez sí le echaría de menos.
—Mm,
entiendo.
—¿He
acertado?
—¿Cómo?
—Que
si he dicho la respuesta correcta.
—Claro,
tú siempre dices las palabras que hacen falta.
Y
entonces nos vamos a casa, a cenar algo con cebolla y sin pescado. A casa: un
edificio, Clara, Nicolás y todas las cosas que se quedaron fuera.
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