viernes, 26 de mayo de 2017

Las plumas por el suelo de la sala

y me daba vergüenza que me vieran las alas.
                                             Gloria Fuertes



La música de ambiente había hecho tan bien su trabajo que ya ni se oía, ahora era algo más, como el suelo brillante o las ventanas tintadas. Los murmullos y las risas eran ahora la verdadera música de ambiente. Yo había llegado invitada, casi arrastrada, sin recordar bien cómo había acabado por encontrarme sentada en aquel sofá, con aquella copa en la mano, entre aquellas personas tan bien vestidas a las que una no puede imaginarse existiendo fuera de un local como ese, con otra ropa y en labores cotidianas. Me molestaba lo de la espalda sentada en aquella postura y no dejaba de moverme de la misma forma que cuando descubres tarde en la ropa una etiqueta que no deja de rozar. Todos vestían tan bien, hasta el camarero parecía vestir mejor que yo, y sin embargo nadie me miraba, ni quien hablaba en cada momento ni el resto; no dejaba de fijarme en sus rostros buscando descubrir aquel que me mirase y cuya mirada fuese subiendo por el pecho, solidificando la sonrisa, hasta el hombro, y entonces un poco más allá. Lo cierto es que no había caído hasta que me senté y me di cuenta por la molestia, sin embargo me habían invitado desde un principio, sabiéndolo porque era evidente, aunque siempre quedaba la posibilidad de que quisiesen el espectáculo, reírse de mí, de hecho la sala y la gente parecían idóneas para ello, ellos y yo, alguien tan diferente que era imposible sentir lástima. Sin embargo nada pasaba, me aventuré a participar en algunas conversaciones, a beber por hacer algo con la copa, y hasta mi anfitrión pareció sonreír como indicando que por eso me había traído, no por lo que se podía ver sino por lo que podía aportar. Pero en un momento dado entraron más personas, entró una mujer morena, una de esas personas cuyas miradas lo abarcan todo enseguida y parecen enmarcar a cada persona en un rectángulo privándola de todo, dejándola indefensa. Estuve segura entonces de que en aquella postura se me veía demasiado, así que empecé a moverme intentando ocultarlo, pero la persona que tenía al lado creyó que me quería levantar y se levantó a su vez dejándome paso. Por un momento todos me miraron, y yo no sabía cómo decir que no, que no quería levantarme, que solo intentaba ocultar aquello que todos veían y sobre lo que seguro hablarían más tarde. Lo más natural me pareció levantarme, seguir la escena, porque no hay nada más difícil que no seguir lo que se espera que hagas dentro de un contexto social, pero una vez de pie me pregunté qué hacer, porque de pronto me sentía desamparada allí, en el pasillo entre las mesas. No podía ir a la barra porque el camarero siempre estaba al alcance de la mano, tampoco podía marcharme sin haber dicho nada antes de levantarme y con la mujer reciente mirando. Solo me quedaba ir al baño, al otro lado de la sala, con la espalda completamente a la vista, enseñándoles a todos las alas. Llegué caminando con pasos cortos, como con miedo a caerme, con la sensación de cuando intentas evitar que suene a goma cada paso de un calzado mojado. En el baño me lavé la cara y me encerré en una cabina, ahí quise gritar y extender las alas, pero no había espacio, me hacía daño que chocasen contra las paredes y se quedasen en ese ángulo artificial, casi roto. Antes de salir pensé que lo mejor sería caminar hasta la mesa, decir sin sentarme que tenía que marcharme y terminar de cruzar la sala, pero antes de terminar de concienciarme, entró alguien y me sentí obligada a salir. Con la luz distinta me pareció que todo el mundo se callaba y me miraba, que sus miradas se repartían en cada ala. La mujer morena sonreía comentando algo en el oído de su acompañante, entonces él me miró y yo caminé apresura, casi corriendo, hasta mi mesa, donde después de sentarme pasé discretamente las manos hasta la espalda y ahí tiré de la punta de las alas hacia abajo, rogando por dentro que dejasen de asomar por encima de los hombros. Tiré de ellas todo lo que pude y al final, para asegurarme de que quedaban bajas, me senté encima. El dolor me humedeció los ojos. La gente bebía y me miraba; hablaba y me miraba; sonreía, me miraba y mantenía la sonrisa como buscándole otras formas. Seguro que la mujer callaba lo que estuviera diciendo para sonreír al ver cómo me levantaba y volvía al baño, esta vez sí con la extrañeza de mi grupo. Allí, delante del espejo, extendí las alas. Eran bien bonitas, lo pensé así, en pasado, mientras el cuchillo hurtado de la mesa, mientras las plumas caían como años. Luego volví a la mesa, mucho más tranquila. Notaba la espalda húmeda, pero por primera vez en mucho tiempo me sentí integrada.

Los desmontables

Cuando se abrían las puertas y volvían a la ciudad los soldados, al niño le gustaba mirar a los mutilados, que con la cabeza gacha iban sentados en los carros, escondidos tras los caballos. El niño siempre veía miembros cercenados, siempre igual, siempre la falta de piernas y brazos. Se ponía de puntillas esperando encontrar algo nuevo; le impresionaba la imagen de un soldado sin cabeza, ya de baja, volviendo a casa una mañana tras comprar el periódico y dar un paseo. Sentado en la mesa, después de rezar y empezando a comer, miraba la silla vacía y se imaginaba una taza levantándose sola y el sonido de ser sorbida: a su padre le estalló una granada.

martes, 2 de mayo de 2017

Quiquiriquí

El día empieza con el gallo atado junto a la cabecera de la cama. Si no quieres que te despierte en cuanto salga el sol, que es a lo que está acostumbrado, debes domarlo mediante vasos de agua la noche anterior. Es recomendable hacer lo de los vasos justo antes de acostarse, porque luego ya será imposible restar un vaso. Mamá te saludará en ruso porque está estudiando ruso, papá sigue en su irrefrenable tarea de buscar tabaco y si es día uno te llamará para decirte que aún no lo ha encontrado. La hermana está o bien en el cuarto con el novio o bien en el cuarto del novio con el novio. La Novia te habrá enviado dibujos de corazones o magdalenas con dibujos de corazones gratinados o, si es vuestro aniversario, habrá alquilado una avioneta y tendrás un corazón en el cielo. Desayuna deprisa, que el día es largo, y déjate la mitad de la comida, que aunque nadie te lo ha encargado estás al cargo de alimentar al amante, que vive desnudo en el armario de la hermana. Si aún hay tiempo (no te fíes nunca de ningún reloj de la casa, siempre es mejor comprobar la hora en internet o en la plaza de Sol) puedes saludar a tus vecinos y cortarles el césped quedándote un poco por los servicios. Si es otoño te recomiendo que te hagas una corona de hojas y si es otoño pero no hay hojas te recomiendo que no salgas de la cama en todo el día y abraces al gallo como si fuese una muñeca hinchable y tú un señor hinchable. Coge el metro en la siguiente parada a la boca de metro más cercana, porque has visto muchas películas y leído un libro y sabes que es probable que te estén esperando ahí si por algún motivo alguien te está esperando para matarte. Si sospechas que alguien puede estar trazando un plan para matarte es recomendable que le llames, os toméis un té y solucionéis las cosas. Si a pesar de la Novia hay una gitana muyguapamuyguapa que te gusta mucho y vende clínex en una esquina, deberías tener una maceta en tu cuarto, junto al gallo, en la que plantes flores blancas o violetas y cada mañana le lleves una, y si algún día no quedan flores en la maceta deberías ir al cementerio, donde la gitana madre de la gitanilla vende flores, y comprarle algunas a los ojitos de tu alma. Como últimamente en el metro hay una persona pidiendo en cada vagón suelo recomendar llevar un instrumento o una pierna rota e ir pidiendo porque un pedigüeño nunca le pide a otro ni hay dos a la vez en el mismo vagón. A estas alturas la Novia te habrá llamado tres veces, si no sabes qué decir dile que la amas, que es tu vida, que te encantaría hacerle el amor y que no hay cobertura en el tun… Luego volverá a llamar y ya le puedes decir que el otro día viste una película de dragones y que te encanta ver edificios arder porque siempre te han parecido estremecedoras las películas de bomberos. Llegados a este punto si trabajas mucha suerte, si vas a clase no vayas a clase, ve a la biblioteca o sala de estudio o similar y ponte con la tarea pendiente, ponte con los resúmenes, los esquemas, los subrayados, los rayados, los aliñados, las especias, la cocción lenta sin dejar de remover, el servido en vajilla buena, las velitas, la Novia diciendo que qué haría sin ti, el cocinero despedido diciendo que qué hace sin ti, tú diciéndote que qué coño estás haciendo y la lectura del libro de Platón, porque da igual lo que estudies, has de leer a Platón y sus movidas, en especial esa de la cuadriga por los cielos. Lo gracioso será que para cuando hayas terminado ya habrán terminado las clases, volverás a tener tarea pendiente y como siempre se te olvida el marcapáginas, mañana tendrás que volver a empezar el libro (buena suerte). Una vez libre has de esquivar a tus amigos para que te echen de menos y les des la posibilidad de tener un calendario en el que tachar los días en los que no te ven. También ahora es bueno que busques a la Novia y os queráis un poco. Cuéntale lo productivo del día y si eres de los que tratan de conquistar a la gitanilla cuéntaselo con pelos y señales alcanzándole un clínex, si se pone a llorar, de los que le has comprado a la gitana esa misma mañana. Cuando vuelvas a casa mamá te saludará en alemán, porque se ha cansado del ruso, y tú le pondrás responder con un corte de mangas o regalándole la flor que has llevado todo el día en el ojal por no habérsela podido dar a la gitana porque ese mismo día ha dado la mala suerte de que la han deportado al país de los gitanos. Como estarás cansado puedes cenar o ir directamente a la habitación de la hermana (cerrando los ojos y diciendo perdón-perdón-perdón si está con el novio) y dar un beso de buenas noches en la frente del amante. Después, en tu cuarto, sería lo suyo que fumases lentamente un cigarrillo, acordándote de los ojos de papá y maldiciendo que todas las fotografías de la casa estén en blanco y negro. Después recuerda darle cuerda al gallo y a dormir.

El lobo

Y con éste termina la colección de "los cuatro cuentos que te cuento".


Supe de un perro llamado Aquiles que le desgarró la garganta a otro llamado Héctor, y de uno llamado Weasley que se peleó con uno llamado Draco. Y es que los perros parten de la imaginación del hombre.
Por una razón desconocida, en la feria ganadera de Copablanda, el hijo de un pastor, que debía traer un perro para pastorear a las ovejas, compró un lobo. Era aún un cachorro y sus dueños no sabían qué metían en casa, aunque el gato doméstico sí pareció darse cuenta con su repentina desaparición. Al poco tiempo, ese mismo hijo se trasladó a la ciudad para continuar sus estudios, y como el lobo no parecía llevarse bien con la granja, le dejaron llevarlo con él. Allí, en la ciudad, el lobo se hizo hombre, digo perro, digo adulto, y sus increíbles estallidos de violencia fueron aplacados con golpes en el hocico, venidos de la enseñanza de los perros. El lobo se sentía ciertamente fuera de lugar. Era curioso ver a los demás canes cuando el hijo del pastor le sacaba a pasear, grande y de pasos lentos, perros y mendigos parecían ofrecerle pleitesía. Por las noches, el incondicional coro de ladridos era acallado por un único aullido, venido, sin duda, de la televisión. Sin embargo no atacaba, miraba como si lo fuese a hacer en cualquier momento, pero no atacaba. Si le pedías la patita cobraba mayor seriedad si cabe y la patita acababas por dársela tú.
El hijo del pastor volvió a casa para enterrar sus estudios y los pájaros echaron a volar cuando el animal descendió del coche. El pastor, que se había tornado duro con el hijo y su mascota, puso al lobo a pastorear a las ovejas. Desaparecieron los zorros, pero las ovejas siguieron muriendo por motivos inexplicables. Recordando las aceras, en una ocasión, el hijo del pastor salió a pasear al bosque cercano, llevándose a su compañero con él, a pesar de las advertencias del padre de que aquella era época de lobos. Y efectivamente, al llegar a la cumbre perlada, les rodearon los gruñidos. Cinco bocas enseñaron los dientes y, sobre el peñón, el lobo blanco se irguió aullando. El chico empezó a temblar, y el lobo hizo lo único que podía hacer, empezó a ladrar.

sábado, 29 de abril de 2017

Algo sobre alguien

Algo pasaba con la habitación 33, cuando llevaron allí a un paciente con neumonía se encontraron con las dos camas ocupadas cuando en las hojas de la enfermera jefe solo figuraba el hombre de las quemaduras de segundo grado. De la señora de al lado, que presentaba numerosas heridas y huesos rotos, no había constancia. La enfermera que habló con ella dictaminó que su ingreso en el hospital sí debía haber sido registrado pero que se habrían extraviado los documentos, así que allí mismo volvió a tomar nota de sus datos en unos papeles que también terminarían por perderse. El hombre de las quemaduras, al que le habían inmovilizado el cuello y no alcanzaba a ver la televisión, entabló entonces conversación con ella. Al parecer, le contó, ella se encontraba cruzando un paso de peatones, de día y con buena visibilidad, cuando un vehículo la arrolló entre lágrimas y lamentos del conductor que juró no haberla visto. Después pasó a contarle su historia, y mientras lo hacía, los enfermeros que traían la comida solían traer el menú de él pero tarde recordaban haber vuelto a olvidar el de ella. Ella estudiaba en la universidad, iba a curso por año y su vida había sido siempre exageradamente simple. Hija única, pasó mucho tiempo en casa sola cuidando de sus muñecas, de un perro al que no lograba despertar y de una televisión cuyo mando en sus manos parecía no tener nunca pilas. Su único deporte fue el ajedrez, donde el rival perdía siempre al acabársele el tiempo mientras esperaba distraído que ella realizase un movimiento que ya había hecho. En la universidad tuvieron que aprobarla a la fuerza en más de una ocasión por haber perdido su examen, y en clase, a pesar de vestir siempre colores muy vivos, compañeros y profesores se sorprendían siempre creyéndola nueva. Esta historia fue la que le contó al hombre de las quemaduras, que la escuchó sin distraerse, que se recuperó antes que ella y que nada más salir del hospital un pitido náutico de un autobús interurbano le hizo olvidarlo todo, porque menudos son esos ruidos.

Así de pronto

Así de pronto aparece y todo parece difuminarse un poco. Lo suelo prever, verlo venir, porque una angustia me toma el pecho. Luego las cosas tiemblan, se difuminan y aparece. Yo miro a la gente, a sus ojos desviados que no quieren girarse para ver su muerte inminente. Entonces trago saliva, saco el arma, me levanto y ataco. Siempre gano por la costumbre, porque la criatura parece indecisa mientras nos mira a todos nada más aparecer. Luego, manchado de sangre, aprieto los ojos, porque el cuerpo, el arma y la sangre desaparecen y mis compañeros solo ven a alguien que acaba de levantarse y moverse por el aire como un loco. Cada vez que todo vuelve a temblar, a difuminarse, yo les miro, esperando a que por una vez giren la cabeza y vean aquello antes de que yo salte a matarlo y luego se asombren y me pidan perdón, que por una vez abran la boca sin enseñarme los dientes. Entonces espero hasta el último momento, hasta que corren peligro, y ahí ya no puedo evitar sacar el arma y atacar.
Fue cosa mía pensar que igual las risas tenían razón, que estaba loco. Así todo se volvió difuso y yo apreté las manos. La criatura fijó su mirada en cada uno y se movió. Yo permanecí quieto, pensando que aquello no era verdad, que pronto desaparecería y que nadie me volvería a mirar. Pero la sangre saltó, entonces hubo gritos y yo permanecí muy quieto en mitad de aquello, pensando que ojalá esta sangre también desapareciese.

Whistdance

El estilo musical whistdance recuerda a muchos al jazz por aquello de nacer en las calles y trepar por los muros. Su origen, sin embargo, es mejor; no hay de por medio cuestiones raciales o políticas, es más, la persona del punto de mira fue un muchacho blanco de estudios medios. Resulta que en Holanda, más concretamente en Ámsterdam, se decretó que sería sancionado con multa el acoso callejero, esto es, los piropos y expresiones no deseados destinados a mujeres. El chico en cuestión vio venir a una mujer desde el otro lado del canal, y esperó a que cruzara para lanzarle un profundo silbido. Pero antes de que éste decayera, advirtió de la presencia de dos policías que desde ese mismo lado del canal supervisaban el reflote de un coche que había caído al agua. Su mirada derivó entonces al cielo y cambió la nota mientras empezaba a dar palmas moviendo los pies al ritmo, con tan buena suerte que una pareja de turistas se detuvo para mirarle y hasta la chica de antes se giró para ver qué era aquello que sonaba bien y parecía querer levantarle la falda. Pero uno de los policías comenzó a caminar hacia él, era padre de dos niñas y quería hacer todo lo posible por adecentarles el mundo mientras estuviera de servicio. Entonces ocurrió el milagro, el chico ya se ahogaba en su silbido cuando un músico callejero, violinista, negro, magnífico, se le sumó con una nota leve que le permitió coger aire y continuó junto a él sin dejar que su acompañamiento cubriese la melodía. Unos cuantos curiosos adictos a las redes sociales se fueron congregando junto al muchacho y junto al violinista, que tocaba desde el otro lado de la calle, como respondiendo a preguntas hechas por pájaros. Lo más curioso es que esta música nunca le llegó a gustar a la chica de la falda, ella la sentía como una esponja húmeda que le restregasen contra el cuello.

viernes, 21 de abril de 2017

Benicàssim

Yo había temido el viaje en autobús, los silencios incómodos provocados por estar tanto tiempo obligados a estar juntos. Sin embargo ella se sentó junto a la ventana, giró el rostro y estuvo dormida la mayor parte del camino. Yo abrí un libro, no me gustaba y lo leía distraído. Las imágenes que iba leyendo iniciaban nuevas historias en mi cabeza, y cuando volvía al libro resultaba que había pasado varias hojas leyendo sin leer. Me gustaba el color de las hojas, eso sí. En algún momento ella me miró y yo dejé de leer sin dejar de mirar el libro, esperando que me hablase, pero solo se puso a escuchar música y acabamos llegando a nuestro destino.
No había demasiada humedad, pero la sal se dejaba oler. Para tan pocos días no llevábamos más equipaje que un par de mochilas. Yo la guié hasta la casa, que se encontraba cerca y desde donde se veía la playa. Ahí sonrió por primera vez: el amplio salón con cristales por paredes, las dos terrazas, las camas en que dejarse caer. Salió a la terraza y se apoyó en la barandilla, mirando al mar, a los barcos detenidos en un punto en el que no se diferenciaban el cielo y el mar, dándoles una imagen de figuras irreales colocadas sobre la nada. No hacía demasiado calor, me disculpé por ello y ella me reprochó que no me disculpase por aquellas cosas.
Después de que saliese del baño le propuse ir a comprar. La tienda más cercana era pequeña y más cara, pero los supermercados estaban demasiado lejos como para volver andando cargados con las bolsas. Le pregunté qué desayunaba, compré los ingredientes de los platos que pensaba preparar y me hice también con mucha fruta. El pan lo compramos en una panadería en donde el dueño me conocía y me preguntó si éramos novios, yo me puse rojo diciendo que no y ella le dedicó una sonrisa ejemplar. Una vez en casa ya le pregunté qué habitación quería. Había dos con camas de matrimonio y una con dos camas individuales. Ella me dijo que le daba igual, que eligiera yo, pero sin duda una de las habitaciones de cama grande era mejor con diferencia porque era la única desde donde se veía el mar, así que así se lo indiqué, respondiéndome entonces que me quedase yo con ella. Al final le propuse, en una especie de tono de broma, dormir los dos en aquella cama, y ella me dijo que sí. Después preparamos un almuerzo rápido consistente en una ensalada de brotes tiernos con trozos de tomate y una lasaña ya hecha que solo había que calentar. Comimos en la terraza en la que daba el sol. Hablábamos poco porque teníamos mucha hambre y no dejábamos de masticar, pero luego se me ocurrió servir vino y así ya fuimos tragando mejor la comida y empezamos a hablar. Se me había olvidado preguntarle qué le había dicho a su madre, así que me contó la historia del grupo de amigas —muchas más chicas que chicos— con las que había ido a casa de una de ellas. Entonces yo me llamaba Inés y tenía un año menos, le pedí que me enseñase una foto de quién iba a ser aquellos días y me decepcioné con el resultado. Cuando ella me preguntó qué había dicho yo en casa, dije la verdad: mamá, me voy a la playa con una amiga. Después le conté como si fuera una historia la escena de la obra de teatro que acababa de leer hacía unos días y a ella le asaltó la risa, haciéndome sentir realmente bien al imaginar la risa como una cascada dorada que caía por la terraza hasta el jardín, llenando la piscina ahora vacía y dando envidia o pequeña felicidad a quienes la escuchasen. Después de comer me dijo que quería echarse media hora, le contesté que me parecía perfecto que se molestase en catarme la cama, y en cuanto oí cerrarse la puerta saqué los platos del lavavajillas y los lavé a mano. Al levantarse me encontró leyendo en la terraza, pero acababa de coger el libro, antes había estado fotografiando los barcos y a los niños que se veía jugar en la playa de piedras. Ella traía el mismo rostro de cansada. Le acaricié la mejilla y no se inmutó, yo me sentí bien. Decidimos dar un paseo; «por la derecha —le dije— llegas a la ciudad; por la izquierda, al pueblo; y en línea recta te conviertes en Alfonsina». Como a la noche íbamos a ir al pueblo, decidimos caminar por el paseo marítimo en dirección a la ciudad, que a nuestro ritmo no íbamos a alcanzar. Yo le estuve contando de cuando una pareja de halcones anidó en lo alto de uno de los tres edificios de la urbanización, tuvieron crías y diezmaron la población de palomas. También le conté el episodio, que me habían contado a su vez, de cuando una noche de tormenta el viento sopló tan fuerte que la mesa de la terraza se elevó de forma completamente vertical, como si mediase la magia, y fue lanzada con fuerza contra el árbol de delante de la casa —ahora parcialmente talado para no estropear las vistas— haciéndose pedazos. Ni que decir tiene que la nueva mesa era de plástico.
A la vuelta del paseo reservamos la comida del día siguiente en un sitio de paellas, ya anunciado antes del viaje, donde no tenían estrellas Michelin pero ni le importaba a los del lugar ni a los comensales que siempre desbordaban las mesas. Cenamos en el Botamara solo porque era la primera vez que no presencié cola en la puerta, y como era tan caro y había mediado mi cabezonería, ella me dejó invitar. A la noche fuimos caminando hasta el pueblo porque era el día de los tambores. Nos reímos a gusto bebiendo cerveza cuando el pregón empezó a anunciar todas las asociaciones culturales “de tambores y bombos” que habían acudido de toda España para poder tocar por primera vez sin demandas de ruido de por medio o sin tener que salirse de sus localidades para poder practicar su arte. Luego tocaron y pensé que había dejado de ser niño cuando vi a estos tapándose las orejas con las manos mientras que a mí solo me sangraba el oído derecho. A ella le impactó mucho, le pareció algo curioso pero no supo decirme si le había gustado o no. A la vuelta, caminando y tras otras pocas cervezas, le conté aquella ocasión en la que me encontraba solo de noche en el balcón y empezó una tormenta sin lluvia, solo de rayos y truenos: «Los rayos se quedaban un rato dibujados, como para que apreciases sus detalles que los hacían parecer raíces o ramas de un árbol, pero aun siendo tan bonitos lo impresionante eran los truenos, que sonaban largos y devastadores, como si en cualquier momento se fuera a resquebrajar el cielo.»
En casa no tardamos en ir a dormir, ya fuera por el alcohol o por ese sueño perenne que se tiene los primero días que dejas de estar a mil metros sobre el nivel del mar. A raíz de esto le cité un párrafo de la misma obra de teatro del mediodía, contándole de paso detalles de la representación, pero estos ya no le interesaron tanto. “Lástima, porque el tren es el único modo humano de viajar. El avión se parece a un milagro, pero va tan rápido que una llega con el cuerpo solo, y anda dos o tres días como una sonámbula, hasta que llega el alma atrasada.”
No se echó atrás y dormimos en la misma cama. Pero solo dormimos. Yo estuve pendiente de si la casualidad le hacía rodar hasta mí o si notaba su aliento cercano, pero creo que ella pensaba solo en dormir y durmió. Después me asaltó el miedo de que después de tantos años me volviese a salir el ronquido nocturno y la idea me tuvo en vela hasta las tres de la mañana. Esa noche soñé que en vez de grúas, el puerto y los barcos de la bahía tenían elefantes gigantes que levantaban las mercancías con sus trompas.
Al día siguiente no oí la alarma que me había puesto, pero me desperté cuando ella se levantó para ir al baño. Corrí entonces a preparar el desayuno que había pensado, pero ella se presentó en la cocina antes de que hubiera terminado y no pude evitar que me ayudase: café, zumo, fruta, tostadas, galletas y un maravilloso tomate para untar en el pan, todo presentado de una forma pretenciosa pero tierna.
Esa mañana fuimos a la playa. El sol había mejorado y quemaba dulcemente. No sé si ella se echó crema, yo desde luego no lo hice. Como la playa de arena estaba llena de gente decidimos ir a la de piedras —piedras pequeñas, como tú—, así que bajé dos sillas de plástico plegables. Una vez instalados ella se quitó la camiseta y los pantalones cortos. No la recordaba, no la recordaba de aquella forma y simulé que mi repentina excitación se debía al grupo de tres chicas que tomaban el sol habiéndose quitado la parte de arriba de sus bañadores. Ella me hizo un comentario malicioso y yo le dije, probándola, que es que la playa me mantenía el libido en auge, pero no mordió el anzuelo. Entonces, aunque el agua estaba fría, me interné hasta la cintura e imaginé a una persona tumbada bocarriba en una cama y a otra encima, tal vez haciendo un masaje. No sé si llegó la niebla o es que el agua a mi alrededor empezaba a evaporarse.
La paella nos gustó, estaba realmente buena y me animé a empezar con aquello de las propinas. Había ruidos y manteles de papel predispuestos a mancharse, pero estuvimos hablando, ella empezó a contarme cosas y yo supe cuándo callar. Fue una de esas cosas buenas que llegado el momento se recuerdan y le calman a uno.
Por la tarde ella quiso comprar un cuaderno. Encontramos una librería-papelería que si no había cerrado era porque el dueño mantenía un encendido debate desde hacía dos horas con un vecino suyo y contrincante de toda la vida. Mientras ella estaba dentro yo compré dos pulseras, me puse una y guardé la otra. Cuando ella salió no me enseñó el cuaderno que ya había guardado y yo oculté mi pulsera nueva estirando la manga. En casa fue ella la quien ocupó la terraza mientras yo consultaba los libros de la estantería del salón. Encontré uno que no conocía y que tenía muy buena pinta, lo empecé a ojear ahí sentado y me dije que era una pena que no fuera a tener tiempo de leerlo. Llegó la noche y los barcos anclados en el horizonte encendieron sus luces. Me parecieron detalles preciosos y estuve un buen tiempo haciéndoles fotografías de las que más tarde podría comprobar que estaban movidas sin que se salvase ninguna. Ella seguía escribiendo. Yo sabía que no le gustaba el pescado, pero venía preparado: hice filetes de atún a la plancha con ajos fritos y aceite. Recordaba a mi madre diciendo que en cuanto freías ajos parecía que ya habías cocinado un gran plato y me alegré del momento en que había decidido atender en la cocina. Efectivamente le gustaron. Cenamos a oscuras, sin vernos pero adivinándonos. Esa noche salimos a los bares de hogueras y estuvimos bebiendo cócteles de esos que se reservan para el verano. Llegamos a casa algo borrachos y le pregunté de nuevo si podía dormir con ella. Me respondió que claro, como la noche anterior, y yo reiteré que si ella quería yo me iba a otro cuarto. Lo que esperaba es que me detuviese con ese tono de quien ve amenazado un plan que ha estado tejiendo con cuidado, pero me respondió indiferente, que no enfadada, que hiciera lo que quisiera. Así que me fui a una de las camas pequeñas —diminuta, enana, hecha para niños que sufriesen la polio— y la rabia no me dejó dormir en toda la noche. En un momento me levanté, se oían cercanos el ruido y la música del festival que se celebraba aquellos días, y vi la mochila de ella. Me acerqué y saqué el cuaderno; había escrito muchísimo, pasaba las hojas deprisa pensando que aquel cuaderno debía ser uno anterior, y sin embargo, la primera hoja… Pero no lo leí. Ella no lo hubiese sabido pero guardé el cuaderno donde estaba. Podía arrepentirme en un futuro, pero una especie sensación de estar obrando bien me llevó a la cama y me dejó dormir las horas que quedaban. Soñé que se podía caminar y respirar debajo del agua verde, que solo nuestra estupidez de no haberlo intentado era lo que nos lo impedía.
A la mañana siguiente me desperté descansado. Por alguna extraña razón los baños de aquella casa me recordaban a cuando era niño y jugaba a tinieblas con mis amigos. En el desayuno le conté historias graciosas del juego de tinieblas y cómo todas las madres —los padres, en secreto, nos miraban con envidia— corrían a impedirnos jugar por temor a que pasaran cosas que nunca llegaron a pasar. Pero ella estaba rara, como distante. Después de limpiarme los labios con la servilleta en ese gesto que da fin a la comida, me preguntó si había leído su cuaderno. Yo le dije que no, aunque después tuve que matizar que lo había cogido pero no lo había leído, que solo quise ver la portada, bueno, que lo ojeé sin leer, que le prometía que pese a todo no había leído nada. No sé cómo había podido suponer que ella no lo sabría, que lo sabría todo y que si no siempre podría utilizar la invención justificada para edificar puentes que la alejasen de mí. Me dijo que quería dar una vuelta, sola.
Entre aburrido y agitado recordé el libro que me había llamado la atención el día anterior. Salí a la terraza y me desnudé casi entero, sintiéndome crecer bajo el sol y sin importarme que los vecinos me mirasen. Leí hasta que sonó la puerta cerrarse. Me di cuenta de que no le había dado un ejemplar de las llaves, de que debía haberlas cogido ella de cualquier parte, y esa libertad en casa doblemente ajena —de ella hacia mí y de mí hacia el dueño— me molestó de una forma extraña. Bajamos a comer a un sitio sin importancia y después fuimos a una playa que muy atentamente se tornó nublada y fría, para disgusto de dos niños de bañadores de colores, armados con pala y cubo y cubiertos por inmensos sombreros de pescador.
En llegando ya la noche, con un crepúsculo precioso en el que el sol se ocultaba por las montañas y no por el mar, no nos quedó más que encender la televisión, ¡la televisión!, sin duda el signo determinante de la muerte de un viaje que terminaría mañana. Una vez ya me había acostado, se abrió la puerta de mi cuarto y la oí entrar. Me quedé muy quieto, tan rígido que pensé que tendría que haberse notado. Ella me besó en la frente y me susurró que iba a salir a dar una vuelta, que tenía una amiga que se encontraba cerca. Y se fue, sin más. No me quedó más remedio que levantarme, acostarme, leer, ver la televisión, volver a acostarme. Me sentía tan mal, oh, pero tan mal. Y entonces me la empecé a imaginar con su amiga y los amigos de ésta, porque sin duda tendría, gentes del festival pasándoselo en grande en una noche fantástica.
Para cuando me levanté ella ya había regresado y su puerta estaba cerrada. Se me ocurrió si despertarla, se me ocurrieron muchas cosas, pero no hice ninguna. Me dediqué a limpiar la casa, terminando enseguida y deseando más polvo por primera vez en mi vida. Solo la desperté cuando ya era hora de marcharse, llamé suave con los nudillos y al abrir la puerta me la encontré vestida, sentada en la cama, mirándose los pies.
En el último vistazo a la casa vi el libro que había estado leyendo apoyado en el filo de una mesa, lo cogí y lo metí en mi mochila. Ya en el autobús nos dormimos los dos y nos las apañamos para mirar a todas partes sin tener que mirarnos. Tenía la sensación de que podía haber pasado algo que había estado muy lejos, esa sensación recurrente de que te vas de un sitio y te dejas algo.

martes, 18 de abril de 2017

Señorito dios

Estaba tumbado, y la pierna que colgaba se mecía despacio. Mirando al techo pensaba qué secreto estaría bien revelar a continuación. Estaría bien algo que les hiciera avanzar, pero no uno de esos que les hacen coger carrerilla y acabar pensando que dios no existe. Entonces entró Hermes.
—Señor, ¿le pillo ocupado?
—¿Sabes cuántas estrellas hay?
—Tantas como lunares tenía Penélope.
—Eso es, tantas como lunares tenía Penélope.
La pierna seguía meciéndose, las manos tras la nuca. Hermes carraspeó.
—Ah, sí. ¿Qué querías?
—Dicen de marketing que estarían bien algunas resurrecciones —consultó sus papeles—, cinco para ser exactos.
—Bien, bien. Entonces habré de levantarme —y se levantó—. Vamos a la sala de juntas.
Cuando llegaron a ésta, Hermes encendió el Disco. En él se mostraron de pronto mares y continentes que al ir girando una rueda se redujeron a ríos y montañas, y más tarde a prados, casas y gallinas.
—Ajá, el primer muerto. ¿Qué le ha pasado a ese?
Hermes consultó sus papeles.
—Parece que le han disparado.
—¿Esos cinco tipos de alrededor?
—Eso parece.
—¡Menudo abuso!
 —Si me deja, señor, tengo un recién nacido al que llevan a enterrar, que en caso de revivir creo que podría hacernos quedar muy bien en las encuestas de mayo…
—¡Tarde! Mira cómo se levanta, ¡cómo se mira! Ya verás la cara de los otros tipos cuando vuelva para vengarse. A ver, ¿qué me decías de un entierro?

—Señor.
—¿Sabes…?
—Penélope.
—¿Y…?
—Tu padre.
—¡Te las sabes todas!
—Señor, tengo nuevas de… del tipo ese.
—¿De Agustín?
—Sí.
—¡Ja! Me encanta, reconoce que es mi mejor apuesta desde hace por lo menos mil años.
—Le han vuelto a matar.
—¿Dónde esta vez?
—Sigue en la guerra.
—No me gusta que esté ahí, le matan demasiado rápido. ¿Cuántas veces van ya?
—¿En la guerra o en general?
—En la guerra.
—Cinco.
—¿Y en general?
—Pues… —Hermes consultó sus papeles y fue leyendo—. Le mató la mujer del bandido después de vengarse, su caballo le tiró por una cuesta, su caballo le lanzó a un río, su caballo saltó por un barranco con él encima, le mató para robarle un joven al que había salvado de ser robado, se le disparó el arma mientras la limpiaba, le mató el bandido después de que usted le reviviera, le mató de nuevo la mujer del bandido después de que Agustín matara a éste, se suicidó intentando descifrar el secreto de su inmortalidad… seis veces…
—Bueno, bueno, detente. Dime, ¿cuántas veces ha muerto por una causa noble?
—¿Noble-noble o esperando algo a cambio?
—Lo primero.
—Dieciséis.
—Tráemelo.

—Señor, le repito que no me parece buena idea.
—¿El qué?
—Lo de Agustín.
—¡Ahivá! Perdona, que estaba a otras cosas. No veas los piratas malayos cómo las lían, no vuelvo a jugar con su mitología. Dime, qué pasa.
—Está aquí Agustín, el pistolero.
—Bien.
—Quien usted va a mandar a ver a su padre.
—Sí.
—Para averiguar dónde está Penélope.
—Exactamente.
—Su padre es dios.
—Lo sé.
—Agustín es un humano.
—¡Pero inmortal!
—Porque usted lo permite, pero su padre se lo puede quitar.
—Ahí entra lo otro. Yo no quiero a Agustín por su puntería… que, por cierto, ¿cómo es?
—Acierta un dos por ciento de las veces.
—Bueno, que no le quiero por eso, que lo que me interesa es quién es. ¿Qué tenían en común todos los profetas de mi padre?
—¿La abstinencia?
—¡La bondad! Todos eran buena gente, o por lo menos mal afortunados, ¡y nuestro hombre es ambas cosas! Mi padre se pirra por la gente buena, es su dos por ciento de aciertos.

—¿Y bien? ¿Qué te dijo? ¡Cuenta!
—Me dijo que la mandó a las estrellas.
—¡Mentira! Las estrellas las sembré yo en su honor.
—…Me dijo que la mandó a visitarlas embarcada en un cometa. Que las viese una por una, para no olvidarte, pero de forma que no volvieses a desatender tus tareas. Me dijo que tardará mucho en volver, pero que cuando el tiempo acabe y el cosmos estalle, podréis volver a estar juntos.

domingo, 16 de abril de 2017

Las líneas de Marta

Marta bajó otros cuatro escalones de un salto. No le daba tiempo a esperar al ascensor ni a pensar que con aquellos brincos la comida se le debía estar destrozando en la tartera de la mochila. Sin embargo, en el tercero —ella vivía en el quinto—, se encontró con su vecino, Jorge, un chico de edad incierta pero cercana que tenía una curiosa forma de mirarla. Al aterrizar en el rellano junto a él, se detuvo a la vez que se erguía y se miraron, él sonriendo por timidez, con las manos cogidas por delante, y ella sonriendo por el esfuerzo venido de golpe, con el rostro rojo dispuesto a interpretarse. Se saludaron mientras él comenzaba a balancearse sobre sus pies y ella se colocaba el pelo detrás de la oreja. Cuando ya llegaba el ascensor al tercero, Marta reiniciaba su carrera por las escaleras.
El día fue agitado: las clases, los recados de tía Ana, mamá llamando a cada rato para ultimar los detalles de su viaje. Tía Ana estaba enferma, pero cuando Marta iba a verla, a pesar de tener que hacerle favores, recordaba siempre las tardes en las que de niña le cuidaba, y le venían entonces una especie de ternura, agradecimiento y una singular tristeza. Aquella tarde, cuando iba a comprarle el pan, servilletas de papel —blancas con rayas verdes— y nuevas ceras para los mandalas, le vino a la cabeza Jorge. Marta sintió aquello que se siente cuando por primera vez uno se da cuenta de la existencia real de otra persona más allá de lo que ha sido siempre, una especie de mobiliario de conversación. Aglutinó los conocimientos que tenía sobre él: vivía con su madre y su padre teniendo un hermano mayor ya independizado; debía ser de la misma edad, igual algo menor; vivía en el tercero, desde luego, y se podían ver desde sus cuartos, dando ambos al patio interior. Aquella noche tuvo uno de esos sueños múltiples que se van hilando y en el que huyendo de algo recorría el pasillo y entraba en su cuarto. Daba al interruptor pero la luz no se encendía, además de que todo parecía sumido en una exagerada negrura a excepción de la ventana, que se veía iluminada por una luz tintineante como el fuego de una hoguera. Al acercarse comprobaba que había cosas cambiadas: no estaba en el quicio de la ventana su maceta con la rosa y las ventanas del resto de casas eran mucho más grandes, inmensos ventanales sin cortinas. Jorge, asomado al patio, no estaba en el tercero, sino a su altura. Marta se daba cuenta entonces de que la única luz era ella misma, que brillaba como los peces de colores, y generaba sombras que bailaban sobre las paredes, sobre el cuerpo de Jorge, sobre su cara. Sus ojos también emitían luz.
Al despertar se sintió descansada y con la piel increíblemente suave, siendo un placer frotar una pierna contra la otra. Llegó tarde a las clases pero esta vez no corrió. A lo largo del día le fueron asaltando recuerdos del sueño y maldades varias. Al llegar la tarde habló con tía Ana. No le contó nada concreto porque sentía que sus palabras la denotarían estúpida, es más, esquivaba formar ideas concretas porque a veces le daban ganas de golpearse por tonta. Le preguntó a tía Ana, como de pasada, cómo podían acercarse dos personas que parecían cojas en lo importante. La tía sonrío y mencionó algo de los lugares comunes.
Cuando Marta llegó a casa la encontró a oscuras y por un momento se sintió volver al sueño. Luego recordó de pronto el viaje de mamá y la pereza de ser independiente. Tuvo que bajar la basura. Lo hizo por las escaleras, y al llegar al portal vio que a alguien se le habían caído unos restos de papel. Recogió un trozo de sobre de una factura, y al levantar la vista se encontró frente a la hilera de buzones. Al día siguiente, cuando se cruzó con Jorge mientras ella corría y él no terminaba de volver del sueño, le dieron ganas de gritar «¡espera lo que te tengo preparado!».

Jorge se encontraba tumbado sobre la cama con la cabeza apoyada sobre las manos apoyadas sobre la almohada. Acababa de masturbarse y miraba el techo de un blanco sucio pensando que qué cerca se encontraba el nirvana. Giró la cabeza y vio sobre la mesa una pila informe de hojas, libros y cuadernos a los que debería meter mano y que llevaba ignorando desde el principio, a la espera de que los plazos se acercasen y el agobio le tomase el pecho. Su madre le llamó desde el otro lado de la puerta y él se puso en pie de un salto, tomando unas hojas cualquiera mientras ella entraba.
—Había esto para ti.
Un sobre blanco y cuadrado con nada más que su nombre en el dorso. Lo sopesó y le dio varias vueltas antes de abrirlo. Dentro solo había una fotografía hecha con una polaroid. En ella se veía una mano, sin fondo, como sopesando el aire. Del pulgar salía una línea de rayas discontinuas que se perdía por la muñeca. Volvió a mirar el sobre y la fotografía, pero no había más. Estuvo pensando si preguntar a su madre por detalles, pero no le diría nada más que eso, hijo, el sobre en el buzón, que ya me dirás tú cómo un sobre así sin na ahí metido, que ya es raro, ni que fuera cosa de bandas, suerte que siempre has sido un poco paraito como para meterte en líos.
Al día siguiente, en mitad de clase, Marta se miró la mano dándose cuenta de que aún no se había borrado el tramo de líneas discontinuas. Después de dejar el sobre había tenido dudas de si continuar, pero ahora, viéndose aquello, sonrió y pensó que debía lavarse la mano dejando todavía las últimas líneas de la muñeca, para que el nuevo tramo continuase exactamente donde se interrumpía el anterior. Ya en el lavabo contempló de cerca su obra, era un trabajo bueno, en verdad, si bien había tenido que desempolvar un libro de piratas de cuando era niña para trazarse bien las líneas que se hacían en los mapas que terminaban con una gran equis en donde se encontraba el tesoro, su tesoro. Por la tarde le contó lo que estaba haciendo a tía Ana, pero inventando que se trataba de algo que aparecía en un libro que estaba leyendo. A tía Ana no le gustó el relato y Marta decidió que ya estaba demasiado recuperada como para seguir necesitando que fuera a verla cada tarde.
Mamá seguía de viaje y Jorge acabó por encargarse de recoger el correo cada día para esconderle a su madre los sobres cuadrados con su nombre y sin apellido que iban llegando. En ellos ya se mostraba el brazo, el hombro, el costado, la cadera. La línea no dejaba de correr y cambiaba el rumbo provocando en su garganta una saliva densa y la excitación intensísima de pensar qué vendría después y quién sería ella. Marta también sentía el sabor de la sal en la boca, recorría con los dedos los lugares por donde pasaba la línea, mordiéndose el labio hasta hacerse daño. Cuando se fotografió entre los pechos, sin llegar a mostrar nada, sintió tal excitación que se asomó a la ventana, mirando hacia el tercero, desde donde también la miraban, y se masturbó de pie, acompañada por aquel gentil hombre que resultó no ser Jorge, sino su hermano mayor. El hermano le contó a Jorge lo de la chica del quinto, pero éste no le habló de las fotografías, que se habían detenido ya en el ombligo, justo antes de. Sin embargo Jorge ya tenía dos fantasías con las que gozar en un cuarto diminuto que se volvía inmenso: la misteriosa chica de los fascículos y la exhibicionista del quinto, que sin embargo no aparecía pese a que él no dejase de vigilar la ventana, ventana que ya odiaba con aquellas horribles cortinas y esa rosa vacía de todo, puro cliché.
Marta no sabía cómo enfocar el final. Mostrarlo tal cual le parecía destrozar algo bello, además de que por primera vez le daba miedo, y esquivarlo era una trampa, un jarro de agua fría que haría que él perdiese todo interés. Su vista, como siempre, derivó hacia la luz de la tarde —tía Ana acababa de llamar, repentinamente triste— y una silueta le dio la idea perfecta. Jorge esperó casi hasta la noche para no llevarse el disgusto de bajar y que la desconocida aún no se hubiera dejado caer. Aquel día no hubo correo, y en lo profundo del buzón solo estaba el sobre, cuadrado y blanco, que parecía casi brillar. En su cuarto lo recibió con los pantalones bajados; la línea bajaba del ombligo y daba una vuelta completa hasta terminar en un pétalo de la flor que una mano sujetaba escondiendo el sexo. Detrás de la fotografía por primera vez venía algo escrito: «Sigue la línea». Las piernas de Jorge explotaron, aunque no sin cierto disgusto por la falta de aquellas vistas. Por rutina fue a la ventana y miró hacia el quinto. Seguro que su hermano le había engañado, pensó mientras miraba las estúpidas cortinas y la maceta con la rosa desaparecida.
Mamá aún no había vuelto, comentó la madre de Jorge en la cena, y éste masticó la información junto con el postre. Con la escusa de bajar la basura subió hasta el quinto, por las escaleras, como un cazador. Allí llamó con los nudillos, y después al timbre. Marta le miraba a través de la mirilla. Jorge siguió llamando hasta que se marchó, como si bajase rodando por las escaleras. Entonces ella se dejó caer al suelo deslizándose con la espalda apoyada en la puerta. El placer ya había terminado. El juego ya había terminado, lo había hecho con la última fotografía.

miércoles, 12 de abril de 2017

La isla

El blanco que rodea al radiador se ha tornado un blanco sucio. El negro dicen que ya no es negro, que han encontrado otro color. A la isla van llegando los desaparecidos, muertos y vivos, en barcos hechos para suicidarse frente a las playas. Las palmeras se preparan para ser taladas y una alondra, extranjera sin duda, canta las mañanitas a los niños mancos que tocaron una mina y que ahora tienen una renta vitalicia de piruletas. Los cazadores no tienen para comprarse pieles, por lo que recubren sus capas con cáscaras de mandarina. Las mujeres les miran mal porque el olor pasa de dulzón a desagradable, pero ellos imitan a los loros que imitan a los poetas y conquistan sus corazones, corazones que arrancan, meten en botellas y lanzan al mar en espera de que los reciban sus verdaderas enamoradas como pruebas de amor. Un elefante ha edificado un reino en la zona oeste de la montaña. Es un reino avanzado pero exageradamente elitista. El elefante ya es viejo y busca un descendiente, pero viendo que nadie está a la altura planea una guerra civil para morir junto con aquello que creó. También hay una niña que llora, y llorando la niña nadie consigue seguir con sus quehaceres o sus juegos, nadie puede acallar a la niña que suena lejos, nadie puede ni moverse.

jueves, 6 de abril de 2017

Rostro cambiante

Tengo un rostro que cambia, muchos días me despierto con uno distinto. No ocurre siempre, hay días en los que me levanto con el mío y éste ya no cambia, aunque ya no sé si es el mío o solo el que más se repite. Nada más levantarme me miro al espejo y comparo el resultado con un pequeña pila de polaroids de rostros que ya conozco y a los que ya les he dado un nombre y una historia o que sé a quiénes pertenecen. Si no conozco el rostro me resigno a que el portero piense que soy otro de los amantes del señor P. (yo soy el señor P.). También hay veces en las que el rostro me cambia en pleno día. Son los más molestos, sin duda, como aquella vez en que caminando por la calle, yendo a casa, una anciana me hizo un gesto con la cabeza y movió sus secos labios como diciendo algo. Yo continué, no me extrañaba que se tratase de una de esas personas que sonríen a desconocidos y en seguida les comentan sobre un tercero. Sin embargo, al poco me crucé con un hombre de edad incierta que me hizo con el brazo un respetuoso saludo. Ahí supe que me había cambiado el rostro. Ahora tocaba saber el de quién tenía, que estaba claro que se trataba del de un personaje famoso si coincidían en conocerme el hombre y la señora, que tampoco se conocían entre sí si caminaban con aquella distancia en vez de juntos. Pero cuando alguien convive con algo como lo mío acaba por perder la curiosidad de forma que ya no se para junto a los coches o lleva uno de esos espejos pensados para el maquillaje. Y a pesar de esto, el número de admiradas miradas que recibí en tan solo una calle me hizo sentirme como hacía tiempo y quise saber quién era. Pero no me parecía bien sacudir de los hombros a cualquier viandante mientras le interpelaba a gritos, podía dañar la reputación del dueño de mi rostro, así que me dirigí a un pequeño bar que hacía esquina y en el que nunca había recaído. En un primer momento creí que los cristales estaban pintados de gris, pero después de ver la huella de una mano supe que se trataba de polvo y roña general. Me pareció un lugar idílico para reconocerme, porque la gente humilde tiende a conocer a los famosos y a admirarles u odiarles en consecuencia. En aquel antro sin duda me odiarían. Entré y pedí una cerveza a un camarero oscuro que me miró largo rato como con desconfianza antes de servírmela en vaso, práctica que le adiviné poco común. Una vez sentado al fondo empezaron a llegar tipos de baja escala social, trabajadores exhaustos que no sabían si mirarme fijamente o no hacerlo en absoluto. Aparté con el pie la silla de enfrente invitándoles a sentarse, en especial a un grupo de tres hombres que bebían serios sin dejar de mirarme. Finalmente uno de ellos se acercó, apoyó las manos sobre la mesa y, mientras se inclinaba sobre mí, dijo:
—Al fin has venido. Ya era hora de que hablásemos un poco.

lunes, 3 de abril de 2017

Pétalos de flor que no existe

Se pasó por aquí, venía soltando pétalos de liviana en las puertas de las casas.
—La liviana es la flor de los muertos —le dije.
—Lo sé —me contestó.
Y siguió echando pétalos.
—¿Por qué los echas?
—Porque es necesario.
—Pero no estamos muertos.
—Por si acaso.

Terminó el cesto y se marchó, no le volvimos a ver. Estuve atento y en la semana no murió nadie, tan solo fueron los pétalos, que no se habían retirado por temor, los que se pudrieron. Esperé en el porche a que volviera, pero como no lo hizo una noche tuve miedo y me marché. No escribí a mamá por temor a averiguar que le había pasado algo. Vagué buscando al hombre, pero la única pista era la liviana y me contaron que ésta se había extinguido. Al final, después de algún tiempo, me di cuenta de que en casa probablemente debían pensar que yo había muerto.

domingo, 2 de abril de 2017

Un pueblo no muy grande, uno de esos que te hacen soñar con lo que tienes entendido que es la ciudad. Una casa grande y siempre la misma, no has dormido más de una semana en otro lugar, una casa que ha sido siempre y que seguirá siendo. Un grupo de gente con la que te reúnes, sin pensar si son tus amigos porque no has tenido que pararte a pensar en la amistad y en las personas. Un río, un bosque, una zona de juncos altos en la que te puedes esconder y que crees que nadie más conoce, un puente, una casa abandonada, una bohardilla, un claro donde las parejas juegan, una luna omnipresente, una persona que te busca sin que lo sepas para sonreírte, una tienda pequeña que vende dulces, unos abuelos que viven al final de la calle, una banda que toca a veces en la plaza, una autoridad que se desautoriza sonriendo, un futuro llano con la luz del mediodía, una leyenda y un cuento que siempre se cuenta y cuya versión va cambiando, una barca medio hundida junto a la orilla que es casi ya un monumento, un coche gracioso con el que poder viajar, aunque no se sabe si se quiere viajar, porque hasta que se leen libros o se ven películas no se piensa en qué buscar más allá. No tienes necesidad de vivir una historia, ni de vivir relatos, no necesitas del tiempo ni del sufrimiento. No hay portazos y huele bien. La comida sabe a nueva, las ancianas te sonríen en sus paseos, los ancianos te sonríen desde los porches o a las entradas de las casas. Que llegue un coche es curioso, que llegue el autobús es una fiesta, con sus maletas en el techo metidas en una especie de red. Nadie se preocupa por las cosas malas, porque están ahí y se convive con ellas, pero no se entrecruzan con las cosas que importan. Hay farolas, farolillos, velas y ojos que centellean. Está esa chica que te coge de la mano y te lleva. El gato que mira y el perro que ladra. El tipo que te enseña cosas, porque no sabes nada. Porque la ciudad es un King Kong en blanco y negro, porque París es un parque animado. Porque allá nadie va a trabajar y hay algodón de azúcar de color rosa, y hay faldas tan bonitas que parecen hechas para ponerse a bailar en mitad de la calle. Y está la poesía, que tampoco la conoces, a la vuelta de la esquina, junto a la barba blanca y esos otros ojos que te miran desde arriba de las escaleras. No tienes necesidad de nada, en parte lo tienes todo, y lo que no tienes no sabes qué es, así que no lo echas en falta, sino que lo vas descubriendo, vas viendo que aquello te faltaba y que ahora es otra pieza más que colocarse en el pecho. Eres libre y estás encerrado, pero tienes tus plazas y tus juncos y donde quieras eres tú, pero tampoco tienes necesidad de hablarte, de buscarte, de plantar y regar, porque hay una parte de la historia, la introducción, que no te han contado, y no haciéndolo te han hecho el mayor favor de tu vida.

viernes, 31 de marzo de 2017

Volar

Estábamos allí encerrados, pero lo aceptábamos. Trabajo por comida, viendo cómo ellos mandaban, viendo cómo las alas se ensombrecían. ¿Voló alguien alguna vez? Teníamos las alas, nacíamos con ellas, pero se nos decía que no debíamos volar, que debíamos cuidarlas, protegerlas, adornaras. Ellos nos decían qué hacer y nosotros nos consolábamos pensando que había quienes se encontraban peor, los segundos. Si ellos nos utilizaban como sirvientes, a ellos les utilizaban de esclavos. Los segundos estaban obligados a hacerlo todo, siempre con piedras atadas a los pies. ¿Por qué les ataban piedras si no tenían alas como nosotros? Nosotros, que gustábamos de extender nuestras extremidades allá donde generásemos sombra por ver quién tenía las alas más largas y bonitas. Menos tú, tú no participabas de estos juegos, te alejabas y explorabas las galerías o dedicabas el tiempo a observar a los segundos. Poco a poco me fuiste desplazando a tu mundo, o más bien yo quise conocerlo. Cuanto más tiempo pasaba contigo, siempre en silencio, menos disfrutaba de a compañía de los demás. También por estar contigo me gané la enemistad de ellos, pues tú no les gustabas, no tratabas mal a los segundos ni trabajabas más por obtener hojas de colores que enredarte entre las alas. Un día me lo explicaste: nosotros no podíamos volar, nuestras grandes y bonitas alas se habían tornado inútiles, y sin embargo los segundos, si no se encontraban atados a las piedras, podían flotar con las corrientes de aire. Por eso ellos les esclavizaban, porque lo sabían todo, y por eso te odiaban a ti, porque también conocían tu conocimiento. Yo entonces quise volar, tantos años había creído que podía hacerlo que durante un instante creí que lo hacía, pero tan solo caía. En el tiempo en que me recuperé tú estuviste allí, me hacías compañía, y cuando lloré por haber perdido mi sueño, tú me mostraste tus alas: se estaban cayendo. Entonces sentí rabia. Si no podía volar al menos sí podía correr, y así me enfrenté a ellos, grité la verdad, les ataqué, pero ellos te cogieron a ti. Te cogieron y te subieron a la cumbre desde donde te lanzaron. En el aire se te terminaron de desprender las alas y tu cuerpo se sumergió en la oscuridad sin que pudiese ver tu final. Yo grité. Grité tanto que las galerías amenazaron con derrumbarse. Les quité las piedras a los segundos, les liberé, y ellos volaron sin que nadie pudiera atraparlos, mostrando solo un espectáculo de alas de madera. Y entonces, cuando nadie quedaba, cuando solo estábamos ellos y yo, el enemigo, algo emergió flotando. Algo brotó de la oscuridad. Eras tú, y volabas. Ibas rumbo a la salida y yo fui feliz. Tu cuerpo atrofiado reflejaba en la pared una sombra con inmensas alas.

jueves, 30 de marzo de 2017

Lavitra

—¿Dónde estás?
—Estoy aquí.
—No, ahí no estás.
—Entonces estoy aquí.
—Ahí podría ser que estuvieses, pero no estoy seguro.
—Entonces igual es que estoy aquí.
—No, sin lugar a dudas ahí no estás. Ahí estuviste. Te recuerdo, casi parece que realmente estés ahí por la fuerza de mi memoria. Pero los recuerdos tienen otro matiz, ¿no crees? Desde luego no estás ahí ahora. En mi recuerdo hay luz a tu alrededor, ahora solo hay sombra.
—Puede que me esté desplazando.
—Tú voz me llega siempre igual.
—Puede ser que mi aliento no cambie, puede que te equivoques.
—Podría ser, pero no estás por aquí.
—Entonces, ¿dónde estoy?
—No lo sé, creo que estás muy lejos.

martes, 28 de marzo de 2017

La fiesta

Obviamente no había dormido. Pero más allá de la vigilia obligada entre las luces tampoco había dormido al llegar a casa. Estuve bebiendo café sin leche ni azúcar toda la mañana, y cerca del mediodía bajé al quiosco y compré un par de periódicos. No esperaba que les hubiera dado tiempo, sin embargo uno de los dos recogía la noticia:
“Ana Roseni, hija del famoso empresario Carlo Roseni, fue hallada muerta en la madrugada del día de ayer en su domicilio. A la espera de más información, la hipótesis barajada sostiene que la muerte pudo deberse al consumo de sustancias psicotrópicas consumidas junto con su novio, Ricardo Rodríguez Tapias, después de la fiesta celebrada en el mismo domicilio. Ana, como se ha mencionado en numerosas ocasiones, ha tenido siempre una vida convulsa, desde que…”


Era una noche sin expectativas, con planes pero sin fondo, como un almuerzo con la familia. Había una fiesta, eso estaba claro, me lo venía recordando Rosa toda la semana, pero aún en la puerta desconocía el motivo, bien podía deberse a un asunto de recolección de fondos para una causa benéfica como para anunciar un matrimonio, al fin y al cabo la casa era inmensa y daba cobijo a todas las posibilidades. Fue Ana quien me puso al corriente:
—Es mi fiesta y quiero divertirme —me dijo cuando le ofrecí  que  nos marcháramos de allí.
Así que Ana daba una fiesta, ¿de quién era la casa? Sin duda Ana le habría dicho a alguien que le diera el recado a Rosa de que yo estaba invitado a una fiesta, y el simple hecho de que el mandato viniera de Ana había hecho que Rosa se asegurase de mi presencia. Buena  y tonta Rosa. «Si lo llego a saber no vengo», pensé con la primera copa. Con la segunda me acerqué a la comida. Con la tercera me acerqué a Ana.
—Bonita fiesta.
—Te presento a Ricardo.
—Hola, Ricardo. ¿A ti también te parece una bonita fiesta?
—Mucho, sin duda. Ayudé a prepararla.
—¡Qué suerte! ¡Gilipollas y con buen gusto!
Ana me cogió del brazo y me apartó. En esta situación lo normal hubiera sido que portase una sonrisa forzada que desapareciese en cuanto nos alejásemos, sin embargo estaba seria en un principio y sonreía cuando nos miramos a la cara.
—¿Qué te pasa?
—He bebido.
—¿Y además?
—¿Quién es ese?
—Mi amante.
—¿Entonces quién soy yo?
—Un borracho.
—¿Y además?
—Un amante ocasional.
Y por suerte tenía una copa en la mano que pude vaciar de un trago. ¿Se supone que debía competir con aquel tipo? ¿Para eso me había invitado? Nunca he sido de hacer nada, las cosas se suceden sin más. Además de que el tal Ricardo parecía un imbécil y ya era un insulto que Ana se colgase de su brazo, aunque, ¿de quién era la casa?
En esto Ana se había marchado y hablaba con una mujer que vestía un traje de noche azul. Luego Ana volvió con Ricardo y yo me acerqué a la mujer de azul. Era guapa y yo traía dos copas, así que la pillé por sorpresa y empezamos a hablar, ella porque se aburría y yo porque pensaba que era la mejor opción y la más cercana para darle celos a Ana. Ana que por cierto no me miraba, no me miraba, no me miraba, me miró.
La chica de azul encontró algo más entretenido a lo que dedicarse y yo me acerqué a Ana.
—Quería despedirme de ti antes de marcharme.
—¿Te vas ya, de tu fiesta y tan pronto?
—Sí querido, me voy muy pronto, ¡años pronto!
—¿De quién es esta casa?
—Solo te pido que te ocupes de que la fiesta continúe hasta el amanecer.
—¿Te vas con Ricardo?
—Oh, no seas tonto y no te preocupes. Te prometo que no lo pasará demasiado bien —extendió la mano y me acarició la mejilla—. Espero que hayas disfrutado.
Entonces se marchó por la puerta de la biblioteca. Yo nunca he sabido cómo llevar una fiesta, así que hice lo que mejor sabía hacer: nada. Sin embargo, cuando los primeros aguafiestas —amigos de Ricardo, sin duda— empezaron a pedir los abrigos, lo que les traje fueron copas, y cuando pidieron copas, les traje copas, y si me llegan a pedir una ambulancia les hubiese llevado copas a los enfermeros. En cuanto llegó el amanecer cogí mi abrigo y me marché, pues se me había pedido el cuidado de la fiesta, no de la mansión. Ya en casa sonó el teléfono, era el número de Ana.
—De veras que esperaba que hubieses vuelto, aunque fuese un tanto despeinada.
—Soy Ricardo, ha pasado algo.


No me gusta generar esperanzas que se queden en nada. Muchos no se lo creerían, especialmente él, pero prometo que es así. Y ver ahora a Ricardo, cogiéndome del brazo… pobre, me gustaría saber si se imagina que va a desnudarme o bien que lo voy a hacer yo. Tiene pinta de ser un buen amante, de ir despacio, preguntando por todo. En otras circunstancias me hubiese gustado, también me hubiese gustado hablar un rato a solas con el él, pero esta noche no hubiese sido buena idea, hoy estaba demasiado borracho y solo quería demostrarme lo peludo que tiene el pecho.
—La siguiente a la derecha.
—Qué casa más grande tienen tus padres.
Se me ocurre que podía haber escrito una carta, pero él la hubiese leído en el momento, no habría esperado. Se la podía haber dado a Rosa, eso sí que habría estado bien. Rosa pensaría que es una carta de amor, un tan esperado dejémonos de tonterías. Aún podría escribirla. ¿Podría? Igual no, igual la reflexión lo truncaría todo. Hay veces en las que hay que evitar pensar en el pasado a toda costa.
—Ponte cómodo, yo voy a darme un baño.
—¿Un baño, ahora?
—Estas cosas hay que hacerlas bien.
El agua está tibia, pero me gustaría que estuviese caliente, hirviendo, que me dejase la piel roja, y suave. Roja la piel, roja el agua.

miércoles, 22 de marzo de 2017

El perseguidor

Venía rondándonos ya varios días. Isabel siempre que parábamos se refugiaba entre los árboles que se encontrasen más cerca atando los pañuelos y bufandas a sus ramas bajas para intentar hacer una suerte de paredes. Yo le decía que no hacía falta tanto, que no nos podía alcanzar si no salíamos del lindero del bosque o nos asomábamos a un claro. Al principio habíamos estado asustados con aquello de que hubiésemos estado siendo perseguidos, pero ahora solo estábamos exhaustos. Isabel ya no lloraba ni miraba la fotografía, y viéndola así quien tenía ganas de llorar era yo. Hacía frío, además, lo parábamos con nuestros abrigos pero como ratones de campo se las ingeniaba para entrar por los bajos de los pantalones, por las mangas o se quedaba colgando de la nariz. Un frío seco al que se sumaban la falta de sueño, el cansancio, la irritación y el estar siendo perseguidos. Cuando nos acurrucábamos, cuando Isabel me dejaba agazaparme junto a ella, lo oíamos más allá de los árboles y sobre las copas. Era violento, sobrecogedor. Isabel apretaba los ojos, yo solo los cerraba. Un día, sin embargo, al caer la tarde, cuando  ya habíamos decidido detenernos, Isabel sacó la fotografía y la volvió a mirar. No tenía los ojos iluminados, los tenía llorosos del cansancio y los labios resecos y apretados, pero al menos había vuelto a sacar la fotografía, que sujetaba con ambas manos y mantenía muy cerca del rostro. Sin embargo algo, tal vez un coletazo del perseguidor, le arrancó de las manos la fotografía, que empezó a avanzar recta, entre los árboles, a toda velocidad. Isabel corrió detrás, yo tardé en comprender que ella no lograría alcanzarla, que estaba corriendo un riesgo inmenso. Corrí detrás, no sabía qué rumbo había tomado pero seguí a la fotografía que volaba en mi imaginación. En un momento creí verla, el tono de su abrigo contra los troncos, y la seguí, seguí corriendo pese a no poder ya más. Entonces me detuve con fuerza agarrándome a una rama, más allá de mí se extendía la nada sin árboles. No había rastro de Isabel, solo el viento soplando furioso.

lunes, 13 de marzo de 2017

El abuelo

Con el tiempo uno entiende algunas cosas, además de que se unen la imaginación y los falsos recuerdos y se queda sufriendo por lo que pudo hacer y no hizo, por lo que pudo sufrir en el momento oportuno y no ahora así todo de golpe.
Recuerdo el verano del noventa y ocho en que el abuelo vino a vivir con nosotros. Nada más bajarse del coche y verme, se quitó la boina y me levantó en un abrazo. Creo, aunque cualquiera sabe ya, que en ese momento pensé que era la persona más fuerte sobre la Tierra, la más sabia, era mi abuelo y eso tenía un status superior al de los padres, porque mi abuelo jamás tenía una mala palabra y si por algún motivo caía castigado, él me guiñaba el ojo y yo ya sabía que los gritos ajenos no valían nada porque luego subiría con el abuelo a la bohardilla y se seguiría inventando cuentos para mí. Nunca recordaba bien el anterior, así que improvisaba, iba creando sin querer un mundo de fantasía que yo sí recordaba y con el que fascinaba a mis amigos. Cuando quería volver a algo común le pedía que me siguiese contando sobre una ciudad o un personaje y él enseguida los cogía como si le acabase de quitar de la boca el próximo capítulo que pensaba narrarme. Había una ciudad, por ejemplo, llamada Sebastiada de la que se iba olvidando, y lo que para él era empezar de nuevo, para mí era la imagen fascinante de una ciudad con siete niveles, en cada uno de los cuales se vivía conforme a una civilización distinta. Pero el problema de alejarse de la realidad es que ésta se va haciendo más fuerte. No entendía por qué mi abuelo después de desayunar me apremiaba a hacer las camas de toda la casa y a ventilar las habitaciones, yo pensaba que él era mayor y podía no hacer esas cosas, además de que a mí me apetecía salir a jugar, pero siempre se empeñaba, se agachaba, me miraba a los ojos y me decía:
—Por favor, Sebastián, ayúdame.
—¿Pero por qué?
—Porque no puedo confiar en nadie más.
—¿Pero luego seguirás con la historia?
—Sí, sí.
—¿Con la princesa Sebastina?
—Sí, sí, con ella, pero vamos, ayúdame con esto antes de que vuelva tu madre.
Y así se agotaba con las labores de la casa que podría hacer cualquier otro mientras él descansaba en el sofá, pero lo cierto es que parecía tenerle terror al sofá: jamás se sentaba en él, jamás encendía la televisión, prefería sentarse en la cocina, en el butacón o en una silla plegable en la terraza, y se dedicaba a leer aunque le costase o a tratar con papeles interminables que yo por aquella época veía como algo tan aburrido…
Me duele ahora recordar cuando mi abuelo se encerró conmigo en la boardilla y me pidió —tantas historias le exigía a cambio sin dejarle apenas hablar— que la próxima vez que mi madre le enumerase las pastillas que debía tomar yo prestase mucha atención y me las aprendiese todas y su orden. Recuerdo que aquella misma tarde lo había olvidado todo y decidí coger dos pastillas de cada color. No entendía a la noche los gritos tras la puerta cerrada de la cocina de mi madre a mi abuelo sentado y con la cabeza gacha, no entendía la escena y no entendía cómo podía presentar ese aspecto alguien que contaba tan grandes historias.
Al día siguiente mi abuelo estaba triste. Me sonrió y terminó una historia pendiente, pero estaba triste. No lo veía, lo sentía. A la tarde me abrazó y se sentó de copiloto, mi padre conducía. Mi madre me mintió y más tarde me confesó que el abuelo estaba en una residencia, donde le cuidarían bien como no podíamos hacerlo aquí. Yo le contesté que el abuelo no necesitaba cuidados, que no había nadie tan fuerte como él. Mi madre me respondió que no sabía lo duro que había sido para el abuelo aparentar que podía hacer todo lo que hacía, después calló, ahora adivino las palabras que faltaron, quiso decir que no sabía lo duro que había sido para el abuelo aparentar que no era un inútil.

Monologuello

Amigos, amigos, ¿qué hacéis agitando así la cabeza? Parece que os faltare algo, ¿os han robado? ¿No? Entonces imagino que se os habrá caído, ¿qué ha sido? ¿Qué? ¡Menudas tonterías dices! Esas cosas ni se pierden ni se dan, son de uno solo, como el alma, ¿qué el alma es de Dios? ¡Sacad al teólogo de aquí! Pero, como iba diciendo, estáis diciendo tonterías, suspiráis por nada. Creéis dar algo que siempre será de uno, os afligís por mentiras venidas de la tradición. Solo sois vísceras, aburridas vísceras afligidas porque otro montón de sangre no está aquí con vosotros. Aprended a caminar, caminad con la frente alta y si a alguien le apetece acompañaros, que lo haga, pero, ¡esperad! ¡No me dejéis solo! A ver si me van a dejar agitando la cabeza como un pobre diablo solo porque se han ido los otros diablillos. A ver si con tanto diablo va a arder el mundo.

domingo, 12 de marzo de 2017

La canción

Mira hacia la cama e igual estaría bien ir acostándose, pero ésta tiene un nosequé, como si formase una superficie plana, como si estuviese mirando un cuadro. Su cama está pintada, no cabe dormir, entonces mira hacia atrás, hacia la puerta entornada, se levanta, sale al pasillo y localiza a todos los inquilinos del hogar. Todos bien lejos aunque cerca, bien lejos de poder entrometerse. Después de asegurarse una segunda vez, desconecta todo lo que pueda vibrar, emitir ruido o chillar, menos un aparato que está sobre la cama y por tanto ya forma parte del cuadro. Todo está tranquilo, él está tranquilo, el aire no transporta ruidos. Se sienta como esperando una intromisión de última hora que no llega, corre la cortina y saca de su escondite un botecito. En él hay una canción, una de esas que hay que usar poco, como el perfume de las ocasiones especiales del que solo hay que echarse dos gotas. Saca la canción con un cuidado exquisito y se pone un poco sobre los hombros. Podría ser que la canción fuera triste, pero él está feliz.

viernes, 10 de marzo de 2017

Como al dar una caricia

Nadie es tan loco como para pensar realmente que lo que pasó hoy pasará mañana. Por ejemplo, un novio puede acariciar la mejilla y la barbilla de su novia y pensar que lo mismo podrá hacer mañana sorprendiéndola en el portal o tras llamar al telefonillo. Sin embargo no sabe si esto pasará, si al esperarla en el portal no la verá llegar acompañada o si después de llamar la mamá le diga que no, que Josefina no baja, y no le quede más remedio que meter las manos en los bolsillos y caminar por la ciudad, preferentemente mojada.
Pese a lo dicho, ese hipotético novio no va tan desencaminado al pensar que esa caricia que da hoy la podrá dar mañana, a ese hipotético novio no se le pueden achacar los vicios de esas otras relaciones —o ni relaciones, tan solo encuentros— tan fugaces, inconclusas, impredecibles e inseguras en las que otro él da esa caricia pudiendo hasta temblar pensando con qué facilidad será una caricia aislada, la última caricia, que a otro él le tocará continuar mientras los dedos van perdiendo la suavidad que lograron.
Habría que ver también cómo acaban siendo las caricias del novio, habría que ver si perduran en el cuidado, porque el otro, el casual, el último, el primero, el perdido, puede ser un bruto sabiéndose aislado pero más probablemente acaricie esa barbilla por todas las veces que no lo hará, la acaricie al infinito, no manifestándolo en una increíble lentitud, sino a través de esas cosas que no haciéndose se dicen, a través de algo que aquella barbilla y su dueña podrían no llegar a saber, dejando un siempre, un regalo, una barbilla marcada que solo se podrá ver a través de unos ojos concretos, y una mano ajena, la de él, que habiendo tocado la piel que no estará sola, ha tocado algo distinto, algo nuevo, que se repetirá siempre cuando solo esos ojos que ven se cierren.

martes, 7 de marzo de 2017

Cómo conseguir sitio en el metro

Cómo conseguir sitio en el metro: vete al acordeón que separa los vagones de los metros modernos y espera a que pase un chico joven, negro y hermoso que vista traje. Cuando pase detenle y pregúntale con admiración si puedes hacerle una foto. Cuando te diga que sí y sonría (dirá que sí, es un chico joven, negro, hermoso y además viste traje) le dices que por favor se ponga serio y de perfil como estaba antes, y le colocas frente a los dos asientos ocupados por señoras que están junto al acordeón. Haces un par de fotografías a modo de prueba y enseguida le pides a las señoras que si pueden apartarse un momento por temas de que sobran en el fondo. Si te dicen que te vayas tú les dices que la luz, que siempre la luz. Entonces, cuando se levanten, el chico negro y tú corréis a sentaros y cuando las señoras protesten recurrid a la frase que engloba el principio universal de nuestro tiempo: el que se fue a Sevilla perdió su silla.

Imaginemos la noche

Imaginemos la noche
con el ciclista de luces
y un oso borracho
que anda buscando su árbol
(su árbol no está aquí,
está en la periferia
entre los postes de teléfono
y los polígonos industriales)
y hay una pareja
que se besa y mete mano
y aunque se acaban de conocer
van consumiendo la magia.
Historias que empiezan con un fin
en letras inglesas
blancas sobre negro.
Porque lo has oído
aquí no hay estrellas
ni siquiera aviones
que en la noche
parpadeen
porque habrás oído decir
que está prohibido
sobrevolar ciudades.

sábado, 4 de marzo de 2017

Tipos de protagonistas

Hay dos tipos de protagonistas, el centro y el lateral. El centro es activo, participa en la historia, la busca, te interesas por él porque sin él aquello no sería lo que es. El lateral no promueve la historia, se suele ver arrastrado a ella, no es más que un espectador, alguien que relata lo que ve, lo que ocurre, como si no fuera más que los ojos de otro personaje, cuando habla sobre sí mismo te sorprendes como en una intromisión educada porque no esperas saber nada sobre él, no te interesa, no es más que algo más que un objeto.

Con todo esto uno puede mirar los personajes ajenos o los propios y preguntarse qué carácter llevan puesto. A veces hay mezclas, a veces un lateral se mueve hacia el centro, pero por regla se cumple la regla. Y esto además te incumbe, recuéstate en una silla y piensa lo siguiente ¿tú qué tipo de personaje eres? ¿Dejas que las cosas sucedan o las vas a buscar? Piensa en si sabes qué te gusta o necesitas que te lo digan, piensa en tus costumbres, tu vida, en los momentos en que ha habido una elección y en los que no la había pero podías haberla creado. Piensa si eres el protagonista de tu historia o tan solo un personaje. Piensa qué tipo de personaje eres y piensa si te gusta ser así o por el contrario quieres revelarte contra el escritor, que tiene mala letra y faltas de ortografía.

viernes, 3 de marzo de 2017

El milagro de la economía

Jesús pide la cuenta y hasta que no ve venir al camarero no apura la copa. Las vueltas son unos céntimos que deja de propina y un euro redondo, que guarda en el bolsillo de las monedas, que tintinea y suena a rico. Salen todos a la calle y caminando Jesús y Alejandro se van quedando delante. Alejandro entonces le pide que si le puede prestar un euro, Jesús contesta que no sabe si tiene, escarba con el dedo índice en el bolsillo y saca una moneda que le presta y que no se devolverá. Alejandro camina largo rato con la moneda dentro del puño y en cuanto parece casual se acerca a Daniela y le da el euro que le debía por el regalo común que acaban de hacer. Daniela, horas después, recuerda que Miguel le prestó dinero para el autobús, mira en su monedero y le da la moneda, que él acepta diciendo que no hacía falta. Cuando se despiden, Miguel decide dar un paseo, recorre las calles en cuesta, compra en un quiosco el periódico pagando con el euro y se sienta en un banco a leerlo. En portada, escrito en grandes letras, se dice que la moneda se devalúa y que un euro ya no vale nada.

A la orilla de la fuente

Qué harás mañana cuando te detengas a pensar que la fuente se te hace monótona. Girarás en redondo y lo verás todo igual, como siempre, y por eso mismo, por ser como siempre, te vas a agobiar. Soltarás la cesta, que caerá al suelo en un precioso destrozo, y correrás a casa, agobiada no sabiendo por qué y queriendo quitártelo de encima sin saber tampoco cómo. Sabes que en ese momento me encantaría llamar a tu puerta, pero las cosas no funcionan así, si hay fuente y hay cesta es que yo no estoy allí. Nunca me perderás porque siempre te estaré pensando, pero llegará el momento en que me tendrás que buscar, porque habré huido lejos o tal vez esté frente a otra fuente, sentado mirándola fijamente, intentando descifrar su secreto y jugando tal vez, tal vez, a imaginar que me llamas al hombro.

De dentro para todos

Imaginemos, por probar imaginemos
que ella se marchase,
sonaría un trueno mudo
pero después
no habría sino paz para el corazón
los días serían cosa de lectura y poco más
unas letras suaves
de esas que sobran.
Mis amigos y yo
sonreiríamos asintiendo
en silencio durante horas.
Pero algo extraño le ocurriría al tráfico
en un atasco sin ruidos
una depresión generalizada del mundo
una caída de precios y ánimos
un suspiro en cadena,
la gente entraría en huelga sin saber por qué
las guarderías se invadirían de llantos
los parques serían chirridos sin alegría
los obreros construirían al revés
y es que yo no sé si podría vivir sin ella
pero lo que es seguro
es que el mundo nos necesita.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Los cromos

El chico va pasando los cromos. Hay personajes, objetos, episodios y unas cartas llamadas características. Parece que las esté ordenando. Se encuentra en el suelo, sentado frente a un tocón que usa de mesa y donde las cartas se hallan repartidas en varios montones. Tiene los labios ligeramente separados y a veces los mueve como si contase en silencio. En un momento aparece una persona que se pone a su lado, el chico hace un gesto como diciendo que espere, termina de ordenar ese montón y levanta la mirada. Le dice a la persona recién llegada que si quiere jugar que se siente enfrente, cosa que hace, y ambos se reparten algunos cromos dejando a los márgenes varios montones. El juego avanza sin complicaciones, pero llegado el momento la persona recién llegada sonríe como con ternura y le dice al chico que no puede jugar la carta que acaba de mostrar, que esa no pertenece a esa concreta colección, que se está saltando las reglas. El muchacho, confuso, aparta la carta, juega una distinta y acaba perdiendo la partida. Juegan otra, de nuevo todo va bien hasta que la persona que llegó le dice que esa carta tampoco se puede usar. El chico juraría que la otra persona ha estado usando cartas que entonces tampoco estarían permitidas, pero en su protesta solo dice que él juega así, con todas las cartas, sin hacer distinciones. La nueva persona vuelve a sonreír y le dice que no sabe jugar, que si sigue así se quedará solo. El muchacho entonces acaba teniendo que preguntar si puede jugar cada carta que va saliendo, la persona juega cromos indistintamente. Al final su contrincante se levanta y le dice que no le gusta jugar con él, que no sabe, que hace trampas y que sin duda debe ser un imbécil. Se marcha y el chico, que sigue sentado, la ve marchar. Entonces mira el tocón, recoge las cartas dispersas sobre las hojas y las apila todas en sus distintos montones según las indicaciones de la persona que se acaba de marchar. Mira los montones durante un rato, al final los junta y los baraja. Sus labios se vuelven a mover sin decir nada.

El libro de dios

En el desierto de más allá de las montañas del este fue hallado un libro. El rey de los meleaos leyó el principio, vio que hablaba de un dios y, siguiendo sus palabras, esclavizó a las mujeres. El libro llegó entonces a manos de los zalamitas, que leyeron algo más y por mandato divino aniquilaron a los meleaos, pero mantuvieron esclavizadas a las mujeres. Entonces un grupo de zalamitas leyó un nuevo pasaje y, apoyándose en aquellas palabras, asumieron el poder sobre toda la tribu, que era ya un imperio. Pero apenas transcurridos unos meses, uno de ellos no leyó sino un párrafo más y en consecuencia tomó el poder en solitario, mandando cortar las cabezas de los otros dirigentes para agradar a aquel dios que se pronunciaba desde las letras. Los años fueron pasando y a medida que los autodenominados sabios del libro —autodenominados interpretando las palabras divinas, por supuesto— iban leyendo más, resultó que las gentes habían vivido siempre en unas pecaminosas conductas amorales que desde luego debían ser prohibidas, y así fue como el gobierno, la religión, la cultura, la economía y la vida pasaron a estar regidas por un libro que se iba desvelando poco a poco, a cada paso contradiciéndose y ocultando la libertad, y que a pesar de regirlo todo muy pocos tenían acceso a él. Pero hubo un muchacho que lo robó, entró por la ventana más alta del palacio que había sido construido según el designio del todopoderoso y saltó al vacío, sobreviviendo porque en el vacío no hay con qué golpearse. El muchacho leyó, leyó más que donde habían decidido quedarse los sabios, y llegó al final. Fue desmentido, aunque nadie leyó tanto como para poder llegar a desmentirle, pero lo que nadie estaba dispuesto a creer es que en la última hoja venía escrito: era todo una broma.