lunes, 29 de enero de 2018

Angelitos ciegos

Dios acostumbra a acobardarse ante las decisiones difíciles, para ellas suele mandar un mensajero, que en este caso fue un ángel, de un aspecto tan tópico que no sorprendió a nadie. Las palabras fueron breves y sin mucha explicación: aquella tarde la mitad de la población desaparecería de pronto por cuestiones obvias, pero para no dejarlo al azar, se quedaría la mitad que mereciese quedarse.
Y fue extraño, la gente de la calle donde centraré este relato, que no es cierto pero casi, por lo general no se inquietó demasiado ante la posibilidad de desaparecer, que les sonaba a morir con un eco extraño. Todos ellos se veían buenos, o al menos mejores que, así que no hubo testamentos o llamadas de larga distancia. La gente hizo lo mismo que la señora G., que desde la ventana paseó su mirada por los edificios contiguos como si los acariciase. Buscaba no adivinar, sino saber quiénes no conocerían la nueva luna. Sin prejuicios la gente es buena y mala, tienen tantos delitos como bondades, el gusto exquisito y el asco perfectamente desarrollado. No le confortaba ninguna decisión fulminante, allí eran buena gente, así que dejó el juego, pero de la que se marchaba vio al muchacho de la chatarra, un joven que vivía bajo algún techo, no en la calle, pero cuyo medio de vida consistía en rebuscar en la basura y vender timando lo que encontrase. No había pruebas de que fuera drogadicto, «pero Dios sabrá que lo eres» sentenció la señora G., antes de correr la persiana e intentar conciliar la siesta del perro.
En el mismo edificio, en el primer piso, hay una mujer joven que es madre soltera. Bien visto no tiene motivos para sentirse como se siente, no tiene más tiempo cada día que el que dedica a sus dos hijos, al trabajo y a la casa. Hace un año y once meses que no toca un libro. Así que podría parecer extraño que sentada en la mesa de la cocina, apoyada la cabeza en la palma de su mano, no deje de pensar y si muero. Ella no se anda con tecnicismos, aunque no ha llegado a pensarlo le da igual desaparecer que caerse muerta, porque su pensamiento es trascendental en el sentido de que más que pensar y si muero está pensando y si mamá muere. «Bueno —piensa— si me voy igual es mejor, significaría que era mala para ellos. Y ellos… La gente que se quede tiene que ser buena, así que se harán cargo, espero, imagino, tiene que ser así». Se levanta, va a la ventana y saluda al chico de la chatarra, que no devuelve la mirada, no se sabe si a propósito o no. Mirándole se da cuenta de que ella misma no ha ido hoy a trabajar, pero es que ni siquiera se lo ha planteado, ha dado por hecho que el día de la muerte colectiva debía ser alguna especie de fiesta. Entonces oye el disparo.
Cuando apareció el ángel tuvo un miedo atroz, pero no pasaba nada antes de girar la cabeza. Todos estarían muertos de miedo y así él sería uno más, casi podría estar a gusto. Entonces miró a los lados, con las frases terribles ya preparadas, y lo que vio acabó con él. La gente estaba tranquila, algunos se santiguaban, a otros se les iba la cabeza a África pensando si entre tanta población se encontraría la mitad de la Tierra y había incluso quien sonreía incluso al pensar en los jefes de gobierno desapareciendo, como si se tratasen de la encarnación de la gente mala. ¿Y si nadie por allí se iba? Seguro que si su casa era la única que quedaba sin huésped la gente se intrigaría, empezarían a hablar e incluso se iniciaría una investigación policial, y si indagaban lo suficiente... Fue al cajón y cogió el arma. Fue a la venta y dijo «ya somos dos» al ver al chico de la chatarra. Si se iba por su propio pie, sin que le empujase Dios, las cosas podrían ser distintas, aunque de cualquier forma él no iba a estar allí para verlo.
Desde lo del ángel llovía. No caía agua del cielo pero sí miradas de los edificios, y éstas eran como una lluvia mucho más densa. No entendía por qué, si pensaban que él iba a morir, tenían que mirarle encima con odio. Había quien le miraba con lástima, también, y él miraba dentro de sí y se decía que la justicia triunfaría y que todos ellos pasarían al otro lado, y que él, a pesar de todo, era bueno y Dios sabría verlo. Cuando sonó el disparo, él cerró muy fuerte los ojos y al abrirlos pensó que ya estaba, que se había dictado la voluntad divina, pero entonces vio el río de gente que acudía a casa del difunto y se decepcionó al ver que todas aquellas personas seguían vivas.
Al caer la tarde, como se había prometido, la mitad de la gente desapareció, de pronto, con su ropa y el aire que guardaban en los pulmones. En la mencionada calle desapareció todo el mundo, habría gente en otra parte que se lo merecía más. ¿Y el chico de la chatarra? Él también desapareció.

domingo, 21 de enero de 2018

Una oscuridad reciente y aparcada

Tengo tanto sueño que no puedo recordar cuándo me dispararon, o más que no poder, no tengo ganas. Cualquiera se hubiese despertado asustado, o al menos sobresaltado, de tener la certeza de que al otro extremo del sueño había un disparo. A mí me dispararon y yo solo quería seguir durmiendo. Cuando desperté, en una cama blanca, blancas paredes, saltaron las alarmas y una enfermera salió corriendo para volver enseguida con dos policías de esos que te dan la sensación de que el mundo es corrupto pero tú estás a salvo. Me preguntaron, y daba igual lo que dijera, uno de ellos no dejaba de apuntar en una libreta, aunque mi respuesta fuese un ruido o un silencio, él apuntaba y cuando salieron me sentí convencido de que habían escrito su propio relato y eso me hizo sentir muy a gusto. Que ellos atrapasen a quien había disparado estaba bien, a la sociedad le alegraría saberlo, pero a mí, a aquel cuerpo dolorido pero feliz tumbado en una cama de hospital, me daba igual. ¿No tenía honor, ansias de venganza, miedo? Igual sí, pero no era momento de pensar en esas cosas; a mí me habían disparado, yo era el protagonista, me merecía un descanso.
No diré dónde fue el disparo porque eso es algo más bien íntimo, en los velatorios, si os fijáis, los muertos están vestidos. Al poco de haberme despertado quise un café, y como no quisieron dármelo, quise el alta. Vino primero el médico a decirme que salir así, en esas circunstancias, era una locura, y como no le hice caso vino luego un policía a decirme que salir así, en esas circunstancias, era una locura. A la mitad del pasillo ya se habían unido al séquito los enfermos de alzhéimer de la sexta planta para decirme que no me fuera todavía y algo más que no recuerdo. Una enfermera muy seria me entregó mis pertenencias: un pantalón raido, una camisa blanca, un cinturón incatalogable, unos zapatos, ropa interior, basura de bolsillos y una pistola.
—Disculpe, esto no es mío.
—Usted sabrá.
Y así, medio desnudo en el sótano de un hospital, con una pistola en la mano, me di cuenta de que probablemente mi agresor había disparado para después huir tirando el arma, y la policía, al ver la pistola a mi lado, habían dado por hecho que era mía. Imagino que ustedes no se habrán despertado nunca en un hospital y habrán salido armados a la calle después, pero lo que en las películas no se ve es lo incómodo que es llevarla. No cabe en ningún bolsillo, si la llevas en la mano la gente se asusta y si la metes por dentro del pantalón puede caérsete hacia fuera o por dentro de los pantalones, la única opción es engancharla con el cinturón, pero entonces acabas caminando muy despacio porque tienes la sensación de que se va a disparar en cualquier momento, así que acabé acercándome a un quiosco para comprar un periódico donde envolverla como si fuese un pescado. A la hora de ir a pagar, mientras buscaba el dinero, dejé apoyada el arma en el mostrador delante del dependiente, él, junto con las vueltas, me regaló un caramelo.
Entré en casa como quien vuelve de vacaciones y espera que el agua del retrete esté seca, pero solo hacía un día que estaba fuera. Me dejé caer sobre el sofá, más relajado, y al instante me quedé dormido. Al despertar había anochecido y tuve la desagradable sensación de haber pasado todo el día durmiendo. Frente a mí, en la mesa, estaban las llaves de la casa y la pistola. La cogí, medí su peso, jugué a ser un vaquero y me fui a la cocina a beber un vaso de agua. Después empecé a recorrer la casa, como una bola de pinball perezosa. En el baño me encontré con mi reflejo, vestía una camisa blanca y pantalones raidos, estaba armado. Por primera vez desde aquella mañana me hice la pregunta de quién me habría disparado. Lo pensaba sin quitarle ojo a mi reflejo, lo pensaba mientras levantaba el brazo. Es curioso, pensé, el arma sí era mía.

lunes, 15 de enero de 2018

El último cuento nocturno

La puerta se abría sin hacer ruido, pero la pequeña la oyó y corrió por todo el pasillo hasta llegar a su madre, que entraba.
—¡Mira mamá, estoy borracha!
—¡Pero Lena, cómo se te ocurre! Uy, sí es verdad que estás bebida. ¡Ven aquí granuja! Mi madre me enseñó un truco muy sencillo para quitarse la borrachera de encima.
—¡Para mamá, que me haces cosquillas! ¡No estoy borracha, no estoy borracha! —y a Lena se le saltaban las lágrimas de la risa.
—Anda y corre con tus hermanos, y que no me entere yo de que vuelves a beber.
La pequeña salió corriendo y la madre suspiró, notablemente alto, al entrar en la cocina y ver la mesa llena de trastos, trastos que pertenecían al padre, que bordaba en un bastidor.
—Buenas tardes, cariño —dijo él sin levantar la mirada pero con uno de esos reojos que parecen demostrar que no se levanta la mirada porque lo que se mira es aún más importante.
—Hola. ¿Cambiaste el pantalón?
—No, he decidido quedármelo.
—Se te pasó el plazo, ¿no?
Y entonces él ya sí levantó la vista:
—Coincidieron que se acabara el plazo con que decidiese que me gustaba así.
—Bueno, tú verás. Por cierto, los niños vieron a Katy muerta.
—¿Y quién es Katy? No me suena.
—Katy es la gata de los vecinos. Era.
—¿Y están muy disgustados?
—Justo es eso, que no lo están.
—Somos terribles.
—No, idiota, me refiero a que no entienden qué es la muerte. Me preguntaba si podrías hablarles tú del tema.
—Claro.
—¿En serio?
—Sí, pero no ahora.
—¿Esperamos a que se les muera un amigo, pues?
—Te pediría que no pusieses ese tono porque tengo una idea.

—Uno, dos y tres —dijo mientras les tocaba con el dedo en la tripa a cada uno.
—¿Solo eso?
—Sí, así de fácil.
—¿Entonces Katy consiguió las piedras? —Lena, con la sábana a la altura de la barbilla, no se sabía si no se llegaba a creer la historia o si le asustaba un poco.
—¿Katy tenía alma?
—Sí.
—Entonces debió conseguir las piedras, ¿no crees? —y con el dedo con el que le acababa de tocar la tripa hablándole de la muerte, ahora le tocó la nariz.
—¿Cuántas piedras doradas necesita el alma de un gato para que el Guardián de la Noche le deje pasar?
—Ah, yo eso no lo sé, yo nunca me he muerto.
—¿Y por qué conoces esta historia entonces?
—Porque yo estudié para muerto, pero luego dije “¡alto, yo no me puedo morir sin ser primero el padre de tres granujillas!”. Pero anda, ahora a dormir, si no os incordiáis entre vosotros mañana os contaré la historia del alma de vuestra tía abuela María, que a veces viene por aquí y me pregunta muy seriamente si os educo bien.
El padre fue hasta la puerta, apagó la luz, salió, cerró la puerta y esperó unos segundos un poco tenso por ver si todo se derrumbaba.
—Lo has hecho muy bien —y sintió que una mano cariñosa se le apoyaba en el brazo.
—Antes, un comentario así hubiera venido aderezado con un beso en la mejilla.
—Tendrás que mejorar tus historias para eso.

Su madre había bordado, y lo había hecho muy bien, y él tenía que haber ido a aprender justo cuando ella no podía enseñarle nada. Vaya forma de estropear un legado.
—Buenas tardes cariño, qué tarde llegas hoy.
—Una reunión. Por cierto, ha llamado la señora Concha, los niños están obsesionados con la muerte.
—¿Quién es la señora Concha, otra gata del vecindario?
—La señora Concha es la maestra de Lena. Me ha llamado en nombre del colegio para decirme que nuestros queridos hijos están obsesionados con el tema de la muerte y que han revolucionado sus respectivas clases.
—¿Ves? Ya te lo decía, llegarán lejos.
—¿Me quieres escuchar? Tienes que arreglar este embrollo.
—¿Embrollo? ¿Y por qué lo tengo que arreglar yo?
—Pues porque tú les has llenado la cabeza de espíritus y ahora tenemos tres hijos protosuicidas encantados con la idea del más allá.
—Bueno, pues solo tienes que ir y hablarles de que cuando uno se muere su conciencia se desvanece en la nada y su cuerpo se pudre para dar lugar a millones de nuevos tipos de vida nacidos de la putrefacción.

—¿Trampas?
—Sí, querer morirse antes de tiempo.
—¿Y uno cuándo se tiene que morir?
—Cuando le toca.
—¿Y cuándo le toca?
—¡Menos mal que no lo sé! ¿Os imagináis? Qué aburrida la vida si lo supiéramos.
—Pero Lena, no le interrumpas. Sigue, papá.
—Pues eso, el Devorador de Almas. Dos cavidades oscuras por ojos, miles de dientes afilados como astillas, un hedor frío proveniente de sus entrañas.
—¡Pero si tiene las piedras doradas!
—¡No! Hizo trampas y se quitó la vida antes de tiempo. Cuando le enseñe las piedras, éstas ya no serán doradas, de pronto se verán rojas, y el Devorador de Almas es ciego y sordo, pero sin embargo se siente repelido por el color dorado… y atraído por el rojo. Buenas noches, chicos, ale, a dormir.
Cuando salió del cuarto de los niños reinaba el silencio y se encontró solo en el pasillo, su mujer no estaba allí.

—Y mira que las revistas de costura siempre me parecieron lo más aburrido del mundo, ¿te puedes creer?
—Sí, sí, claro.
—¿Me estás escuchando?
—Cariño, ahora no tengo tiempo, me han llamado del trabajo, me tengo que ir.
—¿A estas horas?
—Sí, es una urgencia. Por cierto, tienes que hablar con los niños para que hagan los deberes, cuéntales un cuento si quieres.
—Cariño.
—¿Qué pasa?
—Llevo ya un tiempo con este bordado y no me has dicho nada sobre él.
—Ya me lo enseñarás. Buenas noches.

—Ni la espada, ni la flecha, ni la magia. Nada. A aquel dragón solo le hacía efecto un antiguo hechizo venido de lo más profundo del desierto de Udon’Don. Así que la doncella y el vagabundo tuvieron que juntar todos sus conocimientos, todo lo aprendido, que ante ellos fue creciendo como una bola de azul púrpura. Ella aportó lo que le enseñaron sus maestros; él, lo que le enseñó la vida. Y cuando le lanzaron la bola, el dragón se deshizo en hilos de fuego que volvieron al Sol, de donde había salido. Buenas noches.
A ellos dos se les olvida lavarse los dientes, y Lena aún se resiste a la ducha.
—¡Se le había empezado a caer la piel! Así que Bartín-Bartón le llevó hasta la Gran Cascada, donde el agua le limpió y le devolvió la nariz que se le había caído durante el camino. En agradecimiento, él le cubrió las encías con un mágico ungüento blanco, azul y rojo que hizo que le volvieran a nacer los dientes. Buenas noches.
Se dejan la mitad del plato. Sí, hoy también tengo reunión.
—¿Y sabéis por qué había vencido la joven Damieris a los tres colosos? Sí, porque se había comido todo el banquete que le había ofrecido el Rey Sol. Buenas noches.
Y uno de los niños les enseñó unas fotografías de un hombre con una erección.
—Y así es como nacen los niños. Buenas noches.
No le pueden levantar la voz a un profesor.
Buenas noches.

—¿Hoy también trabajas?
—Sí, es este proyecto, que nos tiene a todos hartos en la oficina.
—¿Alguna idea para la historia de hoy?
—No, hoy tema libre. O si quieres descansa, estarás cansado.
—No, tranquila, tengo algo en mente. Una lección de la vida.
—Bien, genial, yo me voy ya.
—Cariño.
—¿Sí?
—Recuerda que tienes tres hijos.
—¿Por qué lo dices?
—Ten buena noche.

La puerta se abría sin hacer ruido. La madre sacó el móvil del bolso y dejó éste sobre una silla junto a la entrada. También se quitó los tacones y pasó de puntillas a la cocina a por un vaso de agua. Sobre la mesa, terminado, estaba el bordado de su marido, era el capullo de una rosa roja en el proceso de florecer. Lo acarició, era bonito. En el pasillo vio que aún había luz bajo la puerta de la habitación de sus hijos, y al llegar a ella la empujó con los dedos. Dentro, sobre la cama, estaban tumbados sus tres hijos mirando al padre, también tumbado, que le daba la espalda a la puerta.
—Y es así cómo él ya no pudo hacer nada más. Nuestro protagonista se encontraba delante del espejo que había colocado allí el brujo, y su amada estaba detrás de él, en algún lugar extraño junto a ese mago. Nuestro protagonista atacó el espejo con todo lo que tuvo, intentó romperlo, pero sus golpes se le volvían en contra, hasta que cayó exhausto. Y al otro lado, una risa conocida, no dejaba de oírse.
—¿Y así termina?
—Así termina. Buenas noches, chicos —entonces se giró sobre la cama y la miró a ella—. Buenas noches para ti también, mi amor.

domingo, 7 de enero de 2018

Onironauta

Nadie se movió cuando sonó el timbre, después, al cabo de un rato, justo antes de volver a llamar, desde fuera se pudieron oír unos pasos débiles, aunque no se sabía si se debía a la fuerza de la pisada o al calzado. Una señora llegó hasta la puerta y su mano fue a abrir, pero se detuvo, entonces fue a acercarse a la mirilla, pero se detuvo de nuevo, apoyó las manos sobre la madera y las empezó a mover en círculos con los ojos cerrados.
—¿Hola? Buenos días, soy Violeta, vengo por la entrevista.
Le habían oído, así que la señora abrió los ojos y abrió la puerta. La abrió despacio al principio, para poder ver por la rendija que quedaba a la chica joven que, efectivamente, venía a la entrevista, pero la siguió abriendo despacio después, aunque ya hubiese quedado a la vista el interior de la casa.
—Sí, Violeta, claro, pasa.
La señora se dio la vuelta y enfiló sin más por el pasillo a la cocina. Violeta, que no sabía qué hacer, frotó a conciencia las deportivas contra el felpudo y entró cerrando la puerta. La casa, lo que pudo ver, tenía una decoración  de esas que son antiguas porque nadie se ha dedicado nunca a sustituir las cosas que quedaron rotas. Antes de llegar a la cocina, más allá en el pasillo, vio a un chico joven, adolescente, que salía del baño en pijama.
—Buenos días, soy Violeta, puede que acabe siendo la cuidadora de tu hermano.
—Yo no tengo hermanos —el chico tenía esos ojos que se tienen cuando se está enfermo o se duerme demasiado.
—El trabajo sería para él —la señora, al oír la conversación, había vuelto atrás y ahora se encontraba en el quicio de la puerta, justo al lado de Violeta, y a ella, pese a ser la señora bastante baja, le molestaba increíblemente su cercanía.
—¿Él necesita una cuidadora?
El chico volvía a entrar en su cuarto, del cual no salió luz mientras estuvo la puerta abierta, lo que quería decir que dentro las persianas seguían bajadas.
—Pase, siéntese, ¿le apetece algo, un café?
—Un vaso de agua, por favor. ¿Qué edad tiene?
—Dieciséis años.
—¿Pero tiene algún tipo de, bueno, de problema?
—No, no exactamente, siéntese, por favor. Tome, el agua.
Ambas estaban ahora sentadas en una mesa de cocina algo pequeña, casi cara a cara con un televisor muy pequeño a un lado que estaba colocado en una mesa igual de alta que la otra pero del mismo ancho que el aparato.

El cielo es violeta, el aire es violeta, a lo lejos parece haber torres… pero no las puedo ver, las tapa una niebla, no, no es la niebla, es el cielo que me envuelve. El aire es violeta y ya no suena el crepitar de las llamas como sonaba antes, pero, ¿cuándo sonaba? No recuerdo cuándo fue, pensaba que era hace un rato, pero ahora se me antoja muy lejano. Alguien me llamaba, alguien gritaba mi nombre, pero no pedía auxilio, esa persona me odiaba. No logro recordar quién era… Espera, ¿quién eres tú? Detente, no te alejes, si lo haces te perseguiré hasta que te canses. ¿Qué dices? No logro oírte, espera, ¡espera!

—¿Todo lo de los papeles es cierto? No tengo forma de comprobarlo, si me dice que lo es la creeré.
—¿El currículo? Sí, trabajaba hasta hace dos meses cuidando a dos hermanos a tiempo completo.
—¿Pero tiene experiencia con chicos, con adolescentes?
—Hice prácticas en un instituto y me tocó llevar algunas clases de chicos de su edad, pero nunca he tratado con ellos en un sentido tan íntimo. ¿Necesita algún cuidado especial, en el aseo tal vez?
Mientras Violeta hablaba, el brazo de la señora, como si fuese algo distinto al resto del cuerpo, como si fuese una serpiente quizás, se había ido alargando hasta alcanzar el mando a distancia del televisor, lo encendió, bajó el volumen hasta que apenas se oyó, y empezó a cambiar de canales centrándose solo en los que hablaban de noticias. Violeta se concentró en pensar que aquello era inherente a la edad y que nada tenía que ver con la educación.
—No, no… él se ducha y come bien, algo despacio, puede, pero ahí podría descansar usted, mientras esté despierto en general.
—¿Despierto, dice?
—Sí, sí… Solo tiene que vigilarle el sueño.
Y Violeta empezó a pensar en la autolesión, la masturbación o la apnea del sueño, que no tenía muy claro en qué consistía pero que sabía que algo tenía que ver con dejar de respirar mientras se duerme.

—Ah, eres tú, me alegro mucho de verte. ¿Has visto? Aquí todo es violeta.
—No, por favor, no, otra vez no.
—¿Qué te ocurre? Esto es precioso, ¿por qué lloras?
—¿Por qué tienes que hacer esto? Déjame en paz, por favor, si me quieres vete.
—No te entiendo, no sé a dónde quieres que vaya, no entiendo qué ocurre, ¿por qué lloras?
—¡Quita!
—Intentaba limpiarte las mejillas. ¿Recuerdas…? Bueno, da igual... ¿Recuerdas cuando…?
—¡Vete!
—¿Pero qué te ocurre? ¡¿Qué te he hecho?!
—¿Que qué me has hecho? ¡Mira esto, mira dónde estamos!
—Dónde estamos… ¿Dónde estamos? Aquí todo es precioso.
—No, ¡No!
—¿Qué haces? Deja que te abrace.
—¡Quita! ¡Quítate de encima! ¡No!

—¿Entonces le parece bien?
—Sí, es perfecto, es el doble de lo que cobraba en el último.
La anciana asintió un par de veces sin apartar la vista de la pantalla, se había ido metiendo cada vez más en ella.
—¿Entonces qué dice que tendría que hacer?
—¿Eh? Nada, nada. Solo sentarse a su lado, vigilarle, limpiarle la frente si suda mucho, traerle agua si se lo pide, y despertarle cuando se altere.
—¿Despertarle?
—Señorita, ¿acostumbra a leer el periódico por la mañana? —la mujer se levantó, alcanzó un ejemplar que había doblado junto a la nevera y se lo acercó—. Página treinta y dos.
La página treinta y dos incluía dos noticias: la primera era una extensión menor de un caso de corrupción política por un asunto de un vertido de residuos, la segunda hablaba de un incendio en un bloque de pisos de la capital. Violeta esperó a que la señora le mirase y entonces le interrogó levantando las cejas.
—Él soñó con fuego.
—¿Soñó que pasaría lo del incendio?
—Soñó que pasaba.
—¿Está diciendo que él lo provocó?
—En uno de esos pisos vivía un antiguo compañero suyo de colegio.
—Siento oír eso, pero creo que acaba de explicarlo; cuando se enteró de la noticia debió imaginar que había soñado con fuego y ya toda la historia cobró sentido en su cabeza. Esas cosas pasan, y no quiere decir que mienta, a veces, sin más, uno acaba por creerse cosas que no son reales.
La señora miraba la pantalla con el labio torcido, en ella se veían los restos de un avión que se había estrellado en la madrugada.
—¿Esa compañía es española?
—No, he volado alguna vez con ella, creo que es alemana o al menos centroeuropea.
Y entonces cambió de canal.
Y entonces sonó el timbre.
La señora miró a Violeta y Violeta miró el reloj preguntándose si no sería otra entrevista.
—Abra —y su voz salió sin que abriera apenas la boca, como si el sonido se propagase por el aire muerto de una cueva.
Violeta fue a abrir, estuvo ausente dos minutos y volvió.
—En la puerta hay dos agentes, preguntan por su hijo, no les he dejado pasar.
La silla volcó cuando se levantó, recorrió el pasillo y abrió la puerta de la habitación de su hijo.
—¿Qué has hecho?
En el cuarto solo brillaban las mejillas húmedas.
—Lo siento, mamá, de verdad que lo siento.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Alina

Cuando Mauricio llamó, su voz me pareció extraña, por teléfono parecía más preocupado que triste. Yo sabía que se iba a producir la llamada aquella misma tarde, no sé cómo, tan solo tenía esa certeza que se tiene cuando te van a dejar o alguien ha muerto, esa clarividencia que te trae el humo azul del cigarrillo que no se fuma. Quedó en recogerme y le esperé en la esquina por aquello de que en mi calle no se puede aparcar. Había estado seguro de que Alina se iba a morir aquella misma tarde hasta el punto de no haber hecho planes, es más, no sé si es recuerdo o imaginación el haberle dicho a los muchachos que aquel domingo no podría verles por un compromiso previo. Y ya ves, cuando crees que has fumado demasiado y que eres tonto, llama Mauricio. El pobre estaba raro, se veía que quería sentirse eficaz, dejarle el dolor a la familia, de forma que se echaba el suyo a la espalda y acababa por conducir encorvado. Todo el trayecto condujo apretando el volante con las dos manos y sin dejar de mirar al frente. Yo le repetí que cómo había venido a por mí y no había dejado que cogiera un taxi, pero sabía la respuesta: él no es un hombre de pésames, necesitaba marcharse del piso abarrotado sin importarle que ahora me fuesen a llover a mí todas las miradas de reproche por mi falta de consideración, por obligar al viudo a salir de su nicho de dolor y ropa negra. Ellos no sabían que lo agobiaban, que el preparar canapés era artificiar la situación, no sabían que él preferiría estar solo en la casa, con Alina aún sobre la cama o ya fuera, sintiéndose como de cuclillas entre las paredes de una casa que era ella y en la que él había tenido la suerte de vivir.
—Ella te quería, ¿sabes?
Y claro que lo sabía, lo que me gustaría saber es si él conocía el verdadero alcance de aquellas palabras. Por un momento se me ocurrió pensar que sí, que lo sabía todo, que sus palabras querían empezar una conversación o terminar un pensamiento, pero no, su forma de encorvarse, su tensión, ahí veía más a la madre de Alina, que a aquellas alturas ya le habría convertido en un mueble en el que poner a secar las flores del entierro. Debía estar hablando de nuestra amistad, además de que hacía mucho que Alina y yo no nos veíamos. Eso no quiere decir que la hubiese dejado de querer, que sería una barbaridad decirlo. Alina era una de esas personas a las que sigues queriendo hasta que te mueres, o a la que quieres aún más si se muere, entonces, ¿por qué no conseguía estar triste?
Al entrar le volvieron a golpear en los hombros, a cogerle de las manos, a abrazarle. Estaba por seguirle de cerca, porque veía que en cualquier momento se caía, sin embargo me decidí a preparar café por ver si me empezaban a perdonar aquellas señoras a las que no conocía ni tenía esperanzas de que me presentaran, pues era posible que ni Mauricio mismo supiese quiénes eran. Cuando el agua ya hervía, me giré buscando el azúcar y al darme la vuelta alguien ya me había robado la cafetera arrebatándome todo mérito, de forma que salí al salón pudiendo llevar solo el azucarero, las servilletas y las cucharillas, cobrándome más miradas de reproche, como si fuese yo quien intentaba robar méritos. Por un momento me salió la vena absurda y me imaginé golpeando a aquellas señoras hasta sangrar. Esperando mi turno para entrar al cuarto me replegué contra una ventana y por primera vez me di cuenta de lo oscuro que estaba el cielo, no lograba comprender cómo había pasado el tiempo desde el humo azul del cigarrillo y la llamada de Mauricio hasta ese momento. El pensar en el cigarrillo me dio ganas de fumar, así tuve que ir por el salón ofreciéndole a cada persona con el gesto sin palabras de ir mostrando la cajetilla para que ellas dijesen que no también sin palabras, solo tensando los músculos del cuello. Al terminar la rondan me giré para ver en sus caras el terror al darse cuenta de que el haber rechazado el cigarrillo les obligaría a no poder fumar más adelante sin vulnerar su sagrada educación, aunque sabía que a lo largo de la noche irían desapareciendo como desaparece la gente en las fiestas y en los velatorios. El recorrido también me sirvió para fijarme mejor en la gente; hasta ahora las amigas de la madre habían acaparado toda mi atención, pero tampoco es que hubiera mucha más gente, había una niña, vestida con un vestido blanco que si bien no era negro al menos era muy bonito, estaban los que debían ser sus padres, mayores que Mauricio y que yo mismo, a los que no encontraba una justificación más allá de que fueran familia o vecinos muy queridos. Luego el resto de la gente era bastante mayor sin llegar a ser anciana, lo que me hacía preguntar si no era verdad que Mauricio y Alina tenían amigos, que los tenían, entonces, ¿dónde estaban? Era domingo y era tarde, pero era Alina, y por aquí los trámites sociales se hacen en el velatorio y no en el funeral. Podía ser que Mauricio no les hubiera llamado, y aquí me avergonzó sentirme afortunado por ser el elegido, pero también me hizo preguntarme si no debería coger yo la agenda de telefónica. Busqué a Mauricio con la mirada y comprendí que ahora la madre y él debían estar en el cuarto, la visita más delicada, así que, de pronto sintiéndome completamente fuera de lugar y sin saber dónde meter las manos, comencé a buscar cosas que hacer o sitios donde esconderme, vi la puerta cerrada del cuarto de la plancha, pero antes de decidirme siquiera vi a la niña. Estaba sola, en el reino de los muertos y de los mayores, y a la mañana siguiente tendría colegio, así que estuve sopesando cómo de acertado sería acercarme, conseguir el permiso de los padres y llevármela de la mano a un lugar apartado a inventar juegos y si eso a convertir a las señoras mayores en una hidra de muchas cabezas.
Si quería alcanzar el cuarto de la plancha lo mejor sería atajar por la cocina, que si bien era un camino más largo, al menos me libraría de atravesar el salón, pero luego habría que abrir la puerta, y eso parecía imposible ante la mirada de todos. El jugar con la niña había quedado descartado porque no sé si era miedo o pereza, pero si ella no venía a mí yo no quería tener que moverme y enfrentarme a sus padres. De pronto me asaltó la culpabilidad terrible y carnívora de pensar que por qué no estaba triste y pensando en Alina, en su vida, en nuestros recuerdos, en cuando yo había gobernado aquel salón en ausencia de Mauricio. Pero de estos pensamientos me sacó el propio Mauricio poniéndome la mano en el hombro, y en ese momento tuve la certeza de que él lo sabía todo y que el sacarme del mundo de la culpa era  su forma de decir que me perdonaba.
—Vamos —dijo.
Uno espera que una habitación así huela a algo que desconoce pero a lo que llamará olor a muerto. Esta no olía a nada especial, tampoco a cerrado, a viejo, a polvo, a incienso, a madera, no, aquella habitación directamente no olía a nada. Estoy seguro de que no había ningún olor allí, como si incluso Mauricio y yo nos hubiésemos quitado la piel antes de entrar, y aunque sé que es mentira, ahora lo recuerdo como si de fondo oliese a perfume, el perfume que Alina guardaba en un frasco azul. También al recordar la escena recuerdo las paredes, las manos sudadas de Mauricio que me ponían nervioso, las sillas a ambos lados de la cama, recuerdo incluso otros recuerdos, a mí con la Alina viva en aquella misma cama (¿dónde dormiría Mauricio los próximos días?), pero de lo último que me acuerdo al formar la imagen es de ella, o mejor dicho, de aquel cuerpo. Ya nada más entrar me alegré de hacerlo después de él, porque se me arrugó la nariz y casi lo expreso en voz alta: «esta no es Alina».
Tenía su cuerpo, su rostro ausente, su piel blanca, sus manos cruzadas sobre el regazo, pero no era ella. No sabría cómo expresarlo, pero la miré y luego miré a Mauricio para ver si había algo en su rostro, pero él la miraba con el lado que se le había muerto y casi le grito que como podía ser tan tonto de creérselo. Quise pensar entonces que el no estar apenado y ver aquel cuerpo como si no fuese el suyo no eran sino síntomas de un rechazo natural a la creencia de la muerte de un ser querido, pero fue en ese momento cuando me cruzó por el pecho una certeza o una verdad, y lo hizo tan fuerte que me tuve que apoyar en el respaldo de una silla. Mauricio me miró, pero su imagen estaba distorsionada como si le mirase desde el otro lado de una vidriera. También me vinieron unas ganas terribles de vomitar y lo único que se me ocurrió pensar fue que cómo de acertado sería vomitar allí mismo, porque en las películas se vomita ante los cadáveres, pero se hace en las escenas del crimen o en las autopsias, no en los velatorios. Pensé que si vomitaba en ese instante, delante del cuerpo y del viudo, no estaría sino delatando mi especial relación con la difunta. Lo mejor fue salirme, ir al baño, lavarme la cara y ante el espejo decirme que tenía que dar con Alina, la Alina viva que había en alguna parte.
Luego todo fue más rápido, al menos de comprender. Lo que había sentido en el cuarto había ido escalando hasta llegar a mi cabeza y ahora sabía que Alina rondaba por el piso de alguna forma que no me importaba que no fuese lógica. Tuve que buscar escusas para poder ir mirando todos los rostros, buscando una cara tan blanca debajo de un velo de luto. Yo estaba sudoroso, encogido, casi temblando, solo se me ocurría pensar que si nadie se preocupaba por el qué me pasaba o, que suponiéndolo, me dijesen siéntate y bebe algo, era porque si alguien había de decirlo eran aquellas señoras que suspiraban cada vez que me veían cruzar. Después de haber mirado en todas partes, Alina solo se podía haber escondido en el cuarto de la plancha o en cualquier otro lugar del bloque de pisos, y como en ese vecindario la media de edad es elevada y a aquellas horas los vecinos andarían en bata o ya dormidos, pensé que lo primero sería hacer aquello que antes me había dado tanto miedo pero que al final resultó no ser nada, solo acercarme a la puerta, abrir y entrar sin siquiera mirar quién podía andar mirándome, que bien visto tampoco sería nadie si allí solo me apreciaban Mauricio y tal vez la niña, y ella únicamente porque tenía pinta de ser de esos niños que se van de la mano de desconocidos.
Al entrar no estoy muy seguro de si en un momento dado se encendió la luz o si es que mis ojos se aclararon de pronto. Frente a mí estaba la tabla de planchar como si fuese el mostrador de una tienda, y al otro lado Alina, vestida de blanco, que ni sonreía ni parecía triste. Empecé a dudar sobre si debía saludar o cómo debía comportarme, y ante la duda decidí comportarme como lo hacía de niño:
—¿Eres un fantasma?
Entonces ella sonrió y pareció que todo iría rodado.
—¿No has visto mi cuerpo en el otro cuarto?
—Parecía de plástico.
—¿Habías visto un muerto antes?
—No lo recuerdo —ella parecía ella, pero notaba una distancia entre los dos no justificada por la muerte—. Creo que ahora deberías besarme.
—¿Quieres que te bese?
—Quiero comprobar si eres auténtica.
—¿Si lo fuera te besaría?
—Si estuvieses viva y yo llegase al cuarto en el que ahora descansas, lo harías.
—Ahora debes salir.
—¿No vas a contestarme?
—Debes salir porque a Mauricio le van a fallar las piernas, quiero que le cojas antes de que caiga al suelo.
La miré durante un segundo que pareció eterno, durante ese mismo segundo me giré, y después de todo aquello, su figura iluminada quedando a mi espalda, abrí la puerta y corrí hacia el centro del salón, donde aquellas gentes se llevaban las manos a la boca mientras contemplaban cómo el viudo caía de espaldas en lo que parecía ser mucha menos velocidad de la que acostumbran a invertir los objetos cuando caen, como dándome tiempo a llegar, pasar mis brazos por debajo de los suyos, acordarle un buen aterrizaje sobre la alfombra y susurrarle cosas buenas al oído. Mauricio necesitaba descansar, pero eso no sirvió de señal a la congregación para que se marchara, es más, pareció darles más poder en cuanto ahora el marido sí que les necesitaba en estas sus peores horas. El sofá de pronto resultó ser algo diminuto en lo que uno no podía tumbarse, y por la cara de la madre de Alina adiviné que había sido regalo suyo. Entonces yo tomé la iniciativa con un carisma tal que aquellas mujeres, aterrorizadas por lo que proponía, no pudieron oponerse. Mi ímpetu venía por la idea de que en cuanto quisiera podría abrir una puerta y volver a verla, era como si en el ensayo de una función en la que yo era actor, pidiese salir antes de tiempo porque tenía una cita. Entonces Mauricio acabó en la cama de matrimonio, al lado del cuerpo sin vida de su mujer, al que hubo que mover casi medio metro a un lado. Se me ocurrió pensar que si Mauricio de pronto despertaba y la veía ahí, con los ojos cerrados y la luz apagada, podría pensar que todo había sido un sueño, pero ahora que conocía la verdad era incapaz de otorgarle ninguna seriedad a un cadáver.
Sin embargo cuando volví a entrar, casi con la ilusión de un niño, el cuarto estaba vacío. Una nota había dejado sobre la tabla de la plancha:

Búscame en la sala

Y yo pensé que por qué en algún momento habríamos interrumpido aquella historia en la que solo nos hacíamos daño cuando pensábamos en su marido o en mi amigo. Abrir la puerta y echar un vistazo resultó ser algo increíblemente tedioso. ¿Dónde podría estar Alina? No la veía allí presente, y si estaba metida en algún otro cuerpo, como se supone que hacen los fantasmas, podría estar en el de cualquiera, conociéndola incluso en el de su madre, o en el suyo propio para dar el espectáculo de una resurrección. Saqué la cajetilla y volví a darme una vuelta ofreciendo cigarrillos, lo hacía todo muy deprisa porque en verdad no me importaba nada, solo iba mirando los rostros, buscándola, y cuando hube terminado, sin saber quién podía ser, me desesperé pensando que o bien ella me daba una pista o me saldría de aquel piso, cogería un taxi y vería si los fantasmas le siguen a uno pidiéndole disculpas. Pero entonces caí en la cuenta de la única persona a la que no le había ofrecido tabaco era la pequeña que, con un dedo apoyado en el labio y mirando hacia el techo, vestía de blanco y había estado evitando mirarme todo aquel rato.
Utilicé la cocina como pasillo para pasar al otro lado del salón y salir por la puerta que me dejaba junto a ella. Allí la cogí del brazo y la llevé conmigo porque sus padres no miraban y ella no dijo nada, aunque no me hubiera importado que cualquiera de las dos cosas hubiera ocurrido. En el ascensor me puse de rodillas para que mi cara quedase a la altura de la suya.
—¿Eres tú? Dime ¿Eres tú?
Ella me miraba con unos ojos que debían comprender la amplitud del mundo. Al llegar al vestíbulo la cogí de la mano, y al salir a la calle, al frío insoportable que hacía de pronto, empecé a correr sin soltarla, sintiéndola como un lastre a mi velocidad.
Después de las calles llegamos a los parques, ella no había dicho nada, pero oía los gritos más allá, los lobos, los depredadores que nos querían alcanzar a Alina y a mí. Entonces sentí cómo sus piernas no daban más de sí y paraba. A mí la inercia me llevó a quedarme un par de metros más allá, mirándola a ella y a quienes venían detrás.
—¡Vamos, Alina, no hay tiempo!
Pero ya estaban aquí. Sus padres, que me insultaron desde lejos, como con miedo; Mauricio, que estaba casi llorando y me abrazó diciendo que esto nos afectaba a todos, que no había que dejarse llevar. Y mientras Mauricio lloraba en mi hombro vi cómo se la llevaban y cómo giraba ella su cara, pura e inocente, y me sonreía. Os juro que sonreía.

martes, 3 de octubre de 2017

Los ojos antes de la boda

Él se acerca gateando sobre las sábanas, ella durante un momento se siente un acantilado donde van a morir las olas, luego lo piensa, qué tontería, y se deja abrazar desde atrás, aunque aún sigue muy quieta.
—El sábado es el gran día —le susurra a través del pelo.
—Sí, mi amor —ella coge una mano y la lleva desde su cintura hasta los labios.
Ese día pasa despacio y después muy rápido. Ella se las ingenia para salir sin decir nada especial, él está muy contento porque al fin sale todo bien. Va a la cocina con la intención de preparar un plato sofisticado pero lo deja a medias cuando recuerda que aún tiene que llamar a la floristería y al hotel donde se alojará la tía. Luego las llamadas se hacen más, y a amigos y familiares les dice lo mismo, con la felicidad del discurso bien montado, que todo ya está casi, que a ella se la ve encantada pero muy nerviosa, te dejo que se me quema algo. Pero no se le puede quemar nada porque el fuego no está encendido, el aceite no ha tomado su espacio, no se diluye por la superficie negra con la rapidez de los pasos de ella que busca pisar las hojas más secas porque siempre se dijo que nunca se casaría en verano. Los árboles no son uniformes en esa época, andan pintados de los colores que la gente no viste. Los pasos siempre le llevan al parque y de ahí a una fuente, a una estatua y a un hombre que hace de estatua, este segundo lo hace tan bien que ella siempre le acaba dando el dinero a la figura oxidada y su caballo. A veces sale del parque para incursiones nocturnas, pero le gustaría saber de una vez por qué le agobian los espacios abiertos si están vacíos, ella disfruta de las aglomeraciones en las que uno no puede moverse apenas, en las que el sudor, el tacto y los olores contribuyen a crear algo un poco superior. Su rayuela es muy larga y va pisando las hojas dando saltos, hay hojas secas muy nutridas que estallan con menos sonido del que merecerían, ella las va pisando sabiendo que se van a acabar y que por tanto es mejor verlas morir cuando antes. Cuando se quiere dar cuenta ha salido del parque, al cielo lo cruza la línea del metal de la puerta, puede volver… o volver, allí no hay nada, es una zona que desconoce y no le gusta, sin duda lo único que puede hacer es volver, y por eso no lo hace, esto será su particular despedida de soltera. Las calles no son bonitas ni la gente parece amable, los quioscos están cerrados. Las palomas llevan parches en el ojo y esclavizan a pájaros más pequeños, y sin embargo hay una tienda de instrumentos de la que no sale música y ella ya lo sabía, se da cuenta, conoce esa tienda y que dentro hay un hombre que escribe historias en cuadernos de pentagramas, y si ella no sabe por qué lo sabe es porque no quiere pensarlo, porque igual no es el acantilado de las olas, igual es alguien asomada a éste. Desde donde está no puede ver siquiera a través del escaparate, y la decisión de acercarse desaparece mientras deshace el camino lo más deprisa que puede pero sin entrar en temas mayores. Tardaría menos sin pasar por el parque, menos aún cogiendo un autobús, pero quiere volver a cruzar la verja para que esas calles y esa tienda se conviertan en una pecera que se encuentra en lo profundo del parque, algo bien determinado para no volver a tocarlo.
En casa hay pescado y a ella se le olvida protestar, tampoco come, y él disfruta de sus nervios, piensa que es una pena que ya no se haga aquello de cortar la tarta con una espada, se pregunta si no estarán a tiempo de contratarlo. Esa noche él cede en cuanto a su determinación de no tener sexo la semana antes de la boda, lo hacen en la postura de la mañana, él abrazándola por detrás, ella sintiendo las olas que la embisten. Al día siguiente tiene muy claro lo que tiene que hacer, está casi contenta, se despide con un beso. Corre por el parque para llegar enseguida a su otro parque, cerrar esa puerta será cerrar la verja. Las calles siguen grises y los barrenderos parecen no haberse movido desde el día anterior. Se imagina entrando en la tienda, él levantando la vista, y entonces… mejor ni siquiera pensarlo, que surja, ella entrando en la tienda, él levantando la vista. Cuando llega, respira y entra, hay otros clientes y él está ocupado y ni siquiera es él. Le dan ganas de gritar, después se traga sus palabras y entonces le dan ganas de romper cosas. Se siente increíblemente sola entre violines, teclados y atriles. Pasea pensando qué pensaría la gente al ver a una mujer joven llorando en una mierda de tienda de música. Entonces los otros clientes se van sin comprar nada, el dependiente se da la vuelta para atenderla y de pronto sí era él y ella no entiende cómo pudo estar tan segura de que no lo era viéndole de espaldas. Había querido entrar con decisión, una determinación silenciosa y asentada, y de alguna forma darle a entender que aquello, algo, lo que fuera, había terminado, incluso había pensado hacerlo sin darle opción a hablar, pero ahora de pronto están así, tan cerca, y ella sin estar en una elevación de terreno y además con los ojos casi llorando. Se pregunta si él no la reconocerá, y se promete que si es así lo compensará no tocando un instrumento en su vida, pero él sonríe. Él sonríe y dice:
—Hola.
Y ella piensa muchas cosas muy deprisa y con una voz que desde luego no es la suya dice:
—Hola.
Y entonces tiene ganas de decirle que se va a casar el sábado, que él tendría que estar muy orgulloso de ella, que no le está invitando, que solo quería decírselo, que no es una traición porque no hay nada que traicionar, que me parece ridículo que trabajes aquí y te tengas que poner un mono negro con corcheas pintadas en blanco cuando yo te imaginaba haciendo muchas cosas mucho más grandes y que si desde que dejamos de vernos no has hecho nada con tu vida no puedo dejar de pensar que yo tengo la culpa y eso me hace sentir mal ¿sabes? Me hace sentir horriblemente mal y ahora me ahogo y no quiero porque es desagradable y ya no me gusta llorar, yo solo quiero ser feliz y si te quedaste colgado de una rama yo no tengo más alternativa que sacudir el árbol hasta que te caigas, más y más fuerte, porque haz tu vida, haz tu vida a tu manera y sé feliz pero no me lo hagas saber porque yo también quiero ser feliz y creo que para ser feliz necesito que no existas en mi vida y cuando te pueda olvidar será como despertar de un sueño y volveré a reconocer las cosas, los objetos, las caras y si no no sé qué haré porque no me gusta pensar en estas cosas y en general no me gusta pensar en nada y el sábado me caso y tampoco quiero pensar en eso.
Pero no dice nada.
Solo hablan de cómo han sido las cosas en los últimos años, de cómo él ahora es el encargado de la tienda, de que su grupo ahora da algunos conciertos, de cómo ella no ha hecho nada relevante como para mostrar en una conversación así. De la boda no habla, siente que hablar de terceras personas sería un insulto, y sin embargo cuando sale y vuelve despacio hacia el parque repasando la conversación una y otra vez, tiene la seguridad de que él lo sabe, sabe que se va a casar, lo sabe y eso le da pavor y a la vez le calienta el pecho.
Él comenta que hubiera sido divertido que no vivieran juntos ya desde antes, que le gusta la imagen de estrenar la casa nueva con el novio llevando a la novia en brazos. Ella asiente y sonríe mientras él le ata algo del vestido a la espalda. El novio no debe ver a la novia antes de la boda, le susurra al espejo antes de que ambos se suban al coche y ella de blanco y él de negro lleguen a la iglesia donde les han reservado un sitio para aparcar. Ya dentro, con todos sentados, ellos dos delante y flores por todas partes, en el momento de hable ahora o calle para siempre, que él determinó que se diría sí o sí, ella mira hacia la puerta del fondo deseando el terror de ver cómo se abre. El cura continúa y ella se pregunta si no suena en el ambiente el sonido de una flauta dulce. Le mira a él que la mira con el anillo en la mano. Sí, están sonando flautas.

lunes, 24 de julio de 2017

Estos quince días
habrá fiestas
habrá bailes
yo prometo no aprender a fumar

estos quince días no estaré
y no os miento
tampoco estará mi presencia

podéis liberar la sangre
miraros a los ojos
y descubrir en qué os parecéis

estos días sed libres sin mí
comeos el banquete
y cuando vuelva
contadme las sobras

viernes, 14 de julio de 2017

Sunrise

Siente los ojos dolidos, es el efecto del sol y del sueño en un cuerpo por la mañana, cuando aún no se han levantado las defensas. Camina como evitando chocarse con las cosas y aparentando toda la normalidad posible para que la gente no se le quede mirando. Antes se quedó dormido en un parque. Se había sentado a leer en un banco de piedra,  pero al no haber respaldo se tenía que inclinar demasiado hacia adelante, así que puso la mochila como almohada y se tumbó a leer. El sol le atacaba un ojo desde un hueco entre las ramas del árbol, así que lo cerró. Luego, en cualquier momento, se quedó dormido. El libro por suerte quedó abierto contra su pecho, y digo con suerte porque las últimas diez hojas las había leído sin ganas y después, con el marcapáginas sobre la hierba, le habría sido imposible ubicarse. Durmió un sueño raro como cuando te echas la siesta con calor o como cuando duermes en un viaje y después te duele el cuello. Sobre él, en el árbol, más de diez cotorras gritaban y graznaban de una forma insoportable, pero como el sonido procedía de la naturaleza se dejaba pasar. Cuando las cotorras iniciaron el vuelo, él se despertó. El sueño había estado bien, sin sueños, un lapsus de tiempo, probablemente el mejor momento de la mañana. Lo malo ocurrió al despertar, el saber que ya no podría dormir y que todo lo que había ocurrido antes se reafirmaba como cierto. Entonces comenzó a caminar volviendo a algún sitio, al hogar sin novedad, con la pereza de haber llegado a alguna parte y ahora tener que volver. Metía los labios en la boca a la hora de resoplar, porque el aire que le salía por la nariz le parecía caliente y molesto, en general sentía toda su piel y el contorno de sus ojos extremadamente sensibles, como debía sentirse quien se recupera de unas quemaduras graves. Quería que cualquier cosa o persona le distrajese de su ruta, él no podía hacer nada, ya había hecho mucho tumbándose en un banco a perder un tiempo sin determinar, así que ahora debía ser algo ajeno aquello que le obligase a poder desentenderse de sí mismo. Le valía desde que le atropellasen hasta que una niña se agarrase a sus piernas y llorando le suplicase ayuda. Miraba a la gente con asco. Les odiaba y sin embargo era incapaz de independizarse de su opinión. La única forma de que él les abriese su amplio corazón (hoy dormido o enterrado) era individualizarse ante sus ojos y portarse bien, aunque esto último muchas veces tampoco era necesario. Ya estaba cerca de casa, hoy no soportaba su cercanía, otros días sí, otros días no querría salir por nada del mundo. Al menos andando su mente derivaba y dejaba de sentir, pero las esperas al transporte público, más largas por ser un día de verano, consumían su paciencia y le hacían sentir ira u odio, una sensación abrasadora que salía de él a borbotones y chocaba contra las paredes y amenazaba con empujar a la gente o aplastarla. En el portal dudó, podía subir en ascensor, lo cual estaba bien por no tener que caminar, o subir por las escaleras, lo que le haría gastar menos electricidad y le daba la posibilidad de cansarse y poder dormir de nuevo. Subía despacio, saboreando el escalón, pensando que ya solo le salvaría de llegar a su piso que un carrito rodase desesperado escaleras abajo hacia su encuentro. A pesar de subir a pie por gastar también menos luz, un detector automático le fue encendiendo las bombillas de cada rellano. Al llegar abrió la puerta como quien se rinde. Entró para mirar las persianas bajadas, quizá esa noche hiciese fresco y se formase una fina brisa ecuestre. Seguir adentrándose en la oscuridad sería continuar el día, así que se sienta en el sofá, cerca de la entrada, y se extiende un poco. De hecho se saca de las extremidades y empieza a crecer desmesuradamente, tanto que la espalda supera el respaldo y cae hacia atrás, mientras los brazos y las piernas lo siguen ocupando todo. Se vuelve un amasijo de carne, pero como no sabe dónde están los ojos, al fin puede dejar de sentirlos.

miércoles, 12 de julio de 2017

Nicho de hojas secas en la ventana

El abuelo, ya en el pasillo, suspira y vuelva a abrir la puerta.
—¿Qué pasa?
—Yo no he dicho nada, abuelo.
—No, claro que no has dicho nada, pero estás pensando, tiquitiquitiqui, y piensas tan alto como las hormigas.
—No sé, abuelo, todos pensamos. Si vamos a seguir hablando, ¿te importa encender la luz?
El abuelo lo hace y se sienta en la única silla del cuarto. La silla de su nieto es muy pequeña porque es para un niño, pero es en la que él se ha sentado cada noche desde hace muchos años, exceptuando fiestas y fines de semana.
—Dime, truhán, ¿qué maquinas?
—No maquino nada, aitona, solo es que me da pena que ya no me cuentes cuentos.
—Y qué cuentos habría de contarte, si ya eres un chico grande.
—Los de siempre, lo que has vivido.
—Pequeño mentiroso, todo eso han sido siempre mentiras, y lo sabes. Yo nunca he pisado un barco.
—Ya lo sé, pero me gustaba imaginarte haciendo aquello que me estuvieses narrando. Abuelo, yo sé qué es mentira y qué no. Sé que es mentira el amor de mis padres, verdad que adivinas las tormentas, mentira que existan más planetas, verdad que te sacarías el corazón y antes de caer muerto me abrirías el pecho y lo cambiarías por el mío si fuera necesario. Yo sé esas cosas.
—Es que eres un crío listo, por eso ya no te cuento cuentos, porque eres más listo que yo.
—Pero piénsalo, si soy así es por ti, porque papá y mamá…
—Mamá y papá.
—Don Cacerol y la bella Catalina.
—Y yo batiéndome con tu padre por raptar a tu madre.
—Y mamá sustituyendo a papá cuando se cansaba.
—Y tú naciendo mientras tanto en el cuarto de al lado.
—Abuelo, te echo de menos.
—Y yo echo de menos correr. ¡Cada uno a lo suyo!
—Pero abuelo, ¡aún puedes correr, cuéntame que corres!
—Y cómo voy al baño también. Anda, mocoso, que se ha hecho tarde, mañana desempolvo un libro para leerte.
El abuelo se levanta, apaga la luz y cierra la puerta. De nuevo en el pasillo baja la cabeza.

—Maldito cabrón, con ese ruido no va a dejar dormir a nadie en esta casa —abre de nuevo la puerta y habla mientras entra—. Va, va, ya te cuento un cuento, ¡pero deja de pensar!

viernes, 30 de junio de 2017

las gemelas jugaban en el jardín
tía Ana lavaba los platos
daba igual que nadie hubiera comido
los bajaba del armario y los volvía a fregar
herencia de una locura
que siempre nos ha sido confortable
Pablo ya tenía cinco años
y lloraba porque las gemelas no querían jugar con él
pero luego lo olvidaba
cuando un conejo atravesaba el jardín
y ambos se perdían hasta la noche
el tío estaba en su despacho
y solo bajaba cada diez años
tía Ana le enviaba a la sirvienta con la comida
preguntándose si seguiría vivo
y obteniendo la respuesta en los gemidos de ella
solo nos reuníamos en la cena
-el cuadro del tío comía por él-
las gemelas hablaban en alemán
aunque la tía me dijo que era una lengua inventada
Pablo movía frenético los pies bajo la mesa
que no llegaban al suelo
pensando en dragones y en cómo llamar la atención
la tía me pedía novedades del mundo
y yo respondía que estaba allí por escapar de él
también me preguntaba por mamá
y yo la miraba sorprendido
diciendo que la creía hija única
después llovieron los heridos
literalmente
a la decimoquinta de paracaidistas
les tirotearon antes de tocar el suelo
las criadas de las casas vecinas
y el médico rural
montaron un hospital de campaña
en el campamento de los scouts
siendo las gemelas enfermeras
tía Ana cocinera
Pablo el guardián
y yo el cura sin sotana
que cavaba y daba
la extremaunción
más tarde, aburridos los dioses
llegaron la paz y la pobreza
los camiones se llevaron a los soldados
a otros se los llevó la tierra
y a mí me recogió un coche negro
el tío me dijo adiós tras la puerta
tía Ana me hizo el almuerzo y me dio un beso
las gemelas me habían cosido una canción
y compuesto una muñeca
Pablo me susurró un secreto:
él había parado la guerra
en el coche, de regreso
se me ocurrió la verdad
aquellos días habían sido
perturbadoramente
lo más feliz que esta realidad
podía encontrar

lunes, 26 de junio de 2017

Último giro

Está de puntillas y eso de alguna forma es hacer trampa, así que da un par de pasos atrás y planta las suelas de los pies contra los azulejos. Mete también los brazos para tener dentro cuanta más cantidad de piel. Entonces gira la cabeza y mira el jardín; el Sol ya ha pasado la esquina de la casa y su marca solo se ve en la copa de los setos más altos. Ahora, sin sol, ya no podrá secarse tumbado, así que haber sacado un libro es una tontería, se secará enrollado en la toalla y después entrará en casa a sentir eso que se siente cuando te quitas el bañador, y se duchará. Da un par de pasos más y se detiene con el agua a la altura de la parte inicial de la tripa, sin duda la peor parte, así que se detiene con el falso deseo de que el cuerpo se acostumbre al frío, frío que no es frío excepto en la tripa, a la que cualquier temperatura daña. Se mira los brazos, le hace gracia sacarlos y meterlos como si atravesar la superficie del agua fuese como atravesar un haz de luz, aunque la luz no es tan suave. Entonces siente una especie de agobio, piensa de qué puede tratarse y se da cuenta de que se trata de todo un poco, se trata del día improductivo, sí, pero éste abre la puerta a todo lo demás, a los últimos tiempos donde al final ha dejado de poder ir solucionando los problemas y ahora todo es un torrente de cosas invisibles que atacan como ahora, o como cuando no quiere levantarse de la cama porque ahí fuera todo es demasiado grande, o como cuando suspira ante lo inevitable y tiene que recurrir a la imaginación para crear fantasmas y poder matarlos. Piensa en soluciones, en soluciones a días como éste, pero entonces siente el agobio de conocerse y saber que su saliva es humo. Necesita distraerse. Las palomas son nuevas, antes no había palomas aquí, como son nuevas nada les ataca y se las ve muy gordas, tanto que les cuesta volar, alguien le dijo que comían unos frutos rojos y entonces, lo que le recuerda a que ha decidido bañarse antes de entrar a la ducha, pero entonces él está sucio, y pensar en que está lleno de escamas asquerosas que se desprenden de su cuerpo y se disuelven en el agua para luego convivir con quien entrará en la piscina más limpio, como una persona normal, le agobia también. Necesita distraerse y no hay insectos ahogándose cerca, necesita distraerse y los vecinos están callados. Silva las últimas notas que le vienen a la cabeza, no recuerda si la canción a la que pertenecen la escuchaba él o la escuchaba su hermano, pero son notas tranquilas, una melodía bonita, ha aprendido mucho sobre música en los últimos días, ahora ve a los compositores como verdaderos genios o artistas, recuerda una escuela para compositores sobre la que leyó hace algún tiempo, pero esos pensamientos mejor desecharlos, porque últimamente no ha dejado de oír que lo que no haces de niño ya nunca lo harás del todo bien, y eso le veta tantos caminos, le veta todos menos uno, y ese tampoco es un gran camino. Ahora va viendo cómo todos sus pensamientos acaban por tornar el mismo camino, uno bastante peligroso al que no quiere asomarse porque no entiende por qué está ahí, porque él está bien, es un chico joven que disfruta de las cosas de las que disfruta la gente. Vuelve a silbar las notas, siente que aunque la buscase no vendría otra canción a su cabeza. Vuelve a silbar y entonces se imagina a un vecino tras el seto, sentado, leyendo, harto ya de la misma tonada, y en ese momento deja de silbar. Cuenta hasta dos y se detiene de golpe, divertido por lo que casi acaba de hacer: hace ya tiempo, para enfrentarse a las cosas inmediatas y a las que no nos atrevemos, desarrolló el sistema de contar hasta tres, es decir, en cuanto termina de contar debe hacer aquello que se había propuesto, dando igual todo lo demás, y como es una regla que ha cumplido siempre, tiene miedo de contar hasta tres cuando no deba, porque entonces se tendría que lanzar inmediatamente a hacer algo que igual tan solo se le había ocurrido inconscientemente y en verdad no quiere hacerlo, o es imposible o, lo más probable, es una locura. Pero, ¿qué es lo que ha estado a punto de hacer ahora? Sencillo: sumergirse en el agua. Entonces lo piensa con detenimiento; puede bucear, dejar de acostumbrarse a la temperatura del agua y generar su propio calor en el corazón de la piscina, pero bucear no es tan sencillo como sumergirse, debe hacer largos buceando, como han hecho siempre su hermano y él, sorprendiendo a la gente en las piscinas comunitarias al realizar dos largos seguidos o como aquella vez en que grabaron a su hermano cuando logró hacer tres. Desde el verano pasado no hace largos, no se ha bañado en una piscina siquiera, así que está desentrenado. Piensa cuántos hacer y se da cuenta de que el reto empieza a los tres largos, pero igual no lo consigue, se le da bien prever sus derrotas, así que ha de concederse un deseo si lo logra, aunque esto también tiene su lado negativo, ya que si no lo consigue no se cumplirá aquello que pida. Lo piensa y de pronto le asalta una revelación, si lo consigue no ganará una apuesta, tan solo se sentirá bien, si consigue hacer los tres largos buceando se sentirá bien. Se mentaliza y se zambulle; todo pasa muy deprisa, parece no decidir nada, como si todo se hiciese por inercia. Se da impulso con la pared y nada rozando el suelo, con los brazos pegados al cuerpo e impulsándose con un movimiento de hombros. Es la forma de nadar de su hermano y ahora a él le está saliendo de forma natural, le impresiona que funcione mejor que la brazada a la que está acostumbrado. Sin embargo el primer problema aparece al terminar el primer largo, ya que tarda demasiado en lograr darse la vuelta e impulsarse con los pies en la nueva pared. Además, en el transcurso del segundo largo, siente un dolor en la planta del pie derecho y se da cuenta de que se le ha agarrotado. No puede siquiera permitirse pensar en él, pero probablemente el pie esté doblado, con el músculo completamente tenso, sin poder volver a estirarse, y así, sin un pie, termina el segundo largo y se tiene que impulsar en la pared con una sola pierna. Al fin ha llegado al tercer largo, está claro que lo va a logar, aunque tuviera que agarrarse con las uñas al suelo azulejo por azulejo, pero se le hace muy difícil porque le duele impulsarse con la pierna herida, lo que hace que no se pueda impulsar con ninguna, y eso lo desbarata todo, porque esa forma de bucear, aunque aparente ser solo un movimiento de hombros, es una sincronización de todo el cuerpo como si fuesen olas que recorren la espalda de un brazo al otro, y donde la ayuda de las piernas es vital, así que de pronto tiene que avanzar moviendo los brazos, como si apartase el agua que se encontrase delante de él, y es un avance eficaz pero lento, cada brazada le hace avanzar, pero le hace avanzar una distancia determinada después de la cual se queda quieto y necesita de un nuevo impulso. Ya ha llegado, casi, casi lo ha logrado, se encuentra en la parte honda de la piscina y piensa si impulsarse con el pie bueno desde el suelo para recorrer la distancia que le queda en diagonal y alcanzar la pared casi en el mismo momento en que saque la cabeza para respirar, y de hecho, no aguantando más la respiración, se impulsa. Sin embargo, terminado el tercer largo, aterriza a mitad de la pared, solo tiene que estirar la espalda para tomar aire, para haber ganado, pero él no piensa, no piensa en lo que hace, ni piensa en el dolor del pie, de hecho lleva mucho tiempo sin pensar de veras, así que se da la vuelta y desde la pared se impulsa hasta el fondo. Solo con el impulso llega a la mitad de la piscina, y entonces avanza de una forma extraña, como convulsionándose, utilizando de todas las técnicas posibles, brazos y cuerpo, y así toma aire apoyándose en la pared que da fin al cuarto largo. Le parece oler a regaliz, el pecho se le mueve agitado, el pie chilla mientras hace movimientos para desentumecerlo. Siente frío en el pecho, no tiene muy claro qué significa el cuarto largo, pero decide salir ya de la piscina y envolverse enseguida en una toalla.

domingo, 18 de junio de 2017

Paraíso

Deja el plato que estaba fregando en la pila, suspira y mira al cielo.
—Desde entonces, nublado. Anda que no es rencoroso ni nada.
Baja la vista y ve de nuevo los platos que aún le quedan por fregar. Los niños podrían ayudarla, pero prefieren jugar y correr como si aún fuesen otros tiempos. Si levanta la vista solo ve el árbol y el jardín, y más allá la valla que lo delimita. Qué locura, antes hubiese sido impensable que necesitasen una valla. Escucha a los niños jugar a la entrada de la casa y decide ir a ver cómo están.

—Partún.
—No, ese sí está bien puesto: tortuuuga. Es un nombre largo porque es un animal lento. El tuyo es para un animal rápido, como el guepardo.
—Pues el guepardo se llamará partún.
—¡No! Al guepardo le queda bien guepardo.
—Pero guepardo es un nombre largo, como tortuga. Que el guepardo se llame partún y la tortuga guepardo.
—¡Pero a mí me gusta guepardo!
—¡Lo que pasa es que no me dejas cambiar ningún nombre!
Entonces les sorprende la voz de su madre:
—Niños, qué pasa aquí.
—¡Abel no me deja poner nombres!
—¡Es que los suyos son muy feos!
—Os he dicho muchas veces que dejéis a los animales como están, papá y yo ya les pusimos el nombre a todos. Si queréis podéis ponerle nombre a los insectos pequeños.
—¡Pero yo quiero llamar partún a la tortuga!
—Pues ese será su nombre, desde ahora esa tortuga se llamará Partún. ¡Y no quiero oír hablar más del tema!

Adán, que entra por el jardín de atrás, recorre la distancia hasta la casa caminando deprisa con la cabeza gacha y sin dejar de fumar. Ya en la puerta da una última calada, tira al suelo la colilla, la pisa y mira al árbol.
—Un manzano, un manzano tenía que ser, me cago en la leche —se quita el sombrero y al entrar cambia el tono de voz—. Hola, cariño, qué tal el día.
—Cómo quieres que vaya, pero mira el cielo, siempre negro, así se amargan hasta los diablos. A ver cuándo hablas con él, que ya es hora, no sé, una cosa es que estemos aquí abajo y otra que no podamos ver el Sol. ¡Si no fuera por nosotros no sabría ni cómo se llama! No me negarás que su enfado es del todo desproporcionado.
—Ya sabes que él y yo no nos hablamos—dice Adán despacio, mientras cuelga el abrigo—. Tendremos que buscar a quien nos haga el favor.
—Pero cómo que no habláis, ¿te crees que soy tonta? Dime, dime, ¿quién se levanta en mitad de la noche y acaba de rodillas en el salón? Lo que pasa es que me sigues echando la culpa a mí, ¡y no fue mi culpa! ¿Me oyes? Fue tu amiguita Lilith.
—No era Lilith, era el otro. Además, esa no es la cuestión, el problema es que tuviste que desobedecerle, ¡lo dejó muy claro!
—Se pasaba el día diciendo frases ambiguas y de pronto dice que no toquemos el puñetero árbol, pues qué quieres que te diga, si dentro de un mundo en el que podemos hacer lo que sea me dicen que no puedo comerme una manzana pues me suena a broma. Si me sale un animal diciendo que coja la dichosa manzana y en principio los animales los creó él, pues yo creo que es un recado, una prueba de valentía o algo así. Y la culpa es suya por permitir que sus enemigos se le cuelen disfrazados en el jardín.
—¿Te habló una serpiente y lo viste normal? Dime, cariño, ¿cuántos jodidos animales hablaban allí arriba?
—¡Pues tú y yo sin ir más lejos! Pero dime, ¿qué le pides por las noches? Oh, señor, yo soy bueno, tu favorito, oh, señor, la culpa fue toda de Eva, que es mala y es débil, por favor, señor, déjala aquí sufriendo y devuélvenos a los niños y a mí al cielo, ¡al fin y al cabo aún me quedan más costillas!
—Cállate de una maldita vez, ¿me oyes? Esto es culpa tuya. Antes vivíamos bien, teníamos comida y hasta podíamos ir desnudos. Habría sido un buen lugar para los niños.
Adán se vuelve a poner el abrigo, coge el sombrero y mientras sale por la puerta, Eva le grita:
—¿Ahora te preocupan los niños? ¡Pues podrías empezar haciéndoles caso! —y continua murmurando—: antes le ponía nombre hasta a las piedras que veía diferentes, pero cuando nacieron los niños tuve que ponerles yo el nombre, mientras él estaba ahí, sentado a los pies de la cama, con la mirada perdida. Ojalá hubiera salido él de mi pecho, sin duda las cosas hubieran sido distintas.

—¡Qué no!
—¡Te digo que sí!
—¡Retíralo!
—¡Quita, me haces daño!
—¡Niños! ¿Se puede saber qué pasa?
—Abel dice que es su favorito.
—¿De quién?
Caín señala a las nubes sin llegar a estirar del todo el dedo ni el brazo.
—Pero cómo va a ser ninguno su favorito, no digáis tonterías. Él nunca sería tan cruel de preferir a uno antes que al otro.
—¡Que sí, que me lo ha dicho!
—¡Que no!
Y Eva entra en casa dejándoles pelear. Solo hay que esperar a que crezcan, entonces se tratarán bien, como buenos hermanos.

viernes, 26 de mayo de 2017

Las plumas por el suelo de la sala

y me daba vergüenza que me vieran las alas.
                                             Gloria Fuertes



La música de ambiente había hecho tan bien su trabajo que ya ni se oía, ahora era algo más, como el suelo brillante o las ventanas tintadas. Los murmullos y las risas eran ahora la verdadera música de ambiente. Yo había llegado invitada, casi arrastrada, sin recordar bien cómo había acabado por encontrarme sentada en aquel sofá, con aquella copa en la mano, entre aquellas personas tan bien vestidas a las que una no puede imaginarse existiendo fuera de un local como ese, con otra ropa y en labores cotidianas. Me molestaba lo de la espalda sentada en aquella postura y no dejaba de moverme de la misma forma que cuando descubres tarde en la ropa una etiqueta que no deja de rozar. Todos vestían tan bien, hasta el camarero parecía vestir mejor que yo, y sin embargo nadie me miraba, ni quien hablaba en cada momento ni el resto; no dejaba de fijarme en sus rostros buscando descubrir aquel que me mirase y cuya mirada fuese subiendo por el pecho, solidificando la sonrisa, hasta el hombro, y entonces un poco más allá. Lo cierto es que no había caído hasta que me senté y me di cuenta por la molestia, sin embargo me habían invitado desde un principio, sabiéndolo porque era evidente, aunque siempre quedaba la posibilidad de que quisiesen el espectáculo, reírse de mí, de hecho la sala y la gente parecían idóneas para ello, ellos y yo, alguien tan diferente que era imposible sentir lástima. Sin embargo nada pasaba, me aventuré a participar en algunas conversaciones, a beber por hacer algo con la copa, y hasta mi anfitrión pareció sonreír como indicando que por eso me había traído, no por lo que se podía ver sino por lo que podía aportar. Pero en un momento dado entraron más personas, entró una mujer morena, una de esas personas cuyas miradas lo abarcan todo enseguida y parecen enmarcar a cada persona en un rectángulo privándola de todo, dejándola indefensa. Estuve segura entonces de que en aquella postura se me veía demasiado, así que empecé a moverme intentando ocultarlo, pero la persona que tenía al lado creyó que me quería levantar y se levantó a su vez dejándome paso. Por un momento todos me miraron, y yo no sabía cómo decir que no, que no quería levantarme, que solo intentaba ocultar aquello que todos veían y sobre lo que seguro hablarían más tarde. Lo más natural me pareció levantarme, seguir la escena, porque no hay nada más difícil que no seguir lo que se espera que hagas dentro de un contexto social, pero una vez de pie me pregunté qué hacer, porque de pronto me sentía desamparada allí, en el pasillo entre las mesas. No podía ir a la barra porque el camarero siempre estaba al alcance de la mano, tampoco podía marcharme sin haber dicho nada antes de levantarme y con la mujer reciente mirando. Solo me quedaba ir al baño, al otro lado de la sala, con la espalda completamente a la vista, enseñándoles a todos las alas. Llegué caminando con pasos cortos, como con miedo a caerme, con la sensación de cuando intentas evitar que suene a goma cada paso de un calzado mojado. En el baño me lavé la cara y me encerré en una cabina, ahí quise gritar y extender las alas, pero no había espacio, me hacía daño que chocasen contra las paredes y se quedasen en ese ángulo artificial, casi roto. Antes de salir pensé que lo mejor sería caminar hasta la mesa, decir sin sentarme que tenía que marcharme y terminar de cruzar la sala, pero antes de terminar de concienciarme, entró alguien y me sentí obligada a salir. Con la luz distinta me pareció que todo el mundo se callaba y me miraba, que sus miradas se repartían en cada ala. La mujer morena sonreía comentando algo en el oído de su acompañante, entonces él me miró y yo caminé apresura, casi corriendo, hasta mi mesa, donde después de sentarme pasé discretamente las manos hasta la espalda y ahí tiré de la punta de las alas hacia abajo, rogando por dentro que dejasen de asomar por encima de los hombros. Tiré de ellas todo lo que pude y al final, para asegurarme de que quedaban bajas, me senté encima. El dolor me humedeció los ojos. La gente bebía y me miraba; hablaba y me miraba; sonreía, me miraba y mantenía la sonrisa como buscándole otras formas. Seguro que la mujer callaba lo que estuviera diciendo para sonreír al ver cómo me levantaba y volvía al baño, esta vez sí con la extrañeza de mi grupo. Allí, delante del espejo, extendí las alas. Eran bien bonitas, lo pensé así, en pasado, mientras el cuchillo hurtado de la mesa, mientras las plumas caían como años. Luego volví a la mesa, mucho más tranquila. Notaba la espalda húmeda, pero por primera vez en mucho tiempo me sentí integrada.