-Cuéntame cómo es un nacimiento.
-Puff, verás, la madre, bueno, la futura madre, se tumba en una cama de hospital y, con médicos y enfermeras, empuja mucho hasta que el bebé, que estaba dentro de ella ya formado, sale.
-Y cuéntame cómo es el bebé al nacer.
-Pues suele estar mojado y manchado de sangre, por lo que se le limpia. Tiene los ojos cerrados y aprieta las manos con fuerza, también suele llorar y, cuando se le da a la madre...
-Pero dime cómo es.
-¿Físicamente?
-Sí.
-Bueno, pues tiene dos brazos, dos piernas, el vientre abultado, es muy pequeño, claro, tiene dedos muy finos, una cabeza grande, una cabellera escasa y suave y no sé que más decirte.
-¿Y no tiene nada más? ¿Nada que sea diferente en unos y otros?
-No que yo sepa, a ver, sí, todos las personas son distintas, pero en cuanto al cuerpo lo normal es que sean iguales, diferenciando a hombres y mujeres, claro.
-Entonces háblame de lo que va antes.
-¿Antes del parto?
-Sí.
-Pues la evolución del feto en el vientre materno.
-¿Y eso es igual en todos los bebés?
-Sí, hay bebés que nacen antes de nueve meses y otros después, pero el embarazo es similar.
-¿Seguro que no hay algo que cambie en unos y otros?
-Como no te refieras a la alimentación de la madre o si fuma o no...
-¿Y antes del embarazo?
-¿Antes del embarazo? Ejem, pues lo que te han explicado en clase, lo del espermatozoide y el óvulo. Y sí, antes de que preguntes eso es igual siempre, a no ser que haya más de un óvulo fecundado o que varios espermatozoides lleguen a un mismo óvulo, que eso da lugar a mellizos o gemelos.
-¿Y antes?
-¡Antes no hay nada! No hay bebé, no hay niño ni hay nada.
-¿Entonces en qué momento nos crece el nombre?
Todo el mundo lo repetía, pero en el fondo nadie llegó a creerlo. Por eso todos se refugiaron aquí.
sábado, 29 de noviembre de 2014
viernes, 28 de noviembre de 2014
Cleptomanía
Acababa de salir de la clínica hacía unas tres
horas, dos y media si me apuran, y lo primero que hice fue comerme un enorme sándwich
de siete pisos que chorreaba queso fundido, y después, una vez satisfecho mi
apetito, me pedí otro. En ese momento era de noche, yo estaba en el bus, viendo
la carretera pasar, cuando el bus paró. Si hubiese oído un sonido fuerte habría
apostado a que el bus paraba por haberse chocado con algún otro vehículo, pero
al parar sin más supuse que simplemente se había estropeado, otra vez. Cuál fue
mi sorpresa al ver que la puerta del conductor se abría y subía un chico que,
con total normalidad, pasaba el bono por el lector y se sentaba como si nada,
resultó que es que había una parada de bus allí, en mitad de una carretera a la
que le habían robado la luz de más de la mitad de las farolas. Ese chico me
había sonado de algo, sabía que, si era quien yo creía que era, le había
conocido hacía unos cinco años para verle por última vez hacía unos dos. Era un
chico al que tendría un cariño de pasado especial, gente que, tal vez por muy
simpática o por curiosa, acababa figurando en mi memoria con un toque de
cariño. Ahora bien ¿cómo se llamaba? Había entrado y se había sentado sin
entablar contacto visual conmigo, por lo que el factor de que él me reconociese
a mí y yo pudiese obviar su nombre no era posible. Pasé el resto de trayecto por
la autopista pensando en su nombre, tal vez, que no lo recuerdo, con esa
sensación de “tenerlo en la punta de la lengua”, para que finalmente saliese
como el agua aprisionada por la fuga de una presa ¡Millán! ¡Jesús Millán! Ahora
de repente me resultaba raro no haberme acordado de su nombre, el famoso
Millán, Jesús Millán, con quien tal vez yo aprendí a rapear en mis tiempos
mozos. Aprovechando una de las paradas del bus, me levanté y, hábilmente, me
cambie de sitio para, siguiendo estando detrás, acercarme más a él.
—Millán… ¡Millán!
—¿Me hablas a mí?
—¿No eres Jesús?
—No.
—Ah, vale, perdona.
Y entonces fue cuando, girando la cabeza para
volver a perderme en las infinitas posibilidades del paisaje más allá de la
ventana, la vi subir. Era una chica de pelo castaño, con abrigo verde de
capucha ancha, una pequeña mochila de diseño y botas color mostaza, una de esas
chicas que directamente meto en el apartado de “jamás tendré algo con ella pero
me da igual porque lo tengo interiorizado”, para que os hagáis una idea estas
chicas son la evolución de aquellas híper-populares de los institutos
norteamericanos a las que todos quieren y que solo se van con cachas que
¡casualmente! tienen poca cabeza. Pero ojo, que no son las más guapas, o no
tienen por qué serlo, simplemente llevan ese cartel de “contigo no tendré nada,
pero puedes invitarme a otra copa. Muy amable”. En fin, que decidí observarla,
pero lo justo como para quedarme con su ella
etéreo pero no tanto como para mirarla más de lo que miraría con curiosidad a
cualquier otro pasajero. Lo que pasó es que, nada más sentarse, dejó la mochila
en el suelo, entre sus piernas, abrió la cremallera pequeña, introdujo la mano
y, después de moverla como si buscase algo, la sacó con el puño cerrado,
apretado sobre algo que yo desconocía porque no lo podía ver, entonces metió
ese algo en el bolsillo de su abrigo. Tenía que saber qué era, y no solo eso,
también lo necesitaba, lo quería, debía ser mío ¿Recuerdan que empecé diciendo
que hacía poco que había salido de la clínica? Bien, es que soy cleptómano.
Volví la vista a la ventana, con intermitentes
miradas de vigilancia a la chica castaña, y empecé a planear algo, o por lo
menos intentarlo. Mi pensamiento únicamente se interrumpió con la siguiente
escena:
Era un gran recinto abierto pero vallado que incluía
un campo de fútbol y dos de baloncesto, y, como había llovido, estaba vacío a
excepción de dos personas con abrigos negros y un perro. Una de las dos personas
lanzó una pelota con mucha fuerza y el perro salió disparado tras ella,
cabalgando a bastante velocidad. Pero la pelota iba con tanta fuerza que llegó
hasta el otro lado de la pista, donde rebotó con la valla y, entonces, el perro,
viendo lo que se le venía encima, intentó frenar, con la mala suerte de que lo
intentó sobre un charco, lo que se sumó a la velocidad que llevaba y provocó
que, como patinando, se diese un buen golpe contra la valla de metal.
La chica se bajó y yo me bajé también, junto a dos
personas que se dispersaron por ninguna parte rápidamente. Y la chica, en vez
de ponérmelo fácil yendo por un callejón estrecho y oscuro donde pudiese pasar
rozándola y quitándole sin que se enterase eso
del bolsillo con un “disculpe”, me lo puso mucho más fácil yendo a una especie
de centro comercial, o eso creía yo.
No sé si ella sería consciente de que la seguía,
probablemente no, pues bajarse de un autobús para meterse en el pequeño Centro
Comercial Santa Helena, podría ser una actividad perfectamente corriente.
Posibles lugares a los que podía dirigirse esta chica en mi opinión eran: A
encontrarse con unas amigas, a un chino, a encontrarse con un familiar, a
comprar algo en la única tienda de ropa del centro (si es que estaba aun
abierta), a comprar el pan por encargo paterno, a comprar una revista o recoger
un libro encargado en la papelería, o, y no había que descartarlo, al baño pues
se estaba meando y no aguantaba como para llegar a casa. ¿Qué hizo realmente? Meterse
en un bar, pero, oh no, no ha beber una cerveza y mientras tanto dejarse robar,
no no no, entró en el bar, levantó el trozo de la barra que se puede levantar,
pasó, la bajó y se metió en la cocina. No sé exactamente cuánto tiempo estuve
ahí plantado con cara de gilipollas, pero fue el suficiente como para que me
viniese la cara de pocos amigos que tenía su razón de ser en la rabia que se
estaba apoderando de mí, pero todo cambió cuando la volví a ver saliendo de la
cocina, sin abrigo verde y vestida de camarera. ¿Y ahora qué?
Nunca me ha gustado pedirme un refresco en un bar,
no entiendo cómo poner un vaso de cristal, tres hielos que muchas veces sobran
y una rodajita de limón llegan a más que duplicar el precio del mismo refresco
en un supermercado, y lo digo yo, que soy cleptómano. Aun así me pedí una
cerveza con limón, porque no me gusta la cerveza pero sí el limón, y a quien
ponga en duda mi hombría por el hecho de que aun me sepa repugnante la cerveza
a secas, se llevará la respuesta más hiriente que halle reuniendo todas las
letras del abecedario.
Se podría suponer que la cerveza me la sirvió la
chica del pelo largo y castaño, pero no, oye, que eso sería lo normal, me la
sirvió el hombre gordo con bigote blanco al que me pegaría ver en una foto con
una pata de jamón en cada mano. Después de la segunda cerveza pensé que eso no
podía ser, que como perdiese la concentración podría echar a perder todo el improvisado
pero cuidado plan, así que me pedí un refresco con teína y, entonces, escuché
algo interesante:
—Oye Laura, ese chico no te quita los ojos de
encima ¡Qué has ligao!- Y le dio una palmada en la espalda a la vez que reía
como suponía que reiría el cerdo al que le pertenecían las patas que tenía ese
hombre en las manos en aquella foto que me había imaginado hacía un rato.
—Ya lo sé, Ramón.
Y de repente cambié de estrategia. Saqué cuaderno,
bolígrafo y me puse a escribir. Unos tres cuartos de hora más tarde oí:
—Bueno qué, ¿vas a irte en algún momento o te vas
a esperar a que termine de trabajar y entonces me ofrecerás tomarnos unas
copas?- Levanté la vista, nos miramos y ella levantó las cejas, lo cual fue
como si dijese “Bueno qué, ¿vas a irte en algún momento o te vas a esperar a
que termine de trabajar y entonces me ofrecerás tomarnos unas copas?” pero de
manera más seria.
—Para serte sincera te vi en el bus y el resto de
actos han sido innatos, te vi y se me cayó el alma a los pies para, acto
seguido, subir a las nubes, entonces te seguí porque supe que si no, me
arrepentiría toda mi vida, y eso que yo vivo en realidad muy lejos de aquí- A
ella se le escapó una sonrisilla.
—Hacía tiempo que no me decían algo tan cursi, yo
termino ya, si quieres damos una vuelta por aquí.
—¡Genial! Pero hace un frío que pela, cógete el
abrigo.
Éramos como esas típicas dos personas que usan el
frío como escusa para meter las manos en los bolsillos, pegar la cabeza a los
hombros y hablar tímidamente sin mirarse, con la vista fija en el suelo. Yo le
conté la escena del perro y ella hizo eso que solo he visto hacer a las
mujeres, mostrar que algo les parece divertido a la vez que, culpables o no,
intentan mostrar que les da pena. También le conté lo que titulé como “El
capítulo de Jesús Millán”, cambiando ligeramente los detalles para hacerlo más
emocionante, parando así el autobús en una total oscuridad, abriéndose la puerta
con un chirrido fantasmal, yo acercándome a él con el autobús en marcha y a
unos doscientos kilómetros hora y, por último, él diciéndome “Jesús Millán
murió hace dos años al ser atropellado por este mismo autobús, yo soy su
fantasma” a lo que ella rió. Un rato después nos estábamos besando con pasión
contra una pared de ladrillos cerca de un contenedor de basura.
Ella no quería más que unos besos, aunque
realmente ella no quería ni dejaba de querer nada pues no se había podido
imaginar aquello, lo que más bien constituía la frase: ella no hubiese querido
más que unos besos, pero me las apañé sin tener que apañármelas para que mis
manos recorriesen todo su cuerpo, tomasen detalle de sus pechos, por fuera y
por dentro del jersey, aunque no del sujetador, y montasen un campamento en sus
nalgas. Me parece que me iba a decir que parásemos cuando introduje mi mano
dentro de su pantalón y sus bragas y su suspiro acalló todo cuanto fuese a
decir.
—Vamos a mi casa —Dijo en su lugar.
El trayecto hacia la misma fue curiosamente
parecido al de antes, ambos con las manos en los bolsillos, la cabeza pegada a
los hombros, sin hablar nada y con la vista en el suelo, con las únicas
diferencias de que antes andábamos despacio y ahora no podíamos andar más
rápido y que había una excitación sobre nuestras cabezas que parecía salir disparada
hacia el entorno para revotar y volver a nosotros. La volví a besar en el
portal y, mientras lo hacía, ambos con los ojos cerrados, ella abrió la puerta,
una vez en el primero, frente a la puerta de madera que prometía hacernos entrar
en calor, y no precisamente por la calefacción, ella me dijo que había olvidado
cerrar la puerta del portal, así que yo bajé, la cerré y subí. De nuevo en el
primero ella no estaba, pero sí la puerta ligeramente abierta, y yo entré con
cuidado y pretendiendo no hacer ruido, pues justo en ese momento no recordaba
si ella me había dicho que vivía sola o yo me lo había inventado. Cerré y seguí
andando por el pasillo a oscuras, dirigiéndome a la habitación del fondo, de
donde provenía la única luz, de una puerta entre abierta que aun no me dejaba
ver qué había dentro. Justo antes de pasar me fijé que sobre una mesa de
pasillo descansaba un abrigo verde, “aun no”, me dije, y entré.
Sobre la cama me esperaba ella en una posición que
debía estar ensayada, vestida únicamente con la ropa interior, pero después de
que se abalanzase sobre mí no tardé apenas un instante en estar yo más desnudo
que ella.
No sé del sexo con amor, pero en mi opinión el
sexo con pasión entre dos personas que ansían poseer a la otra es el mejor, el
sentir el placer en la carne, los músculos, los suspiros y los gritos de la
otra persona y saber que eso es gracias a ti. Acabé como nunca había terminado
una serie de polvos, cogiendo todo el aire posible en bocanadas de pura
felicidad y unas increíbles agujetas en las ingles que portaría como trofeo y
que, cada vez que me doliesen, probablemente me provocasen una sonrisa.
—¿No te vas a ir?- Y realmente no sé si lo dijo en
serio o en broma.
—Ya te dije que yo vivo muy lejos de aquí- Y nos
quedamos dormidos en cuestión de segundos, es lo que tiene el ejercicio sano.
Me desperté antes que ella, pues cuando duermo en
lugar desconocido un sexto sentido me mantiene alerta, tengo conciencia de que
esto me lleva pasando desde los campamentos a los que iba cuando era pequeño, en
los que me despertaba en una habitación poblada por los ruidos y olores de diecinueve
niños durmiendo y la luz temprana del sol intentando entrar a empujones por las
persianas cerradas, quizá fue también ahí cuando empecé a robar.
Entonces me levanté con el sigilo de un ladrón de
los que se visten entero de negro y, si hace falta, se esconden en los arbustos,
y me deslicé entre las ropas desperdigadas por el suelo como si de caídos en un
campo de batalla se tratase fuera de la habitación. Allí al fin alcancé el
abrigo verde, metí la mano en el bolsillo y saqué eso, pero eso resultaron
ser sus llaves, y pensé que no podía ser, que de ser así la hubiese visto
sacarlas la noche anterior, pero forzando la memoria recordé que la puerta del
portal la abrió cuando ambos teníamos los ojos cerrados y que cuando hizo lo
propio con la de su casa yo estaba abajo cerrando la puerta. En ese momento no
supe qué hacer, pues me tenía que llevar el botín, era una necesidad, pero por
otra parte el día anterior me habían dicho que ya estaba totalmente recuperado
y además aquello eran sus llaves, algo que ella necesitaba y que me sentía mal
robando, no así como una joya o un reloj. Tomé una decisión y entré de nuevo en
su cuarto. Me puse los calcetines y, antes de seguir vistiéndome, me acerqué a
la cama y, con delicadeza, aparté las sábanas. Ahí estaba su cuerpo desnudo,
sus pechos redondeados, su vientre liso y curvo, su pubis tan hechizante, y mi
miembro me dio los buenos días. Estuve a punto de despertarla y de recordar las
risas y placeres de la noche anterior, pero me contuve. Terminé de vestirme y
entonces la volví a tapar, pues como no estábamos en ningún bus y nadie me
miraba mirar, quería hacer el mejor ella
desnudo etéreo para recordar en tiempos en los que no consiguiese tener sexo
partiendo de las más extrañas situaciones.
Una vez en el pasillo saqué sus llaves del
bolsillo del abrigo, las metí en el mío y a cambio deposité en el suyo mis
propias llaves, entonces me marché.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Que buena noche.
Había llovido para dejar de repente un cielo
nocturno despejado, dejándolo así todo mojado, pero no encharcado, y con los
suelos reflejando el amarillo de las luces de ciudad. Yo me encontraba en uno
de esos puntos perdidos del centro de Madrid y no recuerdo exactamente qué
pensaba, pero no me extrañaría que tuviese que ver con el amor, el
funcionamiento de las fuentes o algo relacionado con lo más nimio del
comportamiento humano. Tampoco sé que hacía a aquellas horas de la noche parado
con las manos en los bolsillos de una chupa negra y maldiciendo haber dejado de
fumar, probablemente se trataba del final de otra historia que ahora no venía a
cuento. En la nocturnidad de Madrid puedes ver muchas más cosas que durante el
día, de hecho un taxista me dijo una vez que cuando el boom inmobiliario podías
ver atascos en el centro a la una de la madrugada, cosa que al parecer
desconcertaba a los turistas ingleses. Y por ello no me sorprendía oír lejanas
sirenas de coches de policía, pero todo cambió cuando a punto de salir a la Gran
Vía pasó como un rayo, un rayo vestido de negro, una mujer corriendo. Y es que
esto es así, en la noche puedes ver muchas cosas, pero nunca prisas, pues éstas
tienen horario de oficina. Tras la chica pasó un coche de policía y entonces
eché a correr yo también.
Ellos le dieron alcance a la derecha de Cibeles,
más allá de donde hay muchos buses, y yo les di alcance en cuanto pararon. Los
dos agentes y la chica me miraron sin entender por qué acababa de llegar
corriendo, de hecho ella me miró como diciendo “que me han detenido a mí” de
una manera grotesca y egoísta. Lo que pasa es que cuando la miré con intención
de prestar atención, la reconocí, y eso motivó a mi lengua.
-Tranquilos, señores agentes, que soy abogado- La
cogí del brazo y la puse a mi lado, pasando por en medio de ellos dos. Si no
reaccionaron no fue porque ser abogado supere a ser policía en algún tipo de
escala, sino porque estaban realmente sorprendidos. –No digas nada, vamos un poco
más allá para que me cuentes lo sucedido- Todo lo decía con ese formidable
acento de seriedad que me había salido. Y a los tres pasos le susurré- ¡Corre!
Y entonces echamos a correr, y un policía dudó entre
si seguirnos o coger el coche, y el otro empezó la persecución a pie, con una
mano en la porra que, desde el cinturón, no dejaba de golpearle la pierna, y la
otra en la gorra que a las pocas zancadas le empezó a tambalear, todo esto reduciendo
considerablemente su velocidad. No sé en qué momento ella y yo empezamos a reírnos
tan alto, seguramente antes de mezclarnos con las ojeras andantes que esperaban
el turno para subir al bus que por fin les llevase a casa, donde al final
podrían dormir. Perdimos la sirena azul cuando nos metimos en otras calles
desconocidas del centro y, entonces, verdaderamente fatigados, intentamos
recuperar el aliento durante un par de minutos con el corazón en la garganta y
esa saliva densa que se te forma después de un gran y repentino esfuerzo físico.
Al alzarme, ya algo mejor pero con el corazón aun latiendo más rápido de lo recomendable,
me fijé en que ella llevaba un par de tacones en la mano, y cuando me vio
mirándole los pies, comentó:
-Son buenas medias.
Empezamos a pasear, ella aun con los tacones en la
mano, y no contestó a mi primera pregunta “¿Quieres que compre agua en ese
chino?” ni a la segunda “¿Por qué te perseguía la policía?”. De todas formas compré
agua y, a propósito, bebí yo antes que ella, debí beber un tercio, pero ella se
acabó la botella, para devolvérmela vacía con la sonrisa de una niña que te
enseña un plato vacío y te dice que se ha comido toda la comida, me tocó a mí
tirar la botella a la basura.
Le pregunté por sus antiguos hobbies y me contó
como uno a uno los había ido cambiando todos, ahora al parecer hacía esculturas
con piezas de metal de la chatarra. Yo le di pie a que me preguntase cosas,
pero no lo hizo, por no hacer no me dio ni las gracias por el hecho tonto de
haberla salvado de la policía, cosa que parecía ya muy lejana. ¿Y si la
perseguían porque había matado a alguien? Limpié mi conciencia al pensar que,
de ser así, no hubiesen ido tan solo dos policías a por ella. Así, de manera
tonta, acabamos por llegar a su casa, más bien a su calle, que nunca me dijo
donde vivía exactamente ni a mí me importó mucho no saberlo. Entonces me dio un
beso en la mejilla y yo cerré el paréntesis de aquella noche, pues volvía a
estar quieto, en una calle que no era la mía, en algún lugar perdido del
centro, con las manos metidas en los bolsillos de mi chupa negra, echando de
menos un cigarrillo y admirando como se refleja la noche en el suelo mojado.
martes, 25 de noviembre de 2014
yo que sé
Hoy he pensado que los exámenes son como las
historias de amor y me ha salido una bonita metáfora, pero en fin, eso ha sido hoy, no esta noche, y es que las noches
en las que no duermo ni hago nada no son noches normales. Si no duermo es en
parte porque mis sueños son el reflejo de lo que ya no está, no los recuerdo,
pero cuando soy consciente de lo que sueño, siempre es genial, y así eran las
cosas, había que ser paciente esperándolas, pero cuando llegaban, eran
geniales. Ahora ni eso, ahora me tengo que contentar con el hombre del bus al
que voy a empezar a acosar y los pequeños detalles que hacen de cada día un
capítulo de una historia verdaderamente absurda e irreal (hoy tenía examen y,
después de no pasar el bus de “y media”, el de “y cuarenta y cinco” se ha
estropeado en la misma parada). Lo sé, si es que lo estáis pensando,
últimamente no se compaginar adjetivos y me salen parejas que no dicen lo que
querría que dijesen. Por cierto, el trío de cantautores que he descubierto está
muy bien, sí, pero físicamente no son como deberían, y eso aun no he decidido
si es triste o frustrante, creo que simplemente es molesto. Estoy harto de
muchísimas cosas, lo que me hace volver a las cosas que había escondido en los
cajones esperando a tiempos turbios, lo malo es que estaba preparado para una tormenta
desoladora, pero no para esto, una seca y picante tormenta de arena. Pero
tranquilidad, que hay algo bueno, últimamente estoy comiendo comidas muy ricas
y me abrigo un poco, me pongo el abrigo negro con la pequeña mancha de pintura
que consigo ocultar a cambio de los calcetines gordos, y eso me evita
resfriados, también noto mis piernas aun más fuertes, con las que subo los
escalones del metro corriendo y de dos en dos sin cansarme, y se me ha ocurrido
empezar a utilizar “buena leche” en contraposición a la mala leche y el
adjetivo “molotavo” que viene de cóctel molotov.
En fin, recordad, los catorce de febrero no son
días especiales y en la Gran Vía hay que tener los ojos abiertos pues puede
pasar alguien que conoces o alguien a quien querrías conocer.
Esto que estoy escribiendo nunca debería ver la
luz, es la absurdez hecha 398 palabras. Pero claro, no lo voy a borrar, pues si
lo borro ¿para qué lo escribo? Y también se podría pensar que, una vez escrito,
para qué lo publico, y ahí daría toda la razón a quien me hiciese la pregunta,
de hecho me subiría a esta silla, con cuidado de no matarme, que tiene ruedas,
y aplaudiría enérgicamente, aunque en realidad no lo haría, porque hacer jazz
parece muy fácil, pero ¡oh! no lo es. Estoy pensando en dedicar toda mi vida a
estudiar un tema que no le interese a nadie y una vez anciano ser el mayor
experto en el susodicho tema, y así cuando me detenga la policía gritaré con mi
voz anciana “¡Suéltenme! ¡No saben quién soy! ¡Soy el mayor experto en x tema!” Me pregunto si habrá cátedras
para x temas absurdos. Y ojo que
reitero que esto no debería ver la luz.
Son la 1:23, una hora bonita para dejar de
escribir lo que no debería ser escrito y mucho menos leído. Y, recordad, odiad
y ser odiados, así crearemos un mundo peor y todo lo malo que digamos será
verdad porque todo ya será completamente horrible. Si esta noche llueve no me
voy a quejar, porque solo me quejo de que esto no debería ser leído.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Lo verde es ceniza
Las llamas se alzaban contra un cielo gris y la
boca me sabía a ceniza, pero no me resultaba un sabor desagradable, más bien
conocido, pues hace un tiempo estuve todo un mes comiendo manjares para después
descubrir que cada bocado se convertía en mi boca en una ceniza densa como la
tierra.
¿Por qué arde? Porque yo le he prendido fuego.
Hace tiempo este lugar era un santuario hermoso,
con salas y habitaciones de todo tipo y extrañas gentes que deambulaban por los
pasillos para desaparecer al cruzar las puertas. También tenía una inmensa red
alrededor, pues las palabras se las lleva el viento y no había que dejarlas
marchar.
Una vez llegué y me encontré la puerta rota y solo
entonces observé lo vieja que era. Aquello era extraño, normalmente la puerta
estaba atrancada y debías emplear bastante fuerza para abrirla, y a veces
incluso estaba directamente cerrada con llave o con un letrero que no invitaba
precisamente a entrar. Aquel día entré con cuidado y me pareció aquél un lugar
frío y desnudo, al que le echaba en falta muchas cosas de las que en su momento
me habían fascinado, así que salí a la calle. Una vez bajo la luz del sol vi a
una chica en bicicleta y le pregunté si sabía qué pasaba, y me dijo “sí, han
trasladado la fiesta a otra parte, sígueme” y empezó a pedalear muy fuerte,
tanto que cogió mucha velocidad y no la alcancé corriendo, en ningún momento se
me ocurrió gritarle, pues pensé que volvería. Entonces empecé a seguir a gente,
a todo aquel que se dirigiese al lugar donde debía haber ido la ciclista pero a
muchos les perdía la pista de repente, de una manera casi mágica e irreal, y un
par acabaron describiendo círculos absurdos que no llevaban a ninguna parte. Un
par de veces emprendí el viaje en solitario, pero no encontré aquello que no se
encuentra si no te llevan, y mi último viaje terminó aquí, en el punto de
inicio, y con la rabia o la pena, o ambas, o tal vez una sensación a la que
nadie se ha molestado en poner nombre, le prendí fuego.
Las llamas se alzaban contra el cielo gris, y aun
lo hacen, pues queman y a la vez no queman aquello que el fuego no sabe cómo
tratar.
jueves, 20 de noviembre de 2014
John Still Morning
Después de pasar una semana mala y especialmente
aburrida, John Still Morning quedó con una amiga suya, habiendo pensado que
tomarían un café, darían un paseo por la avenida donde los árboles crecían
frondosos y bellos y terminarían la velada en la puerta de la casa de ella,
donde, si él tenía ocasión, le compraría una rosa, pero todo bajo la más
estricta y pura amistad. Resultó que ella tomó té en vez de café y a él el café
le dio ganas de ir al baño, al que no fue, por supuesto, por estar en presencia
de una dama. Bajo los árboles llovió y se mojaron de manera colateral, con
chorros ocasionales que atravesaban las hojas, haciendo así de un precioso y
plácido paseo, una carrera sin conversación. En la puerta de la casa de ella la
lluvia espantó a los vendedores y la hizo refugiarse rápidamente en casa, por
lo que él volvió a casa justo cuando dejaba de llover, mientras volvía sintió
una desazón y decidió ir al médico.
El Doctor Cagadas le tomó el pulso, la tensión, le
auscultó, miró de cerca sus ojos, le hizo abrir la boca para meter una linterna
dentro y le metió un dedo por el culo, tras todo esto dijo “Me temo que hay que
operar”, y John Still Morning se asustó.
La operación se hizo en el momento y no fue ni la
hermana pequeña de las operaciones, sino más bien un par de niños jugando a los
médicos, pues el doctor tan solo le extendió el brazo y, con un movimiento ágil
de bisturí y sin anestesia alguna, le hizo un corte de hombro a muñeca, abriendo
tras esto la piel cortara, de la que salió una especie de humo que se fundió
con el entorno. “Lo que me temía, polvo, tiene usted polvo en las venas, señor
Still Morning” “¡Sálveme la Marimorena! ¿Y qué hago?” “Está la situación difícil,
pues el polvo hay que quitarlo y no se puede dejar solo aire, que es muy soso.
Sangre de repuesto yo no tengo, además de que habría que ver si su corazón
funciona después de tanto tiempo sin girar. Lo mejor será poner cualquier
líquido mientras pienso en qué hacer” Y le metió en vena el jabón líquido azul
de la consulta.
Y así es como John Still Morning salió volando
nada más atravesar la puerta y salir a la calle. Resulta que con el movimiento de brazos y
piernas el jabón había generado burbujas y ala, a flotar.
Cuentan que John Still Morning está hasta los
huevos de que se hagan bromas con sus apellidos y el hecho de que va por ahí
persiguiendo a las nubes y el sol.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Luco
-¿Qué pasó con el chico callado del final de la
calle?
-No lo sé.
-Pues invéntatelo.
-Era un chico extranjero, de nombre Steferi, que
cuando llegó aquí, a los siete años, no sabía nada de castellano, lo que le
hizo empezar las cosas con una deficiencia de amigos…
-Pero era italiano, se llamaba Luco.
-Luco tenía una hermana que se fue de casa cuando
él era muy niño, dejándole dolido y pensando que cualquier día aparecería y,
con completa naturalidad, le diría de irse con ella y, aunque ya había pensado
que, de darse el caso, le sería muy difícil hacerlo, se había prometido que
iría con ella sí o sí, dejando atrás lo que fuese. Pero ella nunca fue a
buscarle, y él no se molestó en buscarla pues no quería saber nada de quien le
había abandonado.
Luco no sabía por qué, y de hecho le asustaba,
pero odiaba a sus padres, algo que nunca les hizo saber y encubrió con las
mejores notas que pudo sacar y sin sobresalir nunca en nada malo. Luco amaba a
sus abuelos maternos, quienes habían venido con ellos a España y con quienes
pasaba todo el tiempo posible, sintiendo que solo con ellos era realmente libre.
A casa de sus abuelos iba sobre todo los fines de semana, y por eso tú le veías
los domingos.
-También le veía los lunes y los martes.
-Los abuelos de Luco, sobre todo la abuela, vieron
lo qué realmente pasaba y acogieron a Luco en su casa algunos días de la semana
con la escusa de liberar a los padres del trabajo de educar al niño. Luco era
muy flaco, pero por algún motivo tenía el abdomen hinchado, por lo que los
demás niños le decían que estaba gordo y así empezó a llevar ropas muy anchas
que ocultasen su silueta, y la ropa le acercó más que su curiosidad a los
peores chicos de su instituto que, gracias a Dios, no eran tan malos como
podría haber sido. Así Luco empezó a fumar y a beber, a beber alcohol, cosa que
no quiero que hagas nunca ¿Me oyes? Y también a pintar grafitis, donde
casualmente triunfó entre sus compañeros al hacer de pinturas callejeras obras
realmente tristes. Este hecho le sacó de las malas compañías y fue así como
vecinos y dueños de locales le pidieron, a cambio de pagarle el material, que
empezase a decorar puertas y paredes, lo cual empezó a hacer de casas baratas
para gente pobre una ciudad hermosa y triste. El problema vino cuando el
ayuntamiento le hizo el encargo de pintar la fachada del edificio de las
juventudes y, debido a la forma de pago, los padres de Luco descubrieron qué
había estado haciendo tanto tiempo en secreto. A los padres de Luco no se les
podría definir en absoluto como personas violentas, pero su padre, al sentirse
sumamente angustiado al ver que su inocente hijo era todo un terrorista de la
propiedad ajena, le pegó, y además le pegó sin escatimar esfuerzos al no tener
experiencia en eso de impartir palizas. Tras este episodio volvieron a Italia,
pensando que allí las cosas serían mejores, pero no fueron así los abuelos, el
último apoyo de Luco.
-¿Y los abuelos siguen viviendo al final de la
calle?
-Claro, y tienen un limonero enfermo que
languidece con ellos y que es la fuente de ese mal olor que hay en verano.
-¿Podemos ir a verles?
-No hasta que vuelva Luco.
martes, 18 de noviembre de 2014
Agua
Noté como acababa por tocar el suelo frío con la
tripa, también notaba cómo me iba quedando sin aire. Entonces, cuando pensé que
ya debía quedar poco, abrí los ojos y lo que vi fue un mero que me miraba desde muy cerca, y
me enfadé, de entre todos los peces debía haber sido aquél. Me puse de
cuclillas, ahuyentando al pez, y me di impulso llegando así a la superficie donde
cogí aire como un hambriento que se lanza sobre una mesa repleta de aperitivos.
En fin, decepcionado nadé hacia la orilla más cercana. Hacía frío pero el agua
estaba razonablemente cálida, cuando salí me recibió el viento y encogí tanto
que debí menguar un metro. Mis dientes sonaban como dos piedras chocando a
mucha velocidad, era divertido, pero hacía frío. Corrí a la toalla que se
encontraba bajo la sombrilla y me envolví con ella sentándome en un extremo de
la otra toalla, donde estaba ella, con sus enormes gafas de sol y lo que
supuestamente era un bañador, que a mí me parecía un pijama.
-¿Y bien?
-Nada.
No entendía por qué teníamos la sombrilla si el
cielo estaba encapotado y parecía que iba a llover, además la sombrilla se
calaría en caso de lluvia porque era de tela. La playa estaba desierta, pero yo
aun temblaba demasiado como para pensar en nada, y con nada me refiero a sexo,
sexo en plan así salvaje en la playa desierta.
Un rayo iluminó el horizonte, el cual pertenecía
al mar, y con su luz iluminó un barco. Cayeron más rayos y me pregunté si
alguno caería sobre el barco ¿alguna vez había caído un rayo sobre un barco? Seguro
que sí, que divertido sería.
Ya más seco me desprendí de la toalla y volví
corriendo al agua. Mientras me cubría por las rodillas, y luego por la cintura,
me pregunté si saldría esta vez en caso de no encontrarme con ningún mero.
lunes, 17 de noviembre de 2014
La época de la pulsera.
Pocas etapas de la vida están definidas con un inicio y un final, y aun menos se pueden permitir un nombre. Este verano mi hermano viajó mucho, y de uno de sus viajes me trajo una pulsera, una de las que más me han gustado (teniendo en cuenta que todas son regalos).
No con el regalo empezó una nueva etapa, sino que más bien el regalo se produjo en una época de transición. Y así pues, aunque los diferentes estudiosos de la historia no se ponen de acuerdo en la fecha en la que ésta empezó, la opinión más generalizada fue que el inicio se dio en el Curso Cero, un taller preparatorio al que acudí una semana antes de empezar la universidad. Yo soy muy dado a crear teorías sobre mí y sobre las cosas, teorías que en su momento me parecen la culminación del ámbito en el que se den y ante las que muchas personas asienten sin expresión ninguna, pero después (puede que en la siguiente etapa, no lo sé) me avergüenzo muchísimo de haber dicho semejantes cosas, de habérmelas creído y de haberlas llevado a cabo, lo bueno es que con cada torta las voy haciendo mejores, quizá un día quede permanentemente satisfecho con una. Bien, pues en el Curso Cero ideé nuevas de estas ideas y, aunque no creo que tenga relación, encontré un grupo de amigos con el que empecé el curso llevando ventaja en cuanto a fiestas y a gente con la que poder hablar. Hace poco, no sé bien si dos o tres semanas semanas, todo empezó a ir mal, suspendí mi primer examen oficial, perdí las amistades como arena que se te desliza de los dedos sin que puedas quedarte con ella y se me cayó la pulsera de mi hermano, dejando mi muñeca mucho más fea. Todo empezó a ir mal, tanto que me desesperé, aunque aprendí a contener los problemas con un método que quizá cuente algún día, y entonces tomé una decisión, después de afeitarme y cortarme el pelo, volviendo así a tener unos quince años, decidí que seguiría cayendo, que caería con todas mis fuerzas hasta el día dieciséis de noviembre, tras el cual me obligaría a levantarme, mi idea era chocar tan fuerte contra el sueno que rebotase subiendo muy alto, y, pese a la horrible media hora del nuevo día, hoy estamos a día diecisiete y doy por completamente terminado el epílogo de la época de la pulsera. Me preguntó qué nuevo nombre tendrá esta nueva etapa y qué tal será.
No con el regalo empezó una nueva etapa, sino que más bien el regalo se produjo en una época de transición. Y así pues, aunque los diferentes estudiosos de la historia no se ponen de acuerdo en la fecha en la que ésta empezó, la opinión más generalizada fue que el inicio se dio en el Curso Cero, un taller preparatorio al que acudí una semana antes de empezar la universidad. Yo soy muy dado a crear teorías sobre mí y sobre las cosas, teorías que en su momento me parecen la culminación del ámbito en el que se den y ante las que muchas personas asienten sin expresión ninguna, pero después (puede que en la siguiente etapa, no lo sé) me avergüenzo muchísimo de haber dicho semejantes cosas, de habérmelas creído y de haberlas llevado a cabo, lo bueno es que con cada torta las voy haciendo mejores, quizá un día quede permanentemente satisfecho con una. Bien, pues en el Curso Cero ideé nuevas de estas ideas y, aunque no creo que tenga relación, encontré un grupo de amigos con el que empecé el curso llevando ventaja en cuanto a fiestas y a gente con la que poder hablar. Hace poco, no sé bien si dos o tres semanas semanas, todo empezó a ir mal, suspendí mi primer examen oficial, perdí las amistades como arena que se te desliza de los dedos sin que puedas quedarte con ella y se me cayó la pulsera de mi hermano, dejando mi muñeca mucho más fea. Todo empezó a ir mal, tanto que me desesperé, aunque aprendí a contener los problemas con un método que quizá cuente algún día, y entonces tomé una decisión, después de afeitarme y cortarme el pelo, volviendo así a tener unos quince años, decidí que seguiría cayendo, que caería con todas mis fuerzas hasta el día dieciséis de noviembre, tras el cual me obligaría a levantarme, mi idea era chocar tan fuerte contra el sueno que rebotase subiendo muy alto, y, pese a la horrible media hora del nuevo día, hoy estamos a día diecisiete y doy por completamente terminado el epílogo de la época de la pulsera. Me preguntó qué nuevo nombre tendrá esta nueva etapa y qué tal será.
Y de sus gritos no se podía entender nada, solo rabia, sabia
contra sí mismo, contra el mundo, contra el por qué ¿por qué? Es que no tiene
sentido que a las personas se las pegue de todos lados, ¿y qué? Nos creemos que
luego vendrá algo mejor ¿la felicidad? ¿la puta felicidad a la que me aferro
como un profeta que ve que o cree o se suicida? Pero qué coño pasa, cómo vamos
a jugar a un juego si no hay unas solas reglas, si todo el mundo tiene las suyas
y éstas se contradicen entre sí y me hacen gritar de rabia, y si no grito, éstos salen por los ojos en forma
de lágrimas, abrasadoras lágrimas que huyen porque aquí no les espera nada
mejor, porque todo es una mierda, pero no en el sentido de siempre, sino que es
una mierda porque lo que no es malo o está podrido nunca lo podrás alcanzar,
pero si podrás verlo, podrás contemplarlo para ver en ello reflejado tu propia
impotencia. Que no, que todo está perdido, que no queda nada, así que mejor
dormir para que las pesadillas nos distraigan.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Cosas de duendes
Hace tiempo me topé con un duende que destronó a
los gallos a la hora de cantar por la mañana, aunque no fuese a la misma hora
cada día. Este duende se sabía mi nombre y, a cambio de un par de cervezas de
vez en cuando, me contaba increíbles historias de vidas que le hubiese gustado
vivir. El problema fue que un día un par de niños jugando le enseñaron a
mentir, y al duende le gustó la mentira, tanto es así que empezó a mentir sobre
cualquier cosa y hasta dejó de cantar por las mañanas para hacerlo al
anochecer. El problema fue cuando empezó a mentir sobre mí a mis espaldas y
tuve yo muchos problemas por su culpa, así que le dije que me dejase en paz,
que no se acercase a mi casa y que no quería volver a quedar con él. Por alguna
razón que desconozco, un día, después de no saber de él un tiempo, entró en mi
casa y destrozó mi salón. Yo no hice nada por no saber qué hacer, así que lo
dejé pasar, pero un día se lanzó al cuello de un amigo mío y, tras susurrarle
cosas malas al oído durante toda la noche, éste me repudió. Ahí fue cuando
decidí matar al duende. El problema es que no fui capaz, por distintos motivos
que no vienen a cuento, así que encargué a un carnicero que conozco que lo hiciese,
y el carnicero mató al duende. Durante todo un día tuve la cabeza de aquel
desagradable ser en la puerta de mi casa clavada en una estaca.
No pretendo atemorizar a los duendes para que no
vengan, pero en cuanto uno empiezo a molestar le cuento la historia, si sigue, le
muestro la calavera en miniatura, y ya, si no cesa en su empeño, le acorralo y
le explico en un susurro lo fácil que es matar a los duendes que me vienen a
tocar las narices.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
ultimun fragmen
Cuentan que la bruja de la montaña leyó El esclavo enamorado y
lloró por su inesperado final y que, cuando el recadero fue a llevarle las
provisiones para el invierno, ésta entró en trance y dijo con la voz áspera de
un hombre:
"Puede que el capataz no le viera como un esclavo, sino, como un amigo, o puede que algo más. Y si trabajando el doble el capataz no le deja en paz, oh esclavo mío, no es porque quiera azotarte, es porque el capataz se mostró al esclavo tal y como era, afable, cercano, cortés; pero el esclavo valiéndose de sus artimañas quiso destruir al capataz, por miedo a dejarse vencer por una amistad imposible, ya que era impensable una relación de amistad entre un capataz y un esclavo. El esclavo urdió el más atroz de los planes, hacer creer al capataz que era su amigo, su confidente. El esclavo tejió con mimo la telaraña que llevaría al capataz a su fin. Tal fue así que, para defender al esclavo, el capataz mintió y destruyó a una doncella por él, pero de lo que el capataz no se percató fue de que todo era en realidad un plan para acorralarle y dejarle solo y, una vez en la miseria, acertarle el golpe final. El capataz, al darse cuenta de ésto, intento reaccionar, pero fue demasiado tarde. El capataz no entendió nunca el por qué el esclavo le destruyó de esa manera, ¿Sería porque se cansó de ser esclavo? ¿o solo quería disfrutar viéndole sufrir? ¿Pero por qué él? ¿por qué el capataz? Él, herido de muerte, se retiró, pues no había batalla que librar, y si la había, estaba perdida antes de empezar. Solo reconoció algo antes de marchar:
"Muy inteligente, esclavo, brillante tu
hazaña. Pero con ella me has convertido a mí en esclavo, para convertirte tú en
férreo capataz. Si te entrego mi corazón y lo destruyes ¿cómo la doncella
querrá aceptar el tuyo? Ahora entiendes, oh esclavo, por qué no se puede fiar.
El amor no tiene explicación, como así el más bello de los regalo la tiene.
Cuando regalas algo, por más pequeño que sea, si le pones la intención, la
pasión y la honestidad, no has de explicarlo, si explicas algo tan sublime como
el regalo que has citado, es porque ese regalo, quizás, sea un Caballo de
Troya, tal y como me ha pasado a mí contigo, esclavo."
Llegados a este punto debemos darle las gracias al recadero por su brillante memoria capaz de recitar las palabras exactas, cosa no extraña pues nunca supo escribir y, para acordarse de lo que se le pedía en cada punto de la cordillera, necesitaba tener buena sesera, ya que llegar a la cima del Meigito y descubrir que no te han pedido lentejas sino judías ¡judías! y tener que volver a bajar para volver a subir y, tras todo esto, pedir disculpas, no es precisamente agradable.
Bueno, llegados al presente dentro del pasado
desde donde estoy contando la historia, me volví a leer el libro, sí, otra vez,
he de reconocer que El esclavo
enamorado es un buen libro y me gusta, pero de tantas lecturas estoy
empezando a cansarme de él y me empiezo a preguntar cosas como "¿Cómo
narices un solo hombre que, además, según las descripciones, está en los
huesos, puede tirar de semejantes bloques de piedra?"y no entendí las
palabras de la bruja en el contexto del libro, así que llamé a Lucy, que por
entonces era una niña que acudía al colegio y ayudaba de vez en cuando en la
tienda de ropas para bebé de su madre, le di el libro y esperé una semana a que
lo leyese. Entonces quedamos y la conversación fue algo así:
"-¿Te ha gustado el libro?
-Me gustaron los cuentos del abuelo, como el de
Adalia de la Selva, el Aliento del Tigre o el de Por Qué Susurran los árboles,
este último mucho más que ninguno, pero la historia de amor me parece tonta, y
la mujer más tonta aun."
Entonces le recité lo que a su vez recitó una
vez la bruja, Lucy me escuchó, lo pensó un poco y profirió una inmensa y serena
carcajada, cuando terminó dijo:
"-Pobre tonto el capataz, y más tonta aun
la bruja, ésta no habló, sino que habló el capataz por sus labios. Él amaba al
esclavo y, al ver que éste le odiaba en lo más profundo de su negro corazón,
sufría y por ello le pegaba, con sus propias lágrimas disimuladas por el polvo
de las obras, y por eso mismo no le mató cuando el esclavo se giró y blasfemó
enfrentándose a él. Pobre tonto el capataz que leyó un capítulo distinto en un
libro equívoco, ya lo dijo el escritor triste al que recita mi padre "Si
no se ha dado con la A no hay que seguir con el resto de letras del
abecedario". También por eso el capataz huyó con la chica, quería sentir
qué veía el esclavo en ella y por eso, al no ver nada especial, intentó matarla
creyendo haberlo conseguido. Ahora, por favor, no me des más libros basura para
leer,"
Y ahora estoy en el presente real, el de verdad y, con un ejemplar de El esclavo enamorado bajo el brazo, me dispongo a subir hasta las faldas del Meigito para hablar con la bruja, ya os contaré.
secunda fragmenta II
"Habiendo dicho lo que
había dicho, habiendo terminado su discurso sincero e improvisado, el esclavo
dejó su negro palpitante corazón en las manos de aquella mujer, se dio la
vuelta y, con el paso torpe de quien no tiene todos los huesos consigo, se
dirigió de nuevo hacia su trabajo.
-¡Eh, tú!¿Y por qué lo das sin más? es decir, sin dar tantos adjetivos de ese corazón tuyo ¿Será porque ella no se cree que en verdad el regalo por tu parte sea sincero? Cuando algo se explica, es porque no es honesto, nunca lo fue y nunca lo será.
Lentamente, y aun sin estar seguro de que se acababan
de dirigir a él, el esclavo se giró y vio a Ar-Tu, uno de los capataces. En
cuanto le vio, con una mano en el cinturón y la otra cogiendo el látigo, se dio
la vuelta de nuevo pensando que quizá si trabajaba el doble de lo normal el
capataz le dejaría en paz o por lo menos no sería más benevolente.
-Vuelve a mirarme y habla sin miedo, esclavo.
Su abuelo le contaba de pequeño los cuentos que
traía el viento, cuentos como el de Adalia de la Selva o el de el Aliento del Tigre,
y este último se dio en el esclavo cuando todo miedo se apartó y el fuego tomó
sus pulmones, boca, labios y ojos.
-Soy un esclavo, mis únicas pertenencias son mis
harapos y mi catre, pero en realidad no son mías, son de los Generosísimos que,
al igual que me las dan, me las pueden arrebatar ¿Qué me queda entonces? Mi
piel y mis huesos, pero en realidad tampoco me pertenecen, si hago algo mal o
simplemente a vuestra merced le parece, mi piel sangrará bajo la soga y mis
huesos se quebrarán bajo el tormento ¿Tengo algo entonces? Sí, algo que ni tu
espada más larga y afilada podría alcanzar, mi corazón. Entenderá vuestra
merced que si por algún motivo, como ha ocurrido, llego a darlo, avisaré con
pena y orgullo de que es todo cuanto poseo y que aun así hago entrega de él.
Además, cuando los ojos de aquella a la que le he dado mi ofrenda me miran y
sus manos se alzan, me siento más pobre y mísero de lo habitual al encontrarme
frente a tal belleza. Podría darle una galera cubierta del más brillante oro
que aun así pensaría que no es suficiente regalo, entenderá entonces vuestra
merced que me disculpe por lo que le doy. Ahora bien, me da igual que ella
pueda pensar que mi corazón es sincero o no, yo sí se lo di dándole también
todo lo bello, aun sucio, que pudiese quedar en mí.
Cuando algo se explica solo se pretende mostrar
lo que es importante para quien habla, pero oh capataz, no pretendo que lo
entienda, usted ya está completo en su miseria. ¿Se imagina que Adalia de la
Selva no le hubiese explicado al rey que aquello que se le escapaba se las
manos no era arena sino fino oro? Ahora hágame lo que quiera, capataz, que ya
no soy nada más que una piedra que empuja piedras."
El esclavo enamorado
lunes, 10 de noviembre de 2014
secunda fragmenta
"-Mi corazón es negro y no solo por el carbón. Es pequeño, está agujereado y desgarrado. Es un corazón pobre de una persona pobre que solo sirve para recordarme que aun sigo vivo. Un corazón pequeño en el que apenas cabe nada y por el que muy poca gente ha pasado a lo largo de mi vida.
Y aun con todo, te lo regalo."
Y aun con todo, te lo regalo."
El esclavo enamorado
sábado, 8 de noviembre de 2014
la tierra del algún día
Que nadie se sorprenda cuando un día sietesiete venga a buscarme y nos fuguemos en su autocaravana de origen incierto. No pienso deciros dónde iré, principalmente porque no lo sabré, pero aun sabiéndolo no os lo diría. Seguramente dejaré una nota, en parte para que nadie se preocupe en exceso y en parte porque siempre me ha gustado cuando el protagonista de una historia deja una nota que suele leer su propia voz haciendo de narrador mientras se alternan planos de quien la ha encontrado y supuestamente lee y del protagonista alejándose por el camino que haya elegido para, muchas veces, empezar de cero. Y sí, en esta historia yo sería el protagonista y todos me darías un poquito igual, aunque sietesiete también tendría bastante importancia, tal vez la nombre cuasi-protagonista. Lo curioso es que tendré por plan lo inesperado, pero llegará un momento en el que, por ir a tanta velocidad, me chocaré contra lo desconocido y entonces sietesiete y yo, amargados por la convivencia extrema, nos enfadaremos y ella se volverá a casa quedándome yo en algún lugar de Francia, quien sabe si cerca de Toulouse o más al norte, y tendré que volver andando. Eso sí será costoso, pero cuando llegue, extenuado y asqueado con tantas cosas, habré descubierto algo, algo muy importante, el verdadero por qué de mi fuga y la respuesta a tantas preguntas, la llave que te abre la otra mitad de las puertas y te hace la vida más fácil, pero, oh, no os voy a decir qué es, haber venido desde Toulouse a Madrid andando.
viernes, 7 de noviembre de 2014
fragmenta
...ahora eran ya 196 las piedras que llevaba sobre la espalda, pero aun así seguía llorando por amor. Da igual los latigazos que puedan caer sobre tu piel si ésta está ya insensibilizada por la maldición de que nada más te pueda importar. Algún día aquella gran obra de la humanidad estaría completada y él vería como la segunda mayor tarea de su vida llegaba a su fin, a un amargo fin.
El esclavo enamorado
miércoles, 5 de noviembre de 2014
sueño
Era de noche, el autobús llegó a Conde de Casal, como debía, pero en vez de parar se dio la vuelta y volvió a la carretera de Valencia, entonces yo me levanté y anduve hasta el conductor, uno que nunca había visto y que tenía algo que no me gustaba. Le pregunté que por qué dábamos la vuelta y él me dijo que sería vergonzoso llegar pronto, así que en mitad de la carretera de Valencia volvió a dar la vuelta rumbo a Conde de Casal, otra vez. Cuando volví a mi asiento descubrí que me lo había quitado una señora, porque en cada pareja de asientos había solo una persona y donde tuviese que haber dos era mala cosa, así que me senté con alguien a quien no recuerdo y juntos criticamos a la señora que me había robado el sitio, pues su hija y su hijo, ambos pequeños, ocupaban respectivamente una pareja de asientos cada uno. Cuando el autobús paró no se abrió la puerta del medio, por la que se baja, ni la de delante, por la que se sube y a veces se baja, sino que salimos por la ventana del conductor, que era algo más grande de lo normal. Era de noche como ya he dicho, pero en ese momento realmente lo aprecié, era una noche bien iluminada por farolas amarillas, y aun era una hora temprana, pues no había sueño y las calles tenían su tránsito común. Yo tenía la sensación de que tenía que ir a algún lado, no sé si recordaba a donde, pero no sentía ninguna prisa. Entonces hice algo que hago muy poco y que es uno de mis mayores placeres del mundo, cogí un poco de carrerilla, salté, estiré los brazos y planeé un rato como a metro y medio del suelo, es una sensación alucinante, lo más parecido a volar por mis propios medios sin tener en cuenta la vez que pude hacer varios saltos de unos cincuenta metros de altura. Después sentí hambre, así que entré en una tienda de alimentación en la que había napolitanas y demás bollería colgada de unos ganchos de una pared. Cogí uno de aquellos dulces y estuve tentado de comerlo, de hecho lo olí mucho, pero sabía que el precio sería muy alto, por lo que no le di bocado, creo, así que crucé al otro lado de la calle, entré en otra tienda de alimentación y dejé allí el bollo, pero a mi vuelta no sé si sentía el estómago lleno o que lo estaba masticando y pensé que, de alguna extraña manera, al final me había comido el dulce, y así me sentí culpable y entré en la primera tienda a comprar algo para indemnizar de algún modo el hurto sin dolo cometido. Cogí una especie de chupa-chups rosas, pero la asiática dependienta me dijo desde el otro lado de la tienda que cogiese dos, no sé si por algo referido a una oferta, pero cuando cogí el segundo, éste llevaba pegado un tercero, así que la dependienta hizo un gesto como de "no, no" y luego otro de "bueno, da igual", pero yo me di cuenta y los separé en dos. Cuando me estaba cobrando, dijo algo del precio y pensé que me estaba cobrando el dulce de antes, que se había dado cuenta, pero resultó que no. Lo último que recuerdo es que me dio las vueltas en muchas monedas de céntimos y dos mandarinas, y no recuerdo más porque era un sueño.
En una milésima de segundo
El viento chilla y pide sangre, mientras, nuestro héroe descubre que la herida de su rostro no es herida y es grano. Dáminis dijo "voy a escribir la mejor historia de todos los tiempos y mi nombre será recordado", y cuando murió, en su tumba quedó inscrito "Dáminis, iba a escribir la mejor historia de todos los tiempos y su nombre sería recordado". La anciana no teme a la juventud y hace ruido. Mientras tanto, el viento juega con el pelo de nuestro héroe despeinándole, y él lo sabe, pero le gusta.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Pájaros al vuelo
¡Oh,
por favor! ¡Qué buen día hacía en Monterbaló! Los niños habían claudicado en su
huelga de no salir de casa y ahora corrían y jugaban, desprendiendo así sus
pieles un extraño vapor anaranjado que hacía sentir la necesidad de moverse, de
hablar y, sobre todo, de reír a quien lo respiraba. A pesar de no ser domingo,
la señora Filoberta tiró el trapo de cocina al suelo exclamando sonoramente
“¡Hombre ya!”, salió a la calle y montó su puesto de chucherías, siendo así el
ejemplo de toda una revolución que desembocó en un mercadillo en jueves. Don
Agustín partió en su carro para estar otro mes fuera, dejando así el cuidado de
la casa, los criados y las tierras a su hija de siete años Cataleya, que no os
preocupéis, no, que la niña estaba del todo preparada para ocuparse de esa
labor ya que la practicaba desde los cuatro años y era una de las razones por
las que Don Agustín se marchaba siempre que podía, y cuanto más tiempo mejor,
pues quería mucho a su hija, pero le intimidaba enormemente. La sombra de la difunta
madre de la niña se apreciaba en sus ojos, algo mágico y estremecedor a un
tiempo.
Así
pues, un pueblo generalmente gris azulado se tornó naranja y rojo, pero no
cualquier posibilidad de estos colores, sino los que se dan al atardecer. Al
pueblo solo le faltaba el cantar de unos pájaros que nunca había tenido. Pero
siempre existen sombras, y ahí apareció, haciendo retumbar el suelo por su peso
descomunal, el alcalde. No le acompañaban los dos secuaces de siempre pues el
vapor naranja de los niños les había hecho participar en una carrera de sacos,
pero a él ese vapor no le afectaba. Se situó en mitad de la plaza y, a través
de su megáfono negro, comenzó a gritar, acusando a la gente de amoral, irresponsable,
ilógica y demente. De tal modo que todos empezaron a sentirse culpables, hasta
que Cataleya dio un paso, extendió la mano y empleó la magia de su madre. El
alcalde pareció quedarse mudo, pues no emitía ningún sonido, pero lo que en
realidad sucedía es que cada vez que gritaba, la palabra salía de su cono
materializada en un pájaro de papel.
Y
así fue como el alcalde de Monterbaló se quedó afónico y la ciudad por fin tuvo
pájaros, aunque de papel.
Microrrelato presentado a concurso en el que pasaron de mí.
Microrrelato presentado a concurso en el que pasaron de mí.
the sounds of silence
Cuando el hermano de Elia murió en aquel accidente, ella se llevó del hospital, de entre la bolsa de sus pertenencias, su reproductor de música, y en un rincón de su habitación, con los cascos puestos y las rodillas abrazadas, lloró y escuchó música toda la noche.
Así se fue haciendo inseparable de aquel reproductor, a todas partes lo llevaba, junto con su cargador por si se le acababa la batería. Siempre estaba escuchando la música que su hermano, como el experto de una materia, había seleccionado con cuidado y de una manera meticulosa durante toda su corta vida. Los ojos acabaron por secarse, pero la tristeza se aferraba a Elia, quizá en parte por las dos cadenas blancas que siempre llevaba asomando desde las orejas. Le fascinaba aquella música, y un autor en especial, pero nunca miró qué grupo o qué canción sonaba, escucharla era como escuchar a su hermano, y no quería estar tentada de dejar de oírle. Con el tiempo las cosas cambiaron, como los parques, que llega un momento en el que interrumpen su ciclo se árboles verdes, árboles marrones y árboles sin hojas para que empieces a ver árboles que faltan, árboles que antes no estaban ahí y árboles que se pasan el año verdes, sin cambiar, y todo es un cambio que pasa sin que te des cuenta hasta que te das cuenta, y así es como Elia salió, sin saber cómo, de su mundo de soledad y música y apartó el reproductor de música en un cajón saliendo de vez en cuando con unos nuevos amigos, uno de los cuales se fijó en ella y observó, sorprendido, cómo ella se alteró mucho una vez en un bar al sonar una canción en concreto.
Tiempo más tarde aquel chico y Elia empezaron a salir, y una vez, en casa de él, comenzaron a besarse con la inmediata intención de quitarse la ropa, y él, ávido y listo, estiró el brazo a la par que su otra mano cogía a Elia por la cintura y sus labios no se despegaban un momento, y cogió el mando a distancia del equipo de música. Elia en un primer momento gritó y creyó ver a su hermano en todas partes a su alrededor, luego se dio cuenta de que era la música. El chico había pensado que aquel autor le gustaba a Elia y había grabado todas sus canciones, y ahora tenía los restos de una antigua sonrisa congelada en el rostro. Tras apagar la música y calmar a Elia, el chico le explicó que aquel era un conocido cantautor, y ella no pudo soportarlo, aquel no era un cantautor conocido por todo el mundo, aquel era el secreto de su hermano que solo ella conocía. No pudo soportarlo.
Aun hoy no se sabe qué fue de ella, aunque, temeroso, investigué y por lo menos sé que viva está. A veces, cuando paso por su antigua casa, aunque sé que no puede ser, me parece escuchar desde la que fue su habitación la voz de un hombre con una guitarra, una canción triste, pero no de las que te hunden, sino de las que te ayudan a salir.
Así se fue haciendo inseparable de aquel reproductor, a todas partes lo llevaba, junto con su cargador por si se le acababa la batería. Siempre estaba escuchando la música que su hermano, como el experto de una materia, había seleccionado con cuidado y de una manera meticulosa durante toda su corta vida. Los ojos acabaron por secarse, pero la tristeza se aferraba a Elia, quizá en parte por las dos cadenas blancas que siempre llevaba asomando desde las orejas. Le fascinaba aquella música, y un autor en especial, pero nunca miró qué grupo o qué canción sonaba, escucharla era como escuchar a su hermano, y no quería estar tentada de dejar de oírle. Con el tiempo las cosas cambiaron, como los parques, que llega un momento en el que interrumpen su ciclo se árboles verdes, árboles marrones y árboles sin hojas para que empieces a ver árboles que faltan, árboles que antes no estaban ahí y árboles que se pasan el año verdes, sin cambiar, y todo es un cambio que pasa sin que te des cuenta hasta que te das cuenta, y así es como Elia salió, sin saber cómo, de su mundo de soledad y música y apartó el reproductor de música en un cajón saliendo de vez en cuando con unos nuevos amigos, uno de los cuales se fijó en ella y observó, sorprendido, cómo ella se alteró mucho una vez en un bar al sonar una canción en concreto.
Tiempo más tarde aquel chico y Elia empezaron a salir, y una vez, en casa de él, comenzaron a besarse con la inmediata intención de quitarse la ropa, y él, ávido y listo, estiró el brazo a la par que su otra mano cogía a Elia por la cintura y sus labios no se despegaban un momento, y cogió el mando a distancia del equipo de música. Elia en un primer momento gritó y creyó ver a su hermano en todas partes a su alrededor, luego se dio cuenta de que era la música. El chico había pensado que aquel autor le gustaba a Elia y había grabado todas sus canciones, y ahora tenía los restos de una antigua sonrisa congelada en el rostro. Tras apagar la música y calmar a Elia, el chico le explicó que aquel era un conocido cantautor, y ella no pudo soportarlo, aquel no era un cantautor conocido por todo el mundo, aquel era el secreto de su hermano que solo ella conocía. No pudo soportarlo.
Aun hoy no se sabe qué fue de ella, aunque, temeroso, investigué y por lo menos sé que viva está. A veces, cuando paso por su antigua casa, aunque sé que no puede ser, me parece escuchar desde la que fue su habitación la voz de un hombre con una guitarra, una canción triste, pero no de las que te hunden, sino de las que te ayudan a salir.
jueves, 30 de octubre de 2014
Se busca vocal
El señor del metro iba pidiendo dinero, pero como no soportaba que le mirasen gritó "¡Denme dinero o no! ¡pero no me miren!" y cuando llegó hasta mi lado y le di una manzana, se la comió con los tres mordiscos más grandes que he visto en mi vida, como para decirle que la fruta no estaba lavada.
Aquel día en el colegio me preguntaron que qué quería ser de mayor, y yo dije que quería pedir en el metro, y como la profesora me desafió diciendo que eso no era un trabajo, que cómo podía querer algo semejante y que estudiaba justo para no acabar ahí, ahora soy el mejor pedidor de metro, sabiendo producir cualquier tipo de música, hacer malabares, contar historias atroces sobre mi precaria vida... Lo que sí pasa es que si alguien me da comida, siguiendo los pasos de mi maestro, me la tengo que comer delante del que me la haya dado, una lástima cuando me dan mandarinas o naranjas, pues la piel no sabe nada bien.
¿Alguna vez alguien en el metro ha pedido dinero tras contar una brevísima pero genial historia? ¿no? Pues ya es hora de que yo lo haga.
Aquel día en el colegio me preguntaron que qué quería ser de mayor, y yo dije que quería pedir en el metro, y como la profesora me desafió diciendo que eso no era un trabajo, que cómo podía querer algo semejante y que estudiaba justo para no acabar ahí, ahora soy el mejor pedidor de metro, sabiendo producir cualquier tipo de música, hacer malabares, contar historias atroces sobre mi precaria vida... Lo que sí pasa es que si alguien me da comida, siguiendo los pasos de mi maestro, me la tengo que comer delante del que me la haya dado, una lástima cuando me dan mandarinas o naranjas, pues la piel no sabe nada bien.
¿Alguna vez alguien en el metro ha pedido dinero tras contar una brevísima pero genial historia? ¿no? Pues ya es hora de que yo lo haga.
domingo, 26 de octubre de 2014
El mero
-Mamá, ¿todos los peces viven en el mar?
-Qué va, también viven en ríos, lagos, charcas y en muchos más sitios.
-¿Entonces todos viven en el agua?
-Claro María, como mucho saltan fuera, pero si no viven en el agua no son peces.
-¿Seguro?
-Sí María, estoy segurísima.
-¿Entonces, por qué ese pez está en el aire?
La madre de María miró al cielo y no pudo evitar gritar.
Era un día de esos en los que hace sol, pero un sol difuso al tener que atravesar un manto denso y continuo de nubes blancas y grises y, de repente, pasado el medio día y transcurridas apenas un par de horas de la tarde, la ciudad contuvo el aire, y con ella sus habitantes, pues en el cielo, entre las nubes, había aparecido un pez descomunal, del tamaño de una manzana de edificios. Era un mero, con boca de tonto y mirada perdida, y movía las aletas y la cola lentamente, como si estuviese nadando. Su cuerpo no se llegaba a ver entero, pues no había descendido del todo del contorno esponjoso blanco y gris que formaban las nubes. La gente paraba el coche para bajarse a mirar hacia arriba, los bares se vaciaban y se veía más piel que vidrio en las ventanas, pero aun así muchos preferían poner la televisión, pues el helicóptero del Canal Cero había llegado antes que cualquiera de la policía y, desde bastante distancia, captaba una buena imagen del perfil del pez, ya que quienes miraban hacia arriba en realidad solo veían una panza oscura por estar a la sombra, El mayor atractivo del pez visto en la pantalla no era en realidad él mismo sino la diferencia de tamaño que se apreciaba entre él y los edificios, algunos de los cuales parecían simplemente estar pintados en una superficie plana y no tener la más mínima relevancia. El mero era gris con manchas blancas y tenía las puntas de las aletas de un tono azul que casi parecía violeta. Las autoridades no sabían qué hacer, pues enviar a los aviones de guerra sería un riesgo al estar el pez encima del pleno centro de la ciudad, además no parecía ofensivo, estaba prácticamente quieto y medio cubierto por las nubes, aunque seguramente el elemento más disuasorio en cuanto a su peligrosidad era su mirada perdida y su boca de imbécil.
Las autoridades se encontraban ya en medio del monumental proceso de evacuar el centro de la ciudad, cosa tonta en realidad pues el pez, tal como había hecho en los primeros momentos tras su aparición, podía moverse quedando así encima de cualquier otra parte de la ciudad. Cuando el mero movió tan solo dos veces las aletas y ascendió perdiéndose así entre las nubes. Los aviones, pues los helicópteros no podían ascender tanto, fueron a buscarle por encima de las mismas, pero no le hallaron, nunca más se supo del descomunal mero.
Una vez desaparecido el pez, la prensa de las dos semanas siguientes no habló de otra cosa y, pasadas éstas, aun tuvo un importante eco en la prensa de todo el mes. ¿Era un ser que había entrado en nuestro mundo por error desde otro universo? ¿un experimento militar errado tal vez? Pasado el tiempo ya no se sabía exactamente cual era la verdad a pesar de que por testigos hubiese varios millones de personas, ¿Había aparecido el mero por medio de un deslumbrante destello? ¿Se había marchado volando para sumergirse horas más tarde en el mar? Ya nadie podía responder a esas preguntas con la total convicción en estar diciendo la verdad.
Lo que sí se sabe es que pasado el tiempo pareció que el mundo entero olvidó el simple hecho de que una vez apareció encima de la ciudad un descomunal mero que flotaba en el aire y que desapareció para no volver a ser visto.
Inspirado en un montaje fotográfico de Even Liu
-Qué va, también viven en ríos, lagos, charcas y en muchos más sitios.
-¿Entonces todos viven en el agua?
-Claro María, como mucho saltan fuera, pero si no viven en el agua no son peces.
-¿Seguro?
-Sí María, estoy segurísima.
-¿Entonces, por qué ese pez está en el aire?
La madre de María miró al cielo y no pudo evitar gritar.
Era un día de esos en los que hace sol, pero un sol difuso al tener que atravesar un manto denso y continuo de nubes blancas y grises y, de repente, pasado el medio día y transcurridas apenas un par de horas de la tarde, la ciudad contuvo el aire, y con ella sus habitantes, pues en el cielo, entre las nubes, había aparecido un pez descomunal, del tamaño de una manzana de edificios. Era un mero, con boca de tonto y mirada perdida, y movía las aletas y la cola lentamente, como si estuviese nadando. Su cuerpo no se llegaba a ver entero, pues no había descendido del todo del contorno esponjoso blanco y gris que formaban las nubes. La gente paraba el coche para bajarse a mirar hacia arriba, los bares se vaciaban y se veía más piel que vidrio en las ventanas, pero aun así muchos preferían poner la televisión, pues el helicóptero del Canal Cero había llegado antes que cualquiera de la policía y, desde bastante distancia, captaba una buena imagen del perfil del pez, ya que quienes miraban hacia arriba en realidad solo veían una panza oscura por estar a la sombra, El mayor atractivo del pez visto en la pantalla no era en realidad él mismo sino la diferencia de tamaño que se apreciaba entre él y los edificios, algunos de los cuales parecían simplemente estar pintados en una superficie plana y no tener la más mínima relevancia. El mero era gris con manchas blancas y tenía las puntas de las aletas de un tono azul que casi parecía violeta. Las autoridades no sabían qué hacer, pues enviar a los aviones de guerra sería un riesgo al estar el pez encima del pleno centro de la ciudad, además no parecía ofensivo, estaba prácticamente quieto y medio cubierto por las nubes, aunque seguramente el elemento más disuasorio en cuanto a su peligrosidad era su mirada perdida y su boca de imbécil.
Las autoridades se encontraban ya en medio del monumental proceso de evacuar el centro de la ciudad, cosa tonta en realidad pues el pez, tal como había hecho en los primeros momentos tras su aparición, podía moverse quedando así encima de cualquier otra parte de la ciudad. Cuando el mero movió tan solo dos veces las aletas y ascendió perdiéndose así entre las nubes. Los aviones, pues los helicópteros no podían ascender tanto, fueron a buscarle por encima de las mismas, pero no le hallaron, nunca más se supo del descomunal mero.
Una vez desaparecido el pez, la prensa de las dos semanas siguientes no habló de otra cosa y, pasadas éstas, aun tuvo un importante eco en la prensa de todo el mes. ¿Era un ser que había entrado en nuestro mundo por error desde otro universo? ¿un experimento militar errado tal vez? Pasado el tiempo ya no se sabía exactamente cual era la verdad a pesar de que por testigos hubiese varios millones de personas, ¿Había aparecido el mero por medio de un deslumbrante destello? ¿Se había marchado volando para sumergirse horas más tarde en el mar? Ya nadie podía responder a esas preguntas con la total convicción en estar diciendo la verdad.
Lo que sí se sabe es que pasado el tiempo pareció que el mundo entero olvidó el simple hecho de que una vez apareció encima de la ciudad un descomunal mero que flotaba en el aire y que desapareció para no volver a ser visto.
Inspirado en un montaje fotográfico de Even Liu
viernes, 24 de octubre de 2014
dicen que los ojos son el espejo del alma
Ella se notó algo en el ojo aquella mañana, y al mirarse frente al espejo tan solo vio un pequeño punto negro que dejó pasar prometiéndose fijarse mejor a la vuelta, pues andaba aquel día con prisa. Salió así de casa el último día de su vida.
El día pasó como un metro que no para a recoger a quienes lo esperan en la parada, demoledor, rápido, como un rayo horizontal de metal y luces, el día pasó rápido y demoledor, de repente ya estaba de camino a casa con un cansancio crónico. En el autobús notó una sensación perturbadora en el ojo, y al intentar frotárselo, dejó de ver por el mismo, así que, muy asustada, pensó en llegar a casa y ya después acudir al hospital si la vista el mismo aun no había vuelto. Sobre el puente frío de la luna, cerca ya de su casa, le dio por pensar en una de las últimas películas que había visto con su mejor amigo, y ese pensamiento le llevó el resto de su camino, sin recordar apenas su envolvente oscuridad de mirada tuerta.
En casa se posicionó frente al espejo y ahogó un grito al ver que su ojo y la piel de alrededor sencillamente no estaban, y en su lugar, más que algo había un vacío, como una profundidad oscura. Empezó a notar un picor en su ojo sano y salió corriendo de casa rumbo al hospital, pero tuvo que detenerse a mitad del puente de la luna, pues no veía nada, se había quedado ciega. Apoyó las manos en la barandilla, fría, y miró, o más bien dirigió su rostro, hacia donde debían estar el agua y la luna haciendo que la misma brillase como la plata. Entonces e inevitablemente lloró, y el agua de sus lágrimas vino de la profundidad del espacio situado en el fondo de donde antes estuvieron sus ojos y, como estrellas, salió de los agujeros que coronaban su rostro y mojaron sus mejillas. Entonces, con la desesperación más terrible entrelazada en el corazón, se lanzó a las aguas frías y oscuras, pero antes de llegar a tocarlas desapareció convirtiéndose en algo parecido a cenizas.
El día pasó como un metro que no para a recoger a quienes lo esperan en la parada, demoledor, rápido, como un rayo horizontal de metal y luces, el día pasó rápido y demoledor, de repente ya estaba de camino a casa con un cansancio crónico. En el autobús notó una sensación perturbadora en el ojo, y al intentar frotárselo, dejó de ver por el mismo, así que, muy asustada, pensó en llegar a casa y ya después acudir al hospital si la vista el mismo aun no había vuelto. Sobre el puente frío de la luna, cerca ya de su casa, le dio por pensar en una de las últimas películas que había visto con su mejor amigo, y ese pensamiento le llevó el resto de su camino, sin recordar apenas su envolvente oscuridad de mirada tuerta.
En casa se posicionó frente al espejo y ahogó un grito al ver que su ojo y la piel de alrededor sencillamente no estaban, y en su lugar, más que algo había un vacío, como una profundidad oscura. Empezó a notar un picor en su ojo sano y salió corriendo de casa rumbo al hospital, pero tuvo que detenerse a mitad del puente de la luna, pues no veía nada, se había quedado ciega. Apoyó las manos en la barandilla, fría, y miró, o más bien dirigió su rostro, hacia donde debían estar el agua y la luna haciendo que la misma brillase como la plata. Entonces e inevitablemente lloró, y el agua de sus lágrimas vino de la profundidad del espacio situado en el fondo de donde antes estuvieron sus ojos y, como estrellas, salió de los agujeros que coronaban su rostro y mojaron sus mejillas. Entonces, con la desesperación más terrible entrelazada en el corazón, se lanzó a las aguas frías y oscuras, pero antes de llegar a tocarlas desapareció convirtiéndose en algo parecido a cenizas.
los síes y los noes de las flores que no son flores
Convertir tu pasado en una flor a la que le vas arrancando pétalos sentado en la azotea mientras murmuras "sí, no, sí, no..." y ves al fondo, en el horizonte, el barco en su tormenta, te preguntas si sobrevivirá o se hundirá en las aguas regalando tablas dispersas a la playa más cercana una vez se haya pasado la tormenta, pero ahora ¿el barco es capaz de ver lo que le está ocurriendo? Parece luchar con valentía, pobre barco, ojalá no se hunda aunque de no hacerlo se pierda en el horizonte y nunca lo conozca. Los pétalos arrancados flotan por un aire muy fuerte y se pierden en todas direcciones, uno en concreto desciende describiendo círculos, me imagino a alguien encontrándolo y preguntándose cómo pueden caer pétalos de los edificios, qué iluso sería, no sabe que en realidad es que alguien anda llorando pétalos por no atreverse a llorar como una persona normal, o quizá es que no sabe. Si alguien me pregunta le diré que es el cielo el que llora pétalos pues la tristeza y la lluvia se han ido distanciando. Sigo murmurando los síes y los noes mientras cada vez hay entre mis manos menos pétalos, son preciosos, de un púrpura especial, pero cada vez hay menos y se acerca el resultado, me pregunto si cada pétalo sentenciado a una de las dos palabras, al caer, regala buena o mala suerte, no creo, pues cada sí y cada no no me parece que den mala o buena suerte, tan solo me dicen algo del pasado, del presente y del futuro, pues los tres están entrelazados, ni siquiera el pasado es independiente. Envidio al barco, pues tan solo tiene que preocuparse de si se hunde o no, maldito barco, "sí, no, sí, no..." y al fin termina, pero me encuentro con el último pétalo en la mano y no recuerdo qué palabra le tocó, cierro el puño con fuerza sobre él, da igual el resultado, pues ya sabía qué iba a tocar, entonces lo tiro, con todas mis fuerzas, y se pierde en la oscuridad y yo deseo que se vaya muy lejos, más lejos que los edificios, más lejos que la gente que recoge pétalos, más lejos que la tormenta y el barco y, sobretodo, más lejos que mi pasado.
miércoles, 22 de octubre de 2014
farolas
Definitivamente el tema de conversación de aquella noche eran las farolas, oh no, por dios, no conversación cotidiana entre dos o más personas, sino conversación unidireccional dentro de mi cabeza, eso a lo que la gente cotidiana llama pensamientos por no tener una asamblea de ancianos ahí metida. Bien, farolas, farolas amarillas, blancas, de carretera, apenas útiles, de las que no te dejan dormir si no bajas la persiana... ¿De qué estaba yo hablando? Ah, sí, farolas.
Una vez que andaba yo bebido pero no borracho saqué mi libreta, hecha con una plegada cuatro veces, y escribí algo (también llevo siempre un boli en el bolsillo que defiendo diciendo "¡siempre voy armado!"), aunque recuerdo lo que escribí y por qué pues no estaba borracho sino bebido, fue más divertido leerlo al día siguiente, decía así:
"Las farolas son ojos que a veces chirrían (...) las farolas están encargadas por el gobierno para vigilarnos", la parte intermedia hablaba sobre escaleras, así que no viene al caso.
Toda buena historia de terror tiene una calle desierta con farolas ¿por qué? porque sin farolas no se vería nada y menuda gracia tendría que el malo matase al matado sin que éste tuviese miedo pues no pudiese ver. El miedo viene por poder ver y no ver, si no puedes ver y no ves, tan solo tienes cuidado de andar despacio y con los brazos estirados para no darte un buen golpe, ¿y quien nos ayuda a no pegarnos golpes? nuestras amigas las farolas.
De pequeño fuimos varios veranos a un camping en Pirineos con mi madre y todas las veces, excepto la última, salimos después de comer en vez de por la mañana que hubiese sido lo más lógico, entonces, como se nos echaba la noche encima en pleno viaje, parábamos en algún motel u hotelillo y allí pasábamos la noche. No se por qué exactamente salió el tema pero mi madre dijo una vez que no le gustaba conducir de noche, pero mencionó que había gente que lo prefería, y a mi por qué respondió que porque debido a la luz artificial se veía mejor, me imaginé una carretera con un haz de luz amarilla, luz que provenía de farolas.
Podría hablar mucho más sobre farolas, pues es un tema verdaderamente interesante, quizá no sean protagonistas en casi ninguna historia, pero son necesarias para casi cualquier plano nocturno. Ah, y las farolas le gustan a P., que yo lo sé.
Así que, para terminar, hablaré de lo que se me ha ocurrido al leer una historia de las siete sombras de la arena (que no tiene nada que ver con la mujer que temía frotarse el rostro creyéndolo de arena o del hombre hecho de arena de aquella historia que escribía en las clases de francés, las siete sombras de la arena es una escritora que yo conozco). En esta historia se hablaba en parte de una farola que parpadeaba y de los muchos motivos que la podían impulsar a ello ¿pretendía transmitir un mensaje? ¿se moría y eso era su último adiós? ¿estaba demostrando su ira contra los viandantes? ¿estaba feliz y quería comunicarlo? Bien, pues vamos a suponer que era esto último ¡Ay, farola! ¡Qué feliz! y quería transmitirlo, así que parpadeaba eufórica, arriesgando sus propias pilas o cableado por no tener cuerdas vocales con las que cantar, y entonces ocurrió algo curiosísimo, las farolas vecinas la empezaron a imitar también, y entonces toda la calle de farolas amarillas empezaron a parpadear, y momentos después, todas las de la ciudad, una ciudad intermitente.
Una vez que andaba yo bebido pero no borracho saqué mi libreta, hecha con una plegada cuatro veces, y escribí algo (también llevo siempre un boli en el bolsillo que defiendo diciendo "¡siempre voy armado!"), aunque recuerdo lo que escribí y por qué pues no estaba borracho sino bebido, fue más divertido leerlo al día siguiente, decía así:
"Las farolas son ojos que a veces chirrían (...) las farolas están encargadas por el gobierno para vigilarnos", la parte intermedia hablaba sobre escaleras, así que no viene al caso.
Toda buena historia de terror tiene una calle desierta con farolas ¿por qué? porque sin farolas no se vería nada y menuda gracia tendría que el malo matase al matado sin que éste tuviese miedo pues no pudiese ver. El miedo viene por poder ver y no ver, si no puedes ver y no ves, tan solo tienes cuidado de andar despacio y con los brazos estirados para no darte un buen golpe, ¿y quien nos ayuda a no pegarnos golpes? nuestras amigas las farolas.
De pequeño fuimos varios veranos a un camping en Pirineos con mi madre y todas las veces, excepto la última, salimos después de comer en vez de por la mañana que hubiese sido lo más lógico, entonces, como se nos echaba la noche encima en pleno viaje, parábamos en algún motel u hotelillo y allí pasábamos la noche. No se por qué exactamente salió el tema pero mi madre dijo una vez que no le gustaba conducir de noche, pero mencionó que había gente que lo prefería, y a mi por qué respondió que porque debido a la luz artificial se veía mejor, me imaginé una carretera con un haz de luz amarilla, luz que provenía de farolas.
Podría hablar mucho más sobre farolas, pues es un tema verdaderamente interesante, quizá no sean protagonistas en casi ninguna historia, pero son necesarias para casi cualquier plano nocturno. Ah, y las farolas le gustan a P., que yo lo sé.
Así que, para terminar, hablaré de lo que se me ha ocurrido al leer una historia de las siete sombras de la arena (que no tiene nada que ver con la mujer que temía frotarse el rostro creyéndolo de arena o del hombre hecho de arena de aquella historia que escribía en las clases de francés, las siete sombras de la arena es una escritora que yo conozco). En esta historia se hablaba en parte de una farola que parpadeaba y de los muchos motivos que la podían impulsar a ello ¿pretendía transmitir un mensaje? ¿se moría y eso era su último adiós? ¿estaba demostrando su ira contra los viandantes? ¿estaba feliz y quería comunicarlo? Bien, pues vamos a suponer que era esto último ¡Ay, farola! ¡Qué feliz! y quería transmitirlo, así que parpadeaba eufórica, arriesgando sus propias pilas o cableado por no tener cuerdas vocales con las que cantar, y entonces ocurrió algo curiosísimo, las farolas vecinas la empezaron a imitar también, y entonces toda la calle de farolas amarillas empezaron a parpadear, y momentos después, todas las de la ciudad, una ciudad intermitente.
martes, 21 de octubre de 2014
Cuestión de maletas
Yo quería escribir una historia alegre, pero me he dejado la maleta de las mismas en la oficina, pero en cambio no tengo por que poner entonces una triste, yo tengo muchas maletas, de hecho esa es la razón de que haya olvidado la maleta de las alegres en el trabajo y no que yo sea despistado. El problema es que cogí una maleta y luego pasé corriendo bajo un tramo de lluvia, por lo que la pegatina con el nombre de la maleta se mojó y se cayó, así que no sé qué esconde la misma. ¡Qué fácil sería abrir la maleta y ojear a ver que esconde! ¡pero eso es trampa señores! ¡oh sí, sí lo es!
-No, no lo es, es sentido común.
-¡Y a ti quien te ha dado vela en este entierro!
-Abre la puta maleta.
-¡Guardias! ¡Seguridad!
Pues eso, que tengo una maleta sin saber que contiene y...
-¿Si no sabes qué contiene por qué estás tan seguro de que no es la de los cuentos alegres?
-¡¿Pero te quieres marchar?! ¡Dominic! ¡Dominic!
-¿Señor?
-¡Te dije que te lo llevaras!
-Sí señor, espere un momento, es que se nos había escapado.
Pues eso, que no tengo ni idea de qué iba a sacar de la maleta, ojalá fuese una historia genial ¿sabéis por qué? ¡Porque se me han quitado las ganas de abrirla! Ala, hoy os quedáis sin historia, malditos entrometidos que se entrometen en lo que no es ni aun historia...
-¡Dominic!
-¿Señor?
-Devuelve esta maleta a mi oficina, y si ves la de los cuentos alegres tráemela y ¡por favor! guarda la de los cuentos tristes en el armario.
-No, no lo es, es sentido común.
-¡Y a ti quien te ha dado vela en este entierro!
-Abre la puta maleta.
-¡Guardias! ¡Seguridad!
Pues eso, que tengo una maleta sin saber que contiene y...
-¿Si no sabes qué contiene por qué estás tan seguro de que no es la de los cuentos alegres?
-¡¿Pero te quieres marchar?! ¡Dominic! ¡Dominic!
-¿Señor?
-¡Te dije que te lo llevaras!
-Sí señor, espere un momento, es que se nos había escapado.
Pues eso, que no tengo ni idea de qué iba a sacar de la maleta, ojalá fuese una historia genial ¿sabéis por qué? ¡Porque se me han quitado las ganas de abrirla! Ala, hoy os quedáis sin historia, malditos entrometidos que se entrometen en lo que no es ni aun historia...
-¡Dominic!
-¿Señor?
-Devuelve esta maleta a mi oficina, y si ves la de los cuentos alegres tráemela y ¡por favor! guarda la de los cuentos tristes en el armario.
domingo, 19 de octubre de 2014
lalala
Soy muy dado a dos cosas, a meterme en extraños problemas sin querer y a hacer las más raras promesas a futuro y después pretender cumplirlas. En veintisiete días tengo que conducir hasta la cueva que yo descubrí, o mejor dicho, tendría que llevar a alguien allí, pero no puedo, no sé conducir ni puedo aprender para entonces, e ir en otro medio de transporte lo veo difícil pues no creo que llegue ninguno hasta el Cañón del Río Lobos. Entonces, y he aquí mi dilema ¿Qué puedo hacer en vez de aquello que dije? No tengo ni idea, y como la Coalición de Personajes Inventados son un apéndice de mí no me han podido dar muchas ideas frescas. "Pregúntale a esa persona" me podría decir alguien, y no sin razón, pero es que no puedo, no nos hablamos, no sé si es que esa persona no quiere, si yo no quiero, si ninguno queremos o si queremos los dos y somos un poco idiotas, es lo que pasa por haber caído en el mundo del simbolismo, todo lo que tiene un significado normal, para esa persona y para mí tiene por lo menos dos, y supongo que el no cumplir mi rara promesa de futuro me costará la vida o algo por el estilo, o incluso decir todo esto por aquí, y yo que pensaba describir lo que hubiese podido suceder dentro de veintisiete días y aplazar la otra parte, siempre y cuando la otra persona no hiciese algo, a dentro de diez años.
lo que yo quiero
Creerme cuando digo que las cosas no pueden ser lo que vemos, que no porque se nos lancen encima no existe nada más. Estoy seguro de que tras esta barrera de cosas buenas y malas, cosas absurdas e importantes, está lo verdaderamente importante, por eso me imagino a alguien que corre con todas sus fuerzas con los ojos cerrados, corre para superar esa barrera y no abre los ojos porque sabe que si ve lo que pasa a su lado, tal vez se quedase creyendo ser feliz, pero no lo sería, oh no señor, no lo sería para nada, la verdadera felicidad está ahí detrás y por eso casi nadie la conoce ¿y quien sí lo sabe? ¿es malo acaso por callárselo? Qué va, tan solo sabe que no le creerían, o directamente por que lo diga no va a alcanzarla alguien, no es una una puerta que con abrirla ¡vaya que suerte! Llega quien tiene que llegar, y a eso voy yo, a eso aspiro, por eso otros futuros me dan igual cuando algunas personas no lo entienden, lo que yo quiero es echarme a correr con los ojos cerrados, pero sonriendo, y ver que hay más allá.
viernes, 17 de octubre de 2014
hablar
Pese a que muchos me acusen de insomnio, yo no escribo a las cuatro de la mañana.
Y yo que venía aquí a hablaros con un tono triste y misterioso de una extraña persona... Ya no puedo hacerlo porque pese a haber descubierto una bonita canción que ya había escuchado de una película que no he visto, no me va a salir ninguna historia. La extraña persona es una mujer que tiene un miedo que nadie más puede tener, cree que si se frota las mejillas estas se le desprenderán poco a poco al estar hechas de arena, y aunque tiene el mayor de los cuidados con su rostro, cree que cada día va perdiendo muchos granos y que algún día se quedará sin cara. Un miedo terrible, la verdad, pues es que ni siquiera es como aquel hombre que conocí una vez, ese sí que era un hombre de arena, uno que tenía sombrero, gafas, gabardina y una flor, y aunque se deshacía, se volvía a hacer, y no, no me lo he inventado, conocí a ese hombre hace cinco años, es a lo que me dedicaba en clase en vez de leer el Principito en francés, le Petit Prince. Es curioso ¿eh? en francés suena mejor porque son dos palabras, aunque no nos van a quitar que en castellano suena más divertido, lejos de la melancolía francesa. Al hombre de arena le conocí escribiendo una historia verdaderamente rara, ahí es donde por primera vez anuncié el pueblo donde nacen los héroes, que es eso, un sitio amarillo donde nacen todos los protagonistas dedicados a protagonizar historias. También es curioso que aquel personaje, no el hombre de arena, sino el protagonista, lo que buscaba era amigos, qué tierno y que raro que lo escribiese un chico de trece o catorce años. Me encantó el momento en el que entra en un mercadillo y habla con una flor, que creo que me he equivocado, el hombre de arena no tenía ninguna, y le transmite sus dudas y temores, entonces la flor le comenta que ella puede ser su amiga, ella y todas las flores de esos tiestos, pero que deberá buscar más amigos pues ellas morirían al cambiar de estación. Qué genialidad para un chaval de trece o catorce años.
Ahora pienso que tal vez no debería haber escrito todo esto, no sé, he puesto la primera frase porque dos personas me han dicho hoy que tengo entradas publicadas a las cuatro de la mañana y, no sé, me he puesto a escribir sin más, como quien sale a dar un paseo sin destino fijo, sales, vas a cualquier lado y vuelves sin que haya pasado nada relevante, supongo que será eso, necesitaba hablar, he hablado y no ha pasado nada trascendente, en mi metáfora ¿qué representará el volver del paseo? ¿dejar de escribir disparos al aire y concentrarme en volver hacer historias? Varias personas me han dicho esta semana que escribo cosas raras, una me ha llamado psicópata y tres, entre las que se incluía mi madre, me han dicho que mi última entrada era extraña o no se entendía, a veces me impresiona lo influenciable que soy. "Quien no tiene miedo a la noche es porque no ha visto nada más oscuro", que nadie haga elucubraciones, tan solo es una frase que se me acaba de ocurrir, como en la entrada "Estuve tentado de matarte mientras dormías", ése no iba a ser el título, el título iba a hacer referencia a la luna, pero no sé, al releer lo escrito me gustó la frase y la puse por título, es lo que pasa cuando piensas a las cuatro de la mañana. Hoy no me salen ni las exclamaciones.
Y yo que venía aquí a hablaros con un tono triste y misterioso de una extraña persona... Ya no puedo hacerlo porque pese a haber descubierto una bonita canción que ya había escuchado de una película que no he visto, no me va a salir ninguna historia. La extraña persona es una mujer que tiene un miedo que nadie más puede tener, cree que si se frota las mejillas estas se le desprenderán poco a poco al estar hechas de arena, y aunque tiene el mayor de los cuidados con su rostro, cree que cada día va perdiendo muchos granos y que algún día se quedará sin cara. Un miedo terrible, la verdad, pues es que ni siquiera es como aquel hombre que conocí una vez, ese sí que era un hombre de arena, uno que tenía sombrero, gafas, gabardina y una flor, y aunque se deshacía, se volvía a hacer, y no, no me lo he inventado, conocí a ese hombre hace cinco años, es a lo que me dedicaba en clase en vez de leer el Principito en francés, le Petit Prince. Es curioso ¿eh? en francés suena mejor porque son dos palabras, aunque no nos van a quitar que en castellano suena más divertido, lejos de la melancolía francesa. Al hombre de arena le conocí escribiendo una historia verdaderamente rara, ahí es donde por primera vez anuncié el pueblo donde nacen los héroes, que es eso, un sitio amarillo donde nacen todos los protagonistas dedicados a protagonizar historias. También es curioso que aquel personaje, no el hombre de arena, sino el protagonista, lo que buscaba era amigos, qué tierno y que raro que lo escribiese un chico de trece o catorce años. Me encantó el momento en el que entra en un mercadillo y habla con una flor, que creo que me he equivocado, el hombre de arena no tenía ninguna, y le transmite sus dudas y temores, entonces la flor le comenta que ella puede ser su amiga, ella y todas las flores de esos tiestos, pero que deberá buscar más amigos pues ellas morirían al cambiar de estación. Qué genialidad para un chaval de trece o catorce años.
Ahora pienso que tal vez no debería haber escrito todo esto, no sé, he puesto la primera frase porque dos personas me han dicho hoy que tengo entradas publicadas a las cuatro de la mañana y, no sé, me he puesto a escribir sin más, como quien sale a dar un paseo sin destino fijo, sales, vas a cualquier lado y vuelves sin que haya pasado nada relevante, supongo que será eso, necesitaba hablar, he hablado y no ha pasado nada trascendente, en mi metáfora ¿qué representará el volver del paseo? ¿dejar de escribir disparos al aire y concentrarme en volver hacer historias? Varias personas me han dicho esta semana que escribo cosas raras, una me ha llamado psicópata y tres, entre las que se incluía mi madre, me han dicho que mi última entrada era extraña o no se entendía, a veces me impresiona lo influenciable que soy. "Quien no tiene miedo a la noche es porque no ha visto nada más oscuro", que nadie haga elucubraciones, tan solo es una frase que se me acaba de ocurrir, como en la entrada "Estuve tentado de matarte mientras dormías", ése no iba a ser el título, el título iba a hacer referencia a la luna, pero no sé, al releer lo escrito me gustó la frase y la puse por título, es lo que pasa cuando piensas a las cuatro de la mañana. Hoy no me salen ni las exclamaciones.
martes, 14 de octubre de 2014
Estuve tentado de matarte mientras dormías
Los rostros borrosos al fin se veían con nitidez, perfectos rostros de mujer. Pero aun así no eran bellas, sino que daban la impresión de ser el frío hecho persona, a lo que también ayudaba sus vestidos blancos que flotaban como el aire.
Se despertó y durante una fracción de tiempo creyó seguir viendo a una de esas mujeres de vestidos vaporeos, hasta que cayó en la cuenta de lo que veía era la cortina blanca danzando por el viento, el cual provenía de una la ventana que no debería estar abierta. Se levantó y la cerró, pero era imposible que se hubiese abierto sola y él estaba seguro de haberla dejado cerrada, sobre todo en una noche tan fría como aquella, así que abrió la puerta de la inmensa terraza y salió.
Nada más salir le recibió la luna, iluminándolo con aquella fantasmagórica luz blanca que eclipsaría cualquier otra luz en ausencia del sol.
-Estuve tentado de matarte mientras dormías.
Miró al rincón huésped de aquella voz y vio dos lunas antes de darse cuenta de que lo que veía era el filo de una espada brillando en plata por la luz de la verdadera luna. Quien portaba aquella arma era el Enemigo, pero un enemigo honrado y honroso, aunque enemigo al fin y al cabo. También vio otra espada ya desenvainada sobre la mesa en la que las damas acostumbraban a tomar el té y reían tapadas por una sombrilla los días que había sol y éste era cálido, imagen que costaba llevar a la mente cuando al respirar se hacía un vaho denso que trepaba hacia la luna, la cual, sin ojos y sin murmullos, lo observaba todo quieta, sin el menor atisbo de vida. Se acercó despacio a la mesa y recogió la espada por la empuñadura, como se cogen las espadas, si el Enemigo no lo había matado aun daba por sentado que nada le ocurriría hasta que ambos estuviesen en las mismas circunstancias. Una vez ambos estuvieron con espada en mano, montaron guardia y con un deslumbre empezaron a sonar en el bosque los ecos de las estocadas. Por el ruido lejano se adivinaba que eran espadas, de metal y de un metal muy frío. Cuando más chocaba el metal, más se calentaban sus portadores, por lo que su sangre hervía más e iban perdiendo el blanco de la luna, lo que hacía que ella fuese perdiendo el respeto por ellos. Finalmente sonó metal, y un "¡Ah!" y alguien cayó al suelo, rompiendo el blanco de la estampa con un charco carmesí en el suelo.
domingo, 12 de octubre de 2014
sábado, 11 de octubre de 2014
Cielo llorón.
El cielo hoy se ha levantado celoso, o quizá se ha puesto así porque en un momento ha parecido que le iba a hacer caso. Es que a ver, hoy, entre el verde del jardín, un árbol ha estallado en llamas, ha estado bien, las hojas, de un rojo intenso, caían al suelo describiendo círculos, así que salí al jardín. Una vez el árbol estuvo apagado, empecé a recoger hojas frescas y a "clavarlas" en un seto, haciendo un mosaico, y después empecé a interpretar la danza de los árboles, ahí fue cuando el cielo se fijó en mí. Como hoy era día de luto, como cada x sábados, me encerré en casa a escuchar ciertas canciones y ver una película, sin palomitas que me dan sed y se acaban enseguida, y el cielo, que esperaba ansioso para jugar conmigo a la pelota o empujarme en el balancín, se puso triste. Llegados a este momento fue cuando empezó a iluminar el cielo con rayos continuos y, al seguir yo ignorándolo, rompió a llorar, muy fuerte, desconsolado, pero haciendo que sus lágrimas chocasen contra mi ventana, para que viese qué había hecho.
Al final me dio pena, por lo que cogí la espuma y la cuchilla y afeité mi piel hasta dejarla suave y en algunos puntos con heridas, entonces me quité la camiseta y salí al jardín, cerca del árbol de fuego, a que me mojase la lluvia, a que me mojase el cielo, a que me acariciase y así ya llorásemos los dos mientras la sangre se diluía entre tanta agua.
El cielo, gigante siempre presente que debe aguantar nubes, sol, luna, estrellas y aviones, el cielo que es tan grande y ve todo el océano a la vez, que ve a quienes se dignan a salir a la calle y a todos los árboles es el más incomprendido, solitario y triste. Pobre cielo.
Al final me dio pena, por lo que cogí la espuma y la cuchilla y afeité mi piel hasta dejarla suave y en algunos puntos con heridas, entonces me quité la camiseta y salí al jardín, cerca del árbol de fuego, a que me mojase la lluvia, a que me mojase el cielo, a que me acariciase y así ya llorásemos los dos mientras la sangre se diluía entre tanta agua.
El cielo, gigante siempre presente que debe aguantar nubes, sol, luna, estrellas y aviones, el cielo que es tan grande y ve todo el océano a la vez, que ve a quienes se dignan a salir a la calle y a todos los árboles es el más incomprendido, solitario y triste. Pobre cielo.
viernes, 10 de octubre de 2014
La terraza de la montaña
El alpinista Joaquín Bjork sufrió una caída escalando el Meigito y se partió la pierna, así que llamó por el teléfono satélite a la oficina central y esta nos lo pasó inmediatamente a nosotros, el equipo de rescate. A pesar de estar listos en seis minutos y cuarenta y dos segundos, el Meigito es el llamado "Monte Vivo", por lo que no se puede acudir en helicóptero ni tener un campamento base en el mismo, aun así acudimos por medio aéreo al punto más cercano posible.
El sargento había intentado obtener del señor Bjork las coordenadas exactas de su posición, pero al no ser esto posible me encargó a mi que hablase con el alpinista para distraerlo, y que así no se centrase en el dolor de su pierna. Yo le pregunté dónde estaba.
-Apoyado en una roca, como ya le he dicho a tu superior no sé nada sobre números, con perdón pero yo vine hasta aquí para ver el mundo desde arriba, no para quedar mirándome una brújula o algo parecido- "Si lo hubieses hecho ahora sabríamos dónde buscarte" pensé.
-Dígame entonces qué ve.
-Estoy en la montaña, en la cima o cerca, y veo los picos de las montañas menores, veo solo las puntas pues estas superan el manto blanco, manto que parece salir del propio Meigito ¡Es asombroso! Debería verlo, y no me refiero a que no haya estado aquí antes, que seguro, sino a que siempre habrá ido corriendo de un lado para otro con un herido a la espalda o buscando ansiosamente a un desaparecido y no se habrá fijado en esto. El sol a estos niveles parece que no tiene fuerza y su amarillo difuso se posa sobre el manto blanco creando una capa sobre otra, y como ya le he dicho que las nubes parecen ser brazos del Meigito, ¡da la impresión de que sol y montaña pelean como buenos titanes que son! Y ahí están el rosto de picos, brillando como oro, expectantes...
La conexión se cortó y el sargento me hizo llamar treinta y dos minutos más tarde, cuando habíamos alcanzado el nivel naranja, avisado de que se avecinaba tormenta. Nada más llamar, el señor Joaquín Bjork cogió la llamada y antes de dejarme hablar dijo:
-¡Hola de nuevo! ¿sabes que antes me has dejado hablando solo? Pero da igual, dije cosas bonitas y cosas privadas, unas se olvidan, que pena, y las otras, tras pensarlo un poco más, mejor no decirlas. Oye, aquí está empezando a hacer mucho frío, ¿que tal por allí?
-De eso quería hablarle, señor Bjork, se avecina una tormenta, nosotros intentaremos seguir ya que para esto hemos sido entrenados, pero usted tenga cuidado, protéjase si puede.
-Oh muchacho, vengo de la ciudad, estoy harto de achantarme cuando me lo ordenan, recibiré esta tormenta de frente y con ella castañetearé los dientes como cuando era niño ¿A ti no te gustaba? ¿cómo te llamas por cierto?
-Me llamo Juan, voy a cortar.
-No, por favor... siga hablando conmigo.
Hablé con Joaquín Bjork todo el tiempo que pude hasta que la ventisca cortó la señal y el equipo de rescate nos tuvimos que guarecer. Al escampar la tormenta no recibía la señal de Joaquín, por lo que apresuré al grupo a darse más prisa, pese a estar este acto en contra de los protocolos de seguridad.
Una vez llegamos al punto en el que la señal del satélite marcaba que debía estar el teléfono de Joaquín, vimos con estupor que el teléfono sí estaba entre la nieve, pero que allí no había nadie. De aquella roca sí salía en cambio un rastro, Joaquín Bjork se había arrastrado con una pierna rota en mitad de una tormenta en el nivel negro, desesperado corrí siguiendo su rastro, sin poder evitar que me saltasen las lágrimas. Las marcas en la nieve terminaban donde terminaba también la montaña. Cuando me atreví a mirar hacia abajo buscando el cadáver del alpinista solo vi un mar de nubes blancas brillando por el sol.
El sargento había intentado obtener del señor Bjork las coordenadas exactas de su posición, pero al no ser esto posible me encargó a mi que hablase con el alpinista para distraerlo, y que así no se centrase en el dolor de su pierna. Yo le pregunté dónde estaba.
-Apoyado en una roca, como ya le he dicho a tu superior no sé nada sobre números, con perdón pero yo vine hasta aquí para ver el mundo desde arriba, no para quedar mirándome una brújula o algo parecido- "Si lo hubieses hecho ahora sabríamos dónde buscarte" pensé.
-Dígame entonces qué ve.
-Estoy en la montaña, en la cima o cerca, y veo los picos de las montañas menores, veo solo las puntas pues estas superan el manto blanco, manto que parece salir del propio Meigito ¡Es asombroso! Debería verlo, y no me refiero a que no haya estado aquí antes, que seguro, sino a que siempre habrá ido corriendo de un lado para otro con un herido a la espalda o buscando ansiosamente a un desaparecido y no se habrá fijado en esto. El sol a estos niveles parece que no tiene fuerza y su amarillo difuso se posa sobre el manto blanco creando una capa sobre otra, y como ya le he dicho que las nubes parecen ser brazos del Meigito, ¡da la impresión de que sol y montaña pelean como buenos titanes que son! Y ahí están el rosto de picos, brillando como oro, expectantes...
La conexión se cortó y el sargento me hizo llamar treinta y dos minutos más tarde, cuando habíamos alcanzado el nivel naranja, avisado de que se avecinaba tormenta. Nada más llamar, el señor Joaquín Bjork cogió la llamada y antes de dejarme hablar dijo:
-¡Hola de nuevo! ¿sabes que antes me has dejado hablando solo? Pero da igual, dije cosas bonitas y cosas privadas, unas se olvidan, que pena, y las otras, tras pensarlo un poco más, mejor no decirlas. Oye, aquí está empezando a hacer mucho frío, ¿que tal por allí?
-De eso quería hablarle, señor Bjork, se avecina una tormenta, nosotros intentaremos seguir ya que para esto hemos sido entrenados, pero usted tenga cuidado, protéjase si puede.
-Oh muchacho, vengo de la ciudad, estoy harto de achantarme cuando me lo ordenan, recibiré esta tormenta de frente y con ella castañetearé los dientes como cuando era niño ¿A ti no te gustaba? ¿cómo te llamas por cierto?
-Me llamo Juan, voy a cortar.
-No, por favor... siga hablando conmigo.
Hablé con Joaquín Bjork todo el tiempo que pude hasta que la ventisca cortó la señal y el equipo de rescate nos tuvimos que guarecer. Al escampar la tormenta no recibía la señal de Joaquín, por lo que apresuré al grupo a darse más prisa, pese a estar este acto en contra de los protocolos de seguridad.
Una vez llegamos al punto en el que la señal del satélite marcaba que debía estar el teléfono de Joaquín, vimos con estupor que el teléfono sí estaba entre la nieve, pero que allí no había nadie. De aquella roca sí salía en cambio un rastro, Joaquín Bjork se había arrastrado con una pierna rota en mitad de una tormenta en el nivel negro, desesperado corrí siguiendo su rastro, sin poder evitar que me saltasen las lágrimas. Las marcas en la nieve terminaban donde terminaba también la montaña. Cuando me atreví a mirar hacia abajo buscando el cadáver del alpinista solo vi un mar de nubes blancas brillando por el sol.
miércoles, 8 de octubre de 2014
No despegues si te vas a perder
Una vez me preguntaron si el ser humano se habría empeñado en volar si no hubiesen existido los pájaros, yo le dije que por supuesto que no, al igual que no se habría aventurado a pisar el espacio si no hubiese habido crustáceos espaciales.
Las historias de amor se están empezando a parecer al ajedrez, tranquilos todos que me explico. Yo antes no jugaba al ajedrez porque era el juego más analizado del mundo, hay libros dedicados exclusivamente a cómo empezar una partida, y pensaba que era una tontería entrar en ese mundo, ¿Para qué me iba yo a meter en algo que ha sido analizado hasta la extenuación y donde los líderes son líderes porque son invencibles a no ser que se trate de un enfrentamiento contra un ordenador? Hasta cada jaque tiene un nombre... Por eso yo jugaba a las damas.
Pues algo parecido le pasa a las historias de amor, las simples son simples, las complejas son delicadas y, aunque aun no se ha llegado a la cúspide, porque en este ámbito antes de alcanzarla cambiarían las cosas, las cosas nuevas o bien ya se han hecho, aunque no se recuerden, o bien son nivel edificio de diecisiete pisos blancos (este "nivel" es válido en una escala extraña que ya nadie recuerda)
Oye ¿De qué estoy hablando? Juro que me he perdido yo el primero, he tenido que releer lo que había escrito para cada nueva palabra que iba a poner ¿y eso de las historias de amor? ¿me estaba refiriendo a películas, libros y demás o a historias de verdad?
Puff, ya entiendo por qué algunos crustáceos se marcharon al espacio, es fácil entender quien cambia las olas por el silencio total, aunque cuando estás buceando debes sentir algo parecido a encontrarte allí arriba.
Bueno, que las historias de amor pueden ser completamente típicas y geniales ¿geniales? ah amigo, para quien las vive, sí.
Marco y Julia se conocieron en clase ¡¿Y hubo flechazo a primera vista?! No, solo eran compañeros, de hecho al principio eran compañeros formales, se hablaban lo minimísimo, pero no por nada, sino porque es lo que conlleva esa formalidad. A los tres meses de curso les sentaron juntos y, como Marco era bastante dinámico, ahí sí que hablaron y hasta se hicieron amigos de clase, de esos que se llevan bien pero no quedan fuera de las clases, ¿Y qué más? Nada, paciencia. El curso siguiente lo empezaron como el anterior, hablándose poco, pero convalidaron amigos y se vieron quedando los viernes juntos, aunque con otras siete personas. Fue entonces, el sábado siete de octubre de nosequeaño, el día que el grupo, en otra de sus fiestas, bebió demasiado, y ahí, entre borrachos, y ellos un poco también, Marco miró a los ojos a Julia y le dijo "me apetece besarte" a lo que ella contestó "¿y por qué no lo haces?", y se besaron. Dos días después quedaron para hablar sobre qué eran y ahí fue cuando decidieron salir, de ahí hasta la actualidad, que tienen dos hijos, una casa, dos coches y un perro muy viejo que está a punto de morir el pobre.
Fin.
Me voy con los crustáceos espaciales.
martes, 7 de octubre de 2014
mi mundo
Te escribo las mejores cartas con humo, que pierdo y
se va a reunir con sus madres, las nubes. Esas mismas cartas son lo mejor que
he podido hacer jamás, así que es ironía que nadie nunca las pueda observar.
Pero piensa una cosa, si con mis palabras hago nubes y estas lloran, de lo
tristes que son mis letras, lo que yo diga acabará llegándoos a todos, y entre
todos, aunque no quieras, aunque huyas o, simplemente, aunque ni pienses en
ello, te encuentras tú también.
Así que escribo para
guardar y en lugar de eso, se va y, al final, se desborda la mayor plenitud.
Tal vez la culpa no sea de la gota que colma el vaso,
pues llenad un vaso entero y echadle una gota, veréis como se desborda, pero
muy poco, el vaso en si sigue aparentemente lleno, tal vez la culpa sea de la
gota que yerra y cae en la base del vaso, y la moja, y lo hace resbalar, y
al caer, no solo se desborda todo el agua, sino que también se rompe el
cristal, así que no queda vaso medio lleno ni medio vacío, solo las cartas de
humo que escribe alguien que duerme tapado por una manta, para protegerse de la
lluvia torrencial que las nubes, cargadas de palabras, envían para pedir al
humo, su descendencia, que vuelva con ellas. Y entre todo, en aquel lugar donde
el mundo se convierte en una montaña y la niña de un cuento sin acabar intenta
salvar a unos niños, no existen las nubes ni la lluvia, no existen las mantas,
solo las capas, como tampoco existen las palabras, las cartas, los vasos ni el
humo, ni tampoco la gente que ignora a otra por maldad, porque es un lugar
artificial, un sitio donde refugiarse, un sitio que ha recogido lo malo para,
entre tanta maldad, parecerse a cualquier otro mundo y que uno se sienta como
en casa cuando observa a la niña que nunca salvará a los niños, y se dedica a
intentar hacer cartas con humo.
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